Capítulo 7 — La caseta compartida
La mano de doña Visi entra en el bombo hasta el codo.
El bombo es de bingo, prestado por el hogar del jubilado, y dentro van las bolas con los números de las casetas de la verbena, y el reglamento dice que la mano inocente saque las bolas de dos en dos, porque este año, por obras en la plaza, las casetas van pareadas: dos adjudicatarios por módulo, a compartir estructura, toma de luz y destino.
La mano inocente es Visi desde que existe el sorteo, por antigüedad y porque nadie ha querido nunca quitarle el cargo a una señora que enterró a tres maridos.
Y la mano inocente revuelve, revuelve mucho, revuelve con una técnica de tómbola profesional que a más de uno le arruga la frente, y canta:
—¡Lechería Espinosa! —Primera bola en alto, exhibida al público como una reliquia—. Con... —revuelve otra vez, y les prometo que mira al cielo, la mujer, mira al cielo como los cantaores— ...¡FunKoffee!
Aplauso, murmullo, dos silbidos y una carcajada aislada que no pienso perseguir porque sé de qué mesa viene.
Richi, presente en el acto como delegado de la marca, levanta la mano saludando como si lo hubieran nombrado algo.
Yo me quedo mirando a Visi, que guarda las bolas en su bolsita con una serenidad de crupier, y Visi me devuelve la mirada con sus ojos de merengue, limpísimos, y me dice, articulando mucho:
—El azar, hijita. Que es muy caprichoso.
El azar. En este barrio han salido premiadas juntas la lechería y la franquicia que quiere comprarla, de un bombo manejado por la mujer que la semana pasada llamó al aludido producto de primera necesidad, y no hay forma humana de probar nada, porque las bolas son opacas, el reglamento es de 1981 y la única auditora posible es la propia sospechosa.
Angelines pide «verificar el procedimiento».
Visi le ofrece el bombo con las dos manos: «Verifica, reina.
El que toca la bola repite año». Angelines no toca la bola.
Nadie toca nunca la bola. Así se sostiene el sistema.
El módulo nos toca en la esquina de la plaza, junto a la farola gorda, que es sitio bueno, otro dato que el azar ha tenido a bien concedernos.
A Iván, que ha solicitado caseta «de bienestar y pausa consciente» con toda su cara de lino, el bombo lo empareja con el puesto de bocadillos de panceta, y esa sí que ha sido la obra maestra de la mano inocente: toda la semana de fiestas van a convivir, pared de lona con pared de lona, el incienso y la fritanga, el cuenco y la plancha, y a media tarde del primer día ya nadie sabe si lo que flota sobre esa esquina es humo sagrado o tocino, y lo más grande es que Iván no protesta: dice que «los aromas también negocian».
Negociarán, pero de momento va ganando la panceta por goleada, que el bienestar será muy consciente pero el bocadillo es contundente.
Y el miércoles por la tarde, con la plaza convertida en un campamento de palés, tablones y lonas municipales, nos presentamos los dos a montar la caseta: yo con la caja de herramientas de mi padre, que pesa como un ternero, y Richi con un chaleco reflectante puesto, de noche, en una plaza peatonal, «por protocolo».
En la caja de mi padre, inventario completo: un martillo, alicates, un rollo de alambre, cuatro cajas de tornillos surtidos y un solo destornillador.
Uno. De estrella, con el mango forrado de cinta aislante por mi padre en fecha indeterminada del siglo pasado.
Y aquí les voy a dejar una ley que no falla, apúntensela para bodas y notarías: si quieren saber si dos personas pueden compartir la vida, no las manden a un viaje, ni a poner un mueble de esos suecos, que eso lo aguanta cualquiera porque trae instrucciones.
Mándenlas a montar una caseta de fiestas con un solo destornillador.
Sin planos, con tablones que no son de nadie, con la mitad de los tornillos pasados de rosca y un vecino cada cuatro minutos pasando a opinar sin detenerse.
La caseta lo saca todo: quién sujeta y quién atornilla, quién pide el destornillador y quién lo secuestra, quién dice «así vale» y quién afloja lo del otro cuando el otro va a por agua.
El destornillador único es el detector de mentiras más barato del mercado.
