Mala leche y buen polvo Capítulo 9 — Esto no ha pasado
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Capítulo 9 — Esto no ha pasado

—Esto no ha pasado —le digo en el recibidor, en voz bajísima, con la puerta entornada y el rellano en silencio de museo—. Y si ha pasado, ha pasado mal, que es como si no hubiera pasado.

—Ha pasado regular en dos momentos muy concretos —puntualiza él, que hasta para rendirse negocia—, pero el conjunto...

—El conjunto no existe. No hay conjunto. Baja.

El domingo nos lo regala la resaca ajena.

El barrio amanece en modo posoperatorio: persianas bajadas hasta mediodía, la plaza sembrada de vasos, y el concurso de tortilla, que estaba fijado para las doce, aplazado sine die por «indisposición generalizada del jurado», según el cartel que Angelines cuelga a las diez con una caligrafía visiblemente mermada.

La asociación, además, abre expediente. Oficial, con carpeta: «Expediente informativo sobre los efectos de la ingesta combinada de las sangrías A y B», porque las bajas del sábado exigen responsabilidades y las dos familias sangrieras se las exigen mutuamente: Fali sostiene que su receta «sola nunca ha tumbado a nadie que no quisiera», el del quinto que la suya «es medicinal de toda la vida», y la conclusión provisional del instructor, que es Angelines con la libreta de incidencias del sábado, apunta a lo que la ciencia de este barrio llama incompatibilidad de linajes: buenas por separado, munición juntas, como tantos matrimonios.

Se estudia prohibir la mezcla por norma para el año que viene.

Los dos linajes, unidos por primera vez, votan en contra de la prohibición: que el pueblo mezcle bajo su responsabilidad, que esto es una verbena, no un ambulatorio.

Con ese ruido de fondo, el lunes yo abro mi lechería convencida de que el asunto inexistente sigue sin existir.

Error de principiante. Porque el sábado a las siete y cuatro minutos de la mañana, mientras un hombre bajaba mi escalera a oscuras, en el cuarto A había una señora con la ventana del patio entornada, un oído de corista jubilada y cincuenta años de oficio narrativo, y esa señora ha tenido un domingo entero, largo y desocupado, para editar el material.

Me entero del alcance el lunes en la cola del pan, y para que se entienda por qué precisamente ahí, conviene explicar cómo funcionan las telecomunicaciones de este barrio, que tienen su arquitectura y sus velocidades, como todo sistema serio.

La red rápida es la cola del pan: fibra pura, sin verificar, de siete a diez de la mañana, donde la noticia circula cruda y con errores de transmisión que nadie corrige porque corregirla frenaría el tráfico.

La red oficial es la farmacia: ahí la información llega más lenta pero sale con registro, contrastada contra el vademécum de la titular, que pregunta «¿y eso quién lo ha visto?

» con bata blanca, y lo que la farmacia da por bueno ya no lo tumba ni un notario.

El grupo de la comunidad es el teletipo: instantáneo, escrito y equivocado, útil sobre todo por sus silencios, que son la única parte fiable.

Y por encima de las tres redes, con rango de agencia internacional, opera doña Visi, que no transmite noticias: emite crónicas, con su estructura, su clímax y su embargo de derechos.

Cuando una historia pasa de la agencia a la farmacia y de la farmacia al pan, ya no es información.

Es folclore. Y contra el folclore, que me lo apunte quien empiece ahora en esto, no hay desmentido: hay convivencia.

Delante de mí, dos señoras de la calle de atrás, que no me ubican, comentan la noticia de la semana con la naturalidad de quien comenta la liga:

—...y por lo visto él la subió en brazos toda la escalera, como en las películas.

—¡En brazos! Con lo que pesa una persona.

—Como lo oyes. Y arriba, de la pasión, se vino abajo la persiana del cuarto. A la primera embestida, dice la Visi.

Y aquí, señores, es donde una servidora, que llevaba cuarenta y ocho horas ejecutando la negación con disciplina soviética, comete el error que ya es patrimonio de la calle:

—La persiana se cayó DESPUÉS.

Silencio en la cola. Las dos señoras se vuelven despacio.

La panadera se queda con la barra en el aire, a medio meter en la bolsa.

Y yo, con mi ticket del turno en la mano, comprendo en tiempo real tres cosas: que acabo de confirmar la noticia, que acabo de corregir la escaleta, y que acabo de aportar a la crónica el único dato que le faltaba, que es la fuente.

La señora de delante me mira de arriba abajo, ata cabos con una velocidad admirable en su franja de edad, y dice, con muchísimo respeto:

—Usted es la de la lechería.

—Una barra de cuarto y dos chapatas —contesto, mirando al frente, y la panadera me las cobra sin mirarme a los ojos, con la solemnidad con que se atiende a los personajes públicos.

La versión de doña Visi, que a estas alturas circula por la farmacia con número de registro, mejora la realidad en todos los apartados en que la realidad flojeaba.

En su crónica hay subida en brazos, que con la rodilla de aquel hombre habría acabado en la sección de sucesos; hay una serenata previa «bajito, para no despertar», que convierte a un técnico con dos copas en un galán de posguerra; la persiana no se cae dos veces sino tres, «y la tercera del aplauso»; y el desenlace se prolonga «hasta las nueve y media, que lo sé yo porque a las nueve y media puse el puchero y todavía».

Todavía. Con ese adverbio suelto, sin verbo, la mujer ha construido más que yo con los hechos.

Y lo más humillante no es la invención: es la mejora.

Porque una puede salir a desmentir una mentira, pero ¿cómo sale una a desmentir una mentira que te deja mejor que la verdad?

