Capítulo 16 — Maruchi
A las diez y doce de la mañana, la red rápida dio el aviso: señora desconocida bajando de un taxi en la esquina, estola al hombro, dirección lechería.
Estola. En agosto. La cola del pan procesó el dato en tiempo récord y emitió su primer análisis antes de que la señora cruzara la calle: «de fuera».
El segundo análisis llegó cuando la vieron esperar a que el taxista le abriera la puerta, cosa que el taxista hizo, y eso ya desató todas las alarmas, porque en este barrio los taxistas no abren puertas ni en las bodas: «de Majadahonda para arriba».
Yo la vi entrar y lo supe sin red ninguna.
Hay hombres que son el borrador de su madre, y cuando Maruchi Navascués cruzó mi puerta, con su melena de peluquería de las de cita fija, su estola de entretiempo que en su idioma es ir de sport, y esa manera de pararse dos pasos dentro del local para dejar que el local se explique, vi la mandíbula de su hijo, la simetría de su hijo y, en el barrido que le hizo a mi vitrina, la libretita de los nombres antes de la libretita: el original del que aquel hombre es la fotocopia amable.
—Buenos días —dijo, al aire, para que lo recogiera quien se sintiera aludido—. ¿Es usted la del mostrador?
La del mostrador. Primera ronda y ya estábamos en harina.
Porque «la del mostrador», dicho así, con esa dulzura de visita de pésame, es una degradación con lazo: no la dueña, no la señora Espinosa, no Mamen: la del mostrador, personal de barra, atrezo con delantal.
Y yo, que reconozco una escuela cuando me dispara, le contesté con la mía:
—Servidora. ¿Y usted es la madre del técnico?
La madre del técnico. Tocada. Porque a esa mujer su niño le habrá sido siempre muchas cosas, el guapo, el de la tele, el consultor, y «el técnico» lo dejaba en mono de trabajo, que es exactamente donde ella no lo quiere.
Acusó el golpe con un parpadeo de más y sonrió con toda la ortodoncia de la sierra:
—Maruchi. He venido a conocer el sitio donde mi hijo pasa las horas. —Pausa quirúrgica—. Todas las horas, por lo que me cuentan.
Se sentó en la mesa del centro, no en la barra, que la barra iguala y ella venía a presidir, y pidió.
Ay, el pedido. El pedido de Maruchi Navascués merecería figurar en los anales de la hostelería defensiva: un descafeinado de máquina, no de sobre, con la leche templada, «templada de verdad, no caliente que se enfría», en taza mediana, «si tienen», con el si-tienen colgando como una duda razonable sobre mi establecimiento entero, y una tostada «del pan de antes, si es que les queda».
Un pedido diseñado en un ochenta por ciento para fracasar, con sus trampas y sus dobles fondos, la emboscada de la leche templada, el laberinto del pan de antes.
Me fui a la Faema con la tranquilidad de las artilleras viejas y se lo clavé todo: el descafeinado de máquina con su crema, la leche a sesenta grados que ni escalda ni decepciona, la taza mediana que claro que tengo, y el pan de hogaza del obrador de siempre, tostado a la segunda ranura.
Lo dejé en su mesa sin ruido. Lo probó. Probó el pan.
Se tomó su tiempo, que las de su escuela nunca elogian en caliente.
—Está correcto —dictaminó.
—Lo sé —dije yo.
Y ahí, en ese «lo sé», se declaró oficialmente el combate, y el barrio, que llevaba desde las diez y cuarto entrando en mi local con excusas de una transparencia conmovedora, la del cuarto a por un litro que ya había comprado a las nueve, Fali «a mirar si me dejé las gafas», Encarni detrás de Fali a mirar si Fali miraba, tomó posiciones en las mesas con sus consumiciones de tribuna.
En este barrio los grandes acontecimientos se ven en directo y de perfil, fingiendo leer el Marca.
La inspección duró una hora y tuvo la estructura de las visitas de obra: elogios con auditoría dentro.
Que qué valiente mantener el mármol, «con lo que se lleva ahora lo claro».
