Mala costumbre Capítulo 13 — Doscientas personas
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Capítulo 13 — Doscientas personas

MALA COSTUMbrE

HARLOW

El evento de Nectar es en una azotea de Seattle, con vistas al puerto y a los ferris cruzando el agua gris, doscientas personas del sector con copas de vino en la mano, y Beckett del brazo de otra toda la noche.

Por guion. Que quede claro. Es la segunda de las tres apariciones pactadas de Sloane, y consiste en esto: Beckett y ella circulando por el cóctel como una parejita que se está conociendo, riéndose juntos, posando para las fotos que el equipo de Nectar sube en tiempo real con la etiqueta de la campaña.

Y yo circulando por mi cuenta, con mi copa de vino que no me bebo, sonriendo a gente del sector, siendo la mejor amiga que se alegra por su amigo, y muriéndome por dentro con una elegancia que solo yo sé lo que me cuesta.

Y lo peor, otra vez, no es lo que parece.

Lo peor no es Sloane. Sloane me cae bien, de hecho, en la medida en que he podido tratarla: es una profesional, hace su trabajo, y cada vez que se cruza conmigo me lanza una mirada que dice «esto es una tontería, tú y yo lo sabemos, aguanta».

No. Lo que me está matando es más específico y más patético: es que sé exactamente qué fotos van a salir de esta noche.

Las estoy componiendo en mi cabeza según pasan.

Beckett riéndose con Sloane junto a la barandilla, con el puerto de fondo: esa va a ser la foto principal, la miniatura de la galería, la que use Nectar para la campaña.

Beckett poniéndole la mano en la espalda a Sloane para pasar entre la gente: esa la va a clipear harckettproofs y la va a comparar con la que me hizo a mí Callum.

Beckett y Sloane brindando: story de veinticuatro horas.

No puedo dejar de encuadrar. Es mi maldición y esta noche es mi tortura.

Otra mujer, en mi situación, sentiría celos y ya.

Yo siento celos y además, a la vez, no puedo apagar la parte de mi cabeza que está haciendo el plan de contenidos de mi propio sufrimiento.

Veo a Beckett con otra y lo primero que pienso es en el rendimiento de la imagen.

Estoy tan rota como cualquiera y encima me odio por la manera en que lo estoy procesando.

Beckett me busca con la mirada un par de veces, por encima del hombro de Sloane, y yo aparto los ojos, porque no le pienso dar la satisfacción de que vea que me afecta, y porque si le sostengo la mirada tres segundos, en esta azotea, delante de estas doscientas personas, no respondo de la cara que voy a poner.

Circulo. Hago mi trabajo, que esta noche consiste en ser vista siendo feliz.

Hablo con una productora de otra red que quiere «explorar sinergias», con dos creadores más jóvenes que nos admiran y me dicen que somos su referente, que ellos empezaron por nosotros, que la amistad que tenemos Beckett y yo es lo que les hizo creer que se podía hacer esto sin acabar odiándose.

Les sonrío y les doy las gracias y me trago la carcajada amarga que se me sube, porque si supieran.

Si supieran que su referente de amistad sana lleva un mes acostándose a escondidas con su mejor amigo, mintiéndole a una marca, usando a un remero como arma y a punto de reventarlo todo.

Somos el modelo. Somos lo que la gente joven del sector quiere ser.

Y por dentro estamos podridos los dos, y encima cobramos por el modelo.

Miro la hora en el móvil sin querer, un gesto reflejo, y llevo toda la noche haciéndolo: contando cuánto falta para poder irme. Como en los sitios donde uno finge estar bien.

Sloane se me acerca en un momento en que Beckett está atrapado hablando con un directivo. Se coloca a mi lado, mirando las dos hacia el puerto, como dos desconocidas que coinciden en una barandilla.

—Lo estás llevando muy bien —dice, sin mirarme, dándole un sorbo a su copa—. Mejor que la mayoría. La mayoría se le nota.

—No sé de qué me hablas —digo.

—Ya. —Una pausa—. Mira, no es asunto mío, y te juro que no quiero que lo sea, que bastante tengo con lo mío.

Pero llevo diez años haciendo esto, poniendo cara de novia de gente que no me importa, y sé leer una sala.

Y esta sala, para mí, está clarísima. —Se gira un segundo, me mira, y hay algo casi amable en su cara profesional—.

