Capítulo 11 — Contraprogramación
MALA COSTUMbrE
HARLOW
Me entero de que Beckett va a fingir un romance con otra en una reunión de contenidos, un jueves, delante de seis personas.
No me lo cuenta él. No me manda un mensaje la noche antes, no me lleva a un rincón cinco minutos antes de la reunión, no me da ni el aviso mínimo que se le da a un compañero de trabajo, no ya a la persona con la que te acuestas desde hace un mes.
Me entero como se entera el resto del equipo: por una diapositiva.
Theo está pasando el calendario del Just Friends Challenge, con Sloane Barrett y sus tres apariciones marcadas en naranja, y en algún punto entre «pieza uno» y «pieza dos» mi cerebro procesa lo que está viendo y el resto de la reunión se convierte en ruido blanco.
Sloane Barrett. Amiga especial de Beckett. Tres apariciones. Empezando hoy.
Y lo peor no es Sloane. Que quede claro, porque me lo repito toda la reunión para no hacer nada de lo que me arrepienta: lo peor no es que exista Sloane.
Sé perfectamente lo que es esto, lo huelo a un kilómetro, es contenido de celos, es una campaña, es puro artificio de marca, y Sloane Barrett probablemente sea una profesional que cobra por poner cara de novia y a la que lo nuestro le importa exactamente cero.
Sloane no es la herida. Sloane es una actriz haciendo su papel.
La herida es que me entero en una reunión. Delante de todos. Como una empleada.
Que Beckett —Beckett, que me trajo comida tailandesa bajo la lluvia, que me quitó la goma del pelo, que me dijo «para de escucharme tanto», que hace cuatro días me dijo en un coche «me asusta todo»— haya tomado una decisión que me convierte a mí, a mí, en el personaje de la mejor amiga celosa para dos millones de personas, y no haya tenido ni la decencia, ni el valor, ni el respeto de decírmelo antes.
De dejar que me entere por una diapositiva naranja en una sala con Theo, dos becarios y la nueva coordinadora de campaña tomando notas.
Miro a Beckett a través de la mesa. Él ya me está mirando.
Y tiene la cara —lo conozco, le leo la cara mejor que nadie— de quien sabe exactamente lo que ha hecho y sabe exactamente que está mal y no va a poder arreglarlo, esa cara de perro que ha roto algo y espera el periódico.
Baja los ojos a la mesa. Y con ese gesto, con que baje los ojos en vez de sostenerme la mirada, me confirma todo: que podía habérmelo dicho, que eligió no hacerlo, y que ahora mismo lo único que siente es vergüenza, que es el sentimiento más inútil del mundo, porque la vergüenza es lo que sientes cuando ya es tarde.
—¿Harlow? —dice Theo—. ¿Te parece bien el calendario?
Y aquí es donde tengo que decidir, en medio segundo, qué clase de persona soy.
Puedo montar una escena. Puedo decir «no, no me parece bien, ¿por qué soy la última en enterarme de esto?
», y quedar como la mejor amiga celosa de verdad, delante de todos, confirmando en la vida real el personaje que la campaña quiere que interprete.
Puedo darle a Nectar, gratis, el contenido que buscan.
O puedo hacer lo que se me da mejor que nada en el mundo, que es tragar, sonreír, y guardarme la reacción para convertirla, más tarde, con calma, en algo mucho peor que una escena.
—Me parece bien —digo, con una sonrisa que no me cuesta nada porque llevo tres años fabricándola—. Suena divertido. Los celos venden. —Y miro a Beckett, un segundo, a los ojos, para que sepa que esto no ha terminado, ni de lejos—. A ver qué tal actúo de despechada.
—Vas a estar estupenda —dice Theo, con cuidado, porque Theo sabe leer una sala—. Seguimos.
Seguimos. Yo tomo notas. Sonrío en los sitios donde toca sonreír. Y por debajo de la mesa, en la parte de mi cabeza que no descansa nunca, ya he empezado a diseñar la respuesta.
Porque Beckett ha cometido un error de cálculo.
Cree que esto va de Sloane. Cree que el juego es él saliendo con otra y yo poniendo cara de celosa.
Se ha olvidado de una cosa: que la que produce este programa soy yo.
Que la que decide qué se graba, qué invitados vienen, qué miniatura se pone, qué momento se convierte en clip, soy yo.
Beckett controla el audio. Yo controlo la narrativa.
