Capítulo 18 — Las cartas
A las siete y veinticinco, la leche del día seguía en su litro.
Ese litro se va de mi nevera a las siete y diez desde antes de que yo naciera.
A las siete y cuarto ya me extrañó; a las siete y veinte dejé de despachar con la cabeza; y a las siete y veinticinco cerré la lechería con el cartel de los cinco minutos y subí los cuatro pisos de dos en dos, por la escalera de las obras, con el corazón haciéndome un ruido que no le conocía.
Llamé al timbre. Nada. Llamé con los nudillos.
Y entonces, por el patio, por la ranura de la ventana de su cocina, la oí: «La puerta no, hijita, que está echada.
La llave la tiene la del cuarto B. Y no corras, que ya me he caído, más despacio no me voy a caer».
Se había bajado de la banqueta con un pie de más o de menos, alcanzando el altillo de la cocina, y llevaba desde las siete en el suelo, sentada contra el mueble, «cómoda dentro de lo que cabe», organizando su propio rescate por orden alfabético.
La encontramos serena, despeinada de un lado y furiosa por ese lado exactamente, con la muñeca izquierda en una postura que no venía en su repertorio.
En la ambulancia, que llegó en once minutos y fue recibida por un comité de bata y carro de la compra, le dijo al técnico que le cogía la tensión: «Nueve seis, hijo, no te molestes, que llevo con esa tensión desde Franco.
Lo que me he roto es la muñeca y el orgullo, y la muñeca tiene arreglo».
El parte médico: fisura de radio, contusiones, y cuarenta y ocho horas de observación «por la edad», expresión que Visi recibió como una querella. El parte del edificio: estado de excepción.
Porque aquí es donde este barrio despliega lo que mejor sabe hacer, que es la logística del pánico.
En una hora, el grupo de la comunidad había pasado de sus silencios reglamentarios a una sala de mando: Angelines colgó un cuadrante de acompañamiento por turnos de cuatro horas, el primer cuadrante de su carrera que no protestó nadie, y se cubrieron las cuarenta y ocho horas en once minutos, con lista de espera y un conato de mercado negro de turnos que la presidencia atajó de oficio.
La del cuarto activó la cadena del táper: a las dos de la tarde había en la habitación 314 comida para un batallón, tortilla de la del segundo, filetes empanados de Encarni, un táper de Iván «de quinoa con cosas» que fue recibido con cariño y clausurado sin abrir, en la tradición de su bizcocho.
Y quedó abierto el frente diplomático más antiguo de la casa: avisar al sobrino de Amposta, único pariente censado, que no coge el teléfono.
Se le llamó ocho veces desde cuatro números.
Nada. Fali propuso la vía clásica, y la vía clásica funcionó: se llamó al bar de la plaza de Amposta, se dejó recado con el dueño, «dile al Ramonet que su tía se ha caído, que no es grave, que llame», y a las seis de la tarde el Ramonet llamó, apuradísimo, desde la obra.
Que iría «en cuanto pudiera». Todos entendimos la fecha aproximada de «en cuanto pudiera», y nadie la comentó, y Visi menos que nadie, que hay parientes que son como los santos de las hornacinas: se les tiene, se les reza poco y no bajan.
Yo cogí la guardia de noche. La primera, la de las diez a las ocho, y no la sorteé: la pedí, saltándome el cuadrante con nocturnidad, y Angelines me la concedió sin apuntar la irregularidad, que es su manera de dar abrazos.
El hospital de noche es un país aparte y tiene su música: las zuecas por el pasillo, el carro de las once, los goteros con su metrónomo.
La 314 es doble, y en la otra cama, tras la cortina, gobierna doña Puri, de Usera, operada de la rodilla y de una opinión sobre cada cosa: opinó de la cena, del gotero, de mi delantal, que lo llevaba puesto de las prisas, «¿es usted de hostelería?
se le ve», y del pronóstico de Visi, «las muñecas, a su edad, van como quieren», hasta que Visi corrió su propia cortina con la mano buena y la desactivó con un solo disparo: «Puri, guapa, usted y yo nos vamos a llevar bien en cuanto usted se duerma».
A las once y media apareció el celador del turno, Sebas, treinta y tantos, brazos de mudanza, a llevarse el carro, y asistí en directo al espectáculo que el barrio lleva décadas relatando y que yo nunca había visto de cerca: doña Visi, con fisura de radio, bata de flores ajenas y ochenta y un años, desplegando velamen.
Que si Sebas, qué bien empuja usted ese carro, que si esos brazos son de familia o de gimnasio, que si está usted casado o solo mal acompañado.
El chico salió de la habitación colorado y esponjado a la vez, con dos años menos de los que entró, y Visi me comentó, profesional, viéndolo irse: «A estos hay que regarlos, alma. Cuesta poco y florecen mucho».
Del café de la máquina del pasillo voy a decir lo justo, porque me pierde el gremio.
Un euro veinte por un líquido marrón, tibio y arrepentido, que sale escupido a rachas en un vaso que quema por fuera lo que el contenido no calienta por dentro, con un botón de «extra crema» que miente en las dos palabras.
Ese brebaje insulta a dos colectivos a la vez, al mío y al de los enfermos, que son precisamente los dos colectivos que más café digno necesitan de este país.
¿Que me bajé tres a lo largo de la noche?
Tres. ¿Que eso me inhabilita para la crítica?
Al contrario: me acredita. Nadie conoce mejor un mal café que quien se lo bebe entero por no dormirse en una guardia.
El audio llegó a las nueve y cuarto de la noche, al grupo, desde el móvil de la propia interesada, grabado con la mano buena y la ayuda técnica, sospecho, del celador regado.
Siete minutos. Clavados, 7:00, desde una cama de hospital, sin reloj a la vista, con fisura de radio: hay fenómenos que la ciencia debería estar estudiando con más presupuesto.
