Capítulo 8 — Emergencias
No me fui a casa.
Que quede claro desde el principio, para que luego no se diga que la cronista maquilla: tuve mi momento.
La una y cuarto, la botella verde saliendo de la caja de Fali, la plaza en ese punto en que las canciones empiezan a sonar todas iguales, y yo con las llaves en el bolsillo del delantal y la cabeza diciéndome vete, Mamen, que mañana hay género.
Me quedé. Me quedé por la caja, me dije, que aún había cola de merengada; me quedé por vigilar la neverita, me dije después; y ya la tercera mentira ni me la trabajé, que a partir de cierta hora una deja de engañarse con esmero y se engaña al por mayor.
El licor de Fali se llama «del pueblo» y no tiene más denominación de origen que esa.
Amarillo, espeso, con hierbas dentro de la botella flotando en formación, y un primer trago que te pasa dos cosas a la vez: te quema la garganta y te perdona los pecados.
Fali lo sirve en vasitos de chupito que ha traído contados, doce, «que el del pueblo no es para masas», y administra las rondas con un criterio pastoral: primero los caídos de la sangría, «para asentar», después los que trabajan, «para el relente», y después ya por orden de simpatía, que es como se ha repartido siempre todo en este país.
Porque a esas alturas la verbena había entrado en su fase de campo de batalla, y conviene dejar constancia del parte.
Las dos sangrías rivales, la de Fali y la del quinto, servidas en barras separadas por sentencia de la presidencia, habían encontrado en el pueblo llano un punto de encuentro que la política les negaba: la gente bebía de las dos, por diplomacia o por sed, y la mezcla de los dos linajes, que por separado eran nobles, junta resultó ser munición.
A la una y media había bajas por toda la plaza.
La del cuarto, sentada en el bordillo, le cantaba «Mi gran noche» a un perro que no era suyo con una entrega que Raphael firmaría.
El pincha había perdido el control de su propio equipo y lo había asumido con dignidad, dejando puesta una lista y retirándose a por un bocadillo.
Y la caseta de Iván, la del bienestar, se había convertido de facto en el hospital de campaña de las fiestas: seis vecinos tumbados en las esterillas, boca arriba, y el hombre del lino paseándose entre ellos con su voz de documental, «soltad por la boca, con sonido de marea», y los caídos soltando por la boca, obedientes, marea va marea viene, en la primera aplicación clínicamente útil de la respiración consciente que ha visto esta plaza.
Cuarenta y cinco euros ya me parecían menos caros.
Angelines, por su parte, era la única autoridad en pie y lo estaba ejerciendo: recorría el hospital de esterillas con una libreta, tomando nota de los caídos «para el informe de incidencias», y al llegar al sexto, que era su propio cuñado político, dudó un momento con el boli en el aire y lo apuntó igual, porque esa mujer tendrá sus cosas pero prevaricar no está entre ellas.
La vi anotar y me acordé de las sillas plegables, y pensé que hay gente que cuida de un barrio como puede, con el instrumento que le haya tocado, y a ella le tocó una libreta.
Y en medio del desastre, como una aparición del orden antiguo, Fali y Encarni bailando.
Sonaba «Paquito el Chocolatero», que es una pieza para saltar con el codo en alto, y ellos la bailaban agarrados, lentísimos, la cara de ella en el hombro de él, dando vueltas pequeñas en su baldosa, completamente al margen del compás y del siglo, como si la orquesta de su boda no hubiera dejado nunca de tocar y todo lo demás, el Paquito, la plaza, los cuarenta años y el gol de Señor, fuera el ruido de fondo de otra mesa.
Me quedé mirándolos más de la cuenta. El licor hace eso: te afloja la vigilancia de las ventanas.
A las dos y media el pincha en funciones anunció la última, y la última en esta plaza es pasodoble por estatuto no escrito, y ahí fue cuando doña Visi, que llevaba toda la noche bailando por rachas con el butanero y guardando energía como los ciclistas, ejecutó su jugada.