Y acaba de darme, sin querer, la mejor razón que he tenido nunca para usar ese control.
Si quieren contenido de celos, van a tener contenido de celos.
Solo que no el que ellos han planeado.
Callum Reyes es remero, de cuarto, y es, objetivamente, una de las personas más guapas del campus.
Lo conozco de vista, como conoce todo el mundo a los remeros, y sé lo justo de él: que es majo, que es un poco simple en el buen sentido, que tiene una risa fácil y contagiosa y cero doblez.
Es, en otras palabras, el invitado perfecto.
No para el programa. Para lo que yo tengo en mente.
Lo llamo esa misma tarde. Le digo que estamos haciendo una serie de episodios con invitados del campus, gente interesante, y que hemos pensado en él.
Callum se pone contentísimo, porque a Callum le hace ilusión todo, y dice que sí antes de que termine de explicarle.
Cierro la grabación para el martes que viene.
Y luego hago la parte que de verdad importa, la que se me da bien, la que hago con la frialdad de una francotiradora: lo produzco.
Elijo el ángulo de cámara que mejor favorece a Callum.
Preparo preguntas diseñadas para que se ría —esa risa suya, contagiosa, la que va a quedar de maravilla en el clip—.
Pienso la miniatura antes de grabar: Callum y yo riéndonos, muy juntos, con un título como «¿NUEVO FICHAJE?
👀». Diseño el momento exacto, sobre el minuto veinte, en que le pondré la mano en el brazo mientras me río de algo que diga, un gesto de nada, absolutamente inocente, que sé —porque llevo tres años estudiando a esta audiencia— que el fandom va a diseccionar fotograma a fotograma.
No voy a hacer nada. Ese es el arte. No voy a hacer absolutamente nada que se pueda señalar.
Solo voy a colocar, con precisión de cirujana, una serie de gestos perfectamente inocentes en el sitio exacto donde exploten.
Beckett quiere jugar a los celos con Sloane. Vale. Pero él está jugando con las cartas de Nectar, con un guion escrito por otros, con una actriz contratada. Yo voy a jugar con las mías. Y las mías son de verdad, o lo parecen, que en este oficio es lo mismo y es peor.
Es una idea horrible. Lo sé mientras la diseño.
Sé que estoy a punto de usar a un chico majo y sin doblez como un arma en una guerra que él no sabe que existe, que voy a convertir a Callum Reyes en munición contra Beckett sin que ninguno de los dos haya dado su consentimiento a estar en esta batalla.
Sé que es exactamente la clase de cosa que haría mi madre: usar a una persona real como material para una historia.
Y lo hago igual, porque estoy dolida, y porque cuando estoy dolida me vuelvo muy buena en lo único que sé hacer, que es contar historias que hacen daño.
La grabación del martes es un pequeño desastre moral perfectamente ejecutado.
Callum llega puntual, encantador, con una camiseta que se ha planchado para la ocasión, y es todo lo que esperaba: gracioso sin querer, generoso, incapaz de sospechar que es un peón.
Grabamos. Yo estoy espectacular. Me río de sus chistes con la risa buena, la que clipea, la que reservo, y la reservo a propósito esta vez, la saco calculada, porque sé quién la va a oír y sé lo que va a pensar.
Le pongo la mano en el brazo en el minuto veinte, exactamente donde lo había planeado.
Le pregunto por su vida amorosa con una sonrisa que promete cosas que no voy a cumplir. Todo inocente. Todo mortal.
Y a mitad de la grabación, en un momento en que Callum se está riendo de algo, echando la cabeza atrás con esa risa suya sin maldad, me miro haciendo esto y me doy asco.
Me doy asco de verdad, con el estómago, no de manera abstracta.
Porque Callum no ha hecho nada. Callum es un buen chico que ha venido ilusionado a un programa creyendo que le hemos invitado porque somos interesantes, y yo lo estoy usando, lo estoy convirtiendo en un cartel para provocar a un hombre que está en la sala de al lado, y Callum nunca lo va a saber, y esa es la parte más sucia: que mi crueldad es invisible incluso para su víctima.
Callum va a irse de aquí pensando que ha sido una tarde estupenda.
Y va a serlo, para él. Solo que también habrá sido, sin que él lo sepa, el arma con la que le he hecho daño a otro.
Podría parar. En ese momento, con el asco en el estómago, podría reconducir la grabación, quitarle la sal, hacer un episodio normal y decente y no usar a nadie.
