Mala costumbre Capítulo 23 — Lo que Marcy quiere
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Capítulo 23 — Lo que Marcy quiere

MALA COSTUMbrE

HARLOW

El vídeo nos llega a los dos a la vez, un martes por la mañana, desde una cuenta que no tiene nombre, ni foto, ni historial.

Solo un mensaje, sin texto, con un archivo adjunto.

Y el archivo es cuarenta y un segundos de Beckett y yo besándonos en el aparcamiento del Corrigan, bajo la lluvia, con mi cara y su cara perfectamente reconocibles, yo con su parka verde puesta, él apartándome el pelo mojado.

Sin coartada posible. Sin ninguna manera de que eso parezca dos amigos.

Lo veo en clase, en mitad del seminario de periodismo, y se me hiela la sangre de una manera física, real, como si me hubieran metido hielo en las venas. Salgo del aula. Llamo a Beckett. Le ha llegado a él también, a la misma hora, desde la misma cuenta sin nombre.

Y aquí es donde descubro una cosa horrible sobre nosotros dos: que ni siquiera el terror sabemos vivirlo como personas normales.

Porque lo primero que hacemos, los dos, por teléfono, con el mundo cayéndosenos encima, es gestionarlo como una crisis de marca.

«¿Quién lo tiene?» «¿Ha salido a algún sitio?

» «¿Hay más copias?» «¿Qué pide?» «¿Cuál es el daño potencial?

» Hablamos de nuestro propio desastre íntimo con el vocabulario del oficio, como si fuera un problema de contenido, una filtración que gestionar, un incendio de relaciones públicas.

Tres años convirtiendo nuestra vida en producto nos han dejado esto: que ni para el miedo tenemos ya un idioma que no sea el del trabajo.

Estamos aterrados y lo estamos gestionando en modo protocolo, y esa es, cuando lo pienso después, una de las cosas más tristes de toda esta historia.

La cuenta sin nombre responde a nuestro mensaje al cabo de una hora. Un solo renglón, con una puntuación impecable que a mí, no sé por qué, me da más miedo que el vídeo:

«Prefiero que hablemos en persona. Sin gritos, sin dramas. Solo quiero explicarme. Mañana, si podéis.»

Y nos da una dirección. Una cafetería de franquicia en Tacoma.

La cafetería es de las de siempre, de las que hay en cualquier centro comercial de cualquier ciudad, con sillones marrones y luz de mediodía y olor a café quemado y bollería industrial.

Un sitio tan normal, tan sin carácter, tan de cualquier parte, que resulta obsceno que vayamos a tener aquí la conversación que va a decidir nuestras vidas.

Beckett y yo llegamos juntos —ya da igual que nos vean juntos, ya lo sabe la única persona que importaba— y la buscamos con la mirada, sin saber a quién buscamos, porque yo solo he visto a Marcy una vez, por videollamada, hace un mes.

Está en una mesa del fondo, con un chocolate caliente entre las manos y el uniforme de teleoperadora todavía puesto —una camisa con un logo de una empresa de seguros bordado en el pecho, un cordón con una tarjeta identificativa—, porque viene de trabajar, o va a trabajar, del turno de noche que hace en Tacoma vendiendo pólizas por teléfono a desconocidos.

Nos ve llegar y sonríe. Una sonrisa auténtica, nerviosa, contenta incluso, la sonrisa de quien por fin conoce en persona a las personas que admira.

Y ese es el horror. Que no da miedo. Que es una chica de mi edad, o algo mayor, normal, agradable, con el pelo recogido de cualquier manera y ojeras de turno de noche y un chocolate caliente porque no le gusta el café aunque trabaje al lado de una cafetería toda la vida.

Que si me la cruzara por la calle no la miraría dos veces.

Que la persona que tiene en su poder el vídeo que puede destruirnos, la persona que nos ha citado en Tacoma para chantajearnos, es esta chica con cara de sueño y un logo de seguros en la camisa, sonriéndonos como si fuéramos sus amigos.

—Gracias por venir —dice, cuando nos sentamos—. Sé que esto es raro. Para mí también, no os creáis. Pedid algo si queréis, invito yo.

No pedimos nada.

—Vale —dice, y junta las manos alrededor del chocolate—.

Os voy a explicar, y os pido que me escuchéis hasta el final antes de decir nada, porque lo he pensado mucho y quiero decirlo bien.

—Respira—. Primero: no soy mala persona.

Sé que ahora mismo pensáis que sí, y lo entiendo, pero necesito que sepáis que lo que voy a pediros no lo hago por maldad.

Lo hago por amor. Suena raro, pero es la verdad.

—Marcy... —empieza Beckett.

