Capítulo 10 — El informe
Lo leo entero de pie, delante del ordenador viejo, con el delantal puesto y la puerta cerrada con el cartel de vuelvo en cinco minutos, que es el cartel más optimista que ha tenido nunca esta casa.
Catorce páginas. Se lee rápido, un informe de estos: está escrito en ese idioma sin pulso que ya conozco, el de los activos y las viabilidades, donde nada respira para que nada duela.
La lechería sale descrita como «unidad de negocio en declive con ubicación de alto potencial».
Mi barrio es «un entorno en transformación con densidad de paso favorable».
Mi clientela, «un perfil demográfico envejecido con recambio previsible».
Recambio previsible. Doña Visi, Fali, Encarni, el butanero: recambio previsible.
Hay que tener el alma en formato PDF para escribir eso de la gente que te ha enseñado los nombres.
En la página seis empiezan las fotos, y las fotos tienen dos edades, que eso lo veo enseguida porque para leer un expediente no hace falta máster, hace falta mostrador.
Las primeras son de fuera: mi fachada, mi toldo, la calle, tomadas de lejos, de las que se hacen sin permiso y sin entrar, las que acompañan al informe viejo, al de la fecha de la portada.
Y luego, a partir de la página ocho, en un bloque aparte con membrete de «actualización de campo», las otras.
Los elementos preexistentes. Sesenta y nueve años de elementos preexistentes. Tres generaciones de elementos preexistentes. Una caja registradora con libreta dentro, elementos preexistentes. Se contempla la retirada.
Y en la página doce, el cuadro de riesgos.
Porque los informes de estos llevan su cuadro de riesgos, con sus casillas, y en la casilla de «riesgos de la operación», entre «licencias» y «calendario», hay una línea que leo tres veces: «Resistencia de la operadora actual (componente emocional, no monetizable)».
Esa soy yo. Ahí estoy yo, catalogada. No soy la dueña, ni la tercera generación, ni la señora que le ha puesto nombre a media clientela: soy la resistencia.
Un riesgo con componente emocional, no monetizable, entre las licencias y el calendario.
Que sepan ustedes que lo de «no monetizable» es lo único del informe que me ha parecido bien escrito: llevan razón.
Lo mío no se compra. En eso el documento es impecable.
Y en la portada, debajo del título, la firma y la fecha: «Ricardo Navascués, Consultoría de Expansión.
Fecha de emisión: 28 de mayo». La firma la miro.
La fecha la veo sin verla, que es como se ven las fechas cuando una ya está en otra cosa, y la otra cosa es la conclusión de la página trece, en negrita corporativa, sin un solo temblor: «Se recomienda la adquisición».
Se recomienda la adquisición.
No llego a los anexos. Hay un «Anexo I» en el índice, y un «Anexo II», y no los abro, porque una no lee los anexos de su propia demolición, como no se lee la letra pequeña de la esquela.
Imprimo el documento en la impresora de los albaranes, que tarda lo suyo y gime en las fotos, catorce páginas cayendo una a una en la bandeja mientras yo friego dos veces la jarra de la merengada, y cuando termina, lo meto en una carpeta de gomas gris, de las mías, y la dejo junto a la caja.
Después quito el cartel de los cinco minutos, abro, y despacho la tarde entera con una amabilidad perfecta que asusta a dos clientas de toda la vida, porque en esta casa la cortesía sostenida siempre fue el último aviso, y las que me conocen lo saben: mi abuela, el año que dejó de fiarle al de los ultramarinos, no le montó ningún pollo. Le empezó a llamar de usted.
Esa noche no dejo caer la persiana a plomo, como toda la vida. La bajo despacio, con las dos manos, sin ruido, que ahora se puede, y me doy cuenta de que hasta para esto me ha cambiado la casa el señor consultor: ya ni cerrar puedo como antes.
Duermo lo que duermen los albaranes. A las diez y cuarto de la mañana, puntual como su costumbre, se abre la puerta y entra él.
