Mala leche y buen polvo Capítulo 20 — El auditor
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Capítulo 20 — El auditor

El acta lo llama «protocolo de contingencia hídrica».

El aviso había llegado el viernes por el canal de siempre, el error del becario, que a estas alturas del verano ya no es un error: es un canal oficial, tres meses lleva, yo creo que en central figura como suscripción.

Asunto: «Auditoría externa de activos en cartera».

Traducción: a FunKoffee no le cuadra que un local recomendado en mayo sea una ruina en septiembre, y antes de archivar la operación manda a un profesional independiente, «D.

Ancín, auditoría técnica», miércoles a las once, «se ruega colaboración».

Se la vamos a dar, pensé yo. Toda la colaboración del mundo.

En el ensayo general del martes por la noche, que lo hubo, con el bajo B de sala y el cuenco de atrezo, se produjo además el momento de doctrina que quiero dejar registrado.

La del cuarto, crecida, propuso «decir lo de la aluminosis, que en julio funcionó».

Y doña Visi, desde su silla, sin levantar la voz, emitió la ley:

—La aluminosis se usó en julio. Las palabras caras no se repiten, hijita, que se devalúan. —Pausa de catedrática—. Mañana se trabaja con material nuevo.

El miércoles a las once menos cinco, un taxi dejó en mi acera a don Ancín, auditoría técnica.

Y a los treinta segundos de verlo supimos todos que esto no era el territorial.

Gris entero, cincuenta y muchos, un maletín rígido de los que se abren en dos mitades ordenadas, y dentro, a la vista, el arsenal de un hombre serio: higrómetro digital, medidor láser del bueno, cámara con fecha, y una carpeta con un checklist plastificado al que iba tachando con un boli metálico de clic.

Nueve años cerrando sitios, sabríamos luego.

Se le notaba en la manera de no saludar del todo: los que cierran sitios por oficio aprenden a no encariñarse ni con los buenos días.

Al técnico de zona lo habían citado para «facilitar el acceso», y allí estaba Richi desde las once menos diez, con su carpeta naranja y la compostura de un hombre asistiendo a la autopsia de su propia obra.

Don Ancín le hizo exactamente dos preguntas en toda la mañana.

La primera, técnica, sobre «la capilaridad ascendente con retorno» que figuraba en sus informes, y yo vi a Richi abrir la boca, buscar la jerga de julio, no encontrarla delante de aquel higrómetro de verdad, y contestar la única frase que no debía y la única que podía: «No lo sé explicar mejor de lo que está escrito».

El auditor lo miró dos segundos de reloj, de profesional a lo que fuera aquello, y tachó con el clic.

La segunda pregunta fue a la una menos veinte y no fue técnica: «¿Usted cuánto lleva viviendo en esta finca?

». «Desde junio.» «Ya», dijo don Ancín, y esa fue toda la conversación, y en ese «ya» cabía un expediente entero.

La función empezó puntual y empezó bien.

El goteo del quinto caía sobre la fachada del patio con una verosimilitud de lluvia fina, Portugal lucía en la pared su mejor época, regado con esponja desde el alba, el cubo de guardia recibía su gota de las obras con la profesionalidad de un fijo discontinuo, y a las once y diez hizo su entrada el inspector de humedades: Iván, de lino planchado, con una carpeta que alguien le había prestado y el cuenco tibetano bajo el brazo, presentándose como «técnico en diagnosis higrométrica por resonancia», título que se inventó con tanta paz que casi existe.

Su método, ejecutado ante el auditor con solemnidad de misa: apoyar el cuenco contra la pared, hacerlo sonar con la baqueta, cerrar los ojos, escuchar la vibración larguísima, y dictaminar en voz grave: «Aquí la pared retiene.

¿Lo oye? Retiene y no suelta. Como casi todos».

Lo terrible, y esto lo digo con conocimiento, es que Iván no actuaba: Iván cree en el cuenco, y la fe no se puede auditar.

Don Ancín lo escuchó entero, tachó algo en su checklist, y sacó el higrómetro.

Y ahí empezó la otra función, la que no estaba en el cuadrante: la del profesional desmontándonos por orden alfabético.

Apoyó el higrómetro en Portugal y leyó en voz alta, sin énfasis, «humedad superficial alta, temperatura de pared treinta y ocho grados; las goteras frías no calientan, señora, esto es vapor», y a través de la puerta del almacén, con el boli metálico, señaló la vaporera sin verla, por deducción, como los físicos señalan planetas.

Salió al patio, miró la lluvia fina, siguió su trayectoria hacia arriba con el dedo, encontró el arco, la parábola delatora, «el agua de gotera cae vertical; la suya viene con impulso», y desde el balcón del segundo tramo se oyó cerrar un grifo con una dignidad póstuma.

Fotografió el cubo, fotografió la gota, anotó «coreografía» al lado, yo lo vi escribirlo.

A Jandro le aceptó la carpeta del parte de obra, la hojeó dos minutos y se la devolvió con la única sonrisa de la mañana: «Esto está muy bien.

Es de otra finca». Y era de otra finca, que Jandro había traído el parte gordo de una obra de Vallecas «por darle cuerpo al expediente».

Los equívocos de pasillo también tuvieron su momento, porque la del cuarto, condenada por el cuadrante a «tránsito de fondo con cubo, sin diálogo», aguantó muda dos pases completos, cubo va, cubo viene, y al tercero la venció el artista que lleva dentro: se plantó en mitad del local, alzó el cubo y declamó «¡ay, el agua, que no damos abasto!