—Déjame terminar. Por favor. —Y hay algo en el «por favor» que nos calla a los dos, porque no es una orden, es una súplica—.

Llevo tres años con vuestro programa. Tres años.

Desde el episodio nueve. Cuando erais nadie, cuando teníais cuatro mil oyentes, yo ya estaba ahí, moderando gratis, cuidando el servidor, echando a los trolls, contestando a los nuevos.

He dado más horas a «Just Friends» que a ninguna otra cosa en mi vida.

Más que al trabajo. Más que a mi familia, que tampoco es mucha.

El programa me sacó de una época muy mala, hace tres años, la peor de mi vida, y desde entonces esto es lo que tengo.

Es lo que soy. La comunidad, vosotros, el servidor.

Es mi casa. Es mi familia. Es lo único mío.

Y la escucho, y empiezo a entender, con un horror creciente, que esto no es un chantaje normal. Que no quiere dinero. Que quiere algo mucho peor, porque es mucho más difícil de dar.

—Y ahora —sigue Marcy, y le tiembla un poco la voz—, ahora os veo, y estáis enamorados, se nota, me alegro por vosotros de verdad, pero también os veo descuidados.

Un beso al aire libre, en un aparcamiento, delante de cualquiera.

Eso significa que estáis a punto de hacer una tontería.

Lo sé porque os conozco mejor que nadie.

Habéis dejado de tener miedo, y la gente que deja de tener miedo hace locuras.

Como contarlo todo. O dejar el programa.

Y si hacéis eso... —Se le quiebra la voz del todo—.

Si hacéis eso, se acaba. Se acaba el programa, se acaba la comunidad, se acaba lo único que tengo.

Y no puedo permitirlo. No puedo dejar que dos personas destruyan, por una tontería, lo que a mí me ha salvado la vida.

—¿Qué quieres, Marcy? —digo, y mi voz sale más suave de lo que esperaba, porque una parte de mí, que me horroriza, siente pena.

—Tres cosas —dice—. Y son fáciles, os lo prometo.

Una: que no lo hagáis público. Nunca. Que sigáis siendo, de cara a todos, los mejores amigos.

Que no le quitéis a la gente la historia que les habéis dado.

Dos: que no canceléis el programa. Que renovéis con Nectar, que sigáis, que esto no se acabe.

Y tres... —Baja los ojos al chocolate, casi avergonzada—.

Tres, que me deis un puesto de verdad. De community manager.

Oficial. Pagado, o sin pagar, me da igual, no es por el dinero.

Es para poder seguir cuidando esto para siempre, con un título, con permiso, sin que nadie me lo pueda quitar. Para que sea mío de verdad.

Y entonces dice la frase. La que no voy a olvidar mientras viva.

—Vosotros os tenéis el uno al otro —dice Marcy, mirándonos, con los ojos húmedos y la voz temblando y una sinceridad absoluta, terrible—.

Vosotros, cuando esto se acabe, os tendréis.

Os iréis juntos, seréis felices, tendréis una vida.

Nosotros no. Nosotros solo os tenemos a vosotros.

La comunidad, yo, toda esa gente que os quiere: lo único que tenemos sois vosotros.

No os pido que no os queráis. Queredos todo lo que queráis, en privado, para siempre, me alegro.

Solo os pido que no me lo quitéis. Que no me quitéis lo único que tengo.

Silencio en la cafetería. Una máquina de café pita a lo lejos. Y yo no sé qué es peor: que nos esté amenazando, o que lo que dice sea, en su horrible lógica, casi comprensible.

Porque esa es la trampa de Marcy, la que la hace mil veces más terrible que un chantajista normal: que no miente.

Todo lo que dice es verdad. Es verdad que lleva tres años cuidando el servidor gratis.

Es verdad que le dimos ese espacio y que lo ha sostenido con más dedicación que nosotros mismos.

Es verdad que cuando esto se acabe, Beckett y yo nos tendremos el uno al otro y ella se quedará sin nada.

Es verdad, incluso, que nos quiere, a su manera rota y posesiva, pero que nos quiere.

Y me descubro, con un asco de mí misma que no sé dónde meter, sintiendo pena por la chica que nos está destrozando la vida.

Pena de verdad. Porque debajo de la amenaza hay una soledad tan grande, tan absoluta, que un programa de dos desconocidos en un sótano se ha convertido en toda su familia.

Y eso no es maldad. Eso es algo mucho más triste, y contra la tristeza no sé pelear, porque no se le puede gritar a alguien que solo quiere que no lo dejen solo.

—¿Y si decimos que no? —pregunta Beckett, muy bajo.

Marcy lo mira. Y por primera vez, debajo de las lágrimas y la súplica, asoma otra cosa, un fondo más duro, que desaparece tan rápido como aparece pero que los dos vemos.

