Capítulo 11 — Guerra fría con cafeína
A las ocho en punto arranca la radial.
Con el ascensor desmontado, el edificio ha vuelto a la escalera, y la escalera, se lo digo yo, es el parlamento verdadero de una comunidad.
En el ascensor la gente callaba mirando los números; en la escalera no hay números que mirar y hay rellanos, y en los rellanos se legisla.
Las verdades de esta casa ya no viajan por el patio ni por el grupo: suben y bajan andando, se paran a coger aire en el segundo, y llegan al cuarto con matices que no traían en el portal.
Doña Visi ha convertido su descansillo en aduana: sillita de anea junto a la puerta, «por las piernas, hijita», y por delante de esa sillita pasa ahora, obligatoriamente, todo bicho viviente del cuarto para arriba, con su compra, su prisa y su información, y paga arancel.
El peaje de Visi no es caro: una noticia por tránsito. Pero se cobra siempre.
Y en este escenario, con banda sonora de radial y aduana en el cuarto, se desarrolla mi guerra, que es fría y tiene protocolo.
Todas las mañanas, a las diez y cuarto, entra él.
Ni un día ha faltado, y eso que la primera mañana después del vaso de cartón el local entero contuvo el aire cuando sonó la puerta.
Entra, dice buenos días a la concurrencia, se sienta en su esquina, que el muy insensato sigue considerando suya, y pide su cortado.
Y yo se lo pongo. En taza, con platillo, con la cucharilla en su sitio, todo correctísimo, porque a estas alturas ustedes ya conocen la doctrina de esta casa: el pollo se lo monto a quien me importa poco.
A él le aplico el tratamiento completo: le he empezado a llamar de usted.
—¿Me pones lo mío?
—Ahora mismo se lo preparo.
El «se lo» cae en la barra como un cubito en vaso vacío.
La primera vez se quedó mirándome dos segundos largos, comprendiendo el idioma, porque será tonto para muchas cosas pero los idiomas de esta calle los aprende rápido, y encajó el usted sin protestar, con esa dignidad nueva que se gasta, de embajador en país hostil: sabe que la sede diplomática puede ser expulsada en cualquier momento y aun así iza la bandera cada mañana, paga en moneda local y no comete incidentes.
Bebe, deja las monedas justas, dice «gracias, Mamen» apoyándose en mi nombre como quien deja una nota de protesta por vía oficial, y se va.
Diez minutos de tratado de no agresión, de lunes a sábado.
El barrio asiste al ritual con el respeto que se le tiene aquí a las cosas incomprensibles, como la ópera o el precio del aceite.
Y doña Visi, desde su aduana, emitió sobre el particular su único dictamen de la temporada, que me llegó, cómo no, andando: «El usted, hijita, es como el luto: si te lo pones muy pronto, es que el muerto te importa mucho».
No lo he contestado. Los dictámenes de esa mujer no se contestan: se cumplen con retraso.
El único territorio sin tratado es la escalera.
El martes coincidimos en el tramo del segundo, yo subiendo con las bombonas de la leche, él bajando con la bolsa del gimnasio, y la escalera de esta casa, con el andamio de las obras ocupando medio ancho, tiene ahora la anchura justa para una persona o para dos personas que se lleven bien.
Nos vimos venir desde media planta. Ninguno cedió el turno ni lo pidió.
Nos cruzamos en el rellano de en medio pegándonos cada uno a su pared, él a la barandilla, yo al gotelé, con las barrigas metidas y la vista al frente, en un silencio de submarinos, y en el punto exacto del cruce, con quince centímetros de aire administrativo entre los dos, la luz del temporizador se acabó, porque esa luz lleva todo el libro haciendo lo que le da la gana, y nadie pulsó el botón hasta llegar cada uno a su piso.
Que se sepa: en la oscuridad no pasó nada.
Pasó todo lo que no pasó, que es distinto y cansa más.
El resto de mi jornada bélica lo dedico a la tierra quemada, y aquí debo explicar un giro estratégico, porque los lectores atentos recordarán que yo antes mandaba a los turistas del brunch al coffe de enfrente, por hacerle a Óscar la puñeta demográfica de llenarle el local de gente que pide cosas que no tiene.
Doctrina antigua. Eso era cuando Óscar era solo mi cuñado, un enemigo doméstico, de andar por casa.
Ahora Óscar es la fecha del doce de mayo, y a los socios de mi demolición no se les manda ni clientela envenenada, porque la caja no distingue la intención del euro.
Así que he invertido el flujo: ahora, cuando entra una pareja con gafas de sol en el pelo preguntando si hago «algo de brunch», les digo que no con muchísima pena, y acto seguido les recomiendo, con un entusiasmo que me sale casi sincero, el bar de la Luci, dos calles más abajo, «que tiene unas tostas que se están haciendo famosas».
Las tostas de la Luci no se están haciendo famosas.
