Capítulo 14 — El brote
MALA COSTUMbrE
BECKETT
El hospital de Everett llama un miércoles a las cuatro y cuarto de la tarde, y en cuanto veo el número en la pantalla sé lo que es, porque ese número solo lo tengo guardado para una cosa.
—¿Beckett Hale? Le llamo por su madre, Dana.
Ha venido esta mañana con un episodio de visión doble y algo de inestabilidad.
Está estable, no se alarme, pero la hemos ingresado para observación y para ajustar la medicación.
Ella no quería que le llamáramos, ya sabe cómo es, pero pensé que debía saberlo.
Sé cómo es. Mi madre lleva tres años poniéndome de contacto de emergencia y pidiéndole al mismo tiempo a todo el personal del hospital que no me llamen «por una tontería», y las enfermeras de la planta, que ya la conocen, han aprendido a ignorar esa parte.
Le doy las gracias a la mujer, cuelgo, y me quedo diez segundos mirando la pared de mi cocina sin ver nada, haciendo lo que hago siempre en estos casos, que es no sentir nada durante diez segundos para poder funcionar en los siguientes.
Luego cojo las llaves y bajo al coche.
De Bellwood a Everett hay hora y media si el tráfico acompaña, y el tráfico nunca acompaña, y encima llueve, porque estamos a finales de octubre en el estado de Washington y aquí llueve desde ahora hasta marzo sin apenas descanso.
Conduzco por la I-5 con los limpiaparabrisas al máximo y el asfalto convertido en un espejo negro, los faros de los camiones deshaciéndose en el agua del parabrisas, y el capítulo entero de esta tarde va a oler a esto: a I-5 mojada, a calefacción de coche viejo, y luego, cuando llegue, a pasillo de hospital, que es un olor que me sé de memoria y que no se le desea a nadie.
No pienso en nada mientras conduzco. Es una técnica.
Si empiezo a pensar —en la visión doble, en qué significa un brote nuevo, en si esto es la enfermedad avanzando o solo un bache—, me sale mal la conducción y me sale mal todo, así que apago la cabeza y me concentro en los carriles y en la lluvia y en no adelantar al camión que va lanzando cortinas de agua.
Lo único que se me cuela, una vez, entre curva y curva, es una cifra.
Viene sola, sin que la llame, que es mi manera de tener miedo: baja laboral.
Si es un brote de verdad, mi madre va a estar de baja.
Y la baja significa menos ingresos suyos.
Y menos ingresos suyos significa que yo tengo que poner más.
Y poner más significa el tramo. Los setenta y ocho mil. El escenario del trece de febrero.
Aparco. Apago el motor. Me quedo un segundo con las manos en el volante, respirando, dejando que la cifra se disuelva, porque a mi madre no puedo entrar a verla con la cara de estar calculando lo que cuesta su enfermedad. Eso no se lo hago. Entro con la otra cara. La de hijo.
Dana está en una habitación doble, con la cama de al lado vacía, incorporada contra dos almohadas, con un parche blanco en el ojo izquierdo y un montón de exámenes en el regazo y un boli rojo en la mano.
—Ah, mira quién ha venido —dice, sin levantar la vista del examen, corrigiendo—. El que le dije expresamente al hospital que no llamara. Toma, siéntate, y dime si esto que ha escrito este niño sobre la Revolución Industrial es ignorancia o es vanguardia, porque yo con un ojo ya no distingo.
Me siento en la silla de plástico al lado de la cama. Le cojo el examen. Lo leo. Es malísimo.
—Es ignorancia —digo.
—Gracias a Dios. La vanguardia me daba más trabajo. —Marca algo con el boli rojo—. ¿Ves? Con un ojo tapado y todo, sigo siendo mejor profesora que la mitad del claustro. Esto es un parche, Beckett, no una lobotomía. Deja de mirarme así.
—No te miro de ninguna manera.
—Me miras como me miró tu padre la última vez que lo vi, que fue cara de «pobrecita».
Y a tu padre le duró poco esa cara, así que a ti tampoco te la consiento.
—Me quita el examen de las manos, lo pone en la pila de los corregidos, coge otro—.
Visión doble. Se me ha puesto el mundo por partida doble esta mañana, en clase, a mitad de explicar las trincheras.
He tenido que sentarme. Los niños se han portado como jabatos, dicho sea de paso, uno hasta me ha traído agua.
Y aquí estoy, ajustando la medicación, que es lo que hay que hacer, y en tres días fuera.
No es el fin del mundo. Ya hemos pasado por esto.
