Mala leche y buen polvo Capítulo 23 — El bote
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Capítulo 23 — El bote

A las diez y cuarto, el local hace un silencio con forma de persona.

Lo hace todos los días desde hace tres semanas, puntual como era él, y dura lo que duraba un cortado: la puerta que no suena, el taburete de la esquina que nadie descuelga, la Faema que calienta para nadie a esa hora exacta porque yo la sigo subiendo de presión a las diez y doce por pura memoria muscular.

Las seis magdalenas del obrador, las de la bandeja de la izquierda, se vendieron aquella primera mañana en menos de una hora, a uno veinte, como cualquier género.

La última se la llevó el butanero para la furgoneta.

No he vuelto a poner nada en la bandeja de la izquierda, y si alguien pregunta, está reservada.

El resto del día funciono. Funciono bien, además, que eso es lo inquietante: abro a mi hora, despacho, sonrío lo reglamentario, hago la merengada de los viernes porque hay una orden de la aduana que no ha sido revocada, cierro, cuadro, y la caja se cierra otra vez cada noche, con su empujoncito y todo, solo que el gesto va vacío, como los saludos a los vecinos que no te caen bien: se ejecuta la forma y la forma no lleva nada dentro.

A Óscar no lo llamé. Ni el lunes, ni el martes, ni ningún día de estas tres semanas, y no sabría explicarles el porqué con la cabeza, que la cabeza sigue teniendo el razonamiento intacto, planchado y colgado en su percha: vender, perder sola, no deber nada.

Lo que se me ha estropeado es la mano. Cojo el teléfono, busco el contacto, y la mano se me va a otra cosa, a un albarán, a un grifo, a limpiar lo limpio, y así llevo veintiún días, con la decisión tomada y sin tomar, que es el peor de los estados civiles.

Del tercero B no se sabe nada. La persiana de su salón lleva tres semanas a media altura, que es como quedan las persianas de los pisos en pausa, y la del cuarto, que se ha autoproclamado servicio de vigilancia, informa periódicamente de que «sigue igual», con un rigor de satélite.

El barrio, mientras tanto, atravesó sus fases: la primera semana, el silencio incómodo, con la parroquia entrando de puntillas y pidiendo las cosas en voz baja, como en los velatorios; la segunda, los sondeos indirectos, «¿y de lo tuyo qué?

», que en este idioma es una pregunta completísima; y la tercera semana, agotadas las vías del tacto, el barrio hizo lo que hace un barrio cuando el dolor ajeno se le hace largo: le puso precio.

Me enteré del bote un miércoles, por accidente administrativo.

Bajé al bazar a por bolsas de basura y me encontré la cola más rara que ha tenido ese establecimiento: Fali, la del cuarto y el chaval del quinto, en fila, sin género en las manos, y el Chino Paco detrás del mostrador con un cuaderno cuadriculado abierto, de los de espiral, apuntando con su boli de tienda.

Al verme entrar, la cola se disolvió con la naturalidad de un vertido tóxico, quedó el cuaderno abierto medio segundo de más, y yo, que llevo toda la vida leyendo mostradores del revés, leí lo que había que leer: dos columnas con nombres, cantidades al lado, y en la cabecera, con la letra imperial del corredor, el título del mercado: «VUELVEN / NO VUELVEN».

El Chino Paco cerró el cuaderno sin prisa, que la prisa incrimina, y me sostuvo la mirada con la serenidad de los bancos centrales.

—Bolsas de basura —dije yo—. De las de cincuenta litros.

—Segundo estante. —Pausa. Me cobró—. Uno ochenta.

Y aquí viene la parte que retrata mi estado, porque lo natural, lo sano, lo homologado, habría sido ofenderse: mi vida sentimental convertida en parqué bursátil de barrio, con corredor, cuaderno y comisión, que luego supe que es del diez por ciento, «gastos de gestión y custodia», custodia de qué, del cuaderno, supongo.