Que el espejo es antiguo, ¿verdad?, «se nota, se nota muchísimo».
Que qué mérito sacar adelante «un negocio así», con el así abarcando mi local, mi barrio y mi biografía en un solo adverbio.
Y yo devolviendo cada pelota con la técnica de aquí, que no es el revés cortado de Majadahonda sino la dejada de barrio: darle la razón hasta que la razón se le atragante.
Sí, todo muy viejo, hasta la clientela, por eso dura.
Sí, el mármol muy valiente, aguantó dos reformas y tres crisis, «como una».
Sí, mucho mérito, «aquí lo que no tiene mérito no llega a diciembre».
A la tercera dejada la vi recolocarse la estola, que en esa escuela es lo más parecido a pedir esquina.
La ronda del hijo llegó con la segunda consumición, que la pidió solo para tener las manos ocupadas, y llegó por elevación, como llega todo en esa escuela:
—Mi hijo habla mucho de este sitio. —Removía el descafeinado sin que la cucharilla tocara la taza, un prodigio de ingeniería social—. Del sitio, digo. Del sitio habla muchísimo.
—Es un local con historia.
—Y de la historia, ¿él qué es? —Ni un músculo—. ¿Cliente?
—Parroquiano. —Le sostuve el removido—. Aquí hay que ganárselo.
—Ya. —Sorbito—. Pues lo noto distinto desde junio. Contento de una manera... desordenada. Y mire que yo a mi hijo lo tengo monitorizado, que hablamos todos los días.
—Dos veces —dije yo. Y en el mismo instante en que lo dije supe lo que había hecho, porque esa mujer levantó la vista del café con la lentitud de los torreones—. Dos veces al día, quiero decir. Se... comenta.
—¿Se comenta? —Primera sonrisa auténtica de la mañana, estreno absoluto, y era la sonrisa de su hijo con cuarenta años más de puntería—. Qué barrio tan bien informado. ¿Y comentan también que en la llamada de la noche me cuenta lo que ha cenado, o eso solo se oye desde muy cerquita del patio?
Punto para Majadahonda. Limpio, además, de los que se aplauden con la raqueta.
Yo había ganado tres dejadas y acababa de perder el juego por hablar de más, que es como se pierden todos los juegos importantes de mi vida, y ella lo sabía, y tuvo la elegancia de no rematarme: cambió de tema hacia la tostada, «el pan este dígame de dónde es», que en su idioma es dar la ronda por concluida y en el mío también.
El cruce con doña Visi se produjo a las doce menos veinte y duró lo que duran los grandes acontecimientos: nada.
Bajó Visi a por su cuarto de merengada, con la organza de diario, detectó a la forastera en dos pasos, y las dos señoras se midieron a través de mi local como se saludan los transatlánticos: con señales, sin acercarse y con todo el pasaje pendiente.
Visi inclinó la cabeza un centímetro. Maruchi inclinó la suya centímetro y cuarto, que en ese protocolo es reconocer eslora.
No se dijeron nada. No hizo falta. La del cuarto, que asistió al cruce desde la nevera de los refrescos, lo resumió después para las redes con una precisión de agregada naval: «Se han visto los radares».
El interludio lo protagonizó la alianza, y de la alianza tengo que hablar despacio porque el barrio tardará años en olvidarla.
A las doce menos cuarto entró Angelines a colgar la convocatoria de septiembre, vio a Maruchi, Maruchi la vio a ella, y ocurrió el reconocimiento entre especies que describen los documentales: dos depredadoras de ecosistemas distintos olfateándose el rango.
Tres frases tardaron. Angelines mencionó que presidía la comunidad; Maruchi respondió que ella presidía tres, «dos en propiedad y una en funciones»; Angelines sacó la carpeta de gomas; Maruchi sacó las gafas de cerca, y a las doce y diez las dos señoras salían juntas de mi local «a dar una vuelta por la finca», que es la frase más amenazadora que se ha pronunciado en este portal desde lo del canalón.
La vuelta duró dos horas y dejó el siguiente parte de damnificados: Jandro, sometido a inspección bicéfala, con Angelines auditando los plazos y Maruchi el encofrado, acabó enseñándoles el parte de obra original, cosa que no había conseguido ni la propiedad; e Iván, que intentó recibirlas con su calma de lino, se encontró con que Maruchi le hizo una sola pregunta, «¿y usted esto lo declara?
», y el hombre, por primera vez desde que okupó el bajo, tardó en fluir.
Dicen los testigos que el cuenco sonó solo, bajito, como quien pide un abogado.
A las dos y cuarto la alianza se disolvió por causas naturales, es decir, porque las dos quisieron presidir la despedida, y se despidieron en la acera con dos besos de esos que no tocan y un «hay que repetir» que ojalá no, firmado por ambas partes con la sonrisa de los tratados que no se van a cumplir.
Richi apareció a la una, avisado por sus propios canales, con la cara de los hombres que ven juntarse a sus dos frentes.
Y aquí se produjo el momento del empate técnico, el que el barrio comentará hasta las próximas fiestas: el hombre entró acelerado, saludó a su madre con un «mamá, ¿qué haces aquí?
» y fue a apoyarse en mi vitrina, en el cristal, con toda la palma de la mano, y Maruchi y yo dijimos exactamente al mismo tiempo, con la misma inflexión, «¡el cristal!
», y él quitó la mano de golpe como de una plancha, y las dos nos miramos por encima de su cabeza agachada, un segundo, una mirada de colega a colega, de gremio, y en ese segundo firmamos las tablas: dos escuelas distintas, el mismo alumno, y el alumno, todo hay que decirlo, mejor educado de lo que él se cree.
Se marchó a las cinco y pico, después de una tarde en la que el local no bajó de media entrada.
Pero antes, a las cinco menos diez, con Richi en la acera adelantándose a parar un taxi y el barrio recogiendo velas, la mujer volvió sobre sus pasos, a por los guantes que se había dejado en la mesa, unos guantes finísimos que en agosto solo pueden ser de dejar, y al cogerlos, conmigo a solas por primera vez en toda la jornada, se quedó un momento de pie, sin público, y la voz le cambió de fábrica:
—A mi hijo todo el mundo le ha querido por la cara. Todo el mundo, siempre, desde el colegio. Usted es la primera persona que le riñe por el contenido. —Se puso los guantes, dedo a dedo, sin mirarme—. No lo estropee.
Y me dejó en el platillo dos euros de propina, la primera propina de mi vida que me ha sonado a nómina, y salió a la calle a estropearlo ella, porque esa mujer no podía irse de mi barrio sin cobrar la última pieza.
En la acera, con su hijo sujetándole la puerta del taxi, con Visi asomada a su balcón, con la del cuarto regando un geranio seco y media parroquia en radio de escucha, Maruchi Navascués se ajustó la estola, miró hacia mi puerta, donde estaba yo con el paño en la mano, y le dijo a su hijo, en un volumen calculado para la posteridad:
—La señorita del mostrador no te conviene nada. —Beso en la mejilla, puerta del taxi, y ya desde dentro, por la ventanilla bajada—: Me encanta.
El taxi dobló hacia la ronda. Richi se quedó en mitad de la acera con la cara de quien acaba de ser bendecido y desahuciado en la misma frase, el barrio entero fingió seguir a lo suyo con un talento decreciente, y Visi, desde el balcón, cerró la jornada para las tres redes: «Esa señora y yo habríamos hecho cosas grandes o una guerra».
Él se acercó a mi puerta arrastrando un poco los pies, como los boxeadores al neutral.
—¿Ha sido muy...?
—Correcta —dije—. Tu madre ha estado correcta.
—Correcta. —Tragó—. Correcta es lo peor que tiene. ¿Y tú?
—Yo he estado mejor.
Se rio por la nariz, sin fuerzas, dijo que necesitaba sentarse y no se sentó, se fue escaleras arriba a devolverle a alguien una llamada, imagino que la segunda del día, y yo me metí para adentro con mi paño y mi platillo de la nómina, pensando lo que llevo pensando desde las cinco menos diez y no pienso decir en voz alta más que aquí.
Lo peor de todo es que la entiendo.