Capítulo 12 — Frame a frame
MALA COSTUMbrE
BECKETT
El directo ciento diecisiete es el peor programa que hemos hecho nunca y el que más gente ve en tiempo real, y esas dos cosas, he aprendido este mes, suelen ser la misma.
Es un directo especial de la campaña, un martes, con Sloane invitada por primera vez.
Estamos los tres en el estudio: Harlow a mi izquierda, Sloane a mi derecha, y en medio yo, que es exactamente la posición física que resume mi vida ahora mismo.
El chat está a reventar. Theo, en la regie, tiene los concurrentes en pantalla y la boca haciendo el gesto del que ve subir un número que no se creía.
Todo el mundo ha venido a ver esto: a la mejor amiga y a la nueva, en la misma sala, por primera vez.
Y lo que ven es un programa encantador. Eso es lo terrible.
—Sloane, cuéntales cómo os conocisteis Beckett y tú —dice Harlow, con una sonrisa de anfitriona perfecta, tendiéndole el pie con una generosidad que solo yo sé leer como lo que es: el primer disparo.
—Pues fue una cosa muy de casualidad —dice Sloane, que se sabe su papel—. Coincidimos en un evento, empezamos a hablar, y ya está. Nos estamos conociendo, sin prisa.
—«Sin prisa» —repite Harlow, y le da un golpecito cariñoso a la palabra, un cuarto de vuelta, y el chat se ríe sin saber por qué se ríe—. Qué bonito. Beckett es de los que van sin prisa. Tres años me costó a mí que se aprendiera mi pedido de café.
—Es verdad —digo, entrando en el aire con mi voz de directo, la de dos grados más majo—. Soy lento. Pero cuando algo me importa, me aprendo hasta el orden de los sobres de azúcar.
—Ah, ¿ahora te importa? —dice Harlow, ligera, risueña, y le pone al «ahora» un peso que solo pesa para mí—. Qué suerte la de Sloane.
Y el chat se ríe, y Sloane sonríe su sonrisa de guion, y nadie —nadie de los cuatrocientos mil que están viendo esto— sabe que Harlow y yo acabamos de decirnos, delante de todos, que sé perfectamente lo que le hice la semana pasada, que ella sabe que lo sé, y que esto es una guerra.
—A ver, contadme una cosa —dice Harlow, girándose hacia los dos con la cara de quien va a hacer una pregunta inocente—.
Porque yo llevo tres años trabajando con Beckett y me interesa el punto de vista externo.
Sloane, tú que le acabas de conocer: ¿qué impresión da?
Porque la gente que le conoce de fuera siempre me dice lo mismo, que parece muy abierto y luego resulta que no cuenta nada.
Que se guarda las cosas. ¿A ti también te lo parece?
Es brillante. Es cruel y es brillante, y solo yo sé cuánto.
Porque está usando a Sloane, que no tiene ni idea, para decirme a mí, delante de todos, que soy un hombre que se guarda las cosas, que no cuenta nada, que la enteré de lo suyo por una diapositiva.
Y lo dice con una sonrisa de entrevistadora curiosa que el chat aplaude por lo bien que lleva la conversación.
—Pues ahora que lo dices —contesta Sloane, que es demasiado lista para no oler que aquí pasa algo, aunque no sepa el qué—, sí que da esa impresión. De los que hay que sacarles las cosas con sacacorchos.
—¿Verdad? —dice Harlow, encantada—. Menos mal que no soy solo yo.
—Aquí el único que se está enterando de que tiene fama de reservado soy yo —digo, buscando la salida por el humor—, y me estoy enterando en directo, que es muy fuerte.
Risas. El chat lo adora. Cada frase tiene dos filos.
El que oye el chat es una broma entre amigos con una química deliciosa.
El que oigo yo es un cuchillo. Y llevamos así doce minutos, sonriendo, haciéndonos sangrar con frases que la audiencia colecciona como momentos adorables, y la parte más enferma de todo esto es que estamos dando el mejor directo de la temporada.
La guerra vende. Ya lo descubrimos. Ahora lo estamos monetizando en tiempo real.
—Una pregunta del chat —digo, buscando refugio en la sección de correo, porque necesito salir de este intercambio antes de que se me note demasiado—. «Beckett, ¿es serio lo tuyo con Sloane?»
Y aquí es donde meto la pata. Aquí, en directo, delante de cuatrocientos mil, con Harlow a mi izquierda.
Porque tendría que contestar con una broma y salir del paso. Y en vez de eso, no sé por qué —o sí sé por qué, porque Harlow me acaba de picar con lo del «ahora te importa» y una parte de mí quiere devolvérsela—, contesto en serio, o fingiendo en serio, que es peor:
—Nos estamos conociendo —digo, mirando a cámara—. Ya veremos. Me gusta cómo es.
Y mientras lo digo, me paso el pulgar por la ceja izquierda.
Lo hago sin darme cuenta. Es un gesto de nada, automático, un roce del pulgar sobre la ceja, medio segundo.
Lo hago cuando miento en directo, lo he hecho siempre, es mi versión de la goma de Harlow: ella se recoge el pelo, yo me toco la ceja, y ninguno de los dos sabe que lo hace, o eso creía yo hasta esta noche.
Lo hago al decir «me gusta cómo es» sobre una chica a la que conozco hace ocho días y con la que estoy fingiendo un romance por contrato, mientras a mi izquierda está sentada la persona por la que de verdad haría cualquier cosa.
Miento, y mi pulgar sube a mi ceja, y no lo controlo.
Harlow lo ve. Por el rabillo del ojo la veo verlo. Y hay algo en su cara, un reconocimiento, que no entiendo del todo en el momento y que entenderé más tarde, esta misma noche, cuando ya sea tarde.
El directo termina. Sloane se despide con profesionalidad, recoge sus cosas, me dice «buen programa, has estado creíble» con una ironía que agradezco, y se va.
Theo baja de la regie, suelta un «datos de locos, chicos, esto ha reventado» y sube a su despacho a mirar métricas.
Los becarios se van. Y nos quedamos Harlow y yo en el Búnker, con la guerra de doce minutos todavía caliente entre los dos y ningún público delante por primera vez en toda la noche.
—Ven —le digo—. A la sala.
La sala insonorizada es una cabina pequeña que usamos para grabar voces limpias, forrada de espuma por dentro, con una puerta pesada que sella.
Es el único sitio de todo el edificio donde no hay ni un micro abierto, ni una cámara, ni la posibilidad de que nada de lo que se diga quede registrado.
Entramos los dos. Cierro la puerta. Y en cuanto el sello hace ese ruido de vacío, el silencio se vuelve absoluto, y por fin, por primera vez en horas, podemos dejar de actuar.
—¿Qué coño ha sido eso? —digo, y mi voz, sin el filtro del Beckett de directo, suena áspera, más mía—. ¿Callum Reyes? ¿En serio? ¿Me sacas al remero más guapo del campus y le pones la mano en el brazo en el minuto veinte?
—¿Y tú qué? —Harlow no se achica, nunca se achica—. ¿«Me gusta cómo es»? ¿Delante de cuatrocientas mil personas? Ni siquiera te habías dignado a decirme que ibas a hacer lo de Sloane, Beckett. Me enteré en una reunión. Por una diapositiva. Como el chico del catering.
—Porque sabía que te ibas a poner así.
—¡Me pongo así porque no me lo contaste!
¿No lo ves? No estoy enfadada por Sloane.
Sloane me da igual, sé lo que es Sloane.
Estoy enfadada porque tomaste una decisión que me pintaba a mí de mejor amiga celosa delante de dos millones de personas y no tuviste ni la decencia de avisarme.
Me trataste como a una empleada. Y yo pensaba que era...
—Se para. No lo dice. Los dos sabemos lo que iba a decir y ninguno lo dice, porque decirlo sería nombrar lo que somos, y lo que somos no tiene nombre permitido.
—¿Pensabas que eras qué? —digo, más bajo.
—No importa.
—Dilo.
—No. —Se cruza de brazos—. No lo voy a decir yo primero. No después de lo de esta semana. No en una cabina insonorizada a escondidas como dos delincuentes. Si vamos a decir esa palabra, Beckett, no va a ser aquí.
Y tiene razón, y me callo, porque no tengo argumento.
Es la conversación más honesta que hemos tenido en un mes y la estamos teniendo en el único metro cuadrado del mundo donde no puede oírnos nadie, encerrados en una caja forrada de espuma para que ni el eco escape, y eso —el hecho de que la única verdad que nos permitimos sea la que cabe en una habitación sellada— lo dice todo sobre en qué nos hemos convertido.
Fuera de esta caja, mentimos los dos, a todo el mundo, todo el rato.
Dentro, nos gritamos la verdad. Y la caja mide dos metros por dos.
—Esto no puede seguir así —digo.
—Ya lo sé.
—Nos estamos haciendo daño.
—Ya lo sé, Beckett. —Y por primera vez se le quiebra un poco la voz, solo un poco, y aparta la cara—. Ya lo sé. Pero no sé cómo parar. Y tú tampoco. Y encima nos pagan por no parar.
Nos quedamos en silencio en la caja, los dos, sin resolver nada, porque no hay nada que resolver que no pase por decir en voz alta cosas que ninguno de los dos está listo para decir.
Al final salgo yo primero. Abro la puerta pesada, el sello se rompe con un golpe de aire, y el ruido normal del mundo —los ventiladores, la nevera, el zumbido de la regie— vuelve de golpe, y con él la obligación de volver a fingir.
La dejo sola en la cabina. Es lo más cobarde que hago en todo el día, y he hecho unas cuantas cosas cobardes.
En casa, esa noche, cometo el error de mirar el fandom.
No suelo hacerlo. Harlow gestiona esa parte; yo prefiero no saber lo que dicen de nosotros, porque saberlo te cambia, te hace actuar para ellos sin querer.
Pero esta noche, con la pelea de la cabina todavía en el cuerpo, entro en el hilo que está por todas partes, el que ha explotado después del directo, el de una cuenta que se llama harckettproofs y que Harlow ha mencionado alguna vez con una risa incómoda.
Y me encuentro con esto:
Un hilo. Título: «El tic de Beckett: una investigación».
Y debajo, ordenados, con fecha y minutaje, siete clips.
Siete. De siete directos distintos, a lo largo de meses.
Y en cada uno, un primer plano de mi cara en el momento exacto en que me paso el pulgar por la ceja izquierda.
Y al lado de cada clip, harckettproofs ha anotado qué estaba diciendo yo en ese momento.
Y el patrón, cuando lo ves ordenado, es indiscutible: en los siete clips estoy diciendo algo que no es verdad.
«No, si a mí el café solo me gusta.» (Me encanta con leche.) «Que no, que no estoy cansado.
» (Llevaba dos noches sin dormir.) «Nos estamos conociendo, me gusta cómo es.
» (La conozco hace ocho días.) Siete mentiras, siete veces el pulgar en la ceja, catalogadas por una desconocida con una paciencia de entomóloga.
Se me queda frío el sitio donde la nuca se junta con la espalda.
Porque yo no sabía que hacía eso. Llevo veintidós años con este gesto y no sabía que existía hasta que una persona a la que no he visto nunca me lo ha puesto delante en siete clips con marca de tiempo.
Hay alguien ahí fuera que me conoce mejor de lo que me conozco yo.
Que ha detectado, estudiado y documentado un tic que ni mi madre sabe que tengo.
Y no lo ha hecho por maldad —el hilo es incluso cariñoso, lleno de «lo adoro», «es tan él»— sino por amor, por esa devoción del fandom que estudia lo que quiere hasta conocerlo por dentro.