Se van a hacer famosas porque yo llevo diez días fabricando su fama con la red rápida y con los turistas, y la Luci, que no sabe de dónde le viene el género, ya ha puesto una pizarra fuera.
Prefiero levantar un imperio ajeno a cederle un café al eje del mal.
Esto en los manuales de economía no viene, pero en los de las guerras sí: se llama política de alianzas, y se inventó en escaleras como la mía.
El barrio, mientras tanto, hace lo que el barrio sabe hacer con un conflicto que le toca de cerca: tomar partido con rotación semanal.
La primera semana fue mía por aclamación, que el informe con el mármol acotado indignó hasta a la del cuarto, que no sabe lo que es una cota pero sabe lo que es un mármol.
La segunda semana el péndulo giró, porque Jandro el de las obras contó en la aduana de Visi que el chico le había pedido presupuesto «para arreglarle la cinta de la persiana a una vecina, de su bolsillo», y esa información bajó los cuatro pisos ganando enteros por rellano.
La tercera semana está en empate técnico, con la particularidad de que ninguno de los dos bandos me dice nada a la cara: aquí el posicionamiento se comunica por conductas, un café que antes era con leche y ahora es solo, un buenos días dos grados más frío, la del quinto que ha vuelto a comprar el pan de molde en mi casa después de años, en apoyo explícito que agradezco y cuya motivación no investigo, que a caballo regalado.
Lo que sí les voy a contar, porque llevo diez días aguantándolo y este párrafo lo pago yo, es la muletilla de la temporada: «yo es que no me meto».
No se meten. Nadie se mete. Esperanza 12 es un edificio entero de gente que no se mete, y lo anuncian, invariablemente, como preámbulo de meterse: «yo es que no me meto, pero ese chico a ti te mira de una manera»; «yo no me meto, ¿eh?
, pero la carpeta esa yo la habría quemado»; «yo en vidas ajenas no entro, ahora, lo que se oyó por el patio se oyó».
La fórmula es un salvoconducto: se declara la neutralidad en la frontera y se cruza armado.
Y el colmo fue el jueves, cuando Encarni, después de cuarenta minutos de análisis de mi situación sentimental con diagrama de posiciones incluido, remató con un «y ya sabes que yo es que no me meto», y yo le dije que claro, que se le notaba la disciplina, y no lo pilló, o lo pilló y le dio igual, que es el nivel superior del arte.
¿Que yo también lo digo? Lo digo. La semana pasada le solté a la Luci un «yo no me meto en tu carta, pero esas tostas con un poco de pimentón» y me fui tan ancha.
¿Que eso me convierte en parte del problema?
Naturalmente. En este barrio el que no es parte del problema es porque está de alquiler.
El pósit lo encuentro el viernes.
Estoy trasladando la carpeta gris del mármol al cajón de abajo, al archivo, que ya lo llamo así, con mayúscula mental y todo, porque tenerla a la vista me estaba amargando hasta el bizcocho, y al cogerla en vertical se despega del cartón interior un cuadradito amarillo que yo no había visto, pegado por dentro de la tapa, en la esquina, donde no se ve salvo que la carpeta se abra del todo, y la carpeta no se había vuelto a abrir del todo.
Letra suya, la de la libretita de los nombres, esa caligrafía de deberes hechos con la lengua fuera. Cuatro líneas:
«El mostrador de mármol NO se toca. Está en el anexo. Míralo.»
El «NO» en mayúsculas, repasado dos veces, que el boli casi pasa el papel.
Y yo me quedo con el pósit en la palma de la mano, en mitad de mi local, con la radial sonando arriba y la Faema calentando a mi espalda, y hago la cuenta de cuándo ha podido pegarlo este hombre, en qué descuido mío, en qué maniobra de espionaje de andar por casa, con el vaso de cartón delante o después, y no me sale, y eso es lo que más rabia me da: que me la ha colado en mi propio mostrador, en mi cara, con la mano escayolada de dignidad.
El anexo. Está en el anexo. Míralo.
No lo miro. Todavía. Guardo el pósit en el cajón, encima de las alcayatas, cierro con llave, que el archivo ya tiene entidad para llave, y me pongo a despachar la tarde con una intensidad de fregado que deja el mármol para operar encima, porque hay una diferencia entre saber que una carta existe y abrirla, y en esa diferencia vivo yo instalada desde el viernes, con todas las comodidades del rencor y ninguna de la duda.
Y el sábado a la una y media, la campanita del correo.
La cadena de siempre, la del error del becario que nadie en esa empresa ha detectado en tres semanas, que yo sigo en copia de mi propia demolición como quien recibe por fascículos el boletín oficial de su derribo.
Leo el asunto y el primer párrafo con el estómago en voz baja: «Visita de validación sobre el terreno.
Equipo de Expansión. Confirmada presencia de dirección territorial.
Jueves, 12:00. Se ruega al técnico de zona coordine el acceso al activo recomendado».
El activo recomendado. Dirección territorial. Jueves a las doce.
Vienen los del PDF. Pues van a flipar.