Mala leche y buen polvo Capítulo 1 — Leche del día
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Mala leche y buen polvo

Mala leche y buen polvo

Por Trini Alcorisa

© inepub.com

Capítulo 1 — Leche del día

La persiana de mi lechería pesa veintiocho kilos y lleva sin engrasar desde el Mundial de Sudáfrica, así que cada mañana, a las siete menos cuarto, el barrio entero sabe que he llegado.

No hace falta campana, ni cartel de abierto, ni redes sociales.

Hace falta una mujer de treinta y cuatro años tirando de una correa con las dos manos y acordándose de los muertos del fabricante.

Eso, en la calle Esperanza, es una institución.

Enfrente, cruzando la calle, está el Café Aroma pregúntenle a cualquiera que se haya casado.

Yo abro la lechería para que Óscar me vea abrir.

Para que cada mañana, mientras coloca sus cruasanes de mantequilla-que-no-es-mantequilla, mire para acá y sepa que no.

Que no me voy, que no vendo, que no se amplía.

Hay quien deja de fumar por salud y quien deja de fumar por no darle la razón al médico.

Yo soy de la segunda escuela en todos los aspectos de mi vida, y me va estupendamente, gracias.

A las siete y diez baja doña Visi a por su litro de leche del día, como cada mañana desde antes de que yo naciera. Ochenta y un años, tres maridos enterrados y un cutis que no se explica sin pacto con alguien.

—Hijita, ponme también un cuarto de merengada, que anoche soñé con mi segundo y me he levantado con necesidad de azúcar.

—¿El segundo era el bueno o el del estanco?

—El del estanco era el tercero, alma de cántaro. El segundo era el guapo. —Se santigua, y lo hace al revés, de derecha a izquierda, que es como se santigua ella cuando un recuerdo le gusta más de lo que debería—. Que en paz descanse donde yo lo dejé.

Le cobro la leche y no le cobro la merengada, y ella lo sabe y yo sé que lo sabe, y las dos sostenemos la ficción del ticket porque este barrio funciona así: a base de mentiras contables de pequeño formato.

A las ocho menos veinte aparece Angelines con un taco de folios y celo.

Angelines vive en el primero B, preside la comunidad desde tiempos de Zapatero y redacta las convocatorias como si el Boletín Oficial del Estado le debiera dinero.

Pega una en mi cristal sin pedir permiso, alisándola con la uña.

—Junta extraordinaria el jueves. Derrama del ascensor. Asistencia encarecidamente obligatoria.

—Encarecidamente obligatoria no puede ser, Angelines. O es una cosa o es la otra.

—En mi edificio pueden ser las dos. —Y se va a empapelar el portal, con el rollo de celo puesto en la muñeca como una pulsera de verbena.

Leo la convocatoria mientras se enfría el primer café que me pongo para mí.

Orden del día: uno, lectura y aprobación del acta anterior.

Dos, derrama extraordinaria del ascensor.

Tres, ruegos y preguntas. En este edificio los ruegos y preguntas son el Vietnam de cada junta: se entra sabiendo cuándo pero no en qué estado se sale.

La última vez el punto tres duró dos horas y cuarenta minutos y acabó votándose una cosa que no estaba en el orden del día, que es la especialidad de la casa.

Angelines lo llama «dinamismo asambleario».

Yo lo llamo secuestro con sillas plegables.

Y a las nueve y cuarto, cuando la calle ya huele a churros de la gasolinera y a tubo de escape, llega el camión.

Un camión de mudanzas de los grandes, de los de empresa seria, que se planta en mitad de la calle Esperanza con la delicadeza de un armario cayéndose y la deja cortada entera.

Detrás, en cadena, empiezan los cláxones: primero el del butanero, que toca por oficio; luego el del taxista, que toca por ideología.

La calle Esperanza cortada es este barrio en estado puro: en treinta segundos hay más opiniones en las aceras que vecinos, porque aquí opinamos por encima de nuestras posibilidades demográficas.

