Capítulo 3 — Junta extraordinaria
Las juntas de vecinos son el único sitio de España donde la democracia funciona exactamente igual que en Grecia: al aire libre, a gritos y con alguien tomando nota de lo que le conviene.
La nuestra se celebra los jueves a las ocho, para que a nadie le pise la cena ni el fútbol, y desde que el bajo B se quedó vacío se hace allí, entre columnas peladas y un olor a cerrado que Angelines llama «el salón de actos».
Se bajan las sillas plegables del trastero de la comunidad, doce sillas para veinte personas, porque en este edificio hasta el mobiliario fomenta la llegada con antelación.
Yo bajo con un bizcocho. No por buena, que no lo soy: por información.
El bizcocho es mi encuesta. Quién coge, quién repite, quién dice «yo es que no debo» y luego arrasa: al final de una junta, el bizcocho me ha contado más que el acta.
Esta noche lo dejo en la mesa del fondo, sobre su paño, y me coloco en mi sitio de siempre, tercera silla de la izquierda, con la pared detrás.
En las juntas, como en los bautizos y en los westerns, nunca hay que sentarse dando la espalda a la puerta.
A las ocho y un minuto Angelines abre la carpeta de gomas, se cuelga las gafas de leer sobre las de ver, y golpea la mesa con el boli, tres toques, su campana de barco.
—Se abre la sesión. Punto uno: lectura y aprobación del acta anterior.
El acta anterior. Voy a leerles a ustedes un fragmento, porque hay literaturas que no se pueden resumir: «Tras un intercambio distendido de pareceres, la comunidad agradece a la presidencia su gestión del incidente del canalón».
El incidente del canalón fue en 2009 y en esta escalera todavía hay dos familias que no comparten ascensor por aquello.
El intercambio distendido de pareceres incluyó una denuncia, un esguince y un cubo.
Pero así escribe Angelines la historia: como los faraones, todo victorias.
Cuando pide la aprobación levanto la mano en contra, por higiene, y a mi lado izquierdo se levanta otra mano que no esperaba.
Richi. Con vaqueros de estar por casa y un tupperware de aceitunas que ha traído nadie sabe por qué, sentado en la silla que nadie quiere porque cojea.
Ha venido con un papel doblado que enseña a quien se lo pide y a quien no: una autorización firmada por su madre, propietaria del tercero B, delegándole el voto, con una letra de señora que se nota que ha escrito muchas notas al tutor.
«Autorizo a mi hijo Ricardo a representarme, esperando que esta vez esté a la altura.
» El «esta vez» lo lleva el papel de serie.
—¿El caballero vota en contra del acta? —Angelines, por encima de las dos gafas.
—Es que yo no estaba —dice Richi, muy serio—. No me consta que fuera así. Y no puedo aprobar una cosa que no me consta.
Hay un murmullo de aprobación por la sala, del tipo de murmullo que este barrio le dedica a la gente que dice tonterías con fundamento. Angelines anota. El acta se aprueba igualmente, diez a dos, pero el marcador ya ha empezado: dos. Los dos mismos dos.
—Punto dos —canta Angelines—. Derrama extraordinaria del ascensor. Presupuesto A: sustitución completa, ocho mil cuatrocientos. Presupuesto B: reparación del motor, tres mil doscientos, sin garantía de que el aparato no vuelva a hacer... eso.
«Eso» lo conocemos todos. El ascensor de Esperanza 12 lleva desde marzo haciendo un ruido entre el segundo y el tercero que cada vecino describe según su biografía: Fali dice que es un rodamiento, Encarni que es una correa, la del cuarto que es «un alma en pena, y no lo digo en broma», y doña Visi sostiene que el ascensor «se queja como se quejaba mi primero, que tampoco era el motor, era el carácter».
La discusión técnica dura veinte minutos y no interviene ningún técnico, como es tradición, y a mitad de camino descarrila, como es tradición también, porque el del quinto dice «esto viene de lejos» y en Esperanza 12 «esto viene de lejos» es el conjuro que abre 2009.
El canalón. Nadie lo nombra entero: se dice «lo del canalón» y ya, como se dice «la guerra» o «lo de tu prima», y automáticamente la del cuarto se cruza de brazos, el del quinto saca el dedo índice, y los dos apellidos enfrentados de esta escalera recuperan sus posiciones de trinchera.
