Mala leche y buen polvo Capítulo 22 — La bronca
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Capítulo 22 — La bronca

El burofax llegó un jueves a las once y media, y lo firmé yo misma en mi propio mostrador, que es como firmarle el recibí a tu propio pelotón.

«Convocatoria de junta extraordinaria de propietarios.

Convoca: Ceballos Administración de Fincas, S.L.

, a instancia de la propiedad. Punto único: aprobación de obras de refuerzo estructural conforme a informe técnico adjunto.

» El informe técnico adjunto son nueve páginas de un arquitecto que no ha pisado esta finca más de una hora, con fotos del boquete de las obras del ascensor, del empalme del fontanero muerto, de Portugal, de mi propio atrezo, señores, de mi propia vaporera convertida en prueba de cargo, y una conclusión con sello de colegio profesional: patologías estructurales, intervención urgente, presupuesto orientativo ciento treinta mil euros.

Y en la última página, la tabla de reparto por coeficientes.

Los coeficientes nuevos. Los que se aprobaron en julio en una junta relámpago a la que yo no fui porque estaba ocupada con un vaso de cartón, con nadie recurriendo, histórico.

Al bajo comercial le corresponden diecinueve mil cuatrocientos euros. Pagaderos en seis meses.

Hay que reconocerle la artesanía. Ceballos no ha inventado nada: ha recolectado.

La humedad que fingimos nosotros, el boquete que abrió la derrama que votamos nosotros, el coeficiente que dejamos pasar nosotros, todo el material del año puesto en fila y devuelto en forma de trampa, con membrete y plazo.

Óscar poniendo el apetito y el administrador poniendo la escopeta, y la escopeta cargada con nuestra propia caza.

Y el detalle de artesano, el que me quitó el sueño del jueves: la mitad de las fotos del informe son de zonas comunes, del hueco, del patio, de sitios donde un arquitecto de fuera no entra sin permiso.

El permiso existe. Es el Anexo I del acta de julio, «se autoriza el acceso a zonas comunes a efectos de estudio y medición», el anexo fantasma de la unanimidad que no existió, mi «¿QUÉ unanimidad?

» de aquel viernes, que Ceballos redactó, coló y guardó, y que ahora vuelve convertido en salvoconducto de mi derribo.

Aquel anexo no era para FunKoffee. Nunca fue para FunKoffee.

El hombre gris llevaba desde julio preparando esta escopeta y nosotros creyendo que la guerra era la otra.

Contra esto se puede pelear, técnicamente: impugnar el informe, pedir peritaje contradictorio, ir a juicio.

Dos años, me dijo por teléfono el abogado que me buscó Susi hace tiempo para lo de la herencia, dos años y de seis a nueve mil euros de costas «si va razonablemente bien».

Yo no tengo dos años. Yo tengo una lechería que pierde dinero, diecinueve mil cuatrocientos euros de deuda con fecha, y una oferta de trescientos veinte mil en el cajón de abajo.

Angelines colgó la convocatoria en el corcho ese mismo mediodía, alisándola con mimo, y me dijo al pasar, con una satisfacción profesional que me partió por la mitad: «Por fin obras con fundamento, Mamen.

Llevo años pidiendo que se mire la estructura.

Ceballos será lo que sea, pero cuando se pone serio, se pone serio».

No lo sabe. La han usado de matasellos y no lo sabe, y verla defender el procedimiento que la deshonra fue lo más triste del jueves, y el jueves venía fuerte.

El viernes por la mañana, al subirle su pedido, doña Visi me miró desde la sillita de la aduana más tiempo del arancel establecido.

No preguntó nada, que es lo más elocuente de su repertorio, y cuando ya me iba escaleras abajo dijo, a mi espalda, con la voz de regar geranios: «Hija.

Cuando cierres lo que sea que andas cerrando, cierra también la ventana del patio.

Que estas noches entra un aire que no conviene».

