Mala leche y buen polvo Capítulo 15 — El gol de Señor
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Capítulo 15 — El gol de Señor

La convocatoria la hice yo, por el canal oficial.

Sábado, doce del mediodía, bazar. Compré un paquete de servilletas que no necesitaba y le dije al Chino Paco, mirando las estanterías de las bombillas: «Pilas de petaca».

El enlace cobró su euro sin pestañear, y a las cuatro de la tarde, con la lechería cerrada y la persiana a media asta, que el sábado por la tarde aquí no espera nadie, sonaron los nudillos en el cristal del portal.

Sesión extraordinaria. Punto único del orden del día, que no figuraba en ningún orden del día.

Que conste para el registro histórico: la excusa era buena.

Esta noche es el aniversario de Fali y Encarni, cuarenta y tantos años de casados, la comunidad lo celebra en mi local, que lo presté yo en un ataque de vecindad que ya venía notando incubarse, y había que dejar montado el género: las bandejas, la merengada doble, el hielo.

Trabajo de dos. La excusa era buena y duró dieciséis minutos, que fue lo que tardamos en coincidir los dos en la boca del almacén, yo saliendo con la caja de las copas de gaseosa, él entrando a por el hielo, y en esa puerta no caben dos personas, eso está medido desde julio, y esta vez ninguno retrocedió.

La caja de las copas acabó en el suelo, de pie, salvada por un reflejo suyo que le agradezco a su gimnasio, y lo demás no lo salvó nadie porque no hacía falta salvarlo.

Sin licor esta vez, sin verbena, sin hierbas del pueblo que le echar la culpa: a las cuatro y cuarto de la tarde de un sábado, sobrios como notarios, en un almacén que huele a azúcar y a cartón, y eso lo cambia todo, porque lo que se hace sobrio se firma.

Le saqué la camiseta por arriba sin pedir turno, que los turnos los habíamos gastado todos en aquella puerta, y a partir de ahí, durante un rato que no pienso tasar, el almacén de nueve metros dio de sí como un piso franco: su boca en mi cuello con una paciencia que el primer día no tuvo o no le dejé tener, mis manos aprendiéndose una espalda que la otra vez fue de paso, la estantería del azúcar aguantando lo suyo como una profesional de la casa, y los dos callados y serios en lo importante, que en esto el hombre no mete jerga, en esto el hombre es por fin exacto, y yo también, y no me da la gana contarlo más fino porque lo fino ya lo hicimos allí.

Mejor que la primera vez. Sin discusión posible y sin discusión: ni un calambre, ni una persiana, ni un solo daño que peritar.

Todo salió bien, todo, de principio a fin, y cuando acabamos y el almacén volvió a ser un almacén, me quedé un momento apoyada en las cajas de leche condensada pensando, con verdadera alarma, que no tenía ninguna avería que comentar.

Ningún desperfecto al que agarrarme. La primera vez fue un siniestro y esta ha sido una obra bien rematada, y las obras bien rematadas dan otro miedo: el de la garantía.

—Habría que ir montando las bandejas —dije, por decir país.

—Habría —dijo él, abrochándose, y le bailaba la sonrisa—. ¿Las copas están bien?

—Las copas de pie. Nosotros ya veremos.

A las nueve, mi lechería no parecía mi lechería y parecía más mía que nunca.

El mantel de papel, blanco, de rollo, cubría el mármol de punta a punta, pegado por debajo con celo por la mano institucional de Angelines, que vino a las ocho «a supervisar los preparativos» y acabó haciendo ella el ochenta por ciento con muchísima dignidad.

Del techo colgaban dos guirnaldas sobrevivientes de la verbena, cedidas por la asociación con acta de préstamo.

En la barra, la merengada, el vino del quinto, que lo trajo el quinto en persona con gesto de embajada, y las torrijas de Encarni, torrijas en pleno agosto, fuera de toda ley litúrgica, porque cuando alguien se lo hizo notar, «Encarni, que las torrijas son de Semana Santa», la homenajeada contestó desde la cocina, sin volverse: «Las torrijas son de cuando salen bien».

