Capítulo 12 — La visita
A las nueve de la mañana del jueves paso revista al arsenal.
A las doce y cuatro minutos aparcan en doble fila, que ya es declaración de principios, y entran tres: el territorial, que es un señor con el pelo de político autonómico y un reloj que se anuncia solo; una de Operaciones, joven, con tableta y funda con teclado, de las que toman notas hasta del saludo; y detrás, con su carpeta naranja y una cara de funeral corporativo que no le había visto nunca, el técnico de zona, don Ricardo Navascués, que lleva tres semanas recibiendo mi usted y hoy va a recibir mi obra completa.
—Así que este es el activo —dice el territorial, y se queda en el centro del local con los brazos en jarras, oliendo.
Y lo que huele no es café. Es humedad de selva con fondo de lejía vieja, que la lejía la he pasado yo a las once por las esquinas, en plan sugerencia.
La de Operaciones ya está escribiendo. El territorial da dos pasos hacia el fondo, hacia Portugal, y en ese momento exacto, en el piso de arriba, arranca la radial.
No una pasada de radial. Una intervención.
Jandro, que a las diez, en el café del almuerzo, me ha visto montar el cubo y no ha preguntado nada, que los gremios de este país tienen un máster en no preguntar, ejecuta desde el hueco del ascensor una sinfonía de dentista gigante: radial, pausa, tres mazazos secos, pausa larga, radial otra vez, y los mazazos, juro que esto no se lo pedí, los da contra algo que resuena por toda la estructura, de manera que el golpe no viene de arriba: viene de dentro. El edificio entero suena a paciente.
—¿Y eso? —pregunta el territorial, mirando al techo.
Y aquí es donde mi guerra fría da un giro que no estaba en mis planes, porque el que contesta es Richi. Se adelanta, con su carpeta, muy serio, le pone una mano al territorial en el hombro con confianza de primo del dueño, y dice, señalando vagamente la pared:
—Eso es la estructura trabajando. Aquí hay un tema de capilaridad ascendente con retorno. —Pausa técnica. La de Operaciones teclea—. La solera respira, ¿lo notas? Respira mal.
La solera respira. Yo estoy detrás de mi barra con el paño quieto en el hombro, viendo a este hombre, al autor del informe, al de la recomendación de compra, hundir su propia operación con una jerga que se está inventando sobre la marcha, y les aseguro que la jerga inventada de un tonto aplicado es superior a la de cualquier listo: tiene detalles.
El territorial toca la pared de Portugal, la nota húmeda, porque está húmeda, la vaporera no engaña, y retira la mano como de un enfermo.
La de Operaciones, que es la peligrosa, intenta reconducir por la vía administrativa y me pregunta a mí, directamente, por las licencias.
Y ahí descubro el arma que no sabía que tenía: la verdad.
La verdad de un local de 1957, contada sin adornos, es el mejor sabotaje del mercado y encima no es pecado.
¿Licencia de actividad? La original, del 57, a nombre de una difunta, «en proceso de cambio de titularidad» desde el segundo gobierno de Felipe.
¿La de terraza? Solicitada en 2011; el ayuntamiento aún no ha dicho que no, que aquí somos optimistas.
¿El boletín eléctrico? El último es de cuando el enganche «lo miró un primo del anterior dueño del bazar, que era perito, o casi».
Todo verdad, todo mío, todo dicho con la cara serena de quien recita su patrimonio, y a cada respuesta la de Operaciones envejece un trimestre.
En este país la burocracia antigua no es un defecto del inmueble: es su sistema inmunitario.
—¿Esto está en el informe?
—Está en proceso de estar —dice Richi, con una solvencia de portavoz—. El edificio tiene patologías sobrevenidas. Fatiga de materiales por simpatía. Cuando la finca entra en obras, todo lo que estaba aguantando deja de disimular.
Y entonces, como si la frase fuera un pie de teatro, se abre mi puerta y entra doña Visi.
Nadie la ha llamado. Quiero que esto conste con la máxima claridad: nadie, en ningún momento, le ha comunicado a esa señora ni la visita, ni la hora, ni el plan, porque plan, en rigor, no había.
Pero esa mujer no ha fallado un estreno desde la posguerra, y entra en escena con su rebeca, su monedero y un papel que se ha escrito, dirigido y producido ella sola en el descansillo:
—¡Mamen, hija, otra vez el agua! —Ni buenos días, directa a la platea—.
¡Que te lo llevo diciendo, que la humedad de este bajo me sube por la pared hasta el cuarto!
¡Cuatro pisos me sube! ¡Tengo el ajuar en el armario criando pelusa verde, y eso las sábanas de hilo no lo perdonan!
—Y aquí localiza al territorial, lo mide de arriba abajo, medio segundo, y remata dirigiéndose a él como a un perito de la Magdalena—: Y usted que parece del ramo, dígame una cosa: ¿la aluminosis se hereda?
La aluminosis. La palabra prohibida del sector inmobiliario español, la palabra que vacía visitas y tumba tasaciones, colocada por una señora de ochenta y un años con la puntería de quien lleva desde los sesenta trabajando los públicos.
El territorial no contesta. La de Operaciones ha dejado de teclear, que es lo más parecido a persignarse que tiene su gremio.
Y Richi, mi santo cielo, Richi recoge el pase de pecho y lo remata:
—La señora se refiere al episodio del lavadero. Está documentado. —No hay episodio. No hay lavadero. La carpeta naranja se abre y se cierra sin enseñar nada, pura liturgia—. Yo el cuarto lo subiría a ver, pero con casco.
