Mala leche y buen polvo Capítulo 5 — El barrio lo adopta
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Capítulo 5 — El barrio lo adopta

El lunes a las nueve y diez entra doña Visi en mi lechería y detrás de doña Visi entra su compra, y la compra viene andando sobre las piernas de Richi.

Cuatro bolsas del súper, dos en cada mano, más la barra de pan en vertical bajo el brazo, como el fusil de un desfile.

Visi trae las manos libres y la cara de las reinas madres cuando pasan revista.

—El niño me la sube hasta el cuarto —anuncia, por si el cuadro necesitara pie de foto—. Todos los lunes ya. Hemos quedado así.

—Hemos quedado así —confirma Richi desde detrás del pan, contentísimo del acuerdo, como si le hubieran hecho socio de algo.

—Con el ascensor como está, hija, ¿qué quieres, que suba yo la leche a pulso? —Visi se instala en su mesa de la ventana—. Ponle un café al niño, que se lo ha ganado. Y a mí lo mío.

Le pongo lo suyo a ella y el café a él, y cobro los dos, faltaría más, que aquí la gratitud de terceros no se factura a mi cuenta.

Richi se lo toma rápido y de pie, porque a las nueve y media ha quedado, dice, con el de la ferretería, «para lo del toldo».

Lo del toldo. Me entero a mediodía, por la del cuarto, de qué era lo del toldo: el toldo de la ferretería llevaba desde Semana Santa con el brazo izquierdo vencido, colgando con esa tristeza de los toldos rotos, y esta mañana el técnico de FunKoffee se ha subido a una escalera con dos llaves inglesas y se lo ha dejado nuevo.

Gratis. Por gusto. «Y con una manera de trabajar, Mamen, que daba gloria mirarlo desde abajo», añade la del cuarto, que estuvo cuarenta minutos mirando desde abajo un arreglo de veinte.

Así lleva una semana. Lo cuento y parece un mes, pero es una semana: le ha subido la compra a Visi, le ha arreglado el toldo a la ferretería, le ha configurado el móvil nuevo al butanero, que ahora manda audios como una influencer, y ha aprendido los nombres.

Todos. Con apellidos y con historial. Saluda al del quinto por su nombre, que es algo que en este portal no hace ni la familia del quinto, y a la de la administración de lotería le pregunta por la nieta de Múnich, y lo apunta todo en una libretita pequeña que lleva en el bolsillo de atrás, una libretita que he visto, con letra de niño aplicado: «Maribel = lotería, nieta Múnich, ingeniera.

Preguntar si vino en agosto». La libretita debería darme risa.

Me da otra cosa que no pienso analizar en horario comercial.

Porque esta es la situación, y quiero que se entienda bien la magnitud: el hombre que ha venido a medir mi casa para vendérsela a una franquicia es, a día de hoy, la persona más querida de la calle Esperanza.

Mi calle. La mía. Gente que a mí me debe favores desde el gobierno de Aznar me para en la frutería para decirme que «el chico este es un cielo».

El butanero, que no ha dicho una frase entera desde que enviudó, me suelta el jueves: «El Richi.

Buen chaval». Dos palabras más de las que me ha dedicado a mí en veinte años de subirle yo los cafés a la furgoneta.

Y aquí es donde yo, que soy una mujer de datos, tengo que abrir un paréntesis administrativo, porque ustedes se habrán quedado con lo de mi mensaje al grupo, el «¿QUÉ unanimidad?

», y merecen saber en qué quedó. Quedó en lo que quedan las cosas contra Angelines: en jurisprudencia de ella.

Me contestó a los once minutos, en frío, con un párrafo que me imprimiría si tuviera impresora: «Estimada vecina: la unanimidad se computa sobre los votos válidamente emitidos en el momento del recuento.

Si en dicho momento alguna mano estaba bajada, cansada o en actitud dubitativa, esta presidencia no puede hacerse responsable.

El anexo queda ratificado por silencio administrativo».

Silencio administrativo. Silencio hubo el que me dio a mí de leerla, que estuve dos minutos mirando el móvil como se mira una gotera.

Así que el Anexo I sigue vivo, el técnico sigue midiendo zonas comunes con su chaleco, y la del cuarto, para rematarme la semana, lo ha fichado el jueves para que le mire la persiana del salón, «que hace un ruidito».

Su persiana. A él. Veintidós años llevo yo siendo la persona de este barrio a la que se le consultan las persianas, que es un cargo que no está escrito en ningún sitio pero se ejerce, y me entero por la escalera de que ahora los ruiditos se los llevan al de la carpeta naranja.

Le arregló el ruidito, por cierto. Con una gotita de aceite.

Mi aceite, que se lo pidió a mi puerta con esa sonrisa, y yo se lo di, que es lo más humillante del episodio y no admito preguntas al respecto.

Cerrado el paréntesis, mi teoría, la que llevo rumiando toda la semana con la hoja del doce de mayo guardada en el cajón de la caja, debajo del cambio: nadie es así de majo sin querer algo.

Nadie. La simpatía indiscriminada es una inversión, siempre lo ha sido; el que sonríe a todo el mundo está repartiendo participaciones de algo que todavía no ha salido a la venta.

Lo he visto toda la vida: el concejal en las fiestas, el del banco antes de colocarte lo estructurado, mi cuñado el año que quiso el aval.

Sonrisa, nombre de pila, palmadita, y luego la carpeta.

Así que me pasé media semana esperando la carpeta detrás de cada favor de Richi, vigilándolo como se vigila una olla exprés, esperando el momento en que el toldo gratis se convirtiera en «ya que estamos, firma aquí».

Y el momento no llega. Y he empezado a sospechar algo mucho peor, una posibilidad que me tiene francamente alterada: que no haya carpeta.

Que el hombre sea así. Que le sale solo.

¿Y qué hago yo contra eso? Contra un interés oculto se puede luchar, se destapa y santas pascuas; ahora, contra la bondad sin motivo no hay estrategia escrita, es como discutir con la lluvia.

¿Que a lo mejor el problema es mío, por no saber estar en un mundo donde alguien arregla toldos por gusto?

Mire usted, a lo mejor. ¿Que pienso revisar mi sistema de creencias por un señor con dos llaves inglesas?

Eso sí que no. Antes me compro yo una escalera.

El miércoles, para colmo, el barrio estrena atracción, y la atracción viene descalza.

Me lo encuentro al abrir: en el escaparate del bajo B, el de la junta, hay un cartel nuevo hecho a mano, con una letra redonda de acuarela: «AQUÍ, RESPIRA.

Círculos de aliento consciente. Aportación: 45 €.

Trae tu esterilla. El cuenco lo pongo yo».

Dentro, visible por el cristal, un chico de treinta y muchos con pantalón de lino y moño pequeño está barriendo el local vacío con una calma que no es de este código postal, y en el centro del suelo, sobre un cojín granate, descansa un cuenco dorado del tamaño de una ensaladera.

Se llama Iván. Lo sabemos a las 9:40 porque Angelines, alertada por el grupo, se persona con el llavero de la comunidad en ristre, todas las llaves sonando como espuelas, y mantiene con él, en la puerta, delante de testigos, el diálogo más desigual que se ha oído en esta acera:

—Este local es propiedad privada. ¿Quién le ha autorizado a usted la entrada?

—El espacio estaba en silencio. —Iván habla despacio, con pausas donde no van—. Yo solo he venido a escucharlo.

—¡Los espacios no se escuchan, se alquilan! ¿Tiene usted contrato? ¿Tiene llave? ¿Cómo ha entrado?

—Las puertas cerradas son una pregunta. —Pausa. Media sonrisa—. Yo traje la respuesta.

—¡La respuesta la va a traer el cerrajero! ¡Y la Policía Municipal! ¡Esto constará en acta, se lo adelanto, con fotografías!

—Puede fotografiar lo que necesite. La luz de la mañana aquí es muy generosa.

Angelines se retira a rearmarse, que una cosa es el burocratés y otra pelear contra un hombre que contesta en horóscopo, y a la retirada la remata el detalle que le va a quitar el sueño: el bajo B era su salón de actos.

Ahí se hacían las juntas. Ahí estaban sus sillas, sus montones de tres, su técnica.

La comunidad lleva desde el jueves sin sede parlamentaria y el parlamento lo ha okupado un señor con cuenco. Hay imperios que han caído por menos.

