Capítulo 16 — Micro abierto
MALA COSTUMbrE
BECKETT
El directo ciento veinte termina a las once y cuarto de la noche de un sábado, y cuando el piloto rojo se apaga y los últimos doce mil oyentes se disuelven en la nada de la que salieron, el Búnker se queda con ese silencio particular que solo conozco yo, el de después, cuando doce mil personas acaban de irse de una habitación en la que nunca estuvieron.
—Buen programa —dice Theo, recogiendo—. Datos altos otra vez. Esta campaña es una máquina. —Se echa la mochila al hombro—. Me piro, que he quedado. Cerráis vosotros, ¿no? Y las luces del estudio, Beckett, que la última factura...
—Que sí, pesado. Vete.
Theo se va. Los becarios ya se habían ido. Y de repente somos Harlow y yo, solos, en el Búnker, a las once y cuarto de un sábado, por primera vez desde la sala de edición de hace un mes, desde los cuarenta segundos y los pasos de Theo y el «no vamos a repasar ninguna escaleta».
Nos miramos a través del estudio. Ella todavía sentada en su silla, con el pelo suelto porque el directo ya ha terminado y en el after ya no hay que estar peinada para nadie, y yo de pie junto a la mesa, con las manos ocupadas fingiendo que recojo cables que no necesitan que los recoja nadie.
Y hay una cosa en el aire que llevo un mes conociendo, una corriente, y esta noche es más fuerte que nunca, porque estamos solos de verdad, en el sitio donde pasamos más horas de nuestra vida, con doce mil testigos recién marchados y ni uno solo quedando.
—Deberíamos irnos —dice Harlow.
—Sí.
Ninguno de los dos se mueve.
—En serio, Beckett. Deberíamos cerrar y cada uno a su casa.
—Ya lo sé.
—Es tarde.
—Es tarde —repito.
Y ella se levanta de la silla, y yo pienso que va a coger su mochila, que va a hacer lo sensato, que esta noche por una vez vamos a ser dos adultos que cierran un estudio y se van a dormir.
Y en vez de eso cruza el estudio hacia mí, despacio, sin dejar de mirarme, y yo dejo el cable que tenía en la mano, y cuando llega no nos decimos nada, porque a estas alturas las palabras sobran, y la beso, o me besa, contra la mesa de sonido, en el estudio, con las luces todavía encendidas.
Aquí es donde debería contar lo que pasa, y voy a contarlo, pero no de la manera en que se cuentan estas cosas, porque con Harlow nada es de la manera en que se cuentan las cosas.
La subo a la mesa de sonido, apartando con el codo la escaleta y un vaso de agua que alguien se dejó, y ella me rodea con las piernas y me busca la boca como discute, sin dejarme terminar nada, y yo le suelto el pelo con las dos manos aunque ya lo tiene suelto, solo por tenerlo entre los dedos, y por primera vez en un mes no hay prisa.
No hay Theo a diez metros. No hay doscientas personas al otro lado de una pared.
No hay que salir por turnos ni inventar un zumbido.
Estamos solos, de verdad solos, y por una vez podemos ir despacio, y lo hacemos, vamos despacio, y despacio es infinitamente peor y mejor que rápido, porque despacio da tiempo a mirarse.
La miro. Le quito la sudadera y la miro, en la penumbra azul de los monitores, con las luces del estudio todavía dándonos, y es la cara que no le he visto poner delante de nadie, la de sin encuadre, la que no sabe todavía cómo contar lo que siente.
Y le beso el cuello y le escucho el sonido que hace, el que no haría nunca delante de un micro, y esta noche por fin puede hacerlo todo lo alto que quiera, porque no hay ningún micro, porque estamos solos, y ese pensamiento —no hay ningún micro— es lo último tranquilo que voy a pensar.
Porque justo entonces, con la boca en su cuello y las manos donde las tengo, lo veo.
El piloto.
Sobre la mesa de sonido, a treinta centímetros de la cadera de Harlow, en el módulo del canal principal, hay una luz.
Y no sé, en ese primer segundo de hielo, no sé si es roja o si es la ámbar de «finalizando», que son casi el mismo color en la penumbra, que se distinguen por un matiz que ahora mismo, con la sangre donde la tengo, soy incapaz de distinguir.
Roja significa en directo. Ámbar significa que el stream está cerrando el búfer, terminando de subir, apagándose. Dos estados. Una luz. Y no sé cuál.
Me quedo helado medio segundo. Harlow lo nota —lo nota todo— y sigue mi mirada, y ve la luz, y sé el momento exacto en que su cabeza hace el mismo cálculo que la mía: ¿cortó el directo?