Pues no me ofendí. Me oí preguntar, con la bolsa de basura en la mano, en el tono de quien pregunta por el tiempo:

—¿Cómo van las cuotas?

El Chino Paco me estudió un momento largo, decidiendo si aquello era pregunta de cliente o de implicada, y optó por el rigor profesional, que es su única patria: reabrió el cuaderno, pasó a la última página, y me leyó el mercado como se lee un análisis de sangre:

—«No vuelven», uno con treinta. —Pausa—. «Vuelven», cuatro con cincuenta. —Pausa más larga—. «Vuelven antes de las castañas», nueve.

Uno con treinta. Mi barrio, mi calle, la gente que me ha visto ganar todas las guerras de este libro, cotizándome la única que importa a uno con treinta en contra.

Nueve a las castañas. Pedí apostar. Lo pedí en serio, con el monedero ya fuera, cincuenta euros a «vuelven», que una sabrá lo que hace con su cartera, y el corredor me denegó la ventanilla sin abrir el cuaderno: «Implicada.

Conflicto de interés». Le dije que era mi vida.

Me dijo que por eso. Y salí del bazar con mis bolsas de cincuenta litros y una cosa nueva doliendo en un sitio nuevo, porque ofenderse habría sido fácil, pero lo que yo sentí fue otra cosa: que la sabiduría agregada de la calle Esperanza, ese mercado que no falla un pronóstico desde el referéndum de la OTAN, me estaba diciendo con números lo que nadie me decía a la cara.

Uno con treinta. Hay diagnósticos que duelen más por venir de quien te quiere.

La regulación del mercado, que fui conociendo a lo largo de la semana por filtraciones, merece constar: apuestas selladas con ticket del bazar, «que sin ticket no hay fe pública»; prohibido apostar a los implicados, artículo primero, redactado el miércoles por la tarde, sospecho que a raíz de mi visita; cambios de posición permitidos «abonando la diferencia y el diez»; y un registro especial, custodiado en la caja fuerte de las pilas de botón, donde consta una única apuesta en sobre lacrado, presentada por una persona cuya identidad el corredor no revela y cuyo formato aceptó, dicen, «por respeto al procedimiento».

Un sobre lacrado. En un bote de barrio. Hay alguien en esta calle apostando a algo tan específico que necesita notaría, y el día que ese sobre se abra pienso estar delante.

El mercado, además, vivió su primera crisis regulatoria a los cuatro días, cuando el chaval del quinto quiso mover veinte euros a «vuelven antes de las castañas» justo después de que su vecina de rellano, la del cuarto, jefa del servicio de vigilancia de la persiana del tercero B, hubiera bajado del observatorio con cara de novedades.

Información privilegiada, clamó la parroquia.

Uso de datos del satélite, sostuvo Fali, que tenía posición en «no vuelven».

El corredor resolvió la crisis con una jurisprudencia que ya quisiera la Comisión Nacional del ramo: congeló la apuesta veinticuatro horas, «cuarentena de rumor», y le cobró al chaval un recargo del cinco «por listo».

El chaval pagó. En este mercado, como en los buenos, la avaricia cotiza con recargo.

Doña Visi, por supuesto, apostó a los dos resultados.

Dos euros a «vuelven», dos euros a «no vuelven», selladas ambas con su ticket, y cuando el corredor le hizo notar la incoherencia, la mujer lo despachó con la doctrina financiera de su generación: «Por diversificar, hijo, que me lo enseñó el del banco de la esquina antes de que cerraran.

—Pausa—. El banco, digo. A él le fue bien».

Y mientras el parqué cotizaba, mi hermana trabajaba, aunque eso yo aún no lo sabía.

Lo que sí notaba eran las señales: Susi llamando cada dos días «para nada», que Susi no llama para nada; Susi preguntando, con una técnica de casualidad muy mal interpretada, por fechas de la junta, por Ceballos, por «cómo os lleva los recibos ese hombre»; y el jueves, la del cuarto informando de que había visto a mi hermana «saliendo de la administración de fincas de la calle de atrás, con carpeta, y no era la primera vez según la de la mercería».

