Mala leche y buen polvo Capítulo 2 — El técnico
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Capítulo 2 — El técnico

—Vengo en son de paz —dice, y levanta las dos manos, y en una de las manos lleva el medidor láser, que es como venir en son de paz con la escopeta colgada del hombro.

Son las diez de la mañana del día siguiente y Richi está plantado en mitad de mi lechería con una carpeta naranja, una tarjeta que me tiende por encima del mostrador y la sonrisa puesta en modo reunión.

La tarjeta dice: «Ricardo Navascués. Consultor de Expansión Retail.

FunKoffee — Growing Coffee Moments». La sostengo con dos dedos, por una esquina, como se sostienen los papeles del veterinario.

—Te lo quería contar yo antes de que te llegara por otro lado —sigue—. Trabajo para FunKoffee. Me han encargado evaluar la viabilidad del activo.

—¿De qué activo?

—De este. —Abarca mi lechería con un gesto redondo, generoso, de presentador de sorteo—. El local.

El activo. Han oído ustedes. Yo llevo toda la vida creyendo que esto era una lechería, con su mármol, su Faema y su olor a bizcocho a las ocho, y resulta que era un activo.

Es un idioma que conozco, el de la gente que te quita cosas: nunca te quitan nada, te lo optimizan.

No te despiden, te desvinculan. No te suben el alquiler, te actualizan las condiciones.

No te cierran el negocio de tu abuela, evalúan la viabilidad del activo, y para cuando quieres traducir la frase ya está el papel marrón en los cristales.

A mi padre un banco le llamó «producto de riesgo» a un plazo fijo y ahí sigo yo, esperando el riesgo del plazo fijo, que era mi padre metiendo cuarenta mil pesetas debajo de la palabra que se la iba a comer.

¿Que a lo mejor el chico solo está leyendo lo que pone su carpeta y no hace falta remontarse a las cuarenta mil pesetas de mi padre?

A lo mejor. ¿Que pienso concederle esa duda?

De ninguna de las maneras. La duda también es un activo, y en esta casa no se fía.

Lo que hago es sonreír. Y sé que sonrío bien porque Richi da medio paso atrás.

—Mide lo que quieras —le digo—. Estás en tu casa. Bueno, en la mía. Pero mide.

Aquí conviene aclarar una cosa, porque no quiero que se me malinterprete: yo anoche no dormí.

Anoche, después de verlo con el puntito rojo en mi toldo, subí la persiana a las doce menos cuarto, que el estruendo se lo dedico a los cláxones de ayer, y estuve hasta la una y pico haciendo ajustes.

Nada ilegal. Redecoración. Moví el espejo grande de la pared del fondo, el que puso mi abuela «para que el local se vigile solo», y lo dejé en un ángulo que a mí me pareció más favorecedor.

Coloqué el perchero delante de la puerta del almacén, que afea.

Y aparté un litro de leche del día... de otro día.

Del día 4, concretamente. Hoy estamos a 19.

Lo demás lo va a poner la física, que es una señora que no trabaja para FunKoffee.

Richi despliega su instrumental sobre mi barra con una solemnidad de cirujano de serie: el láser, la carpeta, un boli de la franquicia con forma de taza y una aplicación del móvil que según él es un nivel de burbuja «pero digital, que es más exacto».

Apunta el láser a la pared del fondo. El puntito rojo cruza mi lechería, se encuentra con el espejo de mi abuela, se va de viaje por el reflejo y vuelve con historias que contar.

—Doce cuarenta —dice Richi, mirando la pantallita—. Qué pasada. Desde fuera no lo parece, ¿eh?

—Es que este local engaña mucho.

—Es lo que tiene el producto de época. —Lo dice serio, apuntando el doce cuarenta en su carpeta con el boli-taza—. A nivel de percepción, la métrica tradicional infravalora el espacio.

—Eso mismo opino yo. A nivel de percepción.

Mide el ancho y le sale bien, porque el ancho no tiene espejo, y esa honradez parcial de mi local me parece hasta elegante: mentir solo en una dirección, como los partes meteorológicos.

Después quiere «verificar la planimetría», que en cristiano es multiplicar, y lo hace en el margen de la carpeta, con sus llevadas y todo, moviendo los labios.

Yo le veo multiplicar y me acuerdo de mi EGB con un cariño que no me conocía.

—Doscientos cuarenta metros cuadrados —anuncia—. Es que es mucho local, Mamen.

Doscientos cuarenta. Tengo sesenta y dos, y eso contando el almacén y el escalón.

En doscientos cuarenta metros me caben la lechería, el coffe de enfrente, el bazar del Chino Paco y la vergüenza que el chico no tiene.

Abro la boca para decir algo y me llega el aviso de la campanilla: son Fali y Encarni, del segundo A, y entran como entran siempre, discutiendo desde el portal, con la discusión ya empezada en el ascensor y a saber si en 1983.

—...que lo cantó mejor la radio, Encarni, que la tele iba con retardo.

—Retardo el tuyo, Rafael. En la tele se VEÍA. La radio te lo tenías que creer.

—¡Pues por eso era mejor! ¡La fe, Encarni! ¡La fe!

Cuarenta años llevan así. El gol de Señor a Malta, año 83, doce a uno, y estos dos sin ponerse de acuerdo en si fue mejor por la radio o por la tele.

Nadie en el barrio recuerda ya cómo empezó la discusión, y he llegado a sospechar que ellos tampoco, y que por eso no la pueden terminar: no se puede firmar la paz de una guerra que no tiene acta de nacimiento.

Piden lo de siempre sin pedirlo, un solo y una manchada, y entonces Encarni detecta al forastero con ese radar que tienen las señoras de este barrio para la carne nueva y los andamios mal puestos.

—¿Y este muchacho?

—El técnico —digo yo.

—Richi, encantado. —Sonrisa completa, mano tendida—. Estoy haciendo un estudio del local a nivel de...

—Mira qué bien. —Encarni le estrecha la mano sin soltarle la mirada—. Pues ya que estudias: ¿el gol de Señor, radio o tele?

Se hace un silencio de plaza de toros. Fali gira el taburete.

La Faema, atenta, deja de vibrar. Y Richi, que no ha entendido que le acaban de poner delante el único examen sin aprobado posible de toda la calle Esperanza, se lanza con la seguridad del que ha hecho un curso online de resolución de conflictos:

—Hombre, yo creo que hay que poner en valor las dos experiencias. Cada canal aporta su sinergia.

Lo que pasa a continuación dura ocho minutos y no tiene desperdicio: Fali y Encarni, que llevaban desde Naranjito sin votar juntos ni la lotería, se alían contra el muchacho con una coordinación de patinaje por parejas.

Que si sinergia lo dirá su padre. Que si eso es no mojarse.

Que si los jóvenes no tenéis criterio porque lo tenéis todo repetido.

Richi encaja, pide perdón, intenta reformular «a nivel de emoción radiofónica» y lo rematan.

Cuando se van, del brazo y reconciliadísimos, dejando las tazas vacías y la propina justa, Encarni se vuelve desde la puerta:

—El técnico me gusta, Mamen. Es tonto, pero se deja.

Y Richi, mi santo cielo, se lo apunta en la carpeta. Lo veo escribir «feedback vecinal: positivo» con el boli-taza y ahí decido que la leche del día 4 se la sirvo ya, porque hay niveles de optimismo que deben tener consecuencias.

Se la pongo en un café con leche grande, «invita la casa», y la leche del 4 hace en la taza lo que llevaba quince días queriendo hacer: grumo fino, superficie con carácter, un aroma que la Faema disimula lo justo.

Richi bebe. Yo espero con la bayeta quieta, que en mí es máxima concentración. Traga. Mira la taza. Vuelve a mirar.

—Qué interesante —dice—. Tiene como unas notas lácticas fermentadas.

—Es leche de autor.

—¿Ves? Esto es lo que FunKoffee no entiende. —Otro trago, el hombre. Entero—. El producto con historia.

Hay sabotajes que fracasan por exceso de éxito.

La leche cortada del día 4, mi arma más rastrera, acaba de convertirse en una experiencia gastronómica.

Le retiro la taza antes de que pida otra, porque una cosa es la guerra y otra mandarlo al ambulatorio, y en la retirada el muy insensato alarga el cuello hacia la vitrina y la ve. La jarra tapada con el paño de cuadros.

—¿Y eso?

—Leche merengada. No es para ti.

—¿Puedo probarla?

Le pongo medio vaso porque negarse levantaría sospechas, no por otra cosa. Richi lo huele primero, cosa que no le había visto hacer con nada, y bebe despacio, y se queda un momento con el vaso a media altura y los ojos en ninguna parte, que es una cara que no le pega con la carpeta.