Yo era joven cuando lo del canalón y les juro que estuve delante y no sabría explicarles qué pasó: sé que hubo agua, que hubo un cubo, que alguien dijo «eso lo pagas tú» en un tono que todavía resuena, y que desde entonces hay dos familias que si coinciden en el ascensor, uno de los dos finge que iba en otra dirección.
En este edificio los conflictos no se resuelven: se momifican, y de vez en cuando se les cambia el vendaje en una junta.
—Lo del canalón está juzgado y archivado —corta Angelines, con un golpe de boli—. Volvamos al motor.
Vuelven al motor exactamente cuarenta segundos, lo que tarda el del quinto en decir «juzgado lo estará, pero pagado...», y ahí Angelines saca el móvil y lo levanta en alto igual que el cura levanta la forma.
—Prueba pericial —anuncia—. Audio remitido por doña Visitación al grupo de la comunidad la madrugada del día 12, a las tres y cuarto. Se reproduce en manos libres para su valoración.
Y lo reproduce. Entero.
Los audios de doña Visi duran siete minutos.
Siete exactos, siempre, clavados, 7:00, como si dentro de esa mujer hubiera un reloj de cocina puesto contra nosotros; en el barrio se ha especulado mucho y nadie ha conseguido explicarlo ni imitarlo.
Este empieza con rigor documental: «Son las tres y cuarto de la madrugada y va a pasar el ascensor, escuchen, escuchen».
Se oye el ascensor, efectivamente, haciendo eso, que en manos libres y con eco de bajo vacío suena todavía peor, a bisagra del Titanic.
Minuto dos: Visi valora el ruido. Minuto tres: Visi lo compara con los bombardeos «de la película que rodaron en Amposta cuando yo hacía mis variedades, que el director me dijo cosas que no vienen al caso».
Minuto cuatro y medio: ha derivado a la vecina que tenía en el 62, que tendía de noche.
Minuto seis: receta de la zarzuela de su segundo.
Y a los siete minutos clavados, sin despedirse, el audio se corta como cortan las cosas importantes: en mitad de una frase que prometía.
Nadie lo interrumpe. Esa es la parte que un forastero no entendería: veinte personas escuchando siete minutos de audio en silencio administrativo, porque Angelines ha dicho «prueba pericial» y en esta comunidad las formas se respetan aunque el contenido sea una zarzuela.
Miro de reojo a Richi a ver cómo lo lleva.
Lo lleva fatal: se le está escapando la risa por la nariz, a soplidos cortos, y aprieta el tupperware de aceitunas contra el pecho como un flotador.
Cuando el audio se corta, se le va del todo, una carcajada limpia que rebota en el bajo vacío, y veinte cabezas giran a la vez.
—Perdón —dice—. Perdón. Es que ha sido... la señora tiene un dominio del suspense...
—El nuevo tiene razón —sentencia doña Visi desde la segunda fila, muy digna—. Eso se llama escuela.
Se vota. Con ceremonial completo, además, porque en las votaciones importantes Angelines incorpora el voto a distancia: la del ático, que se pasa la mitad del año en Benidorm por lo del clima y la otra mitad contándolo, participa por WhatsApp.
Angelines le escribe el enunciado, esperamos, y a los dos minutos el móvil hace pling y Angelines lee en voz alta, con la solemnidad de un escrutinio provincial: «Dice la señora del ático: presupuesto A, y que os pongáis rectos, que os veo por la cámara del portero».
Nadie sabe si la cámara del portero funciona.
Nadie se pone a comprobarlo tampoco: la sala entera se yergue un centímetro, por si acaso, que así se gobierna desde Benidorm.
Y aquí empieza lo grave de la noche. Presupuesto A contra presupuesto B: yo voto B, porque ocho mil cuatrocientos euros por un ascensor que no uso para subir género me parece un atraco con butrón incluido, y Richi vota B «porque a nivel de coste-beneficio», y le sale la mano al mismo tiempo que la mía, las dos manos solas en un bosque de manos del A.
Perdemos. Angelines apunta. Tercer punto improvisado, que aquí el orden del día es orientativo: regulación del tendedero comunitario, a raíz de «ciertos episodios de goteo» que la del cuarto relata mirando fijamente a una parte concreta del público.
Se propone un cuadrante de tendido por pisos y franjas horarias, con la letra pequeña de Angelines.