Mi hermana entrando y saliendo de la oficina del enemigo con carpeta.

O se había pasado al otro bando, o estaba haciendo lo que hacen las Espinosa cuando por fin eligen guerra: contarle las balas al contrario desde dentro.

De él, la única noticia con sustancia la trajo Jandro el viernes, con el café del almuerzo, dicha al aire y sin mirarme, que es como se dan aquí los partes delicados: «El chico anda en la obra de Vallecas con mi cuadrilla.

Echando horas. Con casco y todo». Pausa.

Azúcar. «Tiene manos, ¿eh? Quién lo iba a decir, con esa cara.

» Y se fue con su bocadillo, dejándome el parte encima de la barra: en algún punto de esta ciudad hay un hombre aprendiendo un oficio con las manos que le sobraban, y no me lo ha contado a mí, y hace bien, y ojalá me lo hubiera contado.

La taza la encontré el sábado.

Estaba haciendo limpieza de fondo, la de sacar todo el estante y fregar la balda, que es lo que hago cuando el automático se queda sin tareas, y al fondo de la tercera balda estaba su taza.

La del filo dorado gastado en el borde de las diez, la que le tocaba siempre porque se la ponía yo.

La lavé con las demás. Las demás las coloqué en su sitio.

Esa la sequé aparte, con el paño de los cristales, y la puse al fondo del estante de arriba, detrás de las jarras de la horchata, donde no se ve y no se alcanza sin banqueta.

No la tiré.

El lunes siguiente, a las siete de la tarde, con el local en la hora lenta, sonó la puerta y era Susi.

Venía andando como anda nuestra madre cuando hay que devolver algo a una tienda, y traía una carpeta azul contra el costado, la misma carpeta de gomas de la primera vez, hace un siglo, solo que ahora la traía por el asa de la decisión, y no pidió cortado ni preámbulo.

La plantó en el mármol, la abrió de cara a mí, y fue pasando papeles como se pasan las pruebas en los juicios: extractos del Café Aroma un cuadro de vencimientos con más rojo; y un documento de reconocimiento de deuda con el membrete que ya es el villano oficial de esta finca, Ceballos Administración de Fincas, S.L.

—Llevo un mes haciendo de contable en mi propia casa sin que se note —dijo, con la voz de dictar teléfonos, la de las cosas graves—.

Y esto es lo que hay, Mamen. El socio de Óscar no pone dinero.

Pone DEUDA. Ceballos lleva dos años comprándole los agujeros al coffe, el alquiler, el género, la reforma del vinilo que nunca se hizo, y lo tiene cogido por todos los vencimientos.

La operación de tu local no es una inversión: es la ejecución.

Si la junta aprueba las obras y tú vendes, Ceballos cobra con tu casa.

Si la junta vota que no, Óscar cae. Cae entero.

—Cerró la carpeta, puso la mano encima, y me miró con los ojos de cuando teníamos ocho y once años y había que confesar lo del jarrón antes de que llegara papá—.

Y necesito que me dejes ayudarte. Necesito que me dejes, ¿me oyes?

Porque el aval sigo siendo yo. La firma que le falta al banco sigue siendo la mía, llevan siete llamadas y un mes esperándola, y mientras yo no firme, todo ese castillo se sostiene con pinzas del bazar.

Así que tú y yo vamos a ganar esa junta, hermana. Pero me tienes que dejar entrar.

Y se quedó ahí, de pie, con la mano en la carpeta, esperando un permiso, mi hermana, la de la tortilla, la del sillón verde, pidiéndome permiso en mi propia barra para ponerse delante de mí en una guerra.

Mi hermana pidiéndome permiso para salvarme. Ocho años tarde y justo a tiempo.