Y por primera vez en la historia de Esperanza 12, el audio de siete minutos de doña Visi se escuchó entero.
Todo el mundo. Algunos dos veces. En el minuto uno pasaba parte médico con vocabulario de ATS antigua; en el dos organizaba el riego de sus geranios «el gordo cada dos días, los claveles ni tocarlos que se crecen»; en el tres le dejaba dicho a la del cuarto B dónde está la llave de paso «por si acaso, que yo soy previsora, no agonías»; en el cuatro derivó, como es preceptivo, esta vez hacia el celador y sus brazos; en el cinco, sin cambiar de tono, entre los geranios y una receta de caldo, dijo la frase que hizo que media escalera escuchara el audio por segunda vez: «y no me pongáis todavía cara de mesa camilla, que a mí me quedan cosas por hacer que no os he contado»; el seis fue de instrucciones para la merengada del viernes, «que la Mamen no la suspenda, que los viernes sin merengada este barrio se desorienta»; y a los siete minutos exactos, en mitad de una frase sobre el Ramonet que prometía muchísimo, el audio se cortó, puntual como su autora.
El grupo estuvo callado un rato largo. Luego Fali escribió «recibido» y catorce personas reaccionaron al recibido, que es como este edificio dice te queremos sin incurrir en ello.
La verdad llegó a las tres y diez de la madrugada, que es la hora en que los hospitales aflojan las tuercas de todo el mundo.
Yo la creía dormida. Estaba mirando el gotero con los ojos abiertos, con la luz de las vías del pasillo dándole en el perfil, y empezó a hablar sin preámbulo, sin «te voy a contar una cosa», como quien retoma una conversación que llevaba cincuenta años en pausa.
—Lo de Julio no fue como lo cuento.
—Visi, descanse.
—Calla y cobra, que esto vale más que el turno.
—Se recolocó la muñeca mala sobre el pecho—.
Fue en el sesenta y nueve, en una sala de fiestas de Valencia, el año después de que él ganara lo de Benidorm.
Yo tenía diecinueve años y era la tercera de la fila del Molino de Amposta, que de primera figura tenía lo que tú de tímida, pero diecinueve años, con diecinueve años una es primera figura de lo que haga falta.
Y él estaba empezando a ser él, y una noche, en el pasillo de los camerinos, me dijo que yo tenía una cara muy moderna.
Una cara muy moderna. Con eso viví tres semanas.
Le escribí. Le dejé recado en dos teatros.
Se lo conté a mi madre, a mis primas y a media Amposta, que ese fue el error técnico, que la ilusión, si se anuncia, ya no es tuya: es de la parroquia.
Y no llamó. Ni llamó, ni escribió, ni se acordó de la cara moderna, que estaría el hombre conociendo caras modernas por toda España a razón de tres por plaza.
Y yo me quedé con Amposta entera sabiéndolo.
—Silencio. El gotero, a lo suyo—. Así que le di la vuelta.
Como a las sábanas. Del derecho la historia era que yo lo rechacé a él, y del derecho la he tendido cincuenta años, y así se ha secado, y ya nadie sabe cuál era el revés más que yo. Y ahora tú.
—¿Por qué me la cuenta a mí?
—Porque tú andas ahora mismo escribiendo una crónica del derecho, hijita, y yo de eso soy catedrática. —Me miró de refilón, con la cara moderna que todavía tiene—. Y porque el orgullo abriga mucho los primeros cuarenta años. Luego es una rebeca en enero.
No contesté. Hay sentencias que se firman callando.
Se quedó un rato mirando el techo, más allá del techo, y cuando ya le bajaban los párpados dijo, con la voz de dar instrucciones de riego: «Para mañana, cuando venga el alta, me traes de casa el neceser bueno.
El de las iniciales. Que aquí viene mucho viudo y una no sabe».
Y se durmió con la sonrisa de la tercera de la fila.
El relevo llegó a las ocho menos cinco, y era el del cuadrante: turno de ocho a doce, R.
Navascués, apuntado por Angelines sin comentario alguno, que esa mujer administra hasta las discreciones.
Entró con lo puesto y con una bolsa de papel manchada de aceite que dejó en la mesilla: churros.
«De la gasolinera», dijo, bajito, por no despertar, «que saben a churrería», y me miró un segundo de más al decirlo, porque esa frase es de las nuestras, de las de un camino largo a las cinco de la mañana, y usarla en una habitación de hospital a las ocho es traer contrabando de un país a otro.
No dije nada. Cogí un churro. En según qué aduanas, comer es firmar.
Me fui cuando Visi aún dormía, con el delantal puesto de anoche y el cuerpo de tres cafés de máquina, y al pasar la cortina, doña Puri, que amanece opinando, me despidió desde su almohada: «Oiga.
Su abuela es de las de antes. Cuídemela».
Y yo dije que sí, que se la cuidaba, y no corregí nada, porque hay erratas que mejoran el documento.
Pero todo eso fue a las ocho. Antes, en la madrugada, yo me había quedado en el sillón verde de acompañante, que en todos los hospitales de este país el sillón es verde, eso lo aprendí este año por otra vía, escuchando el metrónomo del gotero, y debí de dar una cabezada, porque lo siguiente que sé es que su mano buena estaba encima de la mía, apretando poquito, y su voz venía de muy adentro del sueño pero venía derecha:
—Las cartas están en la lata del Cola Cao. Encima del armario. —Otro apretón, más flojo—. Pero no las mires todavía.
Todavía. Se le fue la mano aflojando hasta quedarse quieta encima de la mía, calentita, y la dejé ahí lo que quedaba de noche.
Y me quedo el resto de la noche mirando la pared, que es donde mejor se piensa.