Capítulo 13 — Sociedad limitada, muy limitada
Las reuniones son los martes y los viernes, a las diez de la noche, con la persiana echada hasta el suelo y la luz del almacén, que desde la calle no se ve. Entrada por el portal, no por la lechería. Nada por escrito. Nada por el grupo. Y de tapadera, la de siempre: en horario comercial, el usted.
Así funciona desde hace dos semanas la sociedad más limitada de España, fundada la noche del anexo, cuando me senté en mi mostrador, en el mármol mismo, con las tres páginas del dieciséis de junio en la mano, y a las doce menos cuarto le mandé el primer mensaje directo desde el vaso de cartón: «Mañana no vengas a las diez y cuarto.
Ven a las diez de la noche. Por el portal».
Me contestó a los cuarenta segundos: «¿Llevo algo?
». Llevo algo. Le estaba citando de noche, a escondidas, la mujer que le había servido el destierro en cartón, y el hombre preguntaba si llevaba algo, como a un cumpleaños.
Llevó magdalenas. De las del súper. A una lechería.
Hay gente que no se puede enfadar con fundamento y es un defecto que desarma.
El pacto se firmó de palabra entre cajas de leche condensada, que es donde se firman las cosas serias de esta casa: FunKoffee tiene que creer que el activo es una ruina hasta que la operación se muera sola en un cajón de central, que es como mueren las operaciones, no de un tiro, sino de olvido.
Él redacta los informes de seguimiento, que ahora son partes médicos de un local terminal: la capilaridad «evoluciona desfavorablemente», la solera «ha dejado de colaborar», el expediente de licencias «presenta una complejidad de difícil horizonte».
Yo aporto la escenografía por si central quiere fotos: Portugal sigue en la pared, regado con esponja los lunes, y el cubo se ha quedado fijo en el almacén, con su agua de guardia, como un extintor.
Y los dos sostenemos, de puertas afuera, la guerra fría de siempre, porque si el barrio se entera de la sociedad, la sociedad sale en las tres redes antes del segundo café, y de las tres redes a central solo hay un becario con Google.
Lo cual nos lleva al teatro de las diez y cuarto, que se ha convertido en la mejor función de mi cartelera.
Cada mañana entra, pide lo suyo, yo le respondo «ahora mismo se lo preparo», y los dos ejecutamos la frialdad reglamentaria delante del público habitual, con la dificultad añadida de que ahora los dos sabemos que el otro sabe, y ayer, al deslizarle el platillo, me hizo así con la ceja, un milímetro, y tuve que irme a la Faema a reírme de espaldas con los hombros quietos, que es una técnica que no domino, y Encarni, que detecta estas cosas por la piel, como los reúmas la lluvia, comentó a la sala, pensativa: «No sé qué os pasa, pero ahora os habláis de usted mejor.
Con más cariño». Con más cariño. Esa mujer no necesita pruebas: le basta la temperatura.
Para las comunicaciones urgentes entre sesión y sesión tenemos el sistema, y el sistema es el Chino Paco.
Fue idea mía, lo reconozco, y la tarifa fue idea suya, lo denuncio: diez céntimos por palabra, mínimo un euro, cobro por adelantado, secreto profesional incluido «como los abogados, pero cumpliéndolo».
El procedimiento: uno entra al bazar, compra cualquier cosa, y al pagar deja el mensaje; el otro pasa después, compra cualquier cosa, y recibe el mensaje con el cambio.
El Chino Paco transmite con fidelidad notarial y total ausencia de comentarios, aunque se ha reservado en el contrato verbal «el derecho de resumen si el mensaje es tonto», derecho que ejerce: el jueves yo le dejé dicho «que no mande el informe hasta que hablemos, que hay novedades con las fotos», y a Richi le llegó, por dos euros diez, la versión editada: «Que esperes.
Ella sabe». Y lo peor es que era mejor que la mía.
Las contraseñas también existen, porque Richi insistió en que las sociedades secretas llevan contraseñas, que lo había visto en un documental, y yo cedí porque discutir con la ilusión de este hombre es como quitarle la pelota a un perro.
La clave para «hay reunión extraordinaria» es entrar en el bazar y pedir «pilas de petaca», que ya no existen y por eso no hay error posible.
