Capítulo 14 — La tortilla, segunda parte
El primer bar lo vetó ella.
Que nadie me pregunte de quién fue la idea porque fue de las dos y no lo vamos a reconocer ni bajo notario.
El sitio es exactamente lo que promete el informe de mi ruina: suelo gris, luz de quirófano amable, taburetes de veinte minutos y una pantalla donde antes estuvo, me consta por las fotos viejas del barrio, un espejo con publicidad de Cinzano.
Pedimos en un mostrador donde no hay nadie: hay una tableta.
Y aquí, antes de la conversación que venimos a tener, se celebra el campeonato que no sabíamos que veníamos a jugar: el de pedir peor.
Empiezo yo, por veteranía: le pido a la tableta «un cortado», y la tableta me ofrece cuarenta y dos opciones con nombre en tres idiomas y ninguna es un cortado, y el chico que acude en auxilio de la máquina, un crío con la gorra de la marca, me pregunta si quiero un «espresso macchiato caramel», y le digo que quiero un café con un poco de leche, y el crío mira la tableta como pidiéndole fuerzas.
Susi, entonces, saca la artillería de la familia: pregunta qué leche usan, el crío dice que hay seis tipos, ella pregunta cuál es del día, el crío dice que todas caducan en marzo, y mi hermana, con una calma que me retrotrae, le dice: «Hijo, la leche que caduca en marzo no es leche: es un documento».
El crío se rinde con honor. Antes de sentarnos, Susi se queda un segundo mirando el suelo junto al mostrador nuevo, y yo sigo su mirada y lo veo también: en el gres gris, mal disimulada por la instalación, la cicatriz rectangular donde estuvo anclada la barra de los Luna, cuatro taladros cegados con masilla de otro tono, la huella dental de lo que hubo.
Los dos nos la quedamos mirando el tiempo justo, sin decir nada, porque comentarla sería nombrarla, y luego levantamos la vista a la vez, y en esa mirada que nos cruzamos está toda la orden del día: esto es lo que viene a por tu casa.
Nos cobran cuatro veinte por cabeza y nos sentamos con dos vasos de cartón donde un rotulador ha escrito, porque el sistema lo manda, nuestros nombres: en el mío pone «Mamem».
En el de ella, «Susy». Sesenta y nueve años de Espinosas para acabar siendo Mamem y Susy en el local que se comió a los Luna.
Si papá levantara la cabeza, la volvía a bajar él solo.
El móvil de Susi vibra bocarriba sobre la mesa. Pantalla: «Óscar». Le da la vuelta sin mirarlo, con un solo dedo, como se le da la vuelta a una carta mala, y el móvil se queda bocabajo entre los dos vasos, y ninguna dice nada.
—Bueno —dice ella.
—Bueno —digo yo, y me doy cuenta de que esta familia lleva dos generaciones abriendo sus conversaciones importantes con la misma palabra vacía, que es nuestra manera de santiguarnos.
Y empieza. No por donde yo creía. Empieza por las cantidades, porque en idioma Espinosa no se dice «tenemos que hablar de lo que pasó»: se dice «¿tú cuántos huevos le pones al kilo de patata?
», que fue literalmente su primera frase, y yo contesté «seis, como todo el mundo», y ella dijo «la abuela le ponía cinco y una yema», y yo dije «la abuela le ponía cinco y una yema cuando los huevos eran de la Paca, que eran el doble de gordos», y en ese intercambio, que un forastero archivaría en gastronomía, nos estábamos diciendo, y las dos lo sabíamos: yo también estuve en esa cocina.
Yo también soy de esta casa. Tú no eres la única heredera de las medidas.
La vibración segunda y tercera llegan seguidas, bocabajo, dos zumbidos contra la mesa que mueven los vasos un milímetro. Susi pone la mano encima del móvil, sin girarlo, como se le pone la mano a un niño en la cabeza para que se esté quieto.
—La tortilla del tanatorio era de la gasolinera de Toledo —dice entonces, mirando el vaso de Susy—. Eso ya lo sabes. Lo supiste antes de probarla, te vi la cara desde la puerta.
—La cebolla —digo—. Cristalina por el centro. A mí la cebolla no me...
—Llevaba dos noches sin dormir, Mamen. —Lo dice sin subir, sin bajar, en el tono de dictar un teléfono—.
La del lunes y la del martes. En el sillón verde del hospital, el que estaba al lado del gotero.
Papá no quería que te lo dijéramos porque decía que tú tenías que abrir, que la lechería sin abrir era él muriéndose dos veces.
Así que abrías tú, con tu pena en el mostrador, donde la veía todo el barrio, y velaba yo, con la mía en un sillón verde, donde no la veía nadie.
Tú tenías la pena oficial. Yo tenía la de tapadillo.
Y el miércoles, cuando se murió, a mí me tocaba llevar algo al tanatorio porque en esta familia el duelo se hace con las manos ocupadas, y yo llevaba sesenta horas sin tocar una sartén ni una cama, y paré en la gasolinera, y compré la tortilla, y la puse en un plato de casa.
Y cuando la Loli preguntó, dije que la había hecho yo.
—¿Por qué?
—Porque decir que era comprada era decir todo lo demás. —Ahora sí me mira—. Era decir el sillón verde. Y el sillón verde era tuyo también, y papá no quiso, y yo no te lo iba a dar en un tanatorio delante de la Loli.