Solo te voy a decir una cosa y ya no vuelvo a sacar el tema: ten cuidado esta noche.

Estás muy guapa, estás muy enfadada, y las dos cosas juntas hacen que la gente cometa tonterías.

Yo esta noche, si fuera tú, no me quedaría a solas con nadie.

Y se va, con su copa, a seguir haciendo su trabajo, dejándome con la boca medio abierta y la certeza incómoda de que Sloane Barrett acaba de avisarme de algo que yo todavía no me había confesado que iba a hacer.

Encuentro a Beckett en el guardarropa una hora después, y no es casualidad, y los dos lo sabemos.

Ha sido una coreografía silenciosa, de las nuestras.

Él ha ido hacia el pasillo interior, hacia los baños y el guardarropa, lejos del ruido de la azotea, y yo he esperado noventa segundos y he ido detrás, y ninguno de los dos ha dicho «vamos», porque a estas alturas ya no hacen falta las palabras: llevamos un mes comunicándonos por la puerta de atrás, por turnos, por miradas de tres segundos.

El guardarropa es una sala pequeña con perchas y abrigos, mal iluminada, con la música del cóctel llegando amortiguada desde el otro lado de la pared.

Doscientas personas al otro lado de esa pared. Y nosotros dos aquí.

—No deberíamos estar los dos aquí —digo, que es lo que digo siempre y ya no significa nada.

—Ya lo sé.

—Sloane me acaba de avisar de que no me quede a solas con nadie.

—Sloane es lista.

—Sloane es lista —repito—. Y aquí estamos.

Y lo que empieza como la pelea de la cabina, que sigue sin resolverse, que llevamos cuatro días arrastrando, se convierte en otra cosa en el espacio de tres frases, porque con nosotros la rabia y el deseo son la misma corriente y nunca he sabido dónde termina una y empieza el otro.

—Llevo toda la noche viéndote con ella —digo, y me sale más áspero de lo que quería, más verdad—.

Del brazo. Riéndote. Sé que es mentira, sé que es guion, y me da igual, porque la que está aquí sola, componiendo las fotos de mi propia humillación en la cabeza, soy yo.

Y la que tiene que sonreír y decir «qué bien, Beckett, me alegro» soy yo.

Y estoy hasta el moño, Beckett. Hasta el moño de fingir que no me importa.

—A mí tampoco me da igual verte con Callum —dice él, y da un paso—. ¿Crees que no? Me pasé toda tu grabación con el remero subiendo el volumen de nada para no romper algo. Estamos en las mismas.

—Pues qué bien se nos da hacernos daño.

—De maravilla —dice, y da otro paso, y ya está demasiado cerca—. Se nos da de maravilla. Y encima nos pagan.

Y no sé quién cruza el último medio metro. Creo que soy yo. Da igual.

No lo voy a contar con detalle, pero diré que esta vez es distinto a las otras, y no para bien.

Las otras veces había ternura debajo, incluso con el riesgo, incluso con la prisa.

Esta no. Esta es rabia, es cuatro días de pelea sin resolver, es dos personas haciéndose daño de todas las maneras que saben, incluida esta, que resulta que también es una manera de hacerse daño.

Nos besamos como quien discute. Le agarro de la camisa buena, la que se ha puesto para el evento, seguramente la única camisa buena que tiene, y me da igual arrugársela, y él me tiene contra la pared de las perchas con una urgencia que no tiene nada de dulce, y los abrigos de doscientos desconocidos se nos vienen encima, y la música sigue sonando amortiguada al otro lado, y en algún momento pienso, con la parte de la cabeza que nunca se apaga del todo, que estamos haciendo esto a diez metros de la marca que nos paga por no hacerlo, y que esa cercanía —doscientas personas, una pared— es exactamente lo que lo hace insoportable y lo que lo hace irresistible, las dos cosas, siempre las dos cosas.

Y esta vez el texto se corta antes. Porque esta vez no llegamos. Porque a mitad, con la ropa a medio deshacer y la respiración entrecortada, la puerta del guardarropa se abre.

Nos separamos como dos imanes del mismo polo, con una velocidad que hace daño, y yo me giro hacia las perchas fingiendo buscar un abrigo y Beckett se pasa la mano por el pelo mirando al techo, y en el marco de la puerta, con la mano todavía en el pomo, está Sloane.

