Mala leche y buen polvo Capítulo 21 — El primo del dueño
70%

Capítulo 21 — El primo del dueño

El teléfono le sonó a las diez y diecisiete, en el bolsillo, con lo suyo a medio servir.

Miró la pantalla y le cambió la cara con esa velocidad que solo consiguen dos palabras en este país, «mi tío», y se levantó del taburete para salir a la calle a cogerlo, que es lo que hace la gente educada, y en la maniobra de levantarse, deslizar y llevarse el aparato a la oreja, su pulgar, que configura móviles ajenos y traiciona el propio, tocó donde no era.

Y el altavoz se encendió. Y lo que entró en mi lechería a las diez y dieciocho de la mañana, con Encarni en su mesa, Fali en el periódico, la del cuarto en la vitrina y dos clientas de paso, no fue una llamada: fue una retransmisión.

Las dos clientas de paso se quedaron con el vaso congelado a medio viaje y no han vuelto, y no las culpo: hay estrenos que no se pueden superar.

—¡RICARDO! —La voz del fundador de FunKoffee llenó el local hasta las molduras—. ¡Me ha llamado el de auditoría externa! ¡A MÍ! ¡A mi despacho! ¡Veinte minutos he estado oyendo lo que ha encontrado en tus informes, VEINTE!

—Tío, espera, que estoy...

—¡Capilaridad con retorno! ¡¿Qué es la capilaridad con retorno, Ricardo?

! ¡El hombre no lo sabía y lleva TREINTA años en esto!

¡¿Sabes lo que me dijo tu madre cuando te coloqué?

! ¡«Tú verás lo que haces»! ¡Eso me dijo!

¡Y yo venga, hombre, que es de la familia, que ya tiene una edad, que a ver si arranca!

¡Ni el enchufe, Ricardo! ¡Hay que valer hasta para el enchufe!

Richi, de pie en mitad de mi local, apretaba botones con el pulgar como quien intenta desactivar una bomba con manoplas, y el altavoz, que en los momentos de pánico los altavoces se atornillan, seguía escupiendo el oprobio a volumen de plaza de toros: que quedaba desvinculado con efecto inmediato, que la carta le llegaría por el conducto, que menos mal que su padre no, y el remate, la guinda administrativa que solo las familias saben poner: «¡Y el coche de tu madre lo devuelves el domingo, que me lo ha dicho ella, que para ir al paro se va en metro!

». Desvinculado. La palabra del idioma de los que te quitan cosas, la de mi propio expediente, la que yo desmonté en esta misma barra en julio, cayendo ahora en mitad de mi lechería sobre el único hombre de esta historia que no se merece el eufemismo.

Fue ahí donde yo salí de detrás de la barra, le quité el teléfono de la mano con la autoridad con que se le quita un cuchillo a un niño, y colgué.

Con el dedo. Un botón rojo, uno solo, que llevaba ahí toda la llamada.

El silencio que se hizo en la lechería fue de los históricos.

Richi miró el teléfono en mi mano, miró a la concurrencia, la concurrencia miró sus consumiciones con un interés mineral, y el hombre enderezó la espalda, cogió aire, dijo «bueno, pues ya está el día organizado», dejó las monedas de lo suyo en el mármol, exactas, y se fue andando muy recto, con esa rectitud de los que se están sujetando por dentro con los tornillos que les quedan.

Lo que hizo el barrio a partir de ese momento merece capítulo en los manuales de este país, porque el barrio, enterado en tiempo real por vía directa y sin necesidad de redes, desplegó su protocolo más antiguo: no decirle nada e invitarle a todo.

Nadie, en toda la semana, le mencionó a Richi el despido, la llamada, el tío ni el altavoz: eso no existió, como no existieron en su día el belén, la pancarta ni el pregón.

Pero el martes, en el bar de la esquina, cuando fue a pagar su caña, resultó que «esa la ha pagado el de la tercera mesa», el mismo graciosillo del vivan los novios, que tiene sus códigos.