El local hace sus ruidos de local sin alma, la máquina, el altavoz llamando a un «¿Jonathan?
» que no existe, y yo me quedo con mi vaso de Mamem entre las manos, haciendo la cuenta que llevo ocho años sin hacer porque la tenía hecha mal: yo en el mostrador y ella en el sillón, las dos con el mismo muerto y los turnos repartidos por el propio muerto, que hasta para morirse organizó los horarios, y ninguna en el puesto de la otra, y las dos convencidas durante ocho años de que la otra tuvo el puesto bueno.
Y hay una cosa más en esa cuenta nueva, la peor de todas, la que no digo en voz alta: que el reparto lo hizo él.
Papá. Que yo llevo ocho años facturándole a mi hermana una decisión de mi padre, porque a los muertos no se les puede cobrar y a las hermanas sí, y el rencor, que es un animal práctico, siempre muerde donde hay carne viva y no donde está la deuda.
—La receta —digo, porque el rencor, cuando se está quedando sin casa, corre a su última habitación—. Le diste a la Loli una receta inventada. Delante de papá. El pochado de veinte minutos, la pizca de...
—¿Inventada? —Y aquí a mi hermana se le abre en la cara una cosa que no le veía desde los veintitantos, mitad risa mitad ofensa—.
Mamen. Era la de la abuela. El pochado lento tapado y la pizca de azúcar cuando la cebolla se pone tonta.
Me la sabía. Me la sé. La abuela me la dijo a mí de viva voz el verano que tú te fuiste de campamento, en la cocina, «para que la tengas tú también, que tu hermana ya tiene el mostrador».
—Pausa. El vaso de Susy gira despacio entre sus manos—.
Tú tienes su letra y sus rotuladores y su caja.
Yo tengo tres recetas de memoria y ningún sitio donde hacerlas.
Cada una heredó lo suyo, hija. Lo que pasa es que lo tuyo se ve.
La pizca de azúcar. Ocho años presentando yo esa pizca ante el tribunal del barrio como la prueba del delito, la invención flagrante, el perjurio sobre el cadáver de mi padre, y la pizca era de la abuela.
Mi crimen de guerra tenía la munición cambiada.
La tortilla era de gasolinera, eso sí, eso lo fue siempre; pero la receta que yo di por falsa era más verdadera que la mía, porque a mí la del azúcar no me la dijo nadie, que yo pocho la cebolla a ojo y con soberbia.
He sido fiscal ocho años de un caso donde la acusada era la única que se sabía el testamento entero.
Vibraciones cuatro y cinco. El móvil se arrastra medio centímetro con el zumbido, bocabajo, insistente como todo lo suyo. Susi lo mira sin mirarlo y hace una cosa nueva: lo mete en el bolso. Clac. Cerrado.
Hablamos una hora más. De papá, un poco, con cuidado, como se toca una radio antigua. De mamá y el punto de sal, que ahí sí que se viene arriba:
—A mamá el punto de sal se lo enseñé yo —suelta, con la barbilla de la familia.
—Mamá salaba de maravilla desde siempre.
—Mamá salaba al principio. Todo al principio, en crudo, y luego a rezar. Se lo corregí yo con dieciséis años: la mitad al final, probando. Me costó una discusión y un agosto.
—O sea, que según tú, la tortilla de mamá, la de los domingos, la que tú misma llorabas pidiendo...
—Era buena DESPUÉS de mi asesoría. La de tu infancia y la de la mía son dos tortillas distintas, Mamen, hazte a la idea.
Y esa reescritura de la historia universal de la sal me parece tan descarada, tan de esta familia, que se lo digo, y me lo discute, y discutimos de sal diez minutos con las cejas de siempre y las voces de siempre, y es la mejor discusión que he tenido en años, porque discutir de sal con mi hermana es un lujo que no sabía que había perdido.
De Óscar no hablamos. Está en el bolso, vibrando contra el forro, la sexta, la séptima, y las dos lo oímos y ninguna lo menciona, que en idioma Espinosa también se conversa por omisiones.
En la puerta, ya de pie, con Usera anocheciendo y los vasos de Mamem y Susy muertos en la mesa gris, me sale la pregunta sin permiso, la de los doce años:
—¿Y ahora qué somos?
—Pues lo que éramos, pero hablándonos. —Se cuelga el bolso, que vibra—. Que es peor.
Y ya se iba, dos pasos dados hacia el metro, cuando se para, y vuelve, y se me pone delante con la cara de dar el teléfono dictado:
—Una cosa más, y no te la digo dos veces porque no puedo.
FunKoffee se enfría, eso ya lo sabrás por tus canales.
Pero Óscar no. Óscar va a por tu local con franquicia o sin franquicia, con un dinero que no tiene y un banco que se lo da si alguien firma detrás.
Tiene un plan B, Mamen. Y el plan B soy yo: el aval.
Se va hacia el metro con el paso de nuestra madre, recto y sin mirar escaparates, y me deja en la puerta del local que se comió a los Luna, con Usera encendiendo farolas y el vaso de cartón todavía en la mano, apretado por la mitad.
Mi hermana de aval. De aquellos polvos, estos lodos.