Nos mira. Un segundo. Dos.

Ve exactamente lo que hay que ver: dos personas a un metro escaso una de otra, con la ropa mal, con las caras rojas, con la respiración alta, en un guardarropa a oscuras, habiéndose separado medio segundo tarde.

No hay ninguna manera de que esto parezca otra cosa.

No hay coartada posible. Sloane lo ve todo, lo entiende todo, y yo veo en su cara el momento exacto en que confirma lo que ya sospechaba desde la barandilla.

Y no dice nada.

Se queda medio segundo más, con la mano en el pomo, y luego dice, con una tranquilidad de hielo, mirando a un punto neutro entre los dos:

—Vengo a por mi chaqueta. La gris. —La coge de una percha, sin mirarnos—. Beckett, te tocan fotos en cinco minutos, te están buscando. Harlow, tienes carmín en la barbilla. —Se pone la chaqueta—. Yo no he entrado aquí. Buenas noches.

Y se va, cerrando la puerta detrás de ella con un cuidado que es casi delicadeza, dejándonos a los dos petrificados entre los abrigos, con la música amortiguada y el corazón a mil y la certeza absoluta de que acabamos de estar a medio segundo del desastre, y de que solo nos ha salvado la decencia de una mujer a la que estamos usando para fingir que no somos lo que somos.

Me limpio el carmín de la barbilla con el dorso de la mano. Beckett se arregla la camisa, la buena, la arrugada. Ninguno de los dos dice nada, porque no hay nada que decir que no sea del tamaño de lo que acaba de pasar, y lo que acaba de pasar es demasiado grande para esta sala.

Sale él primero. Yo espero. Cuento noventa segundos entre los abrigos de doscientos desconocidos, mirando la puerta por la que se acaba de ir la única persona que podía habernos hundido esta noche y ha elegido no hacerlo, y pienso que le debo una a Sloane Barrett, y que nunca voy a poder pagársela, porque para pagársela tendría que reconocer la deuda, y reconocer la deuda es reconocer lo que hay entre Beckett y yo, y eso no se lo he reconocido ni a mí.

En el coche de vuelta a Bellwood, de noche, con la I-5 vacía y la lluvia empezando otra vez, no decimos nada durante media hora.

Beckett conduce. Yo miro por la ventanilla.

Y el silencio no es de los cómplices ni de los de después: es un silencio de haber visto, los dos, a la vez, lo cerca que ha estado el precipicio.

—Nos ha salvado Sloane —digo, al fin.

—Ya.

—La chica a la que estás fingiendo querer. Nos ha salvado ella. ¿Te das cuenta de lo enfermo que es esto?

—Me doy cuenta de todo, Harlow. —Tiene las dos manos en el volante, los nudillos un poco blancos—. Llevo un mes dándome cuenta de todo y no sirve de nada darse cuenta si no cambias nada.

Tiene razón. Esa es la peor parte. Que los dos nos damos cuenta de todo —de que nos hacemos daño, de que jugamos con gente que no lo sabe, de que estamos a medio segundo del abismo cada semana— y no cambiamos nada, porque no sabemos cómo, o porque no queremos, o porque nos pagan por no hacerlo, o por las tres cosas trenzadas en un nudo que no sé deshacer.

—Beckett.

—Qué.

—Ya no somos una mala costumbre —digo, mirando la lluvia deshacerse en el cristal—. Una mala costumbre es fumarte un cigarro cuando lo has dejado. Una mala costumbre tiene arreglo. Esto no. Esto ya no es una costumbre.

—¿Y qué es?

Lo pienso. Miro los faros de los coches que vienen de frente barriendo el interior del coche cada pocos segundos, iluminándonos y dejándonos a oscuras, iluminándonos y dejándonos a oscuras.

—Es una cuenta atrás —digo—. Que es distinto. Una costumbre puede durar para siempre. Una cuenta atrás termina. Y la nuestra termina el trece de febrero, en un escenario, con un boli en la mano. Solo que no sé qué va a explotar antes: si el reloj o nosotros.

Beckett no contesta. Los faros nos barren otra vez. Y seguimos hacia Bellwood en la oscuridad, dos personas que se hacen daño y no pueden parar, con una fecha corriéndoles en contra y doscientas personas a nuestras espaldas que esta noche han estado a medio segundo de saberlo todo.