Del camión empiezan a bajar cajas. Y detrás de las cajas baja un hombre.

Vamos a describirlo con rigor profesional, que para eso soy comerciante y sé tasar género: metro ochenta y pico, moreno, una mandíbula que se ve desde aquí sin forzar la vista, camiseta blanca de las que parecen normales y cuestan cuarenta euros, y una manera de moverse de anuncio de colonia, de los que van por la calle mojados sin que llueva.

Guapo. Guapo objetivo, de jurado popular, de esos que no admiten debate ni en un grupo de WhatsApp.

Coge dos cajas a la vez, se le marca todo lo que la camiseta tenía instrucciones de marcar, y tres balcones se riegan a la vez a las nueve y veinte de la mañana, unas plantas que llevaban secas desde marzo.

El hombre mira el edificio, mira su papel, mira el portal del doce. Tercero B. El piso de la difunta Rosarito, que llevaba vacío desde el verano pasado.

Vecino nuevo.

Yo sigo a lo mío, que lo mío es un mostrador de mármol de 1957 y una cafetera que se llama la Faema y tiene más carácter que yo, y eso que yo tengo fama. No pienso salir a mirar. Lo veo todo perfectamente desde aquí, que es distinto.

A las diez y media, con la calle ya liberada y el barrio de vuelta a su ruido de fondo, se abre mi puerta.

Campanilla. Es él. De cerca es peor, o mejor, según el bando: tiene esa cara simétrica que hace que la gente le perdone cosas antes de que las haga.

Sonríe con las dos filas de dientes, mira mi vitrina, mira mi pizarra de precios escrita con tiza de verdad, y dice, les juro por la Faema que dice:

—Buenas. ¿Me pones un flat white?

Un flat white.

En mi lechería.

Un flat white, que para el que tenga la suerte de no saberlo es un cortado al que le han hecho un máster.

Es leche con café, señores. Es lo que esta casa lleva sirviendo desde que Franco iba a los toros, solo que en vaso pequeño, sin dibujito y ochenta céntimos más barato.

Pero llámalo flat white, ponle una hojita de avena al lado y ya puedes cobrarlo a cuatro veinte, que es exactamente lo que hace el coffe de enfrente, y por eso el coffe de enfrente factura y yo resisto, porque este país perdona un robo antes que una tarifa honrada.

¿Que si le dije todo esto al muchacho? No.

Se lo dije a la Faema, con la mirada, y la Faema soltó un golpe de vapor que en su idioma significa «dales caña, Mamen».

¿Que me estoy calentando yo sola a las diez y media de la mañana por una cuestión de nomenclatura láctea?

Puede. ¿Que pienso bajarme de aquí? Tampoco.

—Te pongo un cortado —le digo—, que es lo mismo pero sin tontería.

—¿Seguro que es lo mismo? Porque el flat white lleva la leche texturizada a microespuma...

—La leche de esta casa lleva texturizada desde 1957. La textura se llama leche.

Se queda un segundo procesando, con la sonrisa en espera, como los ordenadores cuando piensan.

Y luego se ríe. Y aquí viene lo grave: se ríe de verdad, echando la cabeza para atrás, sin nada de la risita defensiva del cliente moderno.

Se sienta en mi barra como si la barra fuera suya de toda la vida, cosa que me indigna, y se toma el cortado en silencio, sin mirar el móvil ni una vez, cosa que me indigna más porque no me da motivos.

—Está brutal —dice al final, dejando la taza con un cuidado raro, de persona que ha fregado tazas—. En serio. ¿Qué leche usáis?

—La del día.

—¿De qué marca?

—De la vaca, hijo. La leche antes venía de un animal, no de un departamento de marketing.

Se vuelve a reír. Paga con billete, deja la vuelta entera en el bote de las propinas, que es un gesto que no sé dónde archivarle, y se levanta.