¿O sigue? ¿Apagó Theo el stream antes de irse o se le olvidó?
¿Esa luz es el final de una emisión o es una emisión?
Y aquí está la decisión que define quiénes somos. La que voy a repasar el resto de mi vida.
Porque lo que hay que hacer es evidente.
Lo que haría cualquier persona con dos dedos de frente es parar.
Separarse. Ir a la mesa, comprobar la luz, asegurarse de que no hay doce mil personas —o cuarenta, o dos, da igual el número— viendo esto.
Es un segundo. Es levantar la cabeza, mirar el módulo, leer el estado. Un segundo de sensatez.
No paramos.
Harlow me mira, y yo la miro, y en ese medio segundo los dos vemos la luz, los dos sabemos lo que debería significar, los dos sabemos que deberíamos parar, y ninguno de los dos para.
Ella me atrae otra vez hacia su boca, más despacio, no menos, con los ojos abiertos, sosteniéndome la mirada mientras lo hace, como diciéndome sin palabras «yo tampoco voy a parar, mira si no paro».
Y yo tampoco paro. Elijo no ir a la mesa.
Elijo no comprobar la luz. Elijo el ahora, el cuerpo, la boca, el peligro, por encima del segundo de sensatez que nos salvaría, y ella elige lo mismo, a la vez, y esa es la cosa más honesta y más enferma que hemos hecho nunca: elegir, los dos, con plena conciencia, no saber si nos está viendo el mundo.
Porque a lo mejor no es él. A lo mejor es solo el peligro. A lo mejor lo que se nos ha vuelto imprescindible no es el otro, sino esto: la luz que no sabemos de qué color es, y seguir igual.
Lo hacemos con la luz encendida. Sea del color que sea.
Y es lo mejor y lo más desesperado que hemos hecho, porque cada segundo lo vivimos sabiendo que podría estar grabándose, y en vez de frenarnos eso nos empuja, y hay algo roto en los dos que necesita exactamente eso, la posibilidad del testigo, para sentir del todo, y esta noche lo tenemos, y no lo apagamos.
No voy a contar el resto. Solo diré que la escucho, toda ella, sin comprimir, la risa y el nombre y el silencio de cuando se le apaga el ingenio, y que suena en un estudio que a lo mejor está abierto, y que esa posibilidad —que doce mil personas estén oyendo justo esto, lo más privado que tiene, lo que no le da a nadie— debería horrorizarme y lo que hace es lo contrario, y esa es la parte de mí que no le enseño a nadie y que esta noche se desboca.
Después nos quedamos sobre la mesa de sonido, entre la escaleta arrugada y el vaso de agua volcado, con la respiración alta y la luz todavía ahí, y en cuanto vuelvo a tener sangre en el cerebro me entra el pánico de golpe, todo junto, retrasado.
—El micro —digo, incorporándome de golpe—. Joder, el micro.
Voy a la mesa medio vestido, con las manos temblando, y miro el módulo del canal principal.
La luz es ámbar. Ahora es ámbar, quiero decir; ahora, que la miro de cerca, es claramente ámbar, «finalizando».
Miro el software: el stream marca «emisión finalizada», hora de cierre 23:16.
Cortó a las once y dieciséis. Minutos antes de que Harlow cruzara el estudio.
—Cortó —digo, y me sale la voz rara, buscando el alivio—. Está en ámbar. Finalizó a y dieciséis. No había nadie.
Pero mientras lo digo, una parte de mí —la parte técnica, la que no descansa, la que sabe cómo funcionan estos sistemas por dentro— no se queda del todo tranquila.
Porque «emisión finalizada a las 23:16» significa que el directo en vivo cortó a esa hora.
Sí. Pero yo he visto la luz roja o ámbar hace un momento, cuando estábamos, y ahora es ámbar, y entre esos dos momentos ha pasado un rato, y hay una diferencia entre que el directo en vivo cortara y que el sistema no siguiera grabando un respaldo mientras subía el búfer, y esa diferencia la conozco, y ahora mismo, con Harlow medio vestida riéndose a mi lado, no tengo la cabeza para comprobarla del todo.
Me digo que da igual. Me digo que ámbar es ámbar. Me digo que no había nadie.
Casi me lo creo.
—¿Entonces no nos ha visto nadie? —dice Harlow.
—No —digo—. En directo no. Cortó antes.
«En directo no.» Elijo esas palabras sin querer, y en cuanto las digo noto que dejan una puerta abierta, un pequeño hueco entre lo que afirmo y lo que sé, pero Harlow ya se está riendo otra vez, del alivio, y decido no mirar por ese hueco esta noche.
Ya lo miraré mañana. Esta noche prefiero reírme con ella.