Con casco. El territorial mira el techo, mira Portugal, mira el cubo, que en ese momento, y esto ya no lo organicé yo ni lo organizó nadie, esto fue el edificio poniéndose de perfil ante la historia, recibe una gota.
Una gota de verdad, gorda, caída desde la junta del techo del almacén, plop, en el centro exacto de los dos dedos de agua, con su onda y todo, porque las obras del ascensor llevan tres semanas moviendo tuberías viejas y algo, en algún sitio, ha decidido sumarse a la función por libre.
La gota más rentable de la historia de esta finca.
—Territorial —dice la de Operaciones, en voz baja, con la tableta ya cerrada—, yo esto no lo llevo a comité.
Aguantan cuatro minutos más, por dignidad de jerarquía.
En esos cuatro minutos, la Faema, a la que llevo semanas sin dejar intervenir en nada, elige su momento y suelta, justo cuando el territorial pasa por delante, una purga de vapor con un silbido de válvula antigua con opiniones que le hace dar un paso de baile lateral impropio de su reloj, y por el escaparate se ve pasar a Fali y Encarni, que van a lo suyo, pero van discutiendo, y lo que se les oye al pasar, nítido, en el silencio del local, es a Encarni diciendo «...
como cuando la inundación del ochenta y nueve, que también empezó por el bajo», una inundación que no existió jamás, en un ochenta y nueve que esta calle pasó completamente seca, y que Encarni se acaba de inventar al vuelo, sin mirar hacia dentro, sin acuse de recibo, por puro instinto de cardumen.
Porque eso es lo que fue, y lo digo con el orgullo antropológico que merece: un banco de peces.
Nadie convocó, nadie repartió papeles, nadie ensayó.
Jandro entendió con verme un cubo, Visi entendió con oír frenar un coche que no era del barrio, Encarni entendió sin ver nada, por el aire, y hasta la fontanería de 1957 entendió.
Este barrio no se organiza: comparece. Giran todos a la vez porque llevan cuarenta años nadando juntos, y el que viene de fuera con reloj bueno ve una masa plateada moverse y no sabe que cada pez, por dentro, va improvisando.
Se van a las doce y media. El territorial se despide de mí con un «señora» que vale por un parte de derrota, la de Operaciones ni eso, y desde mi puerta los veo cruzar hacia el coche esquivando al butanero, que descarga más lento que de costumbre, no diré que a propósito porque no me consta, y arrancan, y doble fila fuera, y la calle Esperanza se los traga como se traga todo lo que no es de aquí.
Doña Visi, que no se había ido, porque los figurantes de raza no abandonan el plató hasta que se enfría el foco, se acerca a la barra, se recoloca la rebeca y me pide su cuarto de merengada «que el teatro seca mucho».
Se lo pongo doble y no se lo cobro, y las dos mantenemos la ficción del ticket, como siempre, solo que esta vez la ficción lleva propina.
Antes de irse se inclina sobre el mármol y me dice, bajito, de profesional a gerente:
—La aluminosis me la guardaba de la época de los pisos de mi tercero. Palabra cara, hijita. Se usa una vez por década. —Golpecito en mi mano con su mano de papel—. Me la has hecho gastar a gusto.
Y nos quedamos solos él y yo, entre el atrezo.
La vaporera ronroneando en el almacén, Portugal en la pared, el cubo con su gota conmemorativa, y un silencio que ya no es de duelo, porque los duelos, como las visitas, también se acaban.
Richi recoge su carpeta. Yo apago la vaporera.
Y desde la puerta del almacén, sin planearlo, me sale la pregunta con el usted caído, que ni me di cuenta de que se caía:
—¿Por qué?
Se para. Me mira, cansado, con la primera cara de treinta y ocho años que le veo desde que lo conozco.
—Mira el anexo del informe, cabezona.
Y se va, y la puerta se cierra suave, y «cabezona», dicho así, con ese hartazgo, es lo más bonito que me han llamado en este local en mucho tiempo, lo cual dice bastante de mi vida sentimental y no pienso desarrollarlo.
La carpeta gris. El cajón con llave. El archivo.
Saco las catorce páginas, paso de largo por Portugal el de papel, por las cotas azules, por la resistencia de la operadora actual, y llego adonde nunca llegué.
«Anexo I. Propuesta alternativa: modelo de integración.
» Fecha: dieciséis de junio. La segunda semana.
La semana de la leche del día 4 y del espejo torcido.
Tres páginas. Sin plantilla, sin membrete apenas, escritas distinto, se nota hasta en las frases, más cortas, más suyas.
Propone comprar el inmueble y no tocar la lechería: mantener «La Vaquería Espinosa» con su nombre, su mármol y «su operadora actual al frente, condición imprescindible».
Trae números que yo no le di y que están bien: mi rotación, mis mañanas fuertes, el margen de la merengada, la clientela con nombre y apellido convertida en eso que él llama «activo de fidelidad no replicable».
Trae una frase subrayada: «La cadena puede abrir cuarenta locales iguales; solo puede comprar uno que no lo sea».
Y trae, al final, una nota de distribución con los destinatarios de central, seis apellidos, los mismos seis de la cadena de correos donde nadie, en ningún mensaje, en tres semanas de hilo, ha mencionado este anexo ni una sola vez. Lo mandó. Lo archivaron. Nadie lo leyó.
Nadie lo leyó menos el que lo escribió a mano alzada la segunda semana de conocerme, entre un toldo y una compra de cuatro pisos.
O sea, que el único que se ha leído mi negocio entero es el tonto de la tele.
Necesito sentarme. En MI mostrador.