Y el altavoz del pincha, prestado con la condición de devolverlo cargado, escupiendo desde las nueve y cuarto la playlist que Fali entregó en un papel escrito a boli: Los Chichos, Los Chunguitos, una de Juanito Valderrama «para mi señora» y, en bucle discreto cada cuarenta minutos, el pasodoble.

Vino el edificio en pleno. Visi de organza, estrenando crónica en directo; el butanero de camisa; Iván con un bizcocho de espelta que fue recibido con cariño y clausurado sin abrir; Jandro el de las obras, que ya cuenta como censo; la del cuarto con su marido, que existe; el quinto y los suyos, en la primera foto conjunta con Fali desde el edredón.

Y los homenajeados presidiendo su mesa de papel: Encarni de azul eléctrico, con la permanente de las grandes citas, y Fali de traje, del traje, el único, que le tira de la espalda desde tres tallas de vida, los dos comiendo torrijas y recibiendo el besamanos del barrio como los reyes viejos de un país pequeño: sin protocolo y sin perderse una.

El regalo de la comunidad se entregó a las diez y media, con lectura de acta incluida, porque lo gestionó Angelines y Angelines no regala: adjudica.

Sobre recaudado a escote, «con la aportación proporcional que cada cual ha estimado y que esta presidencia no juzga aunque tome nota», y dentro del sobre, dos noches de hotel en Benidorm, media pensión, «gestionado sobre el terreno por nuestra vecina del ático, que conoce el sector».

La del ático mandó audio de felicitación desde el propio Benidorm, veinte segundos, con gaviotas de fondo y una advertencia final, «y al Fali que no se le ocurra pedir el arroz de los martes, que ya sé yo dónde van a ir», y Fali guardó el sobre en el bolsillo interior del traje, palmeándolo dos veces por fuera, que es donde los hombres de su quinta guardan lo que piensan cumplir.

La historia salió con el segundo vino. No la pidió nadie, o la pidió la noche, que a partir de cierta hora las fiestas de aquí se ponen a excavar solas.

Alguien, creo que la del cuarto, dijo la palabra gol, por hacer la gracia de siempre, radio o tele, Encarni, a ver si esta noche lo zanjáis, y Encarni, en vez del sainete de costumbre, se quedó un momento mirando su copa, le dio una vuelta al vino, y dijo, con una voz nueva que hizo bajar el altavoz sin que nadie lo tocara:

—Os lo voy a zanjar.

Veintiuno de diciembre del ochenta y tres.

España doce, Malta uno, que hacían falta once y no se los creía ni el seleccionador.

Y en el paritorio del clínico, a las nueve y media de la noche, una chica de veintitrés años pariendo a su primera hija con su madre en el pasillo y su marido en el bar de abajo de casa, «donde estaban todos, que entonces era donde había que estar», viendo entrar los goles uno detrás de otro.

En el pasillo de la maternidad había una radio, la de las enfermeras, y por esa radio fue entrando el partido entre contracción y contracción, cuatro cero, seis cero, ocho, «y yo empujaba y el país metía goles, y en algún momento, no me acuerdo cuál, nació la niña y lo siguiente que recuerdo es la radio cantando otro y una enfermera llorando de risa, y yo pensé: bueno.

Pues ya está. Pues esto lo he hecho yo sola con la radio».

Fali llegó al hospital a las doce menos algo, «oliendo a bar y a haber ganado doce a uno», con un ramo comprado a un gitano en la puerta y la cara, dice Encarni, «la cara, eso sí, de saber ya para siempre lo que había hecho».

Pausa. Otro sorbo. El local entero quieto, hasta las guirnaldas.

—Por eso la radio, hijos. —Encarni deja la copa en el mantel de papel, con cuidado de no romper nada—.