El miércoles, la Luci le sacó una tosta «que me ha salido de más» que llevaba jamón del bueno, y las tostas que salen de más no llevan jamón del bueno.

El jueves apareció colgada de su pomo una bolsa con seis pimientos de la huerta del cuñado de Parla, sin nota, por el canal institucional de la del cuarto.

Jandro le dejó dar dos pasadas de radial en el hueco del ascensor, «para que se desahogue», que entre hombres de este país eso es un pésame con todos los honores, y al recogerle la herramienta añadió, mirando al andamio, «y cuando quieras te enseño esto con fundamento, que tú tienes manos y un oficio no se lo lleva ningún tío por teléfono».

E Iván le ofreció «una sesión individual, cuando quieras, sin círculo», tarifa cero, que en la economía de ese hombre es rasgarse el lino.

El Chino Paco, por su parte, le cobró el viernes unas pilas a precio de coste, «hoy sin margen», dos palabras que quien conozca a ese hombre sabe medir: ha habido funerales en esta calle con menos sentimiento.

Y doña Visi ejecutó la invitación de mayor rango del escalafón: lo interceptó en el portal, cabestrillo en ristre, y le comunicó, que Visi no ofrece, comunica: «Mañana subes a merendar, que me sobra bizcocho y me falta conversación, y las dos cosas caducan».

Subió. Estuvo dos horas. De lo que se habló en esa merienda no ha trascendido ni una sílaba, que la agencia, cuando quiere, también sabe ser cámara acorazada, pero el hombre bajó de aquel cuarto con otra cara, y yo tengo para mí que esa señora le contó algo de latas de Cola Cao, o de rebecas de enero, o de las dos cosas.

A la española: el cariño por consumiciones, el pésame por gremios, y la palabra, jamás.

La miniatura de la semana llegó el viernes y me la enseñó él mismo, esa noche, con el móvil en la mano y cara de haber visto un eclipse: su madre le había escrito.

Escrito. Maruchi Navascués, que llama dos veces al día desde que existe la telefonía, que considera los mensajes «cosa de gestorías», había mandado un SMS, el primero de su historia documentada, y el texto era este, completo: «Hijo.

Llámame cuando puedas hablar. O no. Mamá.

» Cuatro frases y un «o no» que debió de costarle la tarde entera.

«Esto es grave», dijo Richi mirando la pantalla, «mi madre por escrito es que está en el suelo».

Y los dos entendimos que aquel mensaje era, en el idioma de Majadahonda, exactamente lo mismo que los pimientos sin nota.

Le contestó allí mismo, delante de mí, con dos dedos y la lengua asomada, y me enseñó el texto antes de darle a enviar, pidiendo el visto bueno editorial: «Voy el domingo a llevar el coche.

Me quedo a comer. Un beso». Le dije que perfecto.

Devolver el coche y quedarse a comer, en una sola frase: hay armisticios que se firman por SMS y valen más que los de los notarios.

Lo de la noche fue el viernes, pasadas las diez.

Yo estaba cerrando caja con la luz del fondo cuando llamó al cristal con un nudillo, y le abrí, y entró en la lechería apagada, con la Faema dormida y las sillas subidas, y se sentó en su esquina de la barra, la de la columna, a oscuras casi, y sin que yo le preguntara nada, porque hay hombres a los que solo se les puede preguntar apagando la luz, empezó a hablar.

—¿Sabes cuántas cosas he terminado en mi vida?

—No era retórica: había estado contando—.

La EGB. Y porque era obligatoria. Después, mira: INEF, dos años, lo dejé.

La academia de inglés, tres meses, «no era mi momento».

El curso de entrenador, me faltó el último módulo, el último, Mamen, lo tenía pagado.

La isla aquella, expulsado. Lo del gimnasio de mi primo, seis meses.

