Capítulo 6 — La Isla de los Solteros 3
El vídeo dura cuarenta y un segundos.
Y quiero ser honesta con ustedes, que para eso me tienen: yo me reí.
La primera vez, la segunda y la sexta. Me reí con el collar de conchas, con el «es que cocina muy bien», con el rótulo de Majadahonda, y participé en el análisis colectivo con aportaciones que fueron celebradas.
Porque el escarnio, en este barrio, es un deporte de temporada larga y reglamento no escrito, y funciona porque es redistributivo: aquí nos ha tocado a todos.
A mí me tocó el año del belén, que no pienso desarrollar; al del quinto, lo de la pancarta; a Encarni, aquello del pregón.
Te toca, te ríen, aguantas el chaparrón, invitas a algo, y el barrio archiva y pasa al siguiente.
Es nuestro sistema fiscal del ridículo y lo defiendo: paga más el que más se expone, y el que esté libre de vídeo que tire el primer meme.
¿Que el hombre del vídeo llevaba una semana subiéndole la compra a la denunciante principal?
Detalle sentimental que no altera el reglamento.
¿Que yo, con la hoja del doce de mayo en el cajón, tenía motivos extradeportivos para reírme a gusto?
Puede. La deportividad nunca ha sido lo mío, que lo pone hasta en el cartel del concurso.
La tertulia dura dos días y alcanza niveles de análisis que ya quisiera el fútbol.
En mi barra se estudia el clip plano a plano: Fali sostiene que el tronco era de atrezo «porque la veta no era de allí»; la del cuarto defiende que el llanto fue un montaje «porque nadie llora tan mal de verdad», tesis que pierde apoyos porque todos hemos visto llorar a la del cuarto en los plenos; Encarni abre la línea de investigación del collar de conchas, que según ella «lo ponía la productora, porque un chico con esa madre no sale de casa con eso», deducción que el foro aplaude por lo que tiene de fe en las madres; y hasta el butanero participa a su manera, que es dejar de reenviar el vídeo el segundo día, sin anunciarlo, como quien deja de fumar.
Doña Visi, desde su puesto de mando junto al cristal, ejerce de cátedra con la revista bajada:
—A ver, que os perdéis en lo accesorio. El niño llorando vale oro. Lo que estuvo mal asesorado fue lo de después: en mi época, con ese llanto, hacías dos galas y te casabas con una folclórica. Este se volvió a Majadahonda. Ahí se perdió una carrera.
—¿Usted lo habría fichado, Visi?
—Yo lo habría casado. Que es más rentable.
—¿Y con quién, a ver? —Encarni, picada, que las hipótesis matrimoniales son su especialidad.
—Con una de segunda fila, no te creas. De las trabajadoras. —Visi entorna los ojos, casando gente en un plató de 1987 que solo ve ella—. Las primeras figuras queman mucho armario.
El miércoles a las 20:15, en plena hora punta de análisis, pasa lo del portal.
Están cuatro o cinco en el zaguán, con el clip sonando en el móvil de Fali a todo volumen, ese volumen de jubilado que comparte contenido, y las risas rebotando en los buzones, cuando se abre la puerta de la calle y entra Richi con dos bolsas del súper y el pan asomando de una de ellas, lunes no es pero la costumbre ya trota sola.
Y se queda quieto. Porque desde donde está se oye perfectamente su propio hipo de hace siete años, «es que echo mucho de menos a mi madre», y se ve a medio vecindario en corro alrededor del sonido, y se ve, sobre todo, el segundo exacto en que todos lo ven a él y nadie sabe dónde meter el móvil, que de pronto quema como una plancha.
El silencio que se hace es de los buenos. De los de oír la luz del temporizador.
Y Richi deja las bolsas en el suelo, sin prisa, se endereza, y dice, con una voz que no le habíamos oído, sin PDF ninguno:
—Sí, era yo. Tenía treinta y un años y era la primera vez que salía de casa más de dos semanas.
Echaba de menos a mi madre y lo dije en la tele, y me expulsaron por soso, y mi madre me recogió en el aeropuerto con tortilla.
—Recoge las bolsas. Mira el corro, cara a cara, sin saltarse a nadie—. ¿Vosotros no echáis de menos a nadie?
Y sube. Sin portazo, que es lo peor. El temporizador de la escalera se apaga solo y nadie pulsa el botón durante un buen rato.
La junta extraordinaria se convoca al día siguiente, por burofax moral de Angelines: «Punto único: regulación del uso del grupo vecinal con fines de escarnio».
Para entonces el barrio ya lleva veinticuatro horas haciendo lo que hace este barrio cuando sabe que se ha pasado, que no es pedir perdón, Dios nos libre, eso aquí no se estila desde la Transición: es compensar por vías indirectas.
Fali lo intercepta en el portal a la mañana siguiente y le suelta, mirando a los buzones, la no-disculpa más elaborada que se ha pronunciado en esta escalera: «Yo el volumen lo llevo regular, ¿eh?
, que el aparato este me lo puso mi yerno y trae los ajustes de fábrica».
Richi le dice que no se preocupe. Fali insiste en que es cosa de los ajustes.