La tele la vio él. La radio estuvo conmigo.

No discutimos de un gol. Llevamos cuarenta años discutiendo de aquella noche por el único sitio por donde se puede discutir de aquella noche sin hacernos sangre.

El gol es el idioma. Lo que se dice por debajo ya lo sabemos los dos.

Y Fali no dijo nada. Fali, de traje, con su torrija a medias, miró el mantel, y por debajo de la mesa, por donde él cree que no se ve, porque los hombres de esa quinta creen que por debajo de las mesas no se ve, buscó la mano de su mujer y se la cogió, entera, con los dedos por dentro, y así se quedaron, de cintura para arriba dos señores mayores en un aniversario y de cintura para abajo dos críos del ochenta y tres, y el altavoz, que algo entendió, encadenó con Valderrama, la de «para mi señora».

Cuarenta años discutiendo el mismo gol. Hay gente que llama a eso perder el tiempo.

Yo, esta noche, no. Luego me di cuenta de que el mantel de papel lo estaba estrujando yo también por mi lado, por mi cuenta y sin partido que ver, y lo solté y lo alisé con la mano, que una cosa es emocionarse y otra cargarse la mantelería institucional delante de la presidencia.

Se fueron yendo a la una y media, por tandas, como se van los barrios: primero los de los niños, luego los de las pastillas, al final los de verdad.

A las dos y cuarto quedábamos él y yo, un local en ruinas de fiesta, y dos bolsas de basura por atar.

Las atamos. Y luego no nos fuimos. Nos sentamos en la barra, en el mantel de papel ya libre de todo, con las dos copas últimas del vino del quinto, y nos pusimos a hablar, y aquí viene lo que de verdad me tiene escribiendo esto con las manos frías: hablamos hasta las tantas.

De la hija de Fali y Encarni, que vive en Zaragoza y ha mandado un vídeo.

De su reality, de los otros concursantes, del que ahora vende cuchillos.

De mi padre y los domingos de la esquina.

Y en algún punto de las tres y pico me preguntó una cosa que no me había preguntado nadie en la vida: que por qué la Faema es ella.

Así, muy serio, con la copa en la mano: «La cafetera.

La llamáis la Faema, en femenino, y le habláis.

¿Por qué es ella?». Y yo me quedé pensándolo de verdad, porque las preguntas tontas de este hombre tienen la manía de no ser tontas, y le dije la única respuesta que existe: porque las cosas que te aguantan todos los días acaban siendo señoras.

La persiana, la caja, la Faema, la casa.

Todo lo que carga, en esta familia, es femenino, por estadística.

Se quedó un rato callado y luego dijo «pues yo quiero ser la Faema», y era una tontería de las cuatro menos veinte, y me reí, y todavía no sé del todo de qué me estaba riendo, que hay frases que se entienden con retraso.

De nada, de todo, sin agenda, sin sociedad limitada, sin un solo punto del orden del día, y el reloj de pared dio las tres y luego las cuatro y ninguno hizo el gesto.

Y a mí el sexo de esta tarde, con ser lo que fue, que fue mucho, no me ha asustado nada, porque el sexo, mal que bien, tiene sus protocolos, sus fases y su final; pero esto de las cuatro de la mañana no tiene protocolo ninguno, esto de que se te pase la noche hablando con un hombre y no mires la hora más que para lamentarla, esto no viene en ningún manual de los míos, y lo que no viene en mis manuales a mí me da terror, que soy mujer de género inventariado.

Subimos a las cuatro y veinte, cada uno a lo suyo, él delante. Y en el rellano del segundo, con la mano ya en el pasamanos y la luz del temporizador en sus últimos segundos, se volvió y me dijo, sin PDF, sin clave, sin sociedad:

—Yo contigo discutiría un gol cuarenta años.

Y la luz se acabó, puntual como todo lo que se acaba en esta escalera.

Y yo, en la oscuridad, hago la cosa más valiente que he hecho este año: no pulso el botón.