Capítulo 22 — El aparcamiento
MALA COSTUMbrE
BECKETT
La felicidad nos vuelve descuidados, y ese es el error que lo cambia todo, aunque yo no lo sepa hasta que ya está grabado.
Es la gala benéfica del campus, en el pabellón Corrigan, una subasta para recaudar fondos para la biblioteca, con ambiente navideño y profesores con americana y estudiantes disfrazados de personas serias.
Harlow y yo estamos invitados como lo que somos oficialmente, los presentadores estrella del campus, la pareja de amigos más famosa de Westlake, y nos movemos por el evento en modo público perfecto: saludamos, sonreímos, posamos para la foto de rigor con el rector, hacemos nuestro numerito de dúo cuando nos piden que digamos unas palabras. Impecables. Como siempre.
Solo que esta noche hay una diferencia, y la diferencia es que tenemos un plan.
Y tener un plan nos ha cambiado por dentro de una manera que no habíamos previsto.
Durante tres meses, el miedo nos mantuvo afilados: cada gesto en público estaba calculado, cada distancia medida, cada mirada racionada, porque sabíamos lo que nos jugábamos y el miedo nos hacía cuidadosos.
Pero ahora tenemos una salida. Ahora hay una fecha, el trece de febrero, en la que todo esto se acaba bien, y luego seis meses, y luego la libertad.
Y esa certeza —la de que vamos a salir de esto, la de que hay un después— nos ha relajado justo lo suficiente para ser peligrosos.
Porque cuando crees que ya casi has llegado, dejas de mirar dónde pisas.
Lo noto durante toda la noche en cosas pequeñas.
En que le pongo la mano en la espalda a Harlow para pasar entre la gente y la dejo medio segundo de más.
En que ella me busca con la mirada desde el otro lado del salón y me sonríe, una sonrisa que no es la de directo, la de verdad, delante de todo el campus.
En que nos reímos demasiado juntos, demasiado cerca, con una complicidad que hace tres meses habríamos censurado y que esta noche, con el plan calentándonos por dentro, no censuramos, porque una parte de nosotros ya se siente libre, ya se siente al otro lado, ya se comporta como la pareja que vamos a poder ser dentro de medio año.
Theo, que ha venido también, me pilla en un momento junto a la mesa de las bebidas y me dice al oído, sin mirarme, con esa manera suya de decir las cosas importantes como si comentara el tiempo:
—Estáis muy sueltos esta noche. Los dos.
—¿Qué quieres decir?
—Que se os nota más que de costumbre. —Le da un sorbo a su copa—. No os digo que os escondáis, que ya me sé la historia y me da igual. Os digo que hay dos millones de personas que os conocen la cara y que esta no es vuestra casa. Bajad un punto. Por si acaso. Hasta febrero.
Tiene razón. Theo siempre tiene razón, es lo que le hace insoportable. Le digo que vale, que tendremos cuidado, y durante media hora lo tengo, el cuidado. Y luego se me pasa, porque la felicidad no sabe tener cuidado mucho rato seguido.
Es un error. Lo sé ahora. Esa noche no lo sé.
Esa noche solo sé que soy feliz, que tengo un plan, que la quiero, y que por primera vez en meses el futuro no me da miedo.
Y la felicidad, resulta, es tan mala consejera como el deseo.
Las dos te hacen bajar la guardia. Solo que el deseo lo sabes, y la felicidad te pilla desprevenido, porque parece inofensiva.
Nos vamos por separado del evento, por costumbre, aunque ya ni sé por qué mantenemos la costumbre si tenemos un plan y una fecha.
Yo salgo primero. Harlow, unos minutos después.
Y quedamos, sin decirlo del todo, en el aparcamiento de atrás del Corrigan, el que da a la zona de los abetos, mal iluminado, casi vacío a estas horas, donde tengo el coche.
Está lloviendo. Diciembre en Bellwood, lluvia fina y constante, el aparcamiento brillando bajo las farolas escasas.
Harlow llega con mi parka sobre los hombros —se la he prestado al salir, porque ella no traía abrigo y hace frío—, y viene medio corriendo entre los charcos, riéndose, con la parka verde demasiado grande y el pelo mojándose, y está tan guapa así, tan de verdad, tan lejos de la Harlow de directo, que se me olvida todo.
Se me olvida dónde estamos. Se me olvida que un aparcamiento es un sitio público.
Se me olvida que hay ventanas, coches, gente que sale del evento, dos millones de personas que nos conocen la cara.
Se me olvidan tres meses de cuidado, de salidas por turnos, de distancias medidas.
Se me olvida absolutamente todo, porque Harlow llega corriendo bajo la lluvia con mi parka puesta y me mira, y yo la miro, y es la primera vez que estamos juntos en público desde que tenemos un plan, desde que nos dijimos «te quiero» en KWLU, desde que somos, por dentro, de verdad, una pareja.
Y la beso.
Al aire libre. En el aparcamiento. Sin paredes, sin puerta, sin cabina insonorizada, sin guardarropa, sin sofá naranja en un sótano cerrado.
A cielo abierto, bajo la lluvia, en un espacio público del campus donde cualquiera podría vernos.
Es el único sitio donde no lo habíamos hecho nunca, el último peldaño de una escalera que llevamos meses subiendo sin darnos cuenta de que la subíamos: de la puerta cerrada de su cocina al piso de él, del piso a la sala de edición con Theo cerca, de la sala al guardarropa con doscientas personas, del guardarropa al estudio con el micro quizá abierto, y ahora aquí, al aire libre, cero paredes, la exposición total.
Y no es un beso de los de antes. No es rabia ni deseo ni descarga ni adrenalina de clandestinidad.
Es un beso tranquilo, de pareja, de dos personas que se quieren y que por un momento, bajo la lluvia, con un plan y un futuro, se permiten ser lo que son sin esconderse.
Es nuestro primer beso normal. El primer beso que no huye de nada.
Le aparto el pelo mojado de la cara, y ella se ríe contra mi boca, y yo pienso, en ese momento, que dentro de seis meses esto va a ser lo normal, que vamos a poder besarnos en aparcamientos y en cafeterías y en cualquier sitio, sin miedo, y que la espera va a haber valido la pena.
Es el beso más feliz de mi vida.
Y es exactamente el que nos mata.
Dura lo que dura —después sabré cuánto, después sabré que alguien lo contó, cuarenta y un segundos, pero eso es después—, y cuando nos separamos Harlow tiene gotas de lluvia en las pestañas y la nariz fría y una sonrisa que no le había visto nunca, la sonrisa de quien se permite, por fin, querer sin esconderse.
Me devuelve la parka, dice que se le va a hacer tarde, que Nadia la espera, y hay en su manera de decirlo, en lo doméstico y lo tranquilo de la despedida, algo que me llena el pecho de una cosa que hacía años que no sentía: la normalidad.
La promesa de una vida normal. Dos personas despidiéndose en un aparcamiento un sábado por la noche, con un beso y un «hablamos mañana», como cualquier pareja, como toda la gente que no tiene que esconder a quién quiere.
—Hablamos mañana —dice.
—Hablamos mañana.
Y es la frase más bonita del mundo, «hablamos mañana», porque significa que hay un mañana, que hay un después, que esto va en serio y va a durar.
No lo sé esa noche. Esa noche solo hay lluvia, y la parka verde, y Harlow riéndose, y un plan, y un futuro, y el beso más feliz de mi vida.
Nos despedimos poco después, cada uno a su coche, y yo conduzco a casa con esa ligereza rara en el pecho, la de un hombre que por primera vez en mucho tiempo cree que las cosas van a salir bien.
Lo que no sé —lo que no sabré hasta dentro de tres días, cuando ya sea tarde, cuando el vídeo llegue a mi móvil desde una cuenta sin nombre— es que a treinta metros de nosotros, entre dos coches aparcados en la penumbra del fondo, había alguien.
Alguien con un teléfono. Alguien que llevaba tres años estudiándonos, que conocía nuestros gestos mejor que nosotros, que había atado cabos desde una risa en el minuto 41:20 de un directo de septiembre, que tenía acceso a cada grabación que existía de los dos y ahora, además, tenía esto: el beso.
Al aire libre. Sin coartada posible. Grabado en vídeo, con nuestras caras, bajo la lluvia, en un aparcamiento del campus.
No sé nada de eso esa noche. Esa noche soy el hombre más feliz de Bellwood, conduciendo a casa bajo la lluvia, pensando en un futuro que acaba de dejar de ser posible sin que yo lo sepa.
La felicidad nos volvió descuidados. Y alguien estaba mirando.
DM — canal privado de notas
[Conversación de MODMARCY consigo misma.]
MODMARCY —sábado, 23:47
Estaba en la gala del Corrigan. Fui por verlos de lejos, sin más. Nunca me acerco. Solo me gusta estar en el mismo sitio a veces, saber que respiran cerca. No tiene nada de malo.
MODMARCY —sábado, 23:51
Los he visto en el aparcamiento. Los dos. Se han besado. No un beso de amigos. Un beso de verdad, largo, de los que no tienen vuelta atrás. Él le ha apartado el pelo de la cara. Llevaba puesta la parka de él.
MODMARCY —sábado, 23:52
Lo he grabado. No sé por qué. Ha sido automático. He sacado el móvil y he grabado, como se graba algo que sabes que es importante. Cuarenta y un segundos.
MODMARCY —sábado, 23:53
Otra vez cuarenta y uno. Igual que el respaldo del siete de noviembre. Las señales existen, para quien sabe leerlas. Para quien archiva.
MODMARCY —sábado, 23:58
No voy a hacer nada con esto. Como con lo otro. Lo guardo porque yo guardo las cosas, porque alguien tiene que cuidar de esta historia y esa soy yo.
MODMARCY —domingo, 00:04
Pero.
MODMARCY —domingo, 00:06
Un beso al aire libre, en público, tan descuidado... eso significa que ya no tienen miedo. Y si ya no tienen miedo, es que están seguros de algo. Y la gente segura hace tonterías. Como contarlo. O dejar el programa. Como cerrar la cosa que a mí me mantiene viva.
MODMARCY —domingo, 00:09
No voy a permitir que se acabe. He dado tres años de mi vida a esto. Es lo único que tengo. Si ellos van a hacer una tontería, alguien tendrá que recordarles lo que hay en juego. Alguien que los quiera de verdad. Alguien que tenga con qué recordárselo.
MODMARCY —domingo, 00:11
Guardado. El del 7/11 y el del aparcamiento. Los dos. Por si acaso.
MODMARCY —domingo, 00:12
Por su bien. Todo lo que hago es por su bien. Que no se me olvide, si algún día releo esto: lo hago porque los quiero.