Capítulo 17 — Cuarenta minutos
MALA COSTUMbrE
HARLOW
A la mañana siguiente, Beckett y yo hacemos autopsia del susto por videollamada, los dos con resaca de adrenalina y cara de haber dormido poco.
—O sea que estamos a salvo.
—En directo, a salvo. —Y ahí, otra vez, esa coletilla suya, «en directo», que ya le noté anoche y que hoy vuelve a poner, como quien deja una puerta entornada por costumbre—. En directo no nos vio nadie.
—Beckett. Deja de decir «en directo». Me pones nerviosa.
—Es que técnicamente hay que ser preciso.
—Frunce el ceño, mirando algo fuera de cámara, su pantalla—.
Hay una cosa. No es nada, pero por ser exactos.
El sistema, cuando emites, genera a veces un archivo de respaldo local mientras sube el búfer.
Un VOD temporal. Es un proceso automático, una red de seguridad por si el stream se cae, para no perder la grabación.
Y ese respaldo, si se generó anoche, habría capturado unos minutos después del corte oficial.
Cuarenta, más o menos, hasta que el sistema termina de procesar y lo purga solo.
Se me para algo en el pecho un segundo.
—¿Estás diciendo que hay una grabación de anoche?
—Estoy diciendo que puede que se generara un archivo temporal que ya se ha borrado solo.
—Beckett levanta la vista a la cámara, y pone la voz de tranquilizar, la que usa conmigo cuando ve que me acelero—.
Harlow. Es un proceso automático. Ese respaldo, si existió, se purga a las pocas horas, sin que nadie lo toque.
Es una red de seguridad interna, no lo ve nadie, no sale del servidor, y se borra solo.
Para cuando tú y yo estamos hablando, ya no existe. Es papeleo de la máquina. No es nada.
—¿Seguro?
—Seguro. El sistema lo genera y el sistema lo borra. Nadie entra en esa carpeta. Nadie mira los respaldos temporales, Harlow, es como mirar la papelera de reciclaje del servidor. No hay nada que ver ahí y para esta tarde ni existe.
Y hay una parte de mí, la que no descansa nunca, la que encuadra, que quiere insistir.
Que quiere decirle: Beckett, «casi seguro» no es «seguro», y «se purga solo» no es «lo he visto purgarse», y tú, que eres el tío más meticuloso que conozco, que dobla los cables en ochos y comprueba tres veces niveles que ya están bien, ¿por qué justo con esto te fías del automático?
Entra en la carpeta. Mírala con los ojos. Asegúrate.
Pero no lo digo. Y no lo digo por la peor de las razones: porque no quiero.
Porque insistir significa mantener el susto abierto un rato más, y yo lo que quiero es cerrarlo, quiero que Beckett me diga que estamos a salvo y creérmelo y pasar página, porque llevo meses en tensión y necesito, aunque sea por una mañana, creer que una cosa ha salido bien del todo.
Y le creo. Le creo porque quiero creerle, que es distinto de que sea verdad.
Le creo porque Beckett sabe de esto más que nadie, porque es su trabajo, porque me lo dice con esa seguridad técnica que da gusto oír.
Le creo porque la alternativa —que haya una grabación de lo de anoche flotando en algún sitio— es tan monstruosa que la cabeza la rechaza sola, como rechaza pensar en según qué cosas para poder seguir viviendo.
Así que dejo que «casi seguro» suene a «seguro», y elijo la versión tranquilizadora, igual que Beckett elige fiarse del automático en la única cosa en la que nunca se fía del automático.
Los dos, a la vez, eligiendo no mirar, porque mirar da miedo y el domingo es corto.
—Vale —digo, y respiro—. Vale. Entonces no ha pasado nada.
—No ha pasado nada. Otra vez.
—Se nos da bien que no pase nada.
—Es nuestra especialidad —dice, y por fin sonríe, y yo sonrío, y el susto se disuelve en la risa fácil de dos personas que acaban de esquivar un tren.
Lo que ninguno de los dos hace —lo que Beckett dice que hará y no hace, lo que a mí ni se me ocurre pedirle— es entrar en esa carpeta y comprobar, con los ojos, que el respaldo se purgó de verdad.
No entra. Se fía del proceso automático.
Y yo me fío de que él se fíe. Y borro de mi cabeza el pequeño recordatorio de preguntarle otra vez, porque tengo cosas más importantes en las que pensar, porque es domingo, porque el susto ya ha pasado.
Nadie mira la papelera del servidor. Eso es lo que creemos.
El resto del domingo es, contra todo pronóstico, uno de los mejores días que hemos tenido en semanas.
Porque el alivio, resulta, es afrodisíaco de la ternura.
Después de la videollamada, Beckett aparece en mi piso con desayuno — Nadia está fuera otra vez, en casa de no sé quién— y nos pasamos la mañana en la cama, sin prisa, sin susto, sin luz de ningún color amenazando, y por primera vez en mucho tiempo estamos simplemente bien.
Sin la corriente del peligro, sin la guerra, sin la cuenta atrás pesando.
Solo nosotros dos, tontos, tranquilos, comiendo tostadas en la cama y discutiendo sobre si el café que ha traído es mejor que el mío (lo es, y no se lo pienso reconocer).