—Tres semanas de baja, ha dicho la enfermera. No tres días.
Dana levanta la vista por fin. Me mira con su ojo bueno, y hay un segundo, solo un segundo, en que se le va la broma de la cara y aparece debajo la verdad, que es que está cansada, que esto la asusta a ella también aunque no lo diga, que tres años de esto pesan.
Un segundo. Luego vuelve el boli rojo y vuelve la broma, porque mi madre gestiona el miedo como yo, escondiéndolo debajo de una tarea.
—Tres semanas de baja del instituto —dice—. No tres semanas de baja de la vida. Voy a corregir, voy a leer, voy a ver mis series malas, y voy a volver a clase cuando el mundo deje de venir por duplicado. Y tú vas a volver a Bellwood a hacer tu programa y a no preocuparte, que es una orden.
—Mamá.
—Es una orden, Beckett.
Y aquí es donde me rompo, por dentro, en silencio, sin que se note, que es la única manera que me está permitida.
Porque mi madre, con un ojo tapado, en una cama de hospital, ajustando la medicación de una enfermedad que no se va a ir, lo que hace es preocuparse por que yo no me preocupe.
Da la orden de que no me preocupe. Como si eso se pudiera ordenar.
Como si yo no llevara tres años con una calculadora abierta en el fondo del pecho, sumando lo que cuesta que ella pueda seguir dando la orden de que no me preocupe.
No lloro. Quiero que quede claro, porque es importante para entender quién soy: no lloro. Aprieto los dientes, sonrío, le digo que vale, que me quedo hasta que acabe la hora de visita. Y hago lo único que puedo hacer con las manos que no sea temblar: cojo otro examen de la pila.
—Léeme el de la niña esa, Kayleigh, la de la i griega —dice—. A ver si ha mejorado o sigue confundiendo «haber» con «a ver».
Le leo el examen de Kayleigh. Ha mejorado.
Dana lo celebra como si fuera cosa suya, que en parte lo es, y durante veinte minutos hacemos esto: yo leo, ella corrige, comentamos a los alumnos como si fueran personajes de una serie que seguimos los dos.
La mujer de la limpieza entra a vaciar la papelera y Dana le pregunta por su hija, por el nombre, porque lleva tres años entrando y saliendo de esta planta y conoce a todo el mundo, a las enfermeras, a los celadores, y todos la quieren, porque es imposible no querer a una mujer que corrige exámenes con un ojo tapado y pregunta por tu hija mientras le ajustan la medicación de una enfermedad que no se va a ir.
Y yo la miro hacer todo eso y por dentro se me cae el mundo despacio, sin que se note nada por fuera.
Porque esta mujer es la persona más viva que conozco, y lo único que puedo hacer para que siga así de viva es dinero.
No cariño, no cuidados, no presencia: dinero.
El sistema es así de sencillo y así de brutal.
Todo lo que siento por ella —que es más de lo que siento por nadie— se traduce, a la hora de la verdad, en una cifra mensual que tengo que reunir como sea.
Querer a mi madre es, en la práctica, ganar dinero suficiente.
No hay otra forma de quererla que sirva de algo.
Y eso es lo que me pasa por dentro mientras por fuera me río de las faltas de Kayleigh.
Es lo más parecido a la felicidad que voy a tener esta semana, corregir exámenes con ella en esta habitación, y también lo más triste, y las dos cosas son verdad a la vez.
Vuelvo a Bellwood de noche, con la lluvia todavía cayendo, y en algún punto de la I-5, entre Everett y casa, hago la cuenta que no me he dejado hacer a la ida.
Ahora sí. Ahora, en la oscuridad, con mi madre a hora y media a mi espalda en una cama de hospital, saco la calculadora del pecho y hago los números de verdad, porque los números son lo único que puedo controlar de todo esto.
Tres semanas de baja. Mi madre cobra, estando de baja, una fracción de su sueldo.
La diferencia la venía cubriendo ella con las clases particulares que da por las tardes, que ahora tampoco puede dar, porque no se ve.
Total: este mes y probablemente el que viene, el agujero se agranda.
Y el agujero lo tapo yo. Siempre lo tapo yo.
Con lo del programa. Que ahora mismo son tres mil y pico al mes, suficiente para el ritmo normal, insuficiente para un brote.
Y entonces está el tramo. Los setenta y ocho mil de la firma.
Que hasta esta tarde eran importantes —dos años y nueve meses de colchón, la diferencia entre ir apurado e ir tranquilo— y que ahora, después de esta tarde, después de la visión doble y las tres semanas y el ojo tapado, han dejado de ser importantes para pasar a ser imprescindibles.
