Mala leche y buen polvo Capítulo 19 — La no-cita
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Capítulo 19 — La no-cita

No es una cita. Es logística.

Lo dejo sentado en la primera línea porque sé cómo son ustedes y sé cómo es mi barrio, y contra los dos a la vez no puedo: la Faema se murió el lunes.

Se murió como mueren las señoras de su categoría, trabajando y sin avisar, con un último golpe de vapor a media mañana y después un silencio que vació la lechería de sentido en cuestión de segundos.

Diagnóstico, tras autopsia a cuatro manos el martes por la noche en sesión extraordinaria: la válvula.

La válvula antigua con opiniones ha dejado de opinar, y el repuesto, por ser la Faema de la quinta que es, no está en internet ni en el Amazon ni en ninguna parte del presente: está en un distribuidor de recambios de hostelería de un polígono de la carretera de Toledo, según averiguó Richi en dos llamadas hechas con una seriedad de técnico que por una vez venía al caso.

Él tiene coche. Yo tengo la válvula muerta y un negocio sin café.

Miércoles, cierre por la tarde, ida y vuelta, cuarenta kilómetros. Logística.

Nos perdimos, naturalmente. No en la autovía, que la autovía no deja, sino en el destino, porque los polígonos industriales de este país están diseñados por alguien que odia a las personas, y aquí abro el expediente que llevo años queriendo abrir.

El polígono industrial español es el único sitio del mundo donde todas las calles se llaman como un gremio muerto, Calle de la Fragua, Calle del Torno, Travesía del Laminado, y todas las naves son la misma nave, gris, con su rótulo azul y su vado, de manera que el GPS, que ha llevado a la humanidad a la puerta de todo, entra en un polígono y le da un ictus: «ha llegado a su destino», dice, delante de una nave que vende palés, cuando tú buscas recambios, y la nave de recambios, se sabrá luego, está detrás, en la Calle del Fleje, que no existe en el mapa porque los polígonos se reforman más rápido de lo que se cartografían.

Dimos cuatro vueltas a la misma rotonda, una rotonda con una escultura de chapa oxidada que homenajea, creo, a la propia chapa, y cruzamos dos veces con la misma furgoneta de reparto cuyo conductor, a la segunda, ya nos saludaba.

¿Que los polígonos dan trabajo a este país y lo sostienen?

Lo sostienen. ¿Que se podría sostener el país poniendo un cartel legible cada doscientos metros?

Se podría. ¿Que pienso volver a un polígono?

El mes que viene, seguro, a por lo de la vitrina.

Esa es la relación de España con sus polígonos: nadie quiere ir y ahí vamos todos, dando vueltas a la chapa.

Llegamos a Recambios Hostelería Hermanos Cifuentes a las dos menos tres minutos.

A las dos menos dos, delante de nosotros, un señor bajó la persiana desde dentro hasta la mitad, nos miró por el hueco, terminó de bajarla.

Y en el cristal, un cartel escrito a rotulador: «VUELVO ENSEGUIDA».

Sin hora. Yo, que tengo un cartel de vuelvo en cinco minutos y vuelvo en cinco, me quedé mirando aquel «enseguida» sin hora con un desprecio profesional profundo: eso no es un cartel, es una coartada con celo.

Richi propuso esperar. Esperamos veinte minutos apoyados en el capó de Maruchi, viendo pasar carretillas, hasta que del bar de enfrente, que se llamaba Casa Pepe porque los bares de los polígonos se llaman todos Casa Pepe aunque no haya Pepe, salió un olor a guiso que tomó la decisión por nosotros.

Y dentro de Casa Pepe, señores, estaba España entera, y estaba, en la tercera mesa, con servilleta al cuello y una carrillada por la mitad, el señor de la persiana.

Lo reconocí por la rebeca. Nos vio, nos reconoció, «¿los de la válvula?

», que habíamos llamado por la mañana, y sin soltar el tenedor mandó la instrucción que resume el funcionamiento profundo de la economía nacional: «Sentaros, que ahora en el café os la saco».

