Capítulo 24 — Espinosa e hijas
El cuartel general se montó en mi lechería, después del cierre, la misma noche del permiso.
Porque el permiso se lo di, por si alguien se lo estaba preguntando.
No con palabras, que en esta familia las palabras se reservan para discutir; se lo di apartándome del mármol y dejándole sitio, que es como se firma aquí la incorporación de un socio, y ella lo entendió a la primera, colgó el bolso en el perchero del almacén, en el gancho que llevaba ocho años vacío, y sacó de la carpeta azul un cuaderno cuadriculado y una calculadora de las de contable, de las de tecla gorda, y dijo «a ver, enséñame todo», y todo era todo: los albaranes, las cuotas, el burofax, el informe del arquitecto, la oferta de la carpeta de piel, el archivo del cajón de abajo entero, mi ruina documentada por fechas, encima del mármol, delante de mi hermana.
Y entonces descubrí una cosa que llevaba delante de mí toda la vida y nadie, nunca, se había molestado en mirar: mi hermana es buenísima con los números.
Buenísima de verdad, de las que leen una tabla como yo leo un mostrador, en diagonal y sin perderse nada.
En una noche desmontó el informe técnico por tres costuras.
Una: el presupuesto. Ciento treinta mil euros por un refuerzo que dos empresas serias, a las que llamó al día siguiente haciéndose pasar por administradora «porque para eso una lleva años casada con el sector», tasaron en cuarenta y dos y en cuarenta y siete mil.
Un sobreprecio de ochenta mil euros con destino sin especificar, «y los sobreprecios sin destino, Mamen, siempre tienen destino».
Dos: el coeficiente. La actualización de la cuota del bajo se aprobó en julio en una junta relámpago convocada con dos días de antelación, y las extraordinarias, según la ley que Susi me leyó en voz alta como quien lee una sentencia absolutoria, piden más.
Impugnable. Tres: el conflicto. El administrador que convoca la obra es acreedor del comprador que espera la obra, y eso, documentado con la carpeta del lunes, tiene un nombre feo hasta en el idioma de los que ponen los nombres.
Tres costuras. Mi hermana, en zapatillas, con un café con leche frío al lado, descosiendo en una noche lo que a mí me había parecido una escopeta perfecta.
Siempre fue buenísima. Nadie se lo preguntó nunca.
En esta familia repartimos los talentos por herencia visible: a mí me tocó lo que se ve, el mostrador, y a ella lo que no se ve, y lo que no se ve, ya se sabe, no se hereda: se pierde.
La reconciliación, por si alguien la espera, no la busquen: no hubo.
No hubo conversación con las manos cogidas, ni perdones, ni lo de los ocho años.
Hubo trabajo. Hubo mi hermana y yo, cuatro noches seguidas, discutiendo a gritos moderados el precio del suelo por metro cuadrado en esta calle, ella con datos del registro y yo con datos de la vida, «el bajo de la mercería se vendió a dos mil cien», «se malvendió, que la Merche estaba como estaba», «el dato es el dato», «el dato sin contexto es un chisme con corbata», y así hasta las tantas, y si alguien nos hubiera visto por el escaparate habría dicho que esas dos mujeres se estaban matando.
Se equivocaría. En idioma Espinosa, discutir el metro cuadrado con esa entrega, con ese nivel de detalle, quedándose hasta la una, es lo que otras familias resuelven con un abrazo largo y llorando, solo que a nosotras el formato abrazo no nos viene de fábrica, y el metro cuadrado sí.
La campaña la llevé yo, que para eso el barrio es mi departamento.
Porque la junta se gana con votos y coeficientes, y los votos viven en pisos, y a los pisos hay que subir andando, que el ascensor sigue en obras, con lo cual esta ha sido la primera campaña electoral de la historia decidida en parte por el fondo físico de las candidatas.
El censo lo hicimos la primera noche, en la pizarra chica: seguros, Fali y Encarni, la del cuarto, el cuarto B, Visi con su coeficiente y su antigüedad.
Enfrente, Ceballos con los poderes que ha ido acumulando de propietarios ausentes, que los administradores coleccionan representaciones como cromos.