La clave para «peligro, aborta» es «¿ha llegado el butano de la tarde?
», que no significa nada porque el butano no viene por tardes.
Hasta ahí, razonable. El problema es la ejecución, porque el agente Navascués tiene la literalidad estructural de los tontos aplicados y la clandestinidad se le llena de notas al pie: el martes entró en el bazar, con el Chino Paco delante y dos clientas de la calle de atrás mirando pilas, y dijo, palabra por palabra, según me transmitió el enlace sin cobrar, «por lo bueno que fue»: «Pilas de petaca.
O sea, lo de las pilas. Que hay... bueno, tú ya sabes lo que hay.
Lo de los martes. Pero hoy, que es lunes.
Eso.» Un espía. El Peñón lo tenemos perdido con este hombre en nómina, pero oigan: el mensaje llegó.
Mientras tanto, dos frentes se mueven solos.
El primero es mi cuñado, que desde la espantada del territorial ronda como rondan los de su especie, en círculos que se estrechan.
El miércoles cruzó la calle, cosa que no hacía desde lo de Susi en la barra, y vino a darme el pésame por mi compradora caída, «me han dicho que FunKoffee se ha enfriado, cuñada, una pena, con lo bien que te venía a ti una salida digna», pescando con dinamita a ver qué cara ponía yo, y yo puse la cara de los lunes, que no informa.
Se fue sin capturas, cruzando hacia su local, donde por cierto el toldo ha entrado en su fase terminal: el corazón de vinilo que aleteaba se soltó del todo el martes por la tarde y se lo llevó el aire calle abajo, hacia Legazpi, volando bajito, y medio barrio lo vio pasar y nadie dijo nada, que hay símbolos que se comentan solos.
El segundo frente es el bienestar, que vive su momento de gloria.
Iván, crecido tras su papel involuntario en la huida de los del PDF, del que se enteró por las redes y que ha incorporado a su relato como «una liberación energética del inmueble», ha organizado este mes el «círculo de respiración comunitaria»: sesión gratuita, abierta, «para sanar la escalera», textualmente.
Ha ido medio edificio. Que nadie se confunda: ha ido medio edificio a cotillear, con la excusa colectiva de acompañarse unos a otros, formando esa cadena española en la que nadie va por interés propio y todos van por el interés de otro que tampoco iba.
Y aquí viene la parte que el barrio lleva fatal: han salido todos más tranquilos.
Todos. La del cuarto ha dormido de un tirón por primera vez desde el edredón.
Fali y Encarni hicieron el ejercicio de respirar por turnos, uno inhala cuando el otro exhala, y estuvieron después dos horas sin discutir, un récord que Encarni atribuye «al mareo».
Y Angelines, que asistió en funciones de inspección, con libreta, para documentar irregularidades, se quedó dormida en la esterilla en el minuto ocho, roncando con serenidad institucional, y despertó al final tan descansada que le salió darle las gracias al okupa, y lleva desde entonces de un humor de perros precisamente por lo bien que está.
Este barrio perdona a un enemigo, pero que un enemigo le funcione no se lo perdona a nadie.
Y luego están los martes y los viernes, a las diez, que es de lo que no hablo con nadie y por eso se lo cuento a ustedes.
Antes, una confesión, porque me la debo: esta sociedad ilegal, secreta y sin tocarnos es la mejor relación que he tenido en mi vida adulta, y lo digo habiendo tenido dos noviazgos oficiales y un casi-compromiso con anillo visto.
Lo he pensado bien y tiene toda la lógica: por fin estoy con un hombre con el que comparto un proyecto, un enemigo y un horario, que son los tres pilares de cualquier pareja duradera de este país, pregunten en las bodas de oro.
Nos vemos dos veces por semana, que es la frecuencia exacta a la que una persona no te cansa; no discutimos de sentimientos porque oficialmente no los hay; y cada uno se va a dormir a su piso, que es la medida sanitaria que más matrimonios habría salvado.
¿Que esto es un diagnóstico preocupante de mi historial afectivo?
Sin duda. ¿Que pienso corregirlo? Yo lo que pienso es renovarle el contrato a la sociedad, que me funciona, y mi historial que se apunte a lo de Iván.