Nos sentamos. La cocina ya no daba, que la carrillada del hombre era la última del puchero, pero cayeron dos cañas de espera, y entre caña y caña el señor de la rebeca quiso saber para qué máquina era la válvula.

«Una Faema», dijo Richi. «¿De qué año?» «Del setenta y cuatro», dije yo.

Y el hombre dejó el tenedor, nos miró a los dos con un respeto nuevo, y dictaminó, con la autoridad de treinta años de polígono: «Esa máquina os entierra a los dos.

Cuidádmela». Este país no funciona por horarios.

Funciona por bares. La nave estaba cerrada y el negocio abierto, solo que el negocio estaba comiendo carrillada, y a los postres, tal cual lo prometió, el hombre cruzó en zapatillas de estar por nave, abrió una puertecita lateral, y volvió con mi válvula envuelta en papel de periódico, cuarenta y dos euros, «y dile a la máquina que esta es de las buenas, de las de antes de que lo compraran los fondos».

Se la pagué con billetes y con emoción. Hay transacciones que reconcilian a una con el siglo.

La comida de verdad, la nuestra, fue a la vuelta, a las cuatro y cuarto, porque a las cuatro y cuarto de la tarde en España solo da de comer una institución, y esa institución tiene surtidores.

Y no una gasolinera cualquiera: la de la carretera de Toledo.

La. Yo no dije nada cuando Richi puso el intermitente, porque el estómago a esas horas no tiene memoria histórica, y no caí del todo hasta que estuvimos dentro, con las bandejas, delante de la vitrina caliente.

Y ahí estaba. La vitrina. Las tortillas de la casa, en fila, brillando bajo el foco con esa cebolla larga y desmayada, translúcida por el centro, idéntica a sí misma después de ocho años, porque las gasolineras no cambian de proveedor ni de siglo.

Me quedé mirándolas más tiempo del razonable y me salió, sin planearlo, en voz baja:

—De aquí era la de mi hermana.

Richi se quedó muy quieto, con su bandeja, midiendo el terreno, porque el hombre conoce el folclore, en este barrio lo conoce hasta el que llegó ayer, y dijo, con una prudencia de artificiero:

—¿Quieres que... nos vayamos a otra...?

—Ponme un pincho. —Señalé la vitrina con la barbilla—. De esa. Vamos a conocer al enemigo.

Y me comí un pincho de la tortilla de la gasolinera de la carretera de Toledo, la misma tortilla que rompió a mi familia, en la barra de la propia escena del crimen, y aquí viene la confesión del día: está buena.

Está buena, la condenada. No es la de casa, no tiene el punto, la cebolla va por libre, pero está buena, y ocho años de mi vida se sostuvieron sobre la premisa de que aquello era incomible además de falso, y resulta que era solo falso, y no sé por qué fue eso, si la cebolla dulce, o el sitio, o el mes que llevo, pero me empezó por dentro una cosa que primero fue un resoplido por la nariz y luego no hubo forma: me reí.

Me reí de verdad, doblada sobre la barra de una gasolinera, con el pincho en la mano, me reí de la tortilla, del entierro, de la prima Loli pidiendo la receta, de mí misma ocho años de fiscal con la munición cambiada, me reí con ese llanto de risa que no se puede parar porque viene de muy atrás y trae equipaje, y Richi primero me miraba con miedo de artificiero y luego se contagió sin saber de qué se reía, que es la mejor manera de acompañar a alguien, y los dos ahí, a las cuatro y media de la tarde, llorando de risa delante de una vitrina de tortillas mientras el de la caja nos vigilaba por si había que llamar a alguien.

Un terremoto. De los que reordenan los muebles por dentro y ya no los vuelves a poner donde estaban.