Voto en contra, porque los cuadrantes de esta mujer acaban todos igual: conmigo tendiendo los miércoles de madrugada.
Y la otra mano, otra vez, clavada a la mía en el tiempo y en el sentido.
—¿Otra vez los dos? —dice Encarni, en voz perfectamente audible—. Fali, mira. Otra vez los dos.
—Es coincidencia —digo yo.
—Total —dice Richi.
—Nosotros no venimos juntos ni a las cosas —digo yo.
—Ni nos lo hemos planteado —dice Richi, y lo remata con tanta convicción que suena a que se lo ha planteado, y la sala entera lo oye igual que yo, y Fali le da a Encarni un codazo de los suyos, de los que significan «esto lo comentamos en casa».
El cuarto punto improvisado es el mío. El tres por ciento del bajo comercial: la cuota que paga la lechería a la comunidad, que Angelines quiere «actualizar conforme al coeficiente», palabra que en su boca funciona como el «eso» del ascensor: nadie sabe qué es pero todos sabemos que nos va a costar dinero.
Me levanto. Expongo. Digo lo del 57, lo de que mi persiana da a la calle y no al portal, lo de que mi abuela ya pagó este edificio dos veces en favores, y noto que me estoy calentando, y me da igual, porque hay sitios donde una se calienta a gusto y la junta es mi sauna.
Y cuando Angelines pide votación para «dejar el asunto sobre la mesa», que es su manera de matarlo, la mano de mi izquierda se alza en contra antes que la mía.
Antes. Que la mía.
—El bajo comercial genera valor de barrio —dice Richi, en pie, con las aceitunas—. Eso lo tengo hasta en un informe.
No debería hacerme gracia. Me la hace. Se me tuerce la boca sin permiso y la tapo con los nudillos, tosiendo un poco, maniobra que no engaña ni a la columna.
Perdemos también esa, por cierto: diez a dos.
Esta noche hemos perdido todo lo perdible, el consultor y yo, con un porcentaje de coincidencia que ya quisieran los matrimonios de este portal, y que ninguno de los dos piensa comentar jamás.
Ruegos y preguntas dura una hora y diez y deja dos bajas emocionales y un compromiso de estudiar lo del vado.
A las diez y media Angelines lee «se levanta la sesión», la gente se evapora con esa velocidad que solo tienen los vecinos y los finales de misa, y el bizcocho, para que conste en acta, se lo han terminado: la del cuarto tres trozos, «yo es que no debo» incluido.
Me entretengo recogiendo el paño y por eso lo veo.
Angelines, sola en el bajo vacío, plegando las doce sillas una a una, cargándolas contra la pared en montones de tres, con las dos gafas puestas y la rebeca bien cerrada.
Nadie se queda nunca. Veinte vecinos, doce sillas, y todas las semanas las pliega la misma señora a la que todos venimos a votarle en contra, y las apila rectas, y les pasa la mano por el asiento como quien acuesta algo.
Me quedo un segundo con eso, sin saber dónde ponerlo.
—¿Te ayudo, Angelines?
—No hace falta. —Ni se vuelve—. Las sillas tienen su técnica.
Pues que Dios se la conserve, la técnica, y a mí me libre de heredarla. Cojo mi paño y me subo, que mañana la persiana no se levanta sola.
El acta llega al grupo de la comunidad el viernes a las 9:02, en PDF, con membrete inventado y todo.
La leo en la barra, en la hora muerta, con el segundo café.
«Punto dos: tras un intercambio distendido de pareceres, se aprueba por unanimidad el presupuesto A.
» Por unanimidad. Estábamos delante doce testigos y dos manos en contra, la mía y la de las aceitunas, pero en la historia oficial de Esperanza 12 hemos votado todos que sí, como en las elecciones de los países con desfiles.
Sigo leyendo, ya en modo inspección, y al final, después de la firma, en letra más pequeña, un apartado que el jueves no existió:
«Anexo I. Se autoriza al técnico de la entidad FunKoffee el acceso a zonas comunes del inmueble a efectos de estudio y medición.»
Leo el anexo dos veces. Miro el tercero B por el escaparate. Miro el PDF. Y me pongo en pie sola en mi propia lechería, con el móvil en la mano, escribiendo en el grupo de la comunidad por primera vez desde lo del belén:
«¿QUÉ unanimidad?»