La prueba de fuego del sistema, por cierto, ya la hemos pasado: la aduana del cuarto no ha emitido nada.
Dos semanas de reuniones nocturnas a diez metros en vertical de la corresponsal más fina del hemisferio y ni una crónica, ni un dictamen, ni un «hijita» con segundas.
O nuestro oficio clandestino es impecable, o esa señora lo sabe todo desde el primer martes y ha decidido cobrarse el silencio más adelante, con intereses.
No sé cuál de las dos posibilidades me quita más el sueño, y las piernas de la aduanera, para su edad, están estupendas.
El almacén de mi lechería tiene nueve metros cuadrados y los tiene ocupados: las cajas de leche condensada hasta media pared, la estantería del azúcar, la vaporera jubilada de la escenografía, el cubo de guardia.
Caben dos personas si las dos personas negocian los codos.
Trabajamos con la libreta de él y los números míos, redactando ruina técnica a la luz de la bombilla del fondo, y trabajamos bien, que ya lo sabíamos de la caseta, y en nueve metros cuadrados trabajar bien tiene consecuencias físicas que ninguno de los dos comenta: que al pasarle el táper del bizcocho, porque a las reuniones clandestinas de esta casa se viene merendado, mi mano y su mano coinciden en el asa más de lo que el asa da de sí; que el martes buscamos los dos a la vez el boli que se cayó y nos levantamos a la vez y el almacén encogió; que hay un momento, todas las noches, en que el trabajo se acaba y ninguno de los dos lo dice, y estiramos la reunión con puntos del orden del día que no existen, dos personas serias inventando burocracia para no irse a dormir, el muy pánfilo y una servidora.
La sociedad es limitada. Limitadísima. Lo que la sociedad limita, exactamente, no está en los estatutos, y así seguimos.
El viernes pasado, buscando la grapadora, que en este almacén las cosas se esconden por temporadas, bajé la caja equivocada de la estantería.
Una caja de galletas de lata, con el borde comido de óxido, que yo sé perfectamente lo que es y llevo ocho años sin abrir.
Dentro están los rotuladores de mi abuela, los gordos, de punta biselada, secos ya, y el taco de cartelitos de precios que ella escribía a mano para la vitrina, con su letra de escuela de posguerra, las mayúsculas con tejadillo: «Leche del día, 14 ptas.
», «Merengada, vaso, 25 ptas.», «Hoy hay arroz con leche», con la hache de «hay» repasada, que le bailaba.
Podía haber vuelto a subir la lata sin más, que él estaba de espaldas con sus informes.
La abrí. Y me oí decir «mira», así, sin planificación, «mira, esto era de mi abuela», y le fui pasando los cartelitos uno a uno, y él los cogía por los bordes, como se coge lo de los demás cuando se entiende lo que pesa, y leyó todos los precios en voz baja, moviendo los labios como con las multiplicaciones, y al llegar al del arroz con leche dijo: «La hache está repasada», y yo dije «le bailaba», y nos quedamos un segundo con la lata abierta entre los dos, en nueve metros cuadrados, a las once y veinte de la noche.
Ocho años llevaba esa lata cerrada. Ocho años sin enseñarle a nadie ni la tapa.
La cerré yo, que alguien tenía que cerrarla, y dije que a este paso el informe de la ruina nos iba a salir sentimental, y él dijo que la ruina con historia cotiza mejor, y ahí lo dejamos, que hay noches que conviene clausurarlas en técnico.
Y anoche, viernes, a las once y media, con la sesión levantada y él ya escaleras arriba, me sonó el móvil en el delantal.
Número de mi hermana. Mi hermana no llama: mi hermana manda recados por vía indirecta desde 2018, como los ministerios.
Lo cogí al cuarto tono, que los tres primeros fueron de mirar la pantalla.
—Mamen. —Voz baja, de pasillo, con una puerta cerrada detrás—. ¿Podemos vernos esta semana?
—¿Para qué?
—Para hablar. —Y luego, más bajo todavía, después de un silencio en el que se oyó una tele lejana y el clac de un bolso—: Sin Óscar.
Sin Óscar. Las dos palabras más interesantes que ha dicho mi hermana en una década.