—Me acabo de mudar aquí enfrente, al tercero. Ricardo. Bueno, Richi. Nos vamos a ver mucho, ¿eh?

—Aquí se ve mucho a todo el mundo. Es el problema de la zona.

Se va con la campanilla y con los andares, y doña Visi, que lleva media hora sentada en la mesa de la ventana haciendo que lee una revista del 2019, baja la revista exactamente tres centímetros.

—Hijita.

—Ni hijita ni nada.

—Yo solo digo que hacía años que no entraba en este local un producto de primera necesidad.

—Termínese la merengada, Visi.

El resto del día transcurre según el guion de siempre: la del cuarto que compra tarta «para una visita» que no existe, dos turistas perdidos que preguntan por un brunch y a los que redirijo al coffe por hacerle a Óscar la puñeta demográfica, el Chino Paco que se pasa a por su café de las cinco y me deja dos frases y ninguna gratis.

El Chino Paco no es chino y no se llama Paco; se llama Francisco y es de Albacete, y el mote se lo ganó cuando le compró el bazar al señor Chen, que ahora tiene tres pisos en Alcorcón.

Hoy se acoda en la barra, remueve el café catorce vueltas, mira hacia el tercero B y dice:

—El nuevo. Pregunta mucho.

—¿Y eso qué cuesta?

—Hoy nada. —Deja el euro veinte clavado en el mármol, moneda a moneda—. Mañana ya veremos.

Cuando el Chino Paco no cobra un consejo es que el consejo no ha terminado. Me quedo con eso rondando toda la tarde, entre cafés y una bandeja de bizcochos que se vende entera, para variar, y a las nueve menos cuarto echo el cierre por dentro y hago caja.

La caja es el momento del día del que no hablo con nadie.

Es una registradora antigua, de las de manivela y cajón con muelle, y fue de mi abuela.

Amparo Espinosa apuntaba aquí las cuentas y las no-cuentas: el debe, el haber y la vida del barrio en los márgenes, con una letra picuda que aprendí a leer antes que los libros del colegio.

Mi abuela decía que la caja se cierra todas las noches aunque el día haya sido malo, porque cerrarla es decirle al día siguiente que aquí seguimos.

Llevo ocho años cerrando su caja. Ocho años de decirle al día siguiente que aquí seguimos, sin pararme mucho a mirar quiénes somos exactamente los que seguimos, si la lechería, la muerta y yo, o solo yo y el eco.

Algún día me sentaré a pensarlo con un vino.

Hoy no puede ser: hoy el cajón se ha atascado, que es la manera que tiene esta casa de decirme que menos filosofía y más aceite tres-en-uno.

Y es al agacharme a pelearme con el muelle cuando lo veo, por el hueco entre los carteles del escaparate, en la acera de enfrente, dorada por la farola.

El nuevo. Richi. De pie delante del coffe, pero no mirando el coffe: mirando MI local, de arriba abajo, como se mira un piso en una visita.

En una mano lleva un aparatito negro que reconozco porque salió en un programa de reformas: un medidor láser, de los de apuntar a la pared y saber los metros sin cinta.

En la otra, una carpeta. Y en la carpeta, bien visible bajo la farola, una pegatina con un logo naranja y una taza sonriente que he visto antes, en las revistas del sector, en los locales que amanecen clausurados con papel marrón en los cristales: FunKoffee.

La franquicia. La grande. La que se comió la cafetería de los hermanos Luna en Usera y la convirtió en un sitio donde el café te lo llama por tu nombre un altavoz.

Richi apunta el láser hacia mi fachada. Le sale un puntito rojo en el toldo, justo encima de donde pone ESPINOSA desde 1957. Apunta algo en la carpeta. Vuelve a medir.

Y yo me quedo muy quieta detrás de mi escaparate, con la mano todavía en el cajón de mi abuela, atando cabos a la velocidad a la que se atan los cabos malos.

Ah. Que encima viene a trabajar.