No paro. Sigo. Porque el asco no es más fuerte que el dolor, y el dolor quiere sangre, y yo sé cómo sacarla.
Termino la grabación exactamente como la había diseñado.
Le doy las gracias a Callum, que se va feliz, sin enterarse de nada, y en cuanto sale por la puerta abro el programa de edición y empiezo a montar el clip con la precisión de quien sabe exactamente qué botón aprieta y a quién le va a doler.
Beckett está en la sala de control durante toda la grabación.
Se supone que revisa niveles. Lo veo por el cristal: no revisa nada.
Tiene los faders quietos y la mirada fija en el monitor donde salgo yo con Callum, y a lo largo de la hora lo veo subir el volumen del canal ambiente —el ruido de la sala, el nada— tres veces, sin motivo técnico ninguno, que es lo que hace Beckett con las manos cuando lo que quiere es hacer otra cosa con ellas.
Sube el volumen de nada. Es su manera de apretar los puños.
No hablamos al terminar. Él recoge sus cosas y yo las mías, y cada uno se va por su lado, y el silencio entre nosotros ya no es el silencio cómplice de las últimas semanas, es un silencio con filo, el primero.
El episodio con Callum sale el viernes. Y el lunes tengo los datos.
Son los mejores de la temporada. Mejores que el anuncio de la renovación.
Mejores, incluso, que la noche en que me dejaron en directo.
El clip de Callum y yo riéndonos vuela; el fandom enloquece, se parte en bandos, teoriza durante días sobre si hay algo entre la presentadora y el remero.
La miniatura que diseñé —«¿NUEVO FICHAJE?
👀»— tiene una tasa de clic que Theo describe como «indecente».
Nectar está encantada: la campaña de celos funciona incluso mejor de lo que esperaban, aunque no exactamente como la planearon, porque los celos que están generando no son los que ellos escribieron.
Miro los números el lunes por la noche, en mi cuarto, sola, con Nadia durmiendo en la habitación de al lado. Los mejores datos de nuestra carrera. Y siento las dos cosas de siempre, las que ya no sé separar: el subidón profesional de haberlo clavado, y por debajo, exacto, el asco.
Porque acabamos de descubrir una cosa, Beckett y yo, sin decírnosla, cada uno desde su lado de la guerra. Hemos descubierto cuál es el mejor contenido que sabemos hacer. No es la química fingida. No son los consejos bonitos. No es la amistad platónica que nos paga las facturas.
Es hacernos daño.
Se nos da de maravilla. Y encima vende.
CHIRP — Just Friends fandom
@harckettproofs · hace 3 h
episodio nuevo. harlow con callum reyes (remero, 4º). le pone la mano en el brazo en el 20:14 y se ríe CON LA RISA. ya sabéis a qué risa me refiero. la de verdad. abro carpeta nueva
esto no es casualidad. harlow no hace nada por casualidad. esto es un MENSAJE
2,9 mil reposts
@beckettsgirl_04 · hace 2 h
un momento. UN MOMENTO. primero anuncian que beckett va a salir con la tal sloane barrett (girl no) y JUSTO después harlow saca un episodio babeando con un remero?? esto es una guerra. se están haciendo daño EN DIRECTO y yo no sé de qué lado ponerme porque los quiero a los dos juntos NO ASÍ
@lurker_wa · hace 2 h
o sea que él saca una novia falsa y ella saca un ligue falso la misma semana. dos personas que casualmente responden al movimiento del otro en menos de siete días. no sé qué os parece a vosotros pero la gente que no siente nada no contraprograma
@harckettproofs · hace 1 h
lurker acabas de decir en una frase lo que yo llevo tres carpetas intentando demostrar. «la gente que no siente nada no contraprograma». me lo tatúo 🧵
@beckettsgirl_04 · hace 58 min
esto va a acabar fatal y lo vamos a ver todo en directo y no voy a poder dejar de mirar
@MODMARCY · hace 20 min
Voy a fijar esto y no lo voy a repetir. Lo que está pasando entre Harlow y Beckett, sea lo que sea, es de ellos.
No nuestro. Llevo tres años cuidando de este espacio y no voy a permitir que se convierta en un circo a costa de dos personas que lo están pasando mal.
Disfrutad del programa. Dejadlos en paz. Y harckettproofs: la carpeta. Ya sabes.