Y en el medio, el campo de batalla: el primero, el quinto y la del ático, en Benidorm.
El primero merece monografía, porque el primero ha elevado el transfuguismo a las artes escénicas.
El martes a las cinco lo convencí yo, con el dossier de Susi y dos trozos de bizcocho: «contad conmigo, faltaría más, esto es un atraco».
A las siete le llegó una carta de Ceballos, con membrete y palabras como «responsabilidad patrimonial», y a las siete y veinte ya estaba en el rellano diciéndole a la del cuarto que «hay que ser prudentes, que la estructura es la estructura».
A las nueve subió Encarni, sin dossier y sin bizcocho, con la sola fuerza de su historial, le recordó quién le firmó el aval del coche en el 98, y a las nueve y diez el primero volvía a ser nuestro, «hasta el final, Encarni, hasta el final».
Dos mudanzas ideológicas en una misma tarde.
La política española cabe entera en un descansillo: solo hace falta reducirla de escala y quitarle los micrófonos.
Con el quinto, reconozco que fuimos por lo sucio, y la culpa fue de la asesora.
Porque doña Visi, en cuanto olió campaña, bajó de la aduana con la muñeca ya libre y se autoproclamó directora de estrategia, cargo que ejerce desde mi mesa del fondo con una técnica que es mitad Maquiavelo, mitad radio patio, y que da miedo y resultados a partes iguales.
Su doctrina para el quinto fue esta, literal, que la apunté en un ticket: «Al del quinto dile que Óscar es de los que no bajan la basura.
No es verdad, pero se le nota que podría, y al del quinto los que no bajan la basura le pueden más que la hipoteca».
Funcionó. El quinto, que venía dudoso por lo de la responsabilidad patrimonial, cruzó al oír lo de la basura una línea interior definitiva, «esa gente es así, lo he dicho siempre», y ya lo tenemos hasta el final, votando contra un defecto inventado, que es como se ha votado en este país la mitad de las veces.
Y para la del primero, la señora, la asesora despachó otra perla: «Recuérdale quién le regó las plantas el verano del covid. No digas más. La culpa riega sola».
La del ático se negoció por vía diplomática internacional, es decir, por audios con gaviotas.
Tres días de conversaciones Madrid-Benidorm, con Angelines de garante del procedimiento, «el voto delegado tiene sus formas», y la señora del ático poniendo condiciones desde una hamaca que se oía: que se estudie lo del toldo verde que lleva pidiendo desde 2019, que conste su protesta histórica por lo del vado, y una mesa.
Una mesa en mi lechería, «de las de la ventana, con mi nombre, para cuando bajo en Navidad».
Se lo prometimos todo. El toldo, el vado y la mesa, y de propina lo del contenedor, que no depende de nosotras ni del ayuntamiento ni posiblemente de nadie, pero se prometió igual, con solemnidad y por audio, porque las campañas son así: se promete lo imposible con la voz muy seria, y el elector lo sabe, y lo cobra igual, que la promesa, en esta democracia y en la grande, no es un compromiso: es un homenaje.
¿Que me he convertido en dos semanas en todo lo que llevo criticando cada legislatura desde mi barra?
En todo, y con soltura. ¿Que pienso cumplir al menos lo de la mesa?
Lo de la mesa sí. Los homenajes, los míos por lo menos, se sirven.
Lo de Angelines lo decidimos la tercera noche, y lo decidí yo contra el criterio técnico de mi socia.
Susi quería enseñarle el dossier antes de la junta, «es la presidenta, Mamen, y la han usado, tiene derecho a saberlo con tiempo», y llevaba razón en todo, que es lo que tienen los contables.
Y aun así dije que no. A Angelines no se le cuenta.
Porque si se lo contamos con tiempo, esa mujer lo gestiona: lo convierte en un expediente, en un trámite bien llevado, en un punto tres bis, y se traga la humillación a solas en su cocina para salvar las formas de todos.
Y esto no hay que gestionarlo. Esto hay que verlo.