» con proyección de teatro romano. El auditor la miró, miró el cubo, y observó, sin maldad, con su boli: «Señora, su cubo está seco».

Estaba seco. Con las prisas del tercer pase había cogido el de la fregona nueva, el del almacén, y la del cuarto se quedó mirando el interior del cubo como se mira un décimo no premiado, y se retiró por donde había venido, todavía con el brazo en alto, que la dignidad, una vez desplegada, ya no se puede plegar en público.

Por la ventana del patio, mientras tanto, se veía la manguera del quinto retirarse hacia arriba muy despacio, palmo a palmo, como una anguila arrepentida, en la única maniobra de repliegue de la mañana que nadie había ensayado y todos entendimos.

Y Angelines, que siguió al auditor toda la visita a dos pasos exactos, tomando notas de sus notas en su propia libreta, coincidió con él en la revisión de una esquina, se miraron un instante los dos checklists, y se hicieron un gesto breve de cabeza, de colega a colega, dos personas que saben desde siempre que el mundo se sostiene con listas y que casi nadie las respeta.

Con doña Visi el duelo fue de otra categoría, y el barrio lo contará mal porque fue demasiado fino para contarlo.

La ambientación variable entró en escena a las doce menos cuarto, en bata de visita, del brazo de la del cuarto, ejecutando una senilidad de manual: que si usted es mi Ramonet, que si esta casa se cae desde la guerra, que si el agua, hijo, el agua nos va a enterrar a todos.

El auditor la trató con una paciencia impecable, le acercó una silla, y cuando la tuvo sentada le tendió la trampa con la suavidad de los buenos: «No se preocupe, señora.

Esto pasa desde... ¿cuándo me dijo? ¿Desde lo del gol aquel famoso?

». Y doña Visi, ochenta y un años de tablas, oyó la palabra gol y el oficio pudo más que el guion: «Doce a uno, hijo, el veintiuno de diciembre del ochenta y tres, y lo cantó mejor la radio, eso que ni se discuta».

Precisión de enciclopedia, fechas incluidas, en mitad de la niebla fingida.

El auditor no dijo nada. Tachó con el clic.

La senilidad intermitente acababa de quedarse sin la mitad del repertorio, y Visi lo supo al instante, porque se levantó de la silla con una agilidad inexplicada y se retiró del escenario declarando, ya sin personaje: «Este hombre es bueno. Que salga el siguiente».

No salió el siguiente. No hizo falta. A la una menos cuarto, don Ancín cerró su maletín de dos mitades, con todas las mentiras de este edificio catalogadas, fotografiadas y tachadas, dueño de la verdad entera, y en vez de irse hizo la única cosa que no habíamos preparado, la única contingencia que no estaba en el cuadrante de Angelines: entró en mi lechería, se sentó en la barra, y pidió un cortado.

Se lo puse con la válvula nueva, que la Faema resucitó el jueves pasado y está en su mejor momento, agradecida como las señoras operadas.

Lo probó. Miró el mármol, la vitrina con el bizcocho del día, el espejo de mi abuela, la pizarra con mi letra.

Se bebió el cortado entero, despacio, con las dos manos, y este país entero cabe en lo que tarda un hombre cansado en beberse un cortado bueno.

Y luego, sin levantar la voz, mirando la taza vacía:

—Llevo nueve años cerrando sitios. Nueve.

Sé cuándo una humedad es vapor, cuándo una gotera tiene motor y cuándo una señora mayor está más lúcida que yo.

Lo he visto todo esta mañana y lo tengo todo apuntado.

—Giró la taza en el platillo, un cuarto de vuelta—.

Y es la primera vez, en nueve años, que un barrio entero me miente a la cara por un bar.

¿Sabe lo raro que es eso? La gente miente por dinero, por miedo, por no pagar. Por un bar, nadie. Nunca.

—No es un bar.

No dije qué es. No hizo falta. El hombre miró la taza un momento más, sacó su boli metálico, y en mi propia barra, sobre mi propio mármol, escribió en su checklist plastificado la última tachadura de la mañana. Después pagó, dejó propina, y en la puerta se volvió con el maletín en la mano:

—¿Me pone una merengada para el viaje? —Y como yo tardara un segundo—: He auditado el producto. Procede.

El informe llegó el viernes, por el canal del becario, a mi bandeja de suscriptora.

Tres páginas, prosa gris, contundencia de nueve años: «patologías estructurales y de humedad incompatibles con la inversión», «expediente administrativo de complejidad no asumible», «se desaconseja la operación con carácter definitivo».

Tachada. Muerta. Archivada con carácter definitivo, que en el idioma de los cajones es el único carácter que no resucita.

Leí las tres páginas dos veces con la respiración de las victorias, y fue en la segunda lectura cuando encontré el párrafo final, el de «otras observaciones», ese párrafo que los profesionales de nueve años no pueden dejar de escribir aunque quieran, porque el oficio no perdona:

«Se hace constar, asimismo, la existencia de irregularidades relevantes en los informes previos del técnico de zona, cuya revisión se recomienda al departamento correspondiente.»

El técnico de zona. El departamento correspondiente. El mismo boli metálico, el mismo clic, la misma mañana.

Hemos ganado. Le he costado el puesto. Las dos cosas, con el mismo boli.