No me volví. Esa mujer lleva oyendo esta casa desde antes que yo, y sabe cuándo alguien está haciendo las maletas por dentro.

La decisión la tomé esa noche, sola, que es como tomo yo las decisiones y como está mandado en mi familia, donde pedir ayuda se considera una forma de endeudamiento.

La tomé con el ticket de las dos columnas delante, el del Debe en euros y el Haber sin unidad de medida, y con un razonamiento que me pareció limpio y me lo sigue pareciendo, para que vean el nivel de mi cabeza: si peleo, pierdo, y arrastro; si vendo, pierdo, pero pierdo yo sola.

Richi ya ha pagado un despido. Susi tiene un aval con su nombre esperando en un banco.

El barrio ha delinquido en junta por mí, con acta.

Visi tiene ochenta y un años y una muñeca.

Cada mes de guerra es una factura que le paso a gente que no me debe nada, y yo no le debo nada a nadie, y así pienso seguir, que es lo único que pienso seguir siendo.

El lunes llamaría a Óscar. El sábado, en la sesión de las diez, se lo diría a Richi.

No para consultarlo. Para comunicárselo.

Que hay una diferencia, y en esa diferencia se incendió todo.

Vino a las diez con el táper de las magdalenas, que ya trae magdalenas buenas, del obrador, que hasta en eso ha aprendido, y yo no le dejé sentarse.

Se lo dije de pie, detrás de mi barra, con las palabras que traía preparadas y planchadas: que aceptaba la oferta, que estaba decidido, que llamaba el lunes, que se lo decía antes de que le llegara por otro lado porque eso sí se lo debía, y que no había nada que hablar porque no era una propuesta: era una información.

Se quedó con el táper en las manos. Lo dejó en el mármol muy despacio, como se deja algo que ya no pinta nada. Y preguntó lo único que no debía preguntar:

—¿Lo has decidido sola?

—Sola.

—Sola. —Y ahí empezó, primero bajito, que las broncas de verdad empiezan bajito—.

Tres meses. Tres meses de almacén, de informes, de farsas, de un auditor, de un despido, de un edificio entero mintiendo en formación, ¿y lo decides sola un viernes por la noche con un ticket?

—Subiendo—. ¿Y sabes qué es lo peor? Que no me sorprende.

Que me lo veía venir desde julio, porque tú funcionas así, Mamen, tú no compartes ni las derrotas, tú las acaparas, que no te quite nadie una derrota que ya es tuya.

—Subiendo más, con las manos ya en danza—.

¿Tú te crees que esto va de deber? ¿De no deber nada a nadie?

Mírame. Yo debo TODO. El piso, el coche que ya no tengo, la cara, los enchufes, treinta y ocho años debidos a plazos, y ¿sabes qué?

Que por lo menos mis fracasos son míos. Los firmo yo.

Tú ni eso. Tú llevas ocho años fracasando por poderes, en nombre de una muerta que te mandó cerrar la caja, Mamen, LA CAJA, no la vida.

Te dejó dicho que cerraras una caja y tú entendiste que te cerraras tú.

—Y ya sin freno, con la voz rota de no gritarla—: ¿Tú qué querías ser?

Antes de la persiana. Contéstame. ¿Qué querías ser?

He preguntado, ¿sabes? Este verano. A Encarni, a Fali, a tu hermana, a Visi.

NADIE LO SABE. Nadie en tu propia calle sabe qué quería ser Mamen Espinosa, porque lo quemaste tan pronto y tan bien que no quedó ni el humo.

Eso no es lealtad. Eso tiene otro nombre, y lo sabes, y lo tienes tachado hasta en tus cuentas.

Miedo. Con delantal y con apellido ilustre, pero miedo.

Y ahora el miedo ha encontrado la salida perfecta: venderlo todo tú sola, rápido, sin deberle a nadie ni el consuelo, y llamarlo dignidad, que es como lo llamas todo.