Los dos saben perfectamente de qué están hablando y ninguno lo nombra, y se despiden con un apretón de manos rarísimo, a medio camino entre el pésame y el fichaje, que en idioma de portal significa asunto zanjado.
La del cuarto, por su parte, le deja colgada en el pomo una bolsa con seis tomates de la huerta del cuñado de Parla, sin nota.
Aquí los tomates sin nota son lo más parecido que tenemos a una carta de amor institucional.
Y como el salón de actos sigue okupado, la sesión se celebra donde nadie quería: en el propio bajo B, previa negociación con el inquilino irregular, que cede el espacio «entre círculo y círculo» y asiste sentado en su cojín granate, en postura de flor, con el cuenco al lado, mientras Angelines preside desde una silla plegable a la que le ha pasado un pañuelo antes de sentarse, bajo protesta que consta en acta.
La imagen de mi comunidad de vecinos legislando el escarnio en un local okupado, con un cuenco tibetano de convidado de piedra, es de las que una guarda para el asilo.
Se aprueban tres normas, redactadas por Angelines con el índice en alto: prohibido reenviar «contenido audiovisual de vecinos sin su consentimiento expreso»; horario de silencio del grupo de once de la noche a ocho de la mañana «salvo urgencias objetivas»; y definición de urgencia objetiva, que es el punto que se lleva cuarenta minutos, porque definir urgencia en este edificio es definir el edificio.
Se debate si es urgencia una gotera (sí), un olor a gas (sí), un olor «raro sin más» (no, por votación ajustada), la puerta del portal abierta de madrugada (sí), y el ascensor haciendo eso (no, «por notorio y habitual», dictamina Angelines, y ahí salta la perjudicada):
—O sea, que si el aparato se nos mata a las tres de la mañana, ¿yo me lo guardo hasta las ocho?
—Podrá usted comunicarlo, doña Visitación. En siete minutos o menos.
—Los grandes temas no caben en menos, Angelines. Eso lo sabía hasta el NO-DO.
La protesta consta en acta, la norma se aprueba igual, diez a favor y ninguna mano en contra, que hasta el del quinto ha venido arrepentido. Iván cierra la sesión haciendo sonar el cuenco sin que nadie se lo pida. Angelines lo fulmina. El cuenco, imperturbable, termina su frase.
Y esa misma noche, a las 23:47, con las normas aún calientes, el grupo de la comunidad recibe un mensaje.
Angelines: [vídeo] Fíjate el elemento que tenemos de vecino nuevo, no me digas que no es de traca, y tú venga a defenderlo porque es mono
Angelines: Se ha eliminado este mensaje
Angelines: Disculpen. Error técnico. El mensaje iba dirigido a otra conversación
Angelines: Se recuerda que el horario de silencio del grupo comenzó a las 23:00
Visi: Angelines hija. Con las prisas has legislado el escarnio y se te ha olvidado legislar la puntería
Guardo el móvil sin escribir nada, porque hay noches en que el barrio se basta solo, y me quedo con la imagen de Angelines, que ha tardado once minutos en violar su propia constitución, redactando ahora mismo en su cocina, me juego la caja, una fe de erratas que nadie le ha pedido.
El poder desgasta, pero lo que fulmina es el botón de reenviar.
El inventario lo hago el jueves por la noche, como todos los jueves, con el local cerrado y la lista sujeta en el portapapeles: tantos litros, tantas magdalenas, tanto azúcar, faltan dos flanes que no pienso investigar porque la investigación me llevaría a la mesa de la ventana.
Y cuento, y apunto, y sumo, y la pregunta del portal se me sienta enfrente, en un taburete, a mirarme trabajar.
¿Vosotros no echáis de menos a nadie? No la contesto.
Ni en voz alta ni en la otra voz, la de dentro, que es la que no se puede acallar con la radio; la esquivo como se esquiva un charco grande, dando el rodeo por el género: repaso la leche, repaso el suero, repaso las natillas, que las natillas no preguntan.
A las once y media cierro la caja con el empujoncito, apago, subo.
Hay inventarios que cuadran y se quedan una toda la noche descuadrados, y no es un misterio contable, y no se hable más.
Por la mañana, a las diez y cuarto, la puerta se abre y es él.
Viene sin bolsas, sin láser, sin libretita, con cara de haber dormido regular pero de haber decidido algo en el desayuno, y se acerca a la barra, y en vez del ritual de siempre, el señalar la pizarra, el preguntar, dice, por primera vez desde que cruzó esa puerta con su flat white:
—¿Me pones lo mío?
Lo mío. Ha dicho lo mío. Con posesivo de parroquiano, con la fórmula exacta que en esta casa hay que ganarse, la que usaba el butanero, la que usaba mi padre para pedirle a mi abuela, y a mí se me pone la Faema en marcha antes de darme cuenta de que soy yo la que la ha puesto, y me oigo decir:
—Marchando.
Y me sale amable. Sin ironía, sin recargo, sin nada dentro que lo desmienta: amable de verdad, de las de acompañar el platillo con la cucharilla bien puesta.
Me estoy poniendo enferma.