—¿Sabes qué es raro? —digo, con la cabeza en su pecho, oyéndole el corazón, que va tranquilo por una vez—. Que esto, así, sin el drama, sin el riesgo, sin nadie a punto de pillarnos... está bien. Está muy bien. Y me da miedo que me guste esto tanto como me gusta lo otro.
—A mí me gusta más esto —dice Beckett, y me lo dice a la coronilla, bajito, como se dicen las cosas que dan vergüenza—. Lo otro me da un subidón. Esto me da paz. Y llevo tanto tiempo sin paz que casi no la reconozco.
Y me quedo callada, con la cabeza en su pecho, pensando que a lo mejor —solo a lo mejor— lo nuestro no es solo la descarga, no es solo el peligro, no es solo dos personas usándose para no sentir lo de siempre.
Que a lo mejor debajo de todo eso hay esto: dos personas que se conocen desde hace tres años comiendo tostadas en una cama un domingo y estando, sin más, en paz.
Que a lo mejor esto sí es amor y no síntoma.
Que a lo mejor tenemos una oportunidad de verdad, si conseguimos llegar al trece de febrero, romper el contrato con elegancia, y quedarnos con esto, con las tostadas, sin las cámaras.
Es el pensamiento más esperanzado que he tenido en meses.
Y lo tengo, precisamente, la mañana en que —aunque yo todavía no lo sé, aunque no lo sabré hasta dentro de mucho— hay una copia de lo de anoche guardada en un disco duro que no es el nuestro, con nuestros nombres, esperando.
La esperanza y la bomba, a la vez, el mismo domingo. Solo que yo únicamente veo la esperanza.
Por la tarde, cuando Beckett ya se ha ido y yo estoy sola en casa, ordenando, con la radio puesta y una sensación rara de bienestar, hago una última cosa antes de cerrar el tema del susto para siempre.
Abro el móvil para escribirle a Marcy. Quiero pedirle, ahora que ella gestiona el archivo, que haga limpieza de los respaldos temporales viejos, que revise que esa carpeta automática esté vacía, un poco por paranoia y un poco por cerrar el círculo.
Empiezo a escribir el mensaje. «Hola Marcy, una cosa técnica del archivo... »
Y lo borro.
Lo borro porque me da pereza, porque suena raro pedirle a una moderadora que revise una carpeta de respaldos que Beckett ya me ha jurado que se purga sola, porque no quiero darle explicaciones de por qué me preocupa una carpeta concreta, porque tendría que inventar un motivo y no me apetece inventar motivos un domingo por la tarde con esta paz rara en el cuerpo.
Beckett dijo que se borra solo. Beckett sabe de esto. No hay nada que revisar.
Cierro la conversación con Marcy sin enviar nada.
Y ese —ese, el mensaje que no envío un domingo por la tarde por pura pereza— es probablemente el error más caro de toda mi vida.
Pero eso tampoco lo sé todavía. Esta tarde solo sé que estoy en paz, que Beckett me gusta más de lo que me atrevo a decir, y que por primera vez en meses el futuro no me parece una cuenta atrás sino una posibilidad.
Guardo el móvil. La goma del pelo se me ha quedado floja en la muñeca. Me la quito, la dejo en la mesilla, y me suelto el pelo, y no le doy más vueltas a nada.
DM — canal privado de notas
[Conversación de MODMARCY consigo misma. Un canal de un solo miembro, donde archiva lo que encuentra.]
MODMARCY —domingo, 15:42
Nota: revisando respaldos temporales del servidor (acceso nuevo, por fin). El sistema guarda copias automáticas de cada emisión durante unas horas antes de purgarlas. La mayoría son basura, el final del directo, el búfer.
MODMARCY —domingo, 15:44
El de anoche no es basura.
MODMARCY —domingo, 15:51
Copia local del VOD de respaldo del 7/11 guardada en mi disco. 41 minutos. El directo oficial cortó a las 23:16 pero el respaldo siguió grabando el estudio hasta que el sistema lo procesó. Micro del canal principal abierto todo el rato. Se oye y se ve todo.
MODMARCY —domingo, 15:52
No lo van a preguntar. Nunca preguntan. Llevo tres años viendo cómo no revisan sus propios archivos. Se creen que porque una cosa se borra sola ya no existe. No saben que hay gente que archiva.
MODMARCY —domingo, 15:58
No voy a hacer nada con esto. Que quede claro, para mí misma, por si algún día releo estas notas: no voy a hacer nada con esto. Lo guardo porque yo guardo las cosas. Porque alguien tiene que cuidar de esta historia y esa soy yo. Ellos no saben cuidarse. Yo sí.
MODMARCY —domingo, 16:03
Lo sospechaba desde la risa del #113. La del minuto 41:20. Ahora lo sé. Están juntos. Llevan juntos desde septiembre, seguramente.
MODMARCY —domingo, 16:04
Me alegro por ellos. De verdad que me alegro.
MODMARCY —domingo, 16:07
Solo espero que no hagan ninguna tontería. Como contarlo. O dejar el programa. Porque entonces esto se acaba, y esto es lo único que tengo, y no pienso dejar que se acabe. Ellos no lo saben, pero los estoy protegiendo. De ellos mismos. Alguien tiene que hacerlo.
MODMARCY —domingo, 16:08
Guardado. Copia de seguridad de la copia de seguridad. Por si acaso.