Capítulo 10 — La novia sorpresa
MALA COSTUMbrE
BECKETT
El lunes por la mañana, Priya nos presenta la idea que va a joderlo todo con el mismo tono con el que se pide un café.
Es otra videollamada, otra vez sin Harlow —que tiene clase los lunes a esta hora, un seminario de periodismo de investigación al que no puede faltar, cosa que resultará importante— y con Theo a mi lado en el Búnker, el portátil entre los dos.
Priya sonríe su sonrisa óptima y comparte una diapositiva del plan de campaña del Just Friends Challenge, con su calendario de contenidos y sus hitos y sus flechas.
—El reto funciona —dice—, pero le falta motor emocional. La amistad platónica es bonita, pero es plana. La gente engancha con la tensión, no con la armonía. Así que hemos pensado en darle un poco de... sal.
«Sal.» Ya me está dando mala espina la palabra «sal».
—Beckett, esto va sobre todo contigo. —Priya cambia de diapositiva y aparece una cara que reconozco vagamente: una chica de mi edad, guapa de esa manera pulida de las que se ganan la vida siendo guapas en cámara, con un nombre debajo—.
Sloane Barrett. Seiscientos diez mil seguidores, contenido de estilo de vida, muy buena profesional.
La idea es incorporarla a la campaña como...
llamémosle una amiga especial. Tuya. Durante el otoño, tres apariciones pactadas: un episodio, un par de piezas de contenido conjunto, una aparición en un evento.
La narrativa es sencilla: Beckett, el mejor amigo eterno, empieza a salir con alguien.
¿Y qué le pasa a Harlow con eso? ¿Cómo reacciona la mejor amiga cuando el amigo por fin tiene novia?
Me quedo mirando la cara de Sloane Barrett en la diapositiva.
—Es contenido de celos —dice Theo, no como pregunta, traduciendo.
—Es tensión narrativa —dice Priya—. Que es lo que hace que la gente vuelva.
Mirad, os soy sincera: los datos del Challenge están bien pero no explotan.
Y esto explota. La audiencia lleva años shippeando a Harlow y Beckett.
Metemos a una tercera en la ecuación y esa audiencia se vuelve loca, defendiendo a Harlow, odiando a Sloane, teorizando.
Es engagement puro. Y es completamente inofensivo, porque todos sabemos que no es real: es una campaña.
Sloane sabe que es una campaña, cobra por ello, y en febrero, cuando firméis la renovación en el escenario, se disuelve sola. Nadie sale herido.
Nadie sale herido. Lo dice con la cara de quien de verdad lo cree, porque desde donde Priya mira, es verdad: en su hoja de cálculo, nadie sale herido. En su hoja de cálculo no hay una persona con la que me acuesto desde hace tres semanas que va a ver cómo me pasean por internet con otra.
Y aquí está el momento. El que voy a repasar muchas veces después.
Priya me mira, esperando, y Theo me mira, esperando, y lo correcto, lo evidente, lo que haría cualquier persona decente en mi situación, es decir: «dejadme que lo hable con Harlow».
Cinco palabras. «Dejadme que lo hable con Harlow.
» Porque aunque en el papel no seamos nada, aunque oficialmente no haya pasado nada, aunque el contrato diga que somos solo amigos, yo sé lo que somos de verdad, y lo que somos de verdad merece por lo menos que le pregunte antes de decir que sí a fingir un romance con otra delante de dos millones de personas.
No lo digo.
Digo:
—Me parece bien. ¿Cuándo empezamos?
Y lo digo rápido, antes de pensarlo demasiado, que es exactamente cómo se toman las decisiones de las que uno se avergüenza.
Lo digo por dos razones y quiero ser honesto conmigo sobre las dos, aunque solo una me deje dormir.
La primera razón es el dinero: si le pido consultarlo con Harlow, abro una conversación, y esa conversación puede terminar conmigo diciéndole que no a Priya, y decirle que no a Priya en mitad de la negociación de una renovación de seiscientos veinte mil dólares es la clase de cosa que hace que la gente de Nectar empiece a preguntarse si de verdad quiere renovar con nosotros.
Y yo necesito esa renovación. Necesito el tramo.
Necesito los treinta y tres meses de mi madre. Esa es la razón que me cuento.
La segunda razón, la que no me cuento, la que va por debajo, es más simple y más fea: es más fácil.
Es más fácil decir que sí en una reunión que tener la conversación con Harlow.
Es más fácil que me odie por una cosa hecha que discutir una cosa por hacer.
Llevo tres años siendo un cobarde con la puerta de al lado, sin atreverme a decirle lo que siento, y resulta que la cobardía, una vez que la tienes de costumbre, funciona en todas las direcciones: soy igual de cobarde para lo bueno que para lo malo.
No me atrevo a decirle que la quiero y no me atrevo a preguntarle si le importa que finja querer a otra.
Es la misma incapacidad. Solo que esta vez tiene forma de decisión de negocio, y eso me da un sitio donde esconderla.
—Perfecto —dice Priya—. Sloane está deseando conoceros. De hecