Mala leche y buen polvo Capítulo 4 — La tortilla de gasolinera
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Capítulo 4 — La tortilla de gasolinera

Visi: Quien tenga edredón azul marino que baje ahora mismo a la cuerda a ver lo que ha hecho

Visi: Mis sábanas. Las del ajuar. Chorreando

Angelines: Buenos días. Se ruega concreción. ¿Chorreando de qué?

Visi: De agua de edredón, Angelines, qué va a ser, esto es un tendedero, no Fátima

Para las nueve, el patio de luces es la plaza de un pueblo con feria.

Se ha personado media escalera en bata, se ha establecido el perímetro, y el cuerpo del delito cuelga a la vista de todos: un edredón azul marino, gordo, de los de matrimonio antiguo, tendido fuera de franja y sin escurrir, goteando con un ritmo tranquilo, casi insolente, sobre las dos sábanas blancas de doña Visi.

El cuadrante nuevo de tendido, el que se aprobó el jueves diez a dos, lleva en vigor cuarenta y ocho horas.

Ha sobrevivido menos que un propósito de enero.

La investigación la instruye Angelines, naturalmente, con una libreta que pone «EXPEDIENTE» en la tapa, escrito a rotulador esta misma mañana.

El método es el de siempre, el CSI de este barrio: se interroga por plantas, de abajo arriba, se descarta por coartada («yo los edredones los llevo a la Tintorería Colón desde lo de la lavadora, que lo sabe todo el mundo») y se especula por telemetría.

La del cuarto, que ve mucha serie, propone analizar el agua de goteo «a ver el suavizante, que el suavizante es como el ADN».

Fali sostiene que por la caída de las gotas el edredón se ha tendido «entre las siete y las siete y media, con viento de poniente».

Encarni le pregunta que desde cuándo es él perito de gotas, y ya tenemos segunda investigación abierta dentro de la primera, que es como avanza la ciencia en Esperanza 12.

A las nueve y veinte, alguien repara en que en la azotea hay un hombre.

Es Richi, claro. Con su láser, su carpeta naranja y su chaleco reflectante, que se lo ha comprado él, nadie se lo ha pedido, midiendo la azotea al amparo de su famoso Anexo I.

Durante un minuto glorioso es el sospechoso principal: forastero, en la escena del crimen, con instrumental.

El del quinto ya está diciendo «hombre, es que el técnico estaba arriba» con esa voz de quien reparte culpas lejos de su puerta, cuando doña Visi zanja la instrucción desde el centro del patio, sin levantar la voz, que es cuando más se la oye:

—Este niño no ha sido. Este niño no tiende. No sabe ni dónde está la pinza.

Sobreseído por inutilidad doméstica. Richi saluda desde arriba con la mano, encantado de participar.

Y el caso queda como quedan aquí los casos: abierto, con un sospechoso al que no se puede nombrar porque el edredón azul marino lo tiene todo el mundo visto en el balcón del quinto desde el invierno pasado, y con el quinto declarando que «el viento hace cosas raras en este patio», que es la versión meteorológica de «yo no he sido».

Angelines cierra el expediente sin cerrarlo: «diligencias en curso».

En este edificio el agua tiene historial, y todos pensamos en 2009 y nadie lo dice, porque los conflictos momificados no se despiertan en sábado.

Bajo a abrir con retraso y sin remordimiento, que los sábados el género fuerte es el bizcocho y el bizcocho ya está hecho. Y a las once y cuarto, con la lechería en su rumor bueno de sábado, se abre la puerta y entra mi cuñado.

Óscar viste de sábado de Óscar: polo con caballito, vaqueros planchados con raya, y el reloj subido con el índice hasta media muñeca, donde se ve.

Hay hombres que entran en los sitios; Óscar los inspecciona.

Le veo pasear la mirada por mi techo, mis lámparas, mi vitrina, con esa cara de estar restando, y viene hasta la barra y apoya una sola mano, la del reloj.

—Cuñada.

—Óscar. ¿Te has perdido?

—Tenía curiosidad. —Vuelta completa sobre sí mismo, despacio, como los focos de los faros—. Me han dicho que os están midiendo. FunKoffee, ¿no? Gente seria. —Golpecito al mármol con el sello del anillo—. Esto, bien llevado, valdría algo, Mamen.

—Ya vale algo, Óscar. Lo que pasa es que no está en venta, y las cosas que no están en venta a ti se te desconfiguran.

—Yo hablo de futuro.

—Y yo despacho leche. Cada uno con su género.

—Mira. —Se acerca un paso, baja la voz al tono confidencial de los anuncios de coches—. Tú y yo no nos hemos entendido nunca, pero los números no tienen familia. Este barrio va a cambiar sí o sí. La pregunta es si te pilla dentro de la operación o debajo. Yo, por Susi, preferiría que fuera dentro.

—Por Susi.

—Por Susi, sí.

—Óscar, tú por Susi no has hecho ni la cama.

—Le retiro la taza que no ha pedido, que tenerla delante le daba una legitimidad de cliente que no se ha ganado—.