A las nueve de la noche, Richi y yo habíamos pasado por todas las fases del matrimonio: la ilusión del reparto de tareas, la primera crisis por el larguero torcido, la mediación externa, que vino a hacerla Fali sin que nadie lo llamara, el silencio hostil con pásame-los-alicates, y la reconciliación técnica cuando la estructura, contra todo pronóstico y toda física, se tuvo en pie y no se cayó ni empujándola, que la empujamos los dos a la vez, por probar, y en ese empujón sincronizado hubo más entendimiento que en muchas parejas que yo conozco con hipoteca.
Lo de las luces fue después, y de las luces tengo que hablar, porque las luces de verbena son mi asignatura pendiente con este país.
La acometida eléctrica de las fiestas de la calle Esperanza sale, desde antes de que este país entrara en Europa, de una farola intervenida con una regleta que guarda el de la ferretería de un año para otro, envuelta en una bolsa de Alcampo, y de esa regleta cuelga la alegría entera de un barrio: los hilos de bombillas, el equipo del pincha, la máquina de gofres y, desde hace unos años, el datáfono del puesto de bocadillos, porque hasta la economía sumergida se ha digitalizado.
Y cada año un electricista de verdad, que los hay en el barrio, dos, se acerca, mira la farola, mira la regleta, se santigua y se va a por un botellín sin decir nada, porque hay diagnósticos que un profesional no puede emitir sin obligación de denuncia.
¿Que llevamos cuarenta años sin que pase nada?
Cuarenta años. ¿Que eso demuestra que está bien hecho?
Eso demuestra que Dios existe y que es de este barrio, que no es lo mismo.
¿Que este año pienso volver a enchufar mi neverita de la merengada a esa misma regleta, sabiendo lo que sé?
El primer día, a primera hora. La fe de mis vecinos será temeraria, pero es la única red eléctrica que tenemos.
Colgamos los hilos de bombillas el jueves al anochecer, él subido a la escalera de la ferretería, yo abajo desenredando guirnalda, que el que desenreda manda, y fue entre bombilla y bombilla, con la plaza ya vacía y ese olor a tomillo y a fritanga vieja que traen las vísperas, cuando salió la conversación.
Empezó por el trabajo, como empiezan todas para poder negar después que fueran personales.
Que cómo acabó él en FunKoffee. «Me enchufó mi tío», dijo, así, sin adorno, pasándome el extremo del cable.
«Es el dueño. Bueno, el fundador. En mi familia me fueron enchufando a cosas hasta que dejé de dar problemas.
» Lo dijo sin pena ninguna, como quien repasa una ruta de autobús, y siguió a lo suyo, bombilla, casquillo, bombilla, y yo abajo callada, porque hay confesiones que si las comentas se estropean.
Y un rato después, ya con medio hilo encendido probando, con esa luz amarilla de feria pobre que le pone a todo cara de recuerdo, dijo la otra cosa. Dijo:
—¿Sabes lo que me pasa aquí? —Apretaba una bombilla floja, sin mirarme—.
Que me llaman por mi nombre para cosas útiles.
Richi, súbeme esto. Richi, aguanta ahí. Richi, tú que llegas.
Toda mi vida me han llamado para estar. En las fotos, en las cenas, en la tele aquella.
De relleno bueno. Y aquí me llaman para hacer.
Es la primera vez y tengo treinta y ocho años, así que imagínate el nivel de mi currículum.
Y en ese momento exacto, palabra de lechera, el hilo entero de bombillas hizo pff y se apagó, la plaza a oscuras, la farola gorda incluida, porque la regleta de Alcampo administra los momentos importantes de este barrio desde el 82.
Nos quedamos los dos en lo negro, él en la escalera, yo con la guirnalda en las manos, y solté lo primero que encontré, que fue:
—Pues agárrate al larguero torcido, que para eso lo dejamos.
Se rio en la oscuridad, una risa de las de verdad, y el de la ferretería gritó desde la esquina «¡ya va, ya va!», y la luz volvió, y no se habló más, que las cosas importantes de esta plaza se dicen con los plomos echados y se dejan allí.
El viernes por la mañana, mientras la plaza se acaba de vestir, mi lechería acoge el acto institucional más delicado de las fiestas: la cata de la sangría.