El máster del PDF, ese sí, ese lo acabé, cuarenta páginas, y ya has visto para qué.

Y en medio de todo, mi tío, mi padre cuando vivía, mi madre, todos empujándome a la siguiente cosa antes de que se notara mucho lo de la anterior.

Yo lo de «me fueron enchufando hasta que dejé de dar problemas» te lo dije en la caseta como un chiste, pero es el plano de mi vida.

A los guapos que no valen, en este país, no se les deja caer: se les recoloca.

Caer, lo que se dice caer, no me han dejado nunca, y sin caerte no aprendes ni dónde está el suelo.

Yo tengo treinta y ocho años y me acabo de caer por primera vez, en directo, con público y en manos libres.

—Se miró las manos, abiertas sobre el mármol—.

Y no me estoy muriendo. Fíjate. Es hasta interesante, el suelo.

Se ve todo desde otro ángulo. —Y entonces levantó la cabeza, y lo que dijo lo dijo mirándome, sin pestañear—: Y otra cosa he pensado, la última.

Que lo mejor que he hecho en mi vida profesional, lo mejor con diferencia, con papeles y con firma, es un fraude.

Los informes de la ruina. El vapor, el cubo, la solera que respira.

Mi obra maestra es una mentira bien documentada para que no te quiten esto.

Me ha costado el único despido de mi carrera y lo volvería a firmar mañana con los dos apellidos y una foto.

Mi tío dice que no valgo ni para el enchufe.

Puede. Pero para el desenchufe, Mamen, para el desenchufe he resultado buenísimo.

No dijo más y no hacía falta más. Y yo no le contesté con palabras, porque las palabras, para esto, las tiene mejores él últimamente, y porque mientras hablaba yo había estado haciendo mi propia lista, en silencio, con el lápiz de dentro: el toldo de la ferretería, terminado.

La persiana de esta casa, engrasada y terminada.

La compra de los lunes, cuatro pisos, terminada cada lunes.

El anexo del dieciséis de junio, tres páginas, terminado, y era lo único decente de catorce.

La válvula de la Faema, encontrada, pagada y puesta.

La libretita de los nombres, llena. Este hombre lleva desde junio terminando cosas y no se ha enterado, porque las suyas de ahora no dan diploma ni salen en la tele, y los de su casa solo cuentan lo que se enmarca.

Lo que hice fue levantarme, ir a la Faema y encenderla.

Fuera de horario, con el local cerrado, para un solo servicio, que el gasto de encender esa máquina para un café lo conoce cualquiera del gremio y por eso mismo se entiende lo que significa.

Esperé el calentón con la mano en el mando, purgué, y le hice un café.

Solo. Para él solo. Se lo puse delante, en su esquina, sin platillo de cortesías, y en el idioma de esta casa, el que fundó mi abuela en el 58 y consta en su libro, eso que acababa de hacer tiene una sola traducción posible y las dos personas presentes la sabían.

Richi miró el café. Miró la máquina encendida a las diez y media de la noche. Y dijo, bajito:

—Gracias. —Y luego, más bajito aún, con el café ya en la mano—: Yo también.

Nos quedamos así un rato, sin encender más luces de las puestas, la Faema ronroneando su vapor de más para nadie, y fue él quien lo vio primero, por encima de mi hombro, a través del cristal del escaparate: dos figuras en la acera de enfrente, quietas, mirando hacia aquí.

Hacia mi local a oscuras. Óscar, con su polo, señalando con la barbilla primero mi persiana y después hacia arriba, hacia el edificio, plantas contando con el dedo.

Y a su lado, escuchándole con las manos a la espalda, un hombre gris con carpeta bajo el brazo que yo he visto mil veces sin mirarlo, en el portal, en los recibos, en la letra pequeña de las convocatorias.

Y al socio lo conozco. Todo el barrio lo conoce. Es el administrador de fincas de Angelines.