Serás la mujer más digna del barrio. Sola en un piso pagado, dignísima, con la palabra dignidad de compañera de piso, a ver qué tal cocina.

Se quedó sin aire. Los dos nos quedamos sin aire.

La Faema no intervino, y esta vez no fue discreción: hasta las máquinas saben cuándo no hay arreglo.

Y yo, con todo aquello dentro, con la palabra del cajón por fin encima del mármol, dicha por su boca, con su acento, agarré el canto del mármol con las dos manos, que el mármol para eso está, para agarrarse, e hice lo que hace mi familia cuando le tocan el fondo: fui al arsenal.

Y mi arsenal, después de tres meses de martes y viernes, de patinillo y de madrugadas, es un arsenal de precisión, porque cada botón me lo había enseñado él, confiando, que es como se enseñan los botones.

—¿Miedo yo? —Y me oí la voz de mi peor estirpe, la fría—.

Puede. Pero por lo menos yo no lloro por mi madre en horario de máxima audiencia.

—Uno—. Yo cuando me caigo no tengo una señora en Majadahonda que me recoja el piso, el coche y los pedazos, a mí no me financia el fracaso nadie.

—Dos—. Y mi vida, mala o buena, no cabe en un PDF de cuarenta páginas con erratas, que es lo único que has terminado tú en treinta y ocho años, eso y un despido.

—Tres—. Así que no me vengas a explicar el miedo, Ricardo, que tú del miedo lo sabes todo: llevas huyendo de él de sitio en sitio toda la vida, con la sonrisa puesta.

Lo raro es que este trimestre te haya tocado huir hacia aquí.

Silencio. De los que pesan en báscula. Richi me miró un momento largo, y no había rabia ya, que eso fue lo insoportable: había inventario, el suyo, el de contar daños, y yo sabía leerle la cara porque también eso me lo había enseñado él.

Recogió el táper del mármol. Lo volvió a dejar, «quédatelas, que son del obrador».

Y dijo, ya desde la puerta, sin volverse del todo:

—Vale.

Vale. Cuatro letras. Los hombres como Richi no rematan: recogen.

Lo demás lo oí esa misma noche por donde se oye todo en esta casa.

Pasadas las doce, el patinillo trajo los ruidos en orden: el armario del tercero B abriéndose, las perchas, una cremallera larga, otra.

A la una menos cuarto, las ruedas de una maleta por el rellano, escalón a escalón, toc, toc, toc, que las maletas en una escalera sin ascensor no ruedan: se despiden.

El portal. Y el cierre de la puerta de la calle, que aquel hombre sujetó hasta el final con la mano para que no golpeara, el portazo más suave del año, que es la categoría que más duele.

Ni un grito, ni un mensaje, ni una luz. Un taxi al fondo, o no, ya no lo sé.

A casa de su madre, supe después, que adonde va un hombre desahuciado dos veces en una semana es a donde esté el armisticio firmado por SMS.

Bajé a la lechería a las dos de la mañana, en zapatillas, sin encender más que la lámpara del fondo.

El táper de las magdalenas seguía en el mármol.

Lo abrí. Las conté: seis, del obrador, buenas.

Las puse en la vitrina, en la bandeja de la izquierda, y les puse precio con la tiza: uno veinte.

Es la cosa más cruel que he hecho en mi vida y no sabría explicar por qué, pero hay noches en que una necesita convertirlo todo en género, porque el género no duele: se despacha.

La convocatoria del burofax, en el cajón.

La oferta, debajo. Todo mi expediente en orden, toda mi vida archivada por fechas, dignísima.

Cuadré la caja, que cuadraba, porque el dinero es lo único que me cuadra, y puse la mano en el cajón para el cierre, para el empujoncito de cuatro mil noches, el de decirle al día siguiente que aquí seguimos.

La caja, esa noche, no la cierro. Ya no sé qué le estaría diciendo al día siguiente.