Y Harlow, todavía en la mesa, medio vestida, con el pelo revuelto, se echa a reír.
La risa de verdad, la que clipea, la primera sílaba comida, sonando a todo volumen en el estudio vacío, y yo me echo a reír también, del puro alivio, del susto, de lo que acabamos de hacer, y nos reímos los dos como dos idiotas en un sótano a las once y media de un sábado, medio desnudos, muertos de miedo y de risa a la vez.
—Casi nos ve internet entero —dice ella, entre carcajadas—. Beckett. Casi nos ve tu madre. Casi nos ve el rector.
—No nos ha visto nadie —digo, y ojalá estuviera tan seguro como suena.
—Podría habernos visto todo el mundo y no hemos parado. —Se ríe menos, de repente, mirándome—. Beckett. No hemos parado. Hemos visto la luz y no hemos parado.
—Ya lo sé.
—¿Qué nos pasa?
Y no tengo respuesta, porque la respuesta es la palabra que ninguno de los dos dice, la que describe exactamente esto: necesitar cada vez más peligro para la misma descarga, no poder parar ni con la prueba delante, elegir el abismo teniendo la salida a un segundo de distancia.
La sé, la palabra. No la digo. Recojo su sudadera del suelo, se la doy, y le doy un beso en la sien, y por un momento, con ella medio vestida y riéndose todavía por lo bajo y el susto pasando, se me olvida todo lo demás y solo quiero quedarme aquí, en este sótano, con ella, para siempre.
Y entonces me acuerdo.
Es siete de noviembre. El lunes, dentro de dos días, es nueve.
El cumpleaños de Harlow. Y llevo semanas tan metido en el brote de mi madre, en la campaña, en la cuenta atrás, en no saber cómo la quiero, que no le he comprado nada.
No he pensado nada. No he organizado nada.
Su cumpleaños es dentro de dos días y no tengo un regalo, no tengo un plan, no tengo ni una idea, porque he estado demasiado ocupado teniendo una crisis con ella como para acordarme de celebrarla.
La miro recogerse el pelo, hacerse la coleta con la goma de la muñeca, y pienso, con una punzada de algo parecido a la vergüenza:
Le he dado doce mil testigos potenciales y un susto de muerte en una mesa de sonido. Eso es lo que le he dado esta semana. Feliz cumpleaños, Harlow.
Menudo regalo.
Cerramos el estudio. Apagamos las luces, esta vez de verdad, por Theo y por la factura.
Subimos las escaleras del sótano, y en la calle nos despedimos con la distancia de siempre, por si alguien mira, aunque no hay nadie a estas horas y ya nos da un poco igual, y cada uno se va hacia su coche bajo la lluvia de noviembre.
Y yo conduzco a casa pensando dos cosas a la vez, como pienso todo últimamente, las dos verdad.
La primera es el alivio, o algo parecido al alivio. En directo cortó. Ámbar. Casi seguro que no nos ha visto nadie. Hemos tenido una suerte que no merecemos.
La segunda es el hueco. Ese pequeño hueco entre «en directo no nos ha visto nadie» y «no nos ha visto nadie», que no es lo mismo, y que yo, que sé cómo funcionan estos sistemas, no debería dejar sin comprobar.
Mañana entro al servidor y lo reviso a fondo.
Miro si el sistema generó algún respaldo mientras el búfer subía.
Me aseguro. Porque una cosa es que el directo en vivo cortara a las 23:16 y otra distinta es qué hizo el sistema con lo que pasó después, y esa distinción, esta noche, con el susto y la risa y el cansancio, la he dejado a medias.
Da igual, me digo. Mañana lo compruebo y no habrá nada. Ámbar es ámbar.
Pero hay otra cosa que sí sé, sin necesidad de comprobar ningún log, y que me hiela más que cualquier VOD: que da igual que esta vez cortara.
Que lo que importa no es si nos han visto.
Lo que importa es que no habríamos parado aunque nos vieran.
Que ya hemos cruzado la línea de que la vergüenza o el miedo nos detengan, y esa línea no se vuelve a cruzar de vuelta.
La próxima luz roja quizá sea roja de verdad. Y ya sé lo que vamos a hacer si lo es.
Nada. No vamos a parar. Lo hemos demostrado esta noche.
Hemos gastado el miedo. Y no sé qué nos queda cuando se gasta el miedo, pero sospecho que lo vamos a averiguar antes del trece de febrero.
Mañana reviso el servidor, me repito, aparcando el coche.
No lo reviso. Se me pasa. Entre el cumpleaños de Harlow y todo lo demás, se me pasa comprobar el hueco.
Ojalá no se me hubiera pasado.