Cuando amainó, pedimos dos empanadillas para el camino, y mientras la mía giraba en el microondas, Richi, apoyado en la barra, mirándome con la cara lavada de la risa, dijo:

—¿Sabes que es el primer día en años que no piensas en la lechería? —Y antes de que yo abriera la boca—: Se te nota en la cara. No la había visto nunca, esa cara.

No contesté. Porque era verdad, y las verdades de ese tamaño, si las contestas, se asustan.

Y sonó el pitido del microondas, que para eso están.

La avería fue en el kilómetro dieciocho de la vuelta.

El híbrido de Maruchi, que había hecho la ida entera en voz baja, se puso a escribir testigos naranjas en el salpicadero como quien redacta una reclamación, perdió la asistencia en una cuesta y se dejó llevar hasta el arcén con la dignidad de los coches caros, que se averían sin ruido.

Richi llamó al seguro, «cuarenta minutos», y a los diez, por el arcén, con las luces de emergencia puestas, frenó una furgoneta blanca que yo conozco de toda la vida porque aparca en mi calle: la de la ferretería.

El de la ferretería volvía de un almacén de suministros, porque los ferreteros peregrinan a los polígonos como nosotros a los santuarios, y nos recogió sin una pregunta.

Ni una. Cuarenta minutos de furgoneta, los tres en el asiento corrido, la válvula en mi regazo envuelta en su periódico, y el hombre sin preguntar nada y preguntándolo todo con el retrovisor: cada vez que el silencio se ponía interesante, sus ojos subían al espejito, nos hacían la entrevista completa, y volvían a la carretera.

En cuarenta minutos nos hizo un reportaje.

Al bajarnos le quise pagar el favor y me lo resolvió con la única frase del trayecto: «Ya me lo cobraré en bombillas».

Ese hombre y el Chino Paco deberían fundar un banco.

Lo que no sabíamos, porque veníamos sin cobertura de tanto túnel de la vida, es lo que había pasado en el barrio durante nuestra ausencia.

Reconstruyo por el archivo del grupo: a las 16:40, la del cuarto informó de que la lechería llevaba toda la tarde cerrada «y el técnico no está, que su persiana está sin regar», dato botánico que no pienso descifrar.

A las 17:15 las teorías ya eran tres: gestión comercial (defendida por Fali, «habrán ido a por género»), asunto del juzgado (Encarni, sin especificar si boda o denuncia, «que las dos cosas se firman igual»), y casting de otro reality (el nieto de la del cuarto, con documentación adjunta del primero).

A las 17:40, doña Visi, convaleciente, echó gasolina por abstención: «A mí no me miréis, que yo estoy delicada», mensaje que multiplicó las especulaciones por no desmentir ninguna.

Y a las 18:05, Angelines, desbordada, hizo lo que hace el poder cuando pierde el control del relato: convocar al pueblo.

Abrió encuesta oficial, «sondeo de interés general no vinculante», con cuatro opciones: A, gestión comercial.

B, asunto personal. C, ambas. D, no procede especular.

Ganó la C por mayoría absoluta. La D sacó dos votos: el de Angelines y otro que el barrio lleva desde entonces intentando identificar.

La furgoneta nos dejó en nuestra calle a las ocho y diez, con la luz buena.

Y al bajarnos los dos, él con la caja de herramientas, yo con mi válvula en su periódico, la terraza del bar de la esquina, seis mesas, lo mejor de cada casa con sus cañas de las ocho, nos vio, se dio un segundo de deliberación, y aplaudió.

Aplaudió. Un aplauso de verdad, cerrado, con algún silbido de ánimo y el «¡vivan los novios!

» reglamentario del graciosillo de la tercera mesa, y el de la ferretería, el muy traidor, tocó el claxon dos veces al arrancar, sumándose a la ovación con la furgoneta.

Y desde el cuarto, arriba, contra la barandilla del balcón, una sola mano dando palmas despacio, que es como aplaude una fisura de radio comprometida con la causa.

Fantástico. Ya somos la tele del barrio. Y lo peor es que no sé qué echan mañana.