Viene como viene ahora, sin carpeta, con el buen humor puesto, y trae la boca ya abierta para algún asunto del día, el tiempo, la persiana, lo suyo, y yo no le dejo llegar.
Le pongo el cortado antes de que lo pida, con su platillo y su cucharilla bien puesta, y lo deslizo por el mármol hasta su sitio, y le digo, con la voz más educada de mi repertorio, la de atender a los inspectores:
—Para llevar, mejor.
Se queda con la mano a medio camino de la taza.
Me mira. Mira el vaso de cartón que le estoy poniendo al lado, porque se lo estoy poniendo al lado, con su tapa y todo, un envase que en esta casa solo se usa para los taxistas con prisa.
Y entonces ve la carpeta gris, que ya viaja por el mármol empujada por mis dos dedos, y la abre, y se ve a sí mismo en la portada, «Ricardo Navascués, 28 de mayo», y se le va el color como se va la luz en agosto: de golpe y sin explicación de la compañía.
—Mamen.
—Está todo, no te preocupes. —Le trasvaso el cortado al vaso de cartón sin derramar una gota, con un pulso que no sé de dónde saco—. Las catorce páginas. Muy completo. Muy profesional. Se nota el máster.
—Mamen, escúchame...
—Con la tapa bien puesta, que fuera hace aire.
Y aquí empieza el duelo, porque el hombre no coge el vaso y yo no retiro la mano del mármol, y nos quedamos los dos a una barra de distancia, en el silencio más poblado que ha tenido este local desde el pésame de mi padre.
Él con las explicaciones haciéndole cola en la garganta, se le ve el tráfico, y sin sacar ninguna, porque hasta él entiende que este no es un silencio para rellenar, y yo con toda mi cortesía desplegada como se despliega el género en el escaparate: para que se vea bien lo que hay.
La Faema, por primera vez en su carrera, no interviene.
El reloj de pared da lo suyo. En la calle, el butanero descarga, y se oye cada bombona tocar la acera, una, dos, tres, y todavía nadie ha movido nada en este mostrador.
Lo que se dicen dos personas sin hablar, en una barra, en un minuto y medio, no cabe en catorce páginas.
Yo le digo que le enseñé la merengada. Él me dice que lo sabe.
Yo le digo que el mármol se fotografió estando yo delante, con mi permiso, con mi café en su mano, y que hay maneras de robar que no salen en el código.
Él me dice que hay algo que no estoy leyendo.
Yo le digo que he leído de sobra. Todo esto sin una palabra, a pulso de mirada, con el cortado enfriándose en su vaso de destierro, y pierde él, porque parpadea primero y porque coge el vaso, que las dos cosas son la misma derrota.
—Gracias —dice, ronco, y deja las monedas exactas en el mármol, sin esperar el platillo de la vuelta.
En la puerta se para. Se vuelve. Y por primera vez desde que lo conozco habla sin una sola palabra de las suyas, sin sinergias ni niveles ni valor, con la frase más corta y más limpia que le he oído:
—El informe tiene fecha. Mírala.
Y se va, y esta vez el portazo lo doy yo, con la mano abierta contra la puerta que él ya había cerrado suave, un golpe seco para nadie, de propina, porque el cuerpo me pedía cerrar algo más fuerte de lo que ese hombre me deja las cosas.
Lo del edificio pasa esa misma noche, y me lo cuentan, porque yo no voy.
Junta relámpago, convocada por la mañana «con carácter de urgencia» para un asunto de trámite: la aprobación del reparto de la derrama del ascensor, cuotas, plazos y, en el punto dos, camuflada entre coeficientes, la actualización de la cuota del bajo comercial que llevaba desde julio sobre la mesa.
La asistencia, me dicen, fue masiva y la atención, nula: el edificio entero había bajado a la junta a hablar de lo mío, del cortado en vaso de cartón, que a esas horas ya circulaba por las tres redes con análisis y cronología, y mientras el patio de butacas debatía mi vida en voz baja, Angelines leyó sus números en voz alta, pidió objeciones, contó hasta tres y adjudicó.