Y entonces caigo en la otra cosa, la que me hiela de verdad, y tengo que sentarme.
Si harckettproofs sabe que me toco la ceja cuando miento, entonces esta noche, en directo, cuando he dicho «me gusta cómo es» de Sloane y me he tocado la ceja, harckettproofs lo ha visto.
Y lo ha anotado. Es literalmente el clip número siete de su hilo.
Lo cual significa que hay una persona ahí fuera que ahora mismo sabe, con pruebas, que le he mentido a cuatrocientas mil personas sobre Sloane.
Que sabe que lo de Sloane es falso. Y que está a un solo paso —a una sola pregunta— de preguntarse por qué miento sobre Sloane, y de mirar hacia la izquierda del plano, hacia la persona que sí es verdad.
Cierro el móvil. Me quedo a oscuras en mi cocina, con la nevera en si bemol, pensando una frase que no consigo quitarme.
Nos conocen mejor que nosotros. Llevamos un mes creyéndonos muy listos, muy sigilosos, con nuestras salidas por turnos y nuestros zumbidos inventados, y hay dos millones de personas mirándonos con lupa, y por lo menos una de ellas ya tiene la primera prueba en la mano y ni siquiera sabe todavía lo que tiene.
Y me acuerdo, de repente, sin querer, de una noche hace un mes.
De Harlow en mi cama, alargando la mano y tocándome la ceja izquierda con el pulgar, sin motivo, «solo por tocarla», y de mí cerrando los ojos.
Ella tocó, sin saberlo, el punto exacto donde me delato.
El único sitio de mi cara que cuenta mis mentiras.
Y lo tocó con ternura, en la única noche en que no le estaba mintiendo a nadie.
No sé por qué eso es lo que me rompe. Pero es lo que me rompe.
CHIRP — Just Friends fandom
@harckettproofs · hace 2 h
HILO: «El tic de Beckett: una investigación» 🧵
llevo meses recopilando esto y el directo de hoy me ha dado la pieza que faltaba. minuto 12:40 del #117: Beckett dice «me gusta cómo es» sobre sloane y SE TOCA LA CEJA IZQUIERDA. igual que en los otros seis clips. abro hilo con todos ⬇️
14 mil reposts
@harckettproofs · hace 2 h
clip 1: «a mí el café solo me gusta» (mentira, le encanta con leche, lo dijo en el #71)
clip 2: «no estoy cansado» (#89, tenía ojeras hasta el suelo)
clip 3, 4, 5, 6... siempre lo mismo. dice algo que no es verdad → pulgar a la ceja. es INVOLUNTARIO. no lo sabe
@beckettsgirl_04 · hace 1 h
esto me parece un poco invasivo la verdad 😬 el chico tiene un tic nervioso y lo estáis usando como detector de mentiras. dejadle en paz
@harckettproofs · hace 1 h
beckettsgirl con todo el respeto: si el tic solo aparece cuando MIENTE, entonces hoy ha mentido diciendo que le gusta sloane. yo solo expongo datos. las conclusiones las sacáis vosotros 🧵
@lurker_wa · hace 47 min
a ver, si esto es verdad (y los siete clips son bastante convincentes, lo reconozco), la pregunta no es si miente sobre sloane. la pregunta es POR QUÉ un tío mentiría sobre estar interesado en una chica guapísima que le hace ojitos en directo. ¿qué gana con eso? ¿o mejor dicho: qué protege?
@harckettproofs · hace 30 min
lurker otra vez haciendo LA pregunta buena. «qué protege». guardo este hilo. algo me dice que dentro de unos meses lo vamos a releer 🧵
@MODMARCY · hace 11 min
Cierro el hilo y borro los clips. No por censura: por decencia. Ese chico no ha dado permiso para que le hagáis un estudio forense de la cara. Lo que un cuerpo hace sin querer no es asunto nuestro. Os lo pido por favor, que llevo tres años pidiéndoos poco: esto no. A este no lo tocáis.