Ceballos la ha usado de matasellos delante del edificio entero, y esa señora se merece enterarse en junta, con el acta abierta y la sala llena, que es su campo del honor, y hacer con ello lo que ella quiera delante de todos.
Hay lealtades que consisten en dar la información a tiempo.
La mía con Angelines consiste en darle el escenario.
Y una cosa más de esas noches, que la apunto porque nadie la preguntó: la tercera madrugada, recogiendo tazas, le pregunté a mi hermana qué tal en casa.
Sin mirarla, al estilo de aquí. Y mi hermana, guardando la calculadora en su funda, contestó con la misma técnica: «En casa cenamos con la tele alta».
No se habló más del asunto. Hay matrimonios que se acaban a gritos y otros a volumen veintitrés.
La factura del 96 apareció la cuarta noche.
Susi había pedido «los libros viejos, todos», para buscar antecedentes de obras y pagos de la finca, y le bajé la caja del altillo del almacén, la de los libros de cuentas de la abuela, y mi hermana los fue abriendo por orden, con ese respeto de dedos que le vi en los cartelitos, y se quedó quieta en el segundo libro, el del 88 al 2003, pasando páginas cada vez más despacio.
Yo seguí a lo mío, que lo mío era la lista del quinto, hasta que me di cuenta del silencio.
Estaba parada en una página de primavera del 96, con la letra de la abuela arriba y, abajo, torcida, aplicada, una letra de niña: la mía.
«Ayudó la nieta mayor con la caja. Le salió.
» Y mi suma debajo, con los números gordos de los quince años.
—Está tu letra desde los quince —dijo Susi, sin levantar la vista del libro—.
Aquí. Y aquí. Y en el del 99 seguro que más.
—Pasó una página, otra—. La mía no está.
En ningún libro. Ni una suma, ni un recado, ni un «ayudó la pequeña».
—Cerró el libro con las dos manos, despacio, como se cierra lo que pesa—.
Yo también quería estar, ¿sabes? No en el mostrador, que el mostrador era tuyo y a mí me daba vergüenza el público.
En el libro. Yo quería estar en el libro.
Y ahí estuvo la rendija, la grande, la de ocho años y pico, abierta encima de mi mármol entre dos tazas frías, y yo no dije lo siento, ni ven aquí, ni ninguna de las frases de las familias con fábrica de abrazos. Dije:
—Pues coge un boli. —Y le acerqué el libro nuevo, el mío, el del año en curso—. Pero la factura del 96 esa que tienes ahí se archiva por fecha de emisión, no de pago, que te veo venir.
—Por fecha de pago, Mamen. Lo dice hasta el plan contable.
—El plan contable no ha llevado una lechería en su vida.
Y discutimos veinte minutos el archivo de una factura de hace treinta años, con pasión, con jurisprudencia, con «eso díselo a Hacienda» y «Hacienda que venga y lo vea», y en mitad de la discusión mi hermana estaba escribiendo ya en el libro nuevo, con su letra de contable buena, la primera entrada de una Espinosa pequeña en el registro de esta casa, y ninguna de las dos lo comentó, que comentarlo habría sido estropearlo.
El mensaje llegó la noche antes de la junta, a las once y cuarenta, cuando ya habíamos repasado el censo por última vez y Susi doblaba el dossier en tres copias. El móvil vibró en el mármol. Número sin guardar que me sé de memoria. Primer contacto en cinco semanas. Cuatro líneas:
«Mirad la ordenanza municipal de protección de comercios centenarios y emblemáticos. Anexo 4. La lechería puntúa para el catálogo. Con eso, las obras que afecten al local necesitan informe municipal previo. Suerte mañana.»
Ni hola, ni cómo estás, ni un punto fuera de sitio.
Una ordenanza, un anexo, una vía de agua en la escopeta de Ceballos que ni mi hermana con sus tres costuras había visto, mandada a las once y cuarenta de la noche desde una obra de Vallecas o desde el cuarto de invitados de Majadahonda, por un hombre al que llamé fracasado con datos y puntería.
El tonto del PDF. Cómo no. Los anexos siempre fueron lo suyo.