Necesito ese dinero. No lo quiero: lo necesito.
Necesito subir a ese escenario el trece de febrero y firmar la renovación y cobrar el tramo, porque sin el tramo no sé cómo tapo el agujero de este brote y del siguiente y del siguiente, porque los brotes no avisan y no se acaban y cada uno cuesta.
Lo cual significa —y esto lo pienso con una claridad fría que me da asco de mí mismo— que ahora necesito la firma más que nunca.
Justo ahora. Justo cuando más quiero romperla.
Porque para subir a ese escenario y firmar que Harlow y yo somos solo amigos, tengo que seguir siendo solo su amigo hasta entonces, y no lo soy, y cada día que pasa lo soy menos, y el brote de mi madre acaba de encadenarme a la mentira con una cadena nueva, más corta, más fuerte que todas las anteriores.
Me estoy metiendo yo solo, con plena conciencia, más adentro de la jaula. Y lo peor es que la puerta de la jaula la estoy cerrando por amor. Por mi madre. Que es el mejor motivo del mundo y por eso el más difícil de discutir.
En casa, a las once, cuando estoy sentado a oscuras en la cocina sin ganas de nada, me vibra el móvil. Es un número que no tengo guardado, pero por el prefijo y la hora imagino quién es antes de abrirlo. Sloane.
No sé qué visteis Harlow y tú en ese guardarropa el sábado, porque yo no vi nada.
Entré a por mi chaqueta y me fui. Que quede claro para siempre: no vi nada, no sé nada, y no me interesa saberlo.
Lo que hagáis es cosa vuestra. Solo una cosa, y no lo repito: arregladlo antes de febrero, o esto os va a explotar en la cara de una manera que ni una campaña de celos va a poder maquillar. Cuídate. S.
La leo dos veces. Y siento algo raro, algo que no esperaba sentir por una chica a la que estoy usando para fingir un romance por dinero: gratitud.
Sloane no me debe nada. Sloane podría vender lo que vio el sábado por un buen pico y ser trending una semana.
Podría usarlo para renegociar su contrato con Nectar, para hacerse la víctima, para mil cosas.
Y en vez de eso me manda un mensaje a las once de la noche para decirme, básicamente, que mi secreto está a salvo con ella, y de paso un consejo que es el mejor que me ha dado nadie en un mes.
No lo hace por cariño. Apenas me conoce.
Lo hace por decencia, que es más raro y más valioso, porque el cariño se puede fingir y la decencia no: la decencia es lo que haces con la gente que te da igual, cuando nadie te obliga y nadie te mira.
Sloane es la persona más honesta que hay ahora mismo en toda esta historia. La única que no finge que no finge.
Le contesto: Gracias, Sloane. De verdad.
Y ella, un minuto después: No me des las gracias. Arréglalo. Buenas noches.
No me voy a la cama. Me quedo en la cocina, y saco la caja del equipo de repuesto que tengo en el armario, los cables de sobra, los que no uso, y me pongo a hacer lo único que me calma cuando el pecho va lleno de números y el móvil está lleno de consejos que no sé seguir: enrollarlos.
Uno por uno, en ochos perfectos, iguales, ordenados.
El cable del micro de repuesto. Los dos alargadores.
El de los auriculares viejos. Los voy doblando en la mesa de la cocina, a oscuras, a las doce, a la una, a las dos, formando una pila de ochos idénticos que no le sirven a nadie para nada, porque no es el cable lo que estoy ordenando.
Un cable bien doblado es la única promesa que se cumple sola.
Lo pensé la primera noche de todo esto, hace un mes, en la regie, decidiendo qué versión del silencio de Harlow veía el mundo.
Y sigue siendo verdad, y es más verdad esta noche que ninguna, porque todo lo demás —mi madre, Harlow, el contrato, el tramo, el trece de febrero— es un nudo que no puedo deshacer por más que tire, y lo único que sé desenredar, lo único que me sale perfecto a la primera, son estos cables que no le importan a nadie.
A las tres de la mañana tengo una pila de ochos perfectos y ni un solo problema resuelto.
Me voy a la cama. Mañana hay que volver a Everett. Y pasado hay que grabar. Y en algún momento, entre las dos cosas, tengo que averiguar cómo sigo queriendo a Harlow Quinn mientras me encadeno cada día un poco más fuerte a la promesa de fingir que no la quiero.
No tengo ni idea de cómo se hace eso.
Pero se me da bien fingir. Llevo tres años entrenando. A lo mejor es lo único para lo que sirvo.