—Ostras —dice bajito—. Como la que hacía una señora en un pueblo, cuando era pequeño. En agosto. Que la sacaba fría de la nevera y nos la daba en vasos de Duralex.

No contesto. Hay medio segundo en que la lechería se queda con el ruido de la nevera y nada más.

La merengada la he hecho yo esta madrugada, a las cinco, con la receta picuda de la libreta, mientras la calle era mía y de los camiones de reparto; pero eso no se lo digo, porque esa información es de la familia, y el señor consultor y yo no nos tuteamos las madrugadas.

Le cobro el medio vaso a precio de vaso entero.

El sentimentalismo, en esta casa, tiene tarifa.

A las cinco en punto entra el Chino Paco a por su café, y hoy no se acoda: se queda de pie, que es su manera de indicar que viene en horario laboral. Deja en el mármol tres euros con cincuenta, en monedas, haciendo torrecita.

—Lo de ayer y lo de hoy —dice.

—Ayer no me cobraste nada.

—Ayer el consejo no estaba terminado. —Se bebe medio café de un trago, mira hacia el tercero B por encima de la taza—. Ya está terminado.

—A ver.

—El que pregunta mucho, o no sabe nada o lo quiere saber todo. —Pausa. Segunda mitad del café—. Este no sabe nada.

—Eso lo he averiguado yo sola y gratis, Paco.

—No he acabado. —Deja la taza en el plato sin ruido, que no sé cómo lo hace con esas manos de descargar cajas—. Es peor: es de los que lo quiere hacer bien.

Y se va a abrir el bazar, dejando la torrecita de monedas y a mí con la frase, porque los consejos del Chino Paco son como los medicamentos de la tele: el efecto viene luego y el prospecto no lo entiende nadie.

De los que lo quiere hacer bien. Lo apunto en el mismo sitio donde apunto todo lo que no sé dónde apuntar, que es la parte de atrás de un ticket, y el ticket al bolsillo del delantal, que es mi archivo provisional desde 2018.

La tarde la remata Angelines, que entra a las seis con papel nuevo y me planta en el cristal, al lado de la convocatoria del jueves, un cartel amarillo fosforito: «XXXVIII CONCURSO DE TORTILLA DE PATATAS.

FIESTAS DE LA CALLE ESPERANZA. Inscripciones en el bazar.

Se ruega deportividad». La deportividad la subraya dos veces, y hace bien, porque el concurso de tortilla de este barrio ha acabado en el centro de salud más veces que la carrera de sacos.

Aquí la tortilla no es cocina: es geopolítica.

Con cebolla o sin cebolla, cuajada o babé, y familias enteras que llevan sin sentarse juntas desde el escrutinio del 2011, que hubo recuento y todo.

—Este año presido yo el jurado —me informa Angelines, alisando el celo con la uña—. Por fin habrá rigor.

—¿Y doña Visi?

—Doña Visi sigue inhabilitada. —Baja la voz—. Tres años. Por lo de los sobornos.

—Fueron dos flanes, Angelines.

—Fue jurisprudencia.

Cuando se va, Richi está todavía en mi barra, el único cliente de la hora tonta, leyendo el cartel amarillo con un interés inexplicable y apuntando cosas.

Ha llenado hoy cuatro páginas de carpeta, el hombre.

Recoge sus bártulos con mucho orden, cierra el boli-taza con su capuchoncito, y en la puerta se da la vuelta con la carpeta abrazada contra el pecho, como los niños los cuadernos.

—Oye, Mamen. Gracias por dejarme medir. En otros sitios me reciben fatal.

—No me extraña nada.

—Ya, pero tú no. Tú has estado súper facilitadora.

—Lo dice con una gratitud tan limpia que por un momento me da el pinchazo, uno pequeño, a la altura donde las personas decentes tienen la conciencia; se me pasa enseguida, que para eso entreno—.

Mañana le paso los datos a central. Doce cuarenta por diecinueve con cuatro, doscientos cuarenta metros. Les va a encantar el activo.

Se va con la campanilla, cruza la calle esquivando al butanero y sube a su tercero B a hacer lo que haga un consultor por las noches, que sospecho que son abdominales.

Y yo me quedo sola con la Faema, el espejo torcido de mi abuela y el cartel amarillo del concurso, y doblo la bayeta en tres, muy despacio, que es como la doblo cuando estoy en paz con mis actos.

Que lo apunte. Que lo multiplique con sus llevadas y se lo lleve a sus jefes en la carpeta naranja. Yo ya he medido lo que tenía que medir.