Todo aprobado. Nadie recurrió. Ni una mano, ni una pregunta, ni un «que conste».
En los anales de Esperanza 12 no existe precedente: la primera votación limpia de la historia de esta comunidad se la debemos a mi desgracia sentimental, que tuvo la asistencia pendiente de otra cosa.
Angelines debería ponerme una placa. Conociéndola, me pondrá la cuota nueva al cobro el día uno.
Y hay otra cosa esa noche, que la registro porque en este barrio los silencios también son parte: la agencia no emite.
La ruptura del cortado en vaso de cartón, que es material de primerísima, con su drama, su vajilla y su testigo presencial en la persona de la propia interesada, no genera crónica de doña Visi.
Nada. Ni en la farmacia, ni en el pan, ni un audio de siete minutos.
La corresponsal más rápida del hemisferio ha visto pasar la noticia del año por delante de su ventana y ha dejado la máquina apagada, y el barrio entero entiende el comunicado sin necesidad de emitirlo: cuando la Visi no cuenta una cosa, es que la cosa duele de verdad.
Esa mujer inventa serenatas y multiplica persianas, pero con el género delicado no trabaja.
Hay agencias con más código deontológico que algunos ministerios.
De las miniaturas del día doy fe de una, porque me la trae Encarni con el último café: el Chino Paco ha subido el consejo a siete euros.
Siete. Tarifa especial acontecimientos, se supone, porque medio barrio ha pasado hoy por el bazar a comprar cosas que no necesitaba con la esperanza de que el hombre soltara algo de lo mío por el precio de unas pinzas.
Y el hombre, nada: siete euros el consejo, por adelantado, y de momento no ha pagado nadie.
«Está el análisis muy caro», dictamina Encarni, removiendo el azúcar.
Yo digo que hay mercados que se autorregulan.
Lo que no digo es lo que pienso: que a siete euros el consejo, el Chino Paco no está subiendo el precio.
Está cerrando el mercado. Hay semanas en que ese hombre protege más que la farmacia.
Cierro a las nueve. Cuadro la caja, que cuadra, porque el dinero es lo único de mi vida que está cuadrando últimamente, y al guardar el cambio veo el fondo del cajón, que ya es el archivo provincial de mi ruina: la hoja del doce de mayo, la cinta de persiana, las dos alcayatas.
Solo falta el informe para completar la colección, y el informe está en el mármol, esperándome, y me quedo sola con la lámpara de la barra encendida y la carpeta gris otra vez delante, que él no se la ha llevado, la ha dejado en el mármol como se dejan las cosas que ya no son de uno.
La abro. Portada. «Ricardo Navascués, Consultoría de Expansión. Fecha de emisión: 28 de mayo.»
Veintiocho de mayo.
El camión de la mudanza cortó esta calle en junio.
El flat white fue en junio. El láser, el espejo, la leche del día 4, la libretita de los nombres, junio, junio, junio.
Y este informe, el de base, el de la recomendación, lleva fecha de mayo.
De antes. Estaba escrito y firmado antes de que ese hombre me viera la cara, antes del primer cortado, hecho desde un despacho con cuatro fotos de mi fachada y la palabra «activo», porque para recomendar que te compren una casa, en el idioma de esa gente, no hace falta ni pisarla.
Lo suyo, lo de junio, fue venir a ponerle las medidas a lo que otro ya había decidido: actualizar el expediente, fotografiarme el mármol por dentro, cotejar sobre el terreno la demolición firmada tres semanas antes de conocerme.
Todo lo demás, los toldos, los nombres, la esquina de la barra, la grasa en la persiana, todo lo de después vino después.
Lo escribió antes de conocerme. ¿Y eso qué cambia? —le pregunto al mostrador.
El mostrador, como siempre, de mármol.