Porque este año hay cisma. La receta oficial de la asociación, secreta desde antes de la democracia, la custodiaba siempre la familia de Fali, «cofrades mayores de la sangría» por línea paterna; pero el del quinto sostiene desde hace dos veranos que la receta original era de SU familia, que la de Fali es una copia con más canela, y este año ha presentado batch propio y candidatura.
Para evitar la guerra abierta, Angelines ha diseñado un procedimiento con garantías: cata a ciegas en territorio neutral, mi barra, tres vasos numerados, y de juez el butanero, elegido por unanimidad porque es el único hombre del barrio del que consta que no tiene opinión previa de nada.
Los vasos: A, la sangría de Fali; B, la del quinto; y C, que esa fue idea de la del cuarto, «un testigo, como en los documentales»: sangría de brik del súper, marca blanca, para calibrar al juez.
El butanero cata los tres vasos en un silencio de notaría. Deja pasar su tiempo. Se limpia el bigote con el dorso. Y emite el fallo completo de su carrera como jurado:
—La C.
La C. El brik. Delante de dos linajes sangrieros, de la presidenta, de la del cuarto y de una servidora, el paladar más neutral de la calle Esperanza acaba de coronar a la marca blanca del súper por encima de dos recetas centenarias enfrentadas a muerte.
Hay tres segundos de silencio sin fondo.
Y entonces ocurre el milagro que solo las fiestas consiguen: Fali y el del quinto, que no se dirigían la palabra desde lo del edredón, y antes desde lo del canalón, se miran, se miden, y cierran filas en el acto contra el enemigo común.
Que si la cata está viciada. Que si el frío del brik favorece.
Que si el butanero está congestionado, «que se le oye al respirar».
Angelines, que ve peligrar el orden constitucional, resuelve con su mejor jurisprudencia: «Se procede a anular la cata por vicio de forma, y se servirán ambas sangrías en barras separadas, y el brik no consta».
El brik no consta. En este país se han cerrado crisis de Estado con menos elegancia.
Y llega la noche. La primera noche de verbena, que es la buena, la de los nervios, con la plaza llenándose desde las nueve, las bombillas aguantando su pulso con la regleta, el pincha abriendo con lo de siempre porque lo de siempre es lo que abre, y nuestra caseta, la caseta compartida del azar de Visi, despachando a dos manos: mi merengada y mi bizcocho por un lado, y por el otro los cafés de la marca que Richi regala en vasitos con el logo, «activación», lo llama, y que el barrio acepta encantado porque gratis es el sabor favorito de la calle Esperanza.
Trabajamos bien. Lo digo con fastidio y lo digo: trabajamos bien, sin pisarnos, con ese tráfico de codos y cambio y hielo que o sale solo o no sale, y nos sale solo, y la caseta no se cae, y la caja canta, y Encarni baila con Fali algo lento pegada a la barra del marido sangriero reconciliado.
A las doce y media el pincha, que lleva toda la noche administrando su ciencia, pone el pasodoble, el de todos los años, y la plaza entera se aparea por orden de antigüedad, y Visi pasa por delante de nuestra caseta del brazo del butanero, que baila como reparte: seguro y sin comentarios, y al pasar nos señala a los dos con la barbilla y grita por encima de la música:
—¡Y vosotros qué! ¡Que la caseta se despacha sola un ratito!
—¡Estamos trabajando! —grito yo.
—¡Trabajar es de pobres de espíritu! —Y se la lleva el pasodoble, a la mujer, girando con más rodaje que la plaza entera.
No bailamos. Conste en acta, que diría la presidenta: la primera noche no bailamos, ni él lo pide ni yo lo miro, y el pasodoble se gasta en los demás. Los pasodobles, como los consejos del bazar, se quedan a cuenta.
Y a eso de la una, con la plaza en su punto de caldo, Fali se mete detrás de nuestra caseta, aparta la lona, y saca de su caja de avituallamiento una botella sin etiqueta, de cristal verde, con un líquido amarillo que se mueve despacio, como si supiera algo, y la levanta a la luz de las bombillas y anuncia, solemne, a la concurrencia de la esquina:
—Del pueblo. Solo para emergencias.
Y aquí es donde tendría que haberme ido a casa.