¿Con qué cara reclamo yo mi versión, hola, buenas, no hubo serenata, no hubo brazos, hubo un calambre en el gemelo y un cargador clavado en el riñón?

El desmentido me degrada. El silencio me confirma.

Doña Visi lo sabe, que para eso lleva medio siglo en el negocio, y por eso su crónica es inexpugnable: me ha encerrado en la ficción con las comodidades dentro.

En la lechería, mientras tanto, se representa dos veces al día la función titulada «Normalidad».

Llega él a las diez y cuarto, pide lo suyo, yo lo pongo, hablamos del tiempo con un empeño meteorológico que no habíamos tenido jamás, y el público asiste.

Porque hay público: Encarni ha adelantado veinte minutos su café para coincidir, y sigue nuestros intercambios sobre la humedad con la cabeza de lado, como los perros cuando oyen una palabra que conocen.

El martes, en mitad de un apasionante análisis del bochorno, me dice, alto, para la sala:

—Qué bien habláis del tiempo vosotros dos. Da gusto. Con lo mal que se habla ya del tiempo en este país.

Y Fali, desde la otra punta, sin levantar la vista del periódico:

—Como en la radio, hablan. Que no se ve nada y se entiende todo.

La noche del martes es la de mi cara a cara.

Estoy lavándome los dientes, se me va la vista al espejo, y el espejo, que es de mi abuela y tiene por tanto su carácter, me devuelve a una mujer con el cepillo en la boca y una superioridad moral por los suelos, y ahí me lío.

Que tú te has visto, le digo. Tú. La que tenía el expediente completo en el cajón, la del doce de mayo, la que iba a resistir por dignidad transgeneracional: besando técnicos en portales como una quinceañera de bachillerato nocturno.

¿Y qué alega la defensa? ¿El licor? El licor no marca el camino largo por la ronda, Mamen.

El licor no habla de churros cuarenta minutos.

El licor, y esto es doctrina consolidada, no besa primero.

¿Que podría dejar de discutir con un espejo a las doce menos cuarto?

Podría. ¿Que en vez de eso le sostengo la mirada a mi propio careto y le digo, con el cepillo aún en la boca, «y lo volvería a hacer, guapa, y con menos hierbas»?

Eso hago. Y apago la luz yo primero, que quede claro quién ha ganado, aunque en los debates con el espejo el que apaga pierde, eso también es doctrina.

El miércoles por la mañana lo entiendo todo tarde, como siempre que importa.

Llego a las siete menos cuarto, meto la llave, tiro de la correa con las dos manos, con los riñones preparados y el vecindario avisado, y la persiana sube sola.

Sube fina, silenciosa, engrasada, con un deslizamiento de puerta de hotel caro, veintiocho kilos flotando como si el metal hubiera hecho un curso de Iván.

Me quedo con la correa floja en las manos, mirando la persiana como se mira a un familiar que vuelve distinto de un viaje.

En el suelo, junto al bombín, una mancha nueva de grasa limpia, trabajo de madrugada, de alguien que corre a las siete con vaqueros.

Y en el escalón, apoyada contra el cristal, una bolsita de la ferretería, sin nota.

Dentro: una cinta de persiana nueva, de las buenas, de lona, para cierta ventana de cierto dormitorio, y dos alcayatas.

Dos alcayatas. Sin instrucciones, sin firma, sin nada.

La cinta la entiendo, la cinta es una disculpa de veinte milímetros de ancho, pero ¿las alcayatas?

¿Qué me quiere decir un hombre con dos alcayatas?

¿Que colguemos algo? ¿El qué? Un hombre que te deja alcayatas sin nota o te está arreglando la vida o te está amueblando el futuro, y no sé cuál de las dos posibilidades me tiene más nerviosa.

Las guardo en el cajón de la caja, con el resto del expediente, que aquello ya parece el archivo de un caso, y a las diez y cuarto entra él a por lo suyo, puntual como el pan.

Y aquí viene lo bueno: no dice nada. Ni yo.

Le pongo el cortado, me paga, y en todo el rato ninguno de los dos mira hacia la persiana, con un esfuerzo de cuello que se nota a la legua, dos personas no mirando el mismo sitio con una coordinación que ya la quisiéramos para el resto de la relación que no tenemos.

Solo al final, recogiendo el platillo, se me escapa por lo bajo un «sube fina», y él, ya en la puerta, sin volverse, contesta «era el tambor, que iba seco», y se va.

Era el tambor, que iba seco. En el idioma de la ferretería, que es en el que este hombre dice las cosas que importan, eso ha sido una conversación larguísima, y las dos partes hemos quedado en que ha llovido.

Y despacho toda la mañana con la puerta abierta y el ruido de menos: mi persiana ya no anuncia nada, el barrio ha perdido su campana y yo mi coartada, y dos clientas me preguntan si he estado de obras. De obras. Podría decirse.

Y a la una y media, en la hora muerta, mientras cuadro los albaranes en el ordenador viejo del rincón, entra un correo.

Lo veo llegar en la esquina de la pantalla, con su campanita.

Remitente: «FunKoffee Expansión — Área Técnica».

Yo estoy en copia. En copia con otros seis, todos con apellido de central, por un error tan de manual que casi se oye al becario: alguien ha contestado a todos donde no debía, y la cadena arrastra, ahí abajo, un archivo adjunto.

Un PDF. Asunto del correo original: «Viabilidad adquisición local c/ Esperanza 12».

El informe. Su informe.

Me quedo con la mano en el ratón y el cursor encima del clip, y la lechería en silencio, y la Faema apagada, y la persiana nueva calladísima, todo el mundo mirando hacia otro lado en este local menos yo.

Ábrelo, Mamen. Tú siempre abres.