—No quiero pensar en eso —dice—. No quiero.

Tengo el vídeo del aparcamiento. Y tengo...

—Se detiene. Elige. Y suelta, casi con delicadeza, como quien deja caer algo pesado con cuidado—: Tengo más cosas.

Cosas de las que ni os acordáis. Sé lo del siete de noviembre, por ejemplo.

—Nos mira, y no enseña nada, no saca el móvil, no da detalles, solo lo deja ahí, flotando—.

Pero no quiero llegar a eso. En serio que no.

Yo os quiero. Solo quiero que las cosas sigan como están.

Que nadie salga herido. Que esto no se acabe. ¿Es tanto pedir?

El siete de noviembre. La noche del micro.

Del estudio. De la luz que no sabíamos de qué color era.

Beckett se queda blanco a mi lado, y yo sé exactamente lo que está pensando, porque lo pienso yo también: que ella tiene algo de esa noche, que el respaldo que Beckett juró que se purgaba solo no se purgó, que llevamos un mes creyéndonos a salvo y no lo estábamos, y que esta chica con el uniforme de seguros y el chocolate caliente tiene en su poder cosas nuestras que no imaginábamos.

—Pensáoslo —dice Marcy, levantándose, recogiendo su chocolate a medio terminar—.

No hay prisa. Bueno, un poco de prisa: la renovación es en febrero.

Pero pensáoslo con calma. Y de verdad, de corazón: espero que digáis que sí.

Sería mucho más fácil para todos. Yo no quiero hacerle daño a nadie. Solo quiero quedarme.

Y se va, con su uniforme y su tarjeta identificativa colgando, a coger el autobús o a entrar a su turno, una chica normal saliendo de una cafetería normal, dejándonos a los dos hundidos en los sillones marrones con el mundo entero patas arriba.

En el coche, en el aparcamiento del centro comercial, no arrancamos. Nos quedamos los dos sentados, mirando el parabrisas, sin decir nada durante un rato largo.

—El plan —digo, al fin—. Nuestro plan. Anunciarlo en la gala. Cerrar el programa con elegancia. Salir limpios.

—Ya lo sé —dice Beckett.

—No podemos. Si lo hacemos, si anunciamos el final en la gala, activamos esto. Ella publica el vídeo. Publica lo del siete de noviembre, sea lo que sea que tenga. Nos destruye. Nuestro plan de salida limpia acaba de convertirse en el detonador de la bomba.

—Ya lo sé, Harlow.

Porque eso es lo que ha hecho Marcy, sin saberlo del todo o sabiéndolo perfectamente: ha cogido nuestra única salida buena y la ha convertido en la trampa.

El plan era salir en febrero, en la gala, con dignidad.

Y ahora salir en febrero, en la gala, significa activar a Marcy.

Estamos atrapados entre seguir mintiendo para siempre —renovar, no contarlo nunca, dejar que una desconocida nos gestione la vida— o hacer estallar todo nosotros mismos.

Cojo el vaso de cartón del café que me he comprado al llegar y no me he bebido.

Y sin darme cuenta, mientras pienso en todo esto, empiezo a morderlo, el borde, como hago siempre, y esta vez muerdo tan fuerte, con tanta rabia contenida, que el cartón cede y se rompe y el café frío se me derrama en la mano, y ni así paro, me quedo con el vaso roto en el puño, goteando, mirando el parabrisas.

—Hay dos millones de personas que creen que nos conocen —digo, en voz baja, más para mí que para Beckett—. Dos millones. Que ven el programa, que nos shippean, que se saben nuestros gestos, que creen que saben quiénes somos.

—Ya.

—Y resulta que solo una nos conoce de verdad. Una. La que trabaja de noche vendiendo seguros por teléfono en Tacoma. La única persona en el mundo que sabe exactamente quiénes somos, lo que hacemos, a quién queremos y de qué tenemos miedo. Y nos tiene cogidos por eso. Por conocernos.

Beckett no dice nada. Fuera, el aparcamiento del centro comercial se llena y se vacía de gente normal haciendo cosas normales, comprando regalos de Navidad, viviendo vidas que no dependen del chocolate caliente de una desconocida.

—Qué ironía —digo, y me río, pero no tiene ninguna gracia—. Nos hemos pasado tres años haciendo que millones de personas creyeran que nos conocían. Y la única que lo consiguió de verdad nos va a usar para no perdernos.

Arranco el coche por fin. El café frío me gotea del puño.

Y conduzco hacia Bellwood sabiendo que el plan perfecto que montamos hace once días, el de la salida limpia y los seis meses y el después, acaba de morir en una cafetería de franquicia, a manos de una chica que nos quiere demasiado como para dejarnos ir.