Y una cosa te voy a decir de números, ya que estamos: cuando arregles la e de tu toldo hablamos de operaciones.

Un hombre que lleva dos años vendiendo coffe no me puede explicar a mí el futuro.

Encaja con la barbilla alta, porque a Óscar los golpes en el toldo le duelen más que los personales, y de hecho esta semana el toldo está peor que nunca: al vinilo, además de la e, se le ha empezado a despegar el corazón del humo de la taza, que cuelga de una esquina y con el aire aletea, y ya no parece un corazón sino un pulmón con problemas.

El barrio entero lo ve aletear cada mañana.

Nadie se lo dice. Para eso están los barrios.

Se ríe sin reírse, que es la especialidad de la casa Aroma lo sé y me da exactamente igual, porque el rencor, como el buen puchero, necesita un hueso alrededor del que hacerse, y la cebolla cristalina de la carretera de Toledo es mi hueso y no lo suelto, que llevo ocho años sacándole caldo.

Todo esto me pasa por dentro en los cuatro segundos que Susi tarda en llegar a la barra. Lo que sale por fuera es:

—¿Qué vas a tomar?

—Nada. No... Bueno. Un cortado. —Clac, clac, el bolso—. Vengo a dejarte unos papeles.

Deja la carpeta azul en el mármol y no la abre y yo no la toco.

Le hago el cortado. Se lo bebe de pie, aunque hay ocho taburetes, y mientras se lo bebe mira: la vitrina, la pizarra, el espejo torcido que ya no está torcido, el hueco de la pared donde estuvo la foto de la abuela con el traje de los domingos, y que Susi mire ese hueco me molesta más que todo lo demás junto, porque significa que se acuerda de lo que había.

—Son cosas del local —dice—. Del registro, de la herencia. Firmas pendientes. Óscar dice que hay que regularizarlo, que está todo manga por hombro desde papá.

—Óscar dice.

—Mamen. —Deja la taza. Me mira por primera vez entera—. Yo no he venido a pelear.

—Pues has venido al sitio que no era.

Aguanta. Eso es nuevo: la Susi de antes a estas alturas ya estaba en la puerta.

Esta se queda, clac, clac, y traga, y coge aire para algo, se le ve el arranque, la primera palabra ya en la boca, y justo entonces mira el reloj, el suyo, el de siempre, uno pequeño de correa gastada que era de mamá, y lo que fuera que traía se vuelve a doblar y a guardar donde estaba, mal doblado, que se le nota el bulto.

—El coche —dice—. Están en doble fila.

Recoge el bolso. En la puerta, con la mano ya en el tirador, se para de espaldas a mí, y sin volverse, mirando la calle, dice:

—La caja la sigues cerrando como la abuela. Con el empujoncito al final. Lo he oído desde fuera muchas noches, al pasar.

Y sale, y la puerta se cierra con un portazo tan suave que hace más ruido que uno grande.

Me quedo detrás de la barra. Cojo el paño. Limpio el mostrador, que está limpio, y lo limpio entero igual, esquina a esquina, con las dos manos, porque el mármol de 1957 es lo único de esta casa que siempre ha sabido estarse callado en el momento justo.

La carpeta azul se queda en la barra hasta la hora del cierre. A las diez, mientras friego las jarras, el grupo de la comunidad da su último parte del día:

Visi: Las sábanas ya están en el segundo lavado. Del disgusto no digo nada que me estáis leyendo los niños

Angelines: Se toma nota del perjuicio para el expediente

Visi: Y otra cosa. El edredón azul ya no está en la cuerda. Lo han quitado esta noche. A oscuras

Visi: Yo no acuso a nadie. Solo digo que el que tiende de día y destiende de noche, algo lava que no es ropa

Releo la última frase dos veces y pienso que esta mujer, con ese oído y esa sintaxis, en otra época habría llevado un ministerio o una guerrilla.

El quinto no contesta. El quinto lleva sin escribir en el grupo desde las 8:14 de la mañana, que en el idioma procesal de este edificio es una confesión en toda regla, y así quedará: sin sentencia, sin perdón y sin edredón, que es como se archivan aquí las cosas del agua.

Y entonces sí, con el local ya a oscuras, abro la carpeta.

Por encima, sin ganas: escrituras, fotocopias, un plano viejo del bajo con la letra de mi padre en los márgenes.

Y en medio del taco, ni la primera ni la última, una hoja con membrete naranja que no pinta nada entre papeles de familia.

«Propuesta de adquisición. FunKoffee Expansión, S.L.

Local comercial c/ Esperanza 12, bajo A.

» Redactada, con cifra en negrita y línea de puntos para firmar.

Busco la fecha, porque yo a los papeles les busco la fecha antes que el dinero, que me lo enseñó mi padre con los bancos.

Doce de mayo.

Richi llegó a este barrio en junio, con su camión y sus cajas. La oferta por mi casa se escribió tres semanas antes de que el láser cruzara mi puerta. Alguien llevaba midiendo esto mucho antes que el técnico, y no le hizo falta puntito rojo.