El primer círculo de aliento se celebra el viernes a las seis, y me consta lo que allí ocurre porque asiste una delegación del barrio en misión oficial de cotilleo: la del cuarto, Encarni «por acompañarla», y doña Visi, que se presenta sin esterilla y sin intención de aportar los cuarenta y cinco euros.

—Yo vengo en calidad de vecina afectada —le comunica a Iván en la puerta—. Y a mi edad ya está todo pagado.

Iván la deja pasar, claro. A Iván, lo iremos aprendiendo, no se le puede hacer nada que él no convierta en fluir.

La sesión, según el parte que Encarni rinde después en mi barra con todo lujo de detalles, consiste en lo siguiente: se tumban nueve señoras del barrio en el suelo de un bajo comercial, Iván apaga la luz «para que hable el cuerpo», hace sonar el cuenco, que según Encarni «suena a olla buena», y durante cuarenta minutos las instruye en la respiración: por la nariz, sosteniendo, soltando por la boca «con sonido de marea».

La del cuarto se duerme al minuto doce y ronca en sonido de marea, con lo cual técnicamente aprovecha la clase.

Visi ejecuta todos los ejercicios con nota y a la salida dictamina, en voz alta, delante del profesor: «Esto es lo que hacíamos las coristas antes de salir a escena, pero sin pagar y con más humo».

E Iván, en vez de ofenderse, se inclina un poquito y contesta: «Entonces usted ya llegó.

Vuelva cuando quiera, maestra». Y ahí, señores, se acabó la resistencia: si a Visi la llamas maestra, entras en el patrimonio del barrio por la puerta grande.

Angelines aún no lo sabe, pero su expediente acaba de perder a la testigo principal.

Y el sábado por la tarde pasa lo del café, que no es nada y me dura todavía.

Hora muerta, cuatro y media. La lechería en esa luz de tarde que dora el mármol.

Richi entra sin carpeta, sin láser, sin recados de nadie, se sienta en la esquina de la barra que hay junto a la columna y pide su cortado, y se lo toma despacio, mirando la calle por el escaparate, con las dos manos alrededor de la taza.

Quieto. Contento sin motivo aparente y sin exhibición del contento, que es la modalidad rara.

Yo seco vasos y lo vigilo por el reflejo de la vitrina, esperando que haga algo, lo que sea, un móvil, una pregunta, un folleto.

Nada. El hombre está donde está, cosa que ya casi nadie sabe hacer, y en esa esquina de barra, junto a la columna, es donde se sentaba mi padre los domingos después de misa a tomarse el suyo sin hablar, y yo llevaba sin ver a nadie estarse quieto en ese metro de mármol desde el año que lo enterramos con la persiana a medio subir.

Se me va un vaso de las manos. No se rompe, que los vasos de esta casa saben con quién trabajan.

Lo recojo, lo friego otra vez, y le cobro el cortado al señor consultor con recargo de veinte céntimos por ocupación prolongada de esquina sentimental, recargo que él paga sin saber que existe, y que pienso seguir aplicando, porque los sitios de mi padre no se ocupan gratis ni con buena cara.

El domingo por la mañana se me para la radio de la cocina, la de las tertulias, y bajo al bazar a por pilas, que el Chino Paco abre los domingos hasta las dos «por los olvidos», que es su sector más rentable.

Está colocando bombillas en su escalera, con ese orden suyo de farmacia antigua.

Le pido las pilas gordas, las de toda la vida.

Las deja en el mostrador y no me dice el precio: me mira por encima de las gafas, un segundo, con esa cara de saber cosas en horario de apertura.

—Tres con cincuenta —dice. Pausa. Reordena una bombilla que estaba bien—. El chico te mira. Cinco con cincuenta.

Pongo el billete de diez en el mostrador y espero el cambio de los cinco con cincuenta, moneda a moneda, sin decir nada, porque hay tarifas que una discute y tarifas que una paga con la cabeza alta.

El Chino Paco me devuelve el cambio, me guarda las pilas en una bolsita pequeña, de las buenas, que no las gasta con cualquiera, y cuando ya estoy en la puerta añade, sin levantar la vista de sus bombillas:

—El cambio de la información no lo doy. Se queda a cuenta.

A cuenta de qué, no lo pregunto. En este barrio las cuentas abiertas son las únicas que no se pueden cerrar, y el Chino Paco lo sabe, y yo lo sé, y las pilas, por cierto, eran de las caras.