Se plantó delante de nuestra caseta, plegó el abanico con un golpe seco de mando militar, y dijo:
—El cierre lo bailan los caseteros. Es tradición.
—Eso no es tradición ninguna, Visi.
—Lo será el año que viene si lo hacéis este. —Y me quitó el trapo de la mano como se le quita el arma a un rendido—. Por compromiso, hijita. Que lo manda la fiesta.
Por compromiso. Salimos de detrás de la barra por compromiso, nos pusimos el uno frente al otro por compromiso, y por compromiso me puso Richi la mano en la cintura, con una prudencia de primero de baile, a una distancia reglamentaria que duró exactamente ocho compases, porque el pasodoble es un invento del demonio con orquesta: está diseñado para que dos cuerpos que se llevan mal se enteren de que se llevan bien.
No hablamos. Él bailaba mejor de lo que le correspondía por currículum y yo me dejé llevar más de lo que me correspondía por carácter, y la plaza giraba amarilla por las bombillas de la regleta, y pensé, con la parte de la cabeza que aún fichaba, que llevaba desde la boda de mi prima sin que nadie me sujetara la cintura como quien sujeta algo que no quiere que se le caiga, y en algún momento la distancia reglamentaria dejó de estar homologada y ninguno de los dos presentó la reclamación.
Después hubo otra ronda del pueblo. Después Fali dijo «la penúltima», que en Fali es un concepto sin traducción al calendario.
Después ayudamos a subir la neverita, y las calles de vuelta estaban en ese silencio caliente de agosto con papelillos en el suelo y un vaso de tubo huérfano en cada alcorque, y caminamos sin prisa y sin motivo por el camino largo, el de la ronda, hablando de nada con mucho detalle: de si la farola gorda da luz naranja o amarilla, de por qué los churros de la gasolinera saben a churrería y los de la churrería nueva saben a gasolinera, de persianas, fíjense ustedes, de persianas estuvimos hablando un rato, con lo que nos esperaba, y en el portal, buscando las llaves que llevaba toda la noche en el delantal, se me cayeron al suelo, y nos agachamos los dos a la vez, y nos levantamos los dos a la vez, y quedamos más cerca de lo que el diseño del portal exige.
—Bueno —dijo él.
—Bueno —dije yo.
Y lo besé yo. Esto lo firmo con nombre y dos apellidos, que llevo toda la vida cobrando mis cuentas y no voy a dejar la mía sin autor: lo besé yo, con las llaves en la mano y las hierbas del pueblo en el juicio, y él tardó medio segundo en responder y luego respondió sin ninguna duda administrativa, y subimos la escalera a trompicones y a oscuras, sin darle al temporizador, los dos callados y con las manos ya en faena, porque la luz de esa escalera dura noventa segundos y hay cosas que no se pueden hacer con cronómetro.
Mi puerta. Mi pasillo. La lamparita del recibidor, que no llegó a encenderse.
Y hasta aquí puedo leer.
Las 6:40.
Lo sé porque el despertador de mi mesilla es de los de números rojos y me está mirando fijamente, y yo lo miro a él, boca arriba en mi propia cama como una náufraga en su propia playa, con un dolor puntual y localizado en mitad de la espalda que resulta ser, tras palpación, el cargador del móvil, que llevo clavado a la altura del riñón desde hora indeterminada y que explica por qué he soñado con una operación.
A mi lado, ocupando un porcentaje de colchón que ya discutiremos, duerme el técnico de FunKoffee.
Bocabajo, despatarrado, con una pierna fuera de la sábana y en la rodilla de esa pierna un moratón nuevo, tamaño ciruela, del que soy testigo y parte.
Y como soy mujer de método, mientras el techo se está quieto, procedo al peritaje del siniestro.
Daños materiales: una persiana. La del dormitorio, que llevaba meses avisando con la cinta deshilachada y eligió su momento como una profesional: se soltó entera a mitad de la faena, un estruendo de cierre metálico de joyería atracada, y los dos gritamos, y el susto se llevó por delante el equilibrio de él, que aterrizó con la rodilla en el canto de la mesilla, y ahí el parte de lesiones.
Daños personales adicionales: un calambre.
Mío, en el gemelo izquierdo, en el peor minuto posible del mejor cuarto de hora, un calambre de esos que te incorporan de golpe con la elegancia de una grúa, y sobre cuya autoría hubo discusión en el momento y la sigue habiendo: yo sostengo que la postura la había sugerido la parte contraria; la parte contraria sostiene que la ejecución fue unilateral.
El juicio queda visto para sentencia y la sentencia no va a llegar, porque para sentenciar habría que volver a hablar del asunto y el asunto no ha existido.
Y luego está el dato. El que no pienso decir en voz alta ni con la casa vacía.
Lo pienso mirando el techo, con el cargador ya en la mano y la dignidad en paradero desconocido, y lo pienso con la rabia de los datos que no se pueden discutir: con persiana caída, calambre, mesilla, moratón y las hierbas del pueblo jugando en contra, ha sido lo mejor que me ha pasado en esa cama en una década.
En la década. Con margen. He hecho la cuenta dos veces por si el licor inflaba los números y los números, en ayunas, han subido.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que en mitad de todo, en un momento de tregua, con la persiana ya en el suelo y la calle entrando por el hueco, me he acordado de mi cuñado.
De Óscar. Medio segundo, la carpeta, el doce de mayo, todo el expediente, en mitad de la mejor noche de la década, porque mi cabeza es una vecina más de este edificio y no sabe estarse fuera de los asuntos.
No sé qué fue peor, si la rodilla de él o el cuñado mío. Empate técnico.
A las 6:55 se despierta. Lo sé porque el porcentaje de colchón cambia y porque dice «hola» con una voz de estar comprobando si la palabra funciona.
Y entonces empieza la segunda negociación de la noche, la de la huida, que es un clásico del género y nosotros la bordamos de puro mal: que si baja él primero, que si el descansillo del segundo tiene ángulo muerto, que si la del cuarto madruga, que si el temporizador, sobre todo el temporizador, porque si le da al botón lo ilumina la escalera entera como a un fugado de película, y acordamos, tras cumbre bilateral con los vaqueros en la mano, que bajará a oscuras, tanteando el pasamanos, y que si se cruza con alguien dirá que viene de correr.
En vaqueros. A las siete de la mañana. Con una rodilla que no dobla.
El plan es tan malo que nos lo aprobamos por unanimidad, la primera unanimidad verdadera que se firma en este edificio en todo el verano.
Antes de irse pasa por la cocina a por agua, porque el pueblo deja seco al personal, y yo voy detrás, a saber por qué, a supervisar el grifo.
No encendemos la luz. Está la cocina en ese gris de primera hora, y los dos descalzos en las baldosas frías, y lleno un vaso del grifo y bebo la mitad y se lo paso, y él se bebe la otra mitad mirándome por encima del cristal, y nadie dice nada, y el frigorífico ronronea lo suyo, y ese medio minuto a oscuras, con un vaso a medias y los pies fríos, no se lo pienso contar así a nadie nunca, de modo que ustedes tampoco lo han leído.
Y entonces, desde el dormitorio, con dos horas de retraso y sentido del espectáculo, la media persiana que quedaba colgando termina de soltarse y se estampa contra el alféizar con un cataclismo de chatarrería, y los dos damos un salto, y a mí se me escapa la risa por la nariz y a él entera, tapándose la boca con el antebrazo, doblado sobre la encimera, y nos mandamos callar el uno al otro con la mano, peor que críos, y en el silencio de después, ese silencio total de patio interior a las siete de la mañana en agosto, cuando el edificio es una caracola y se oye todo, se oye.
Una tos.
Dos veces. Educada. De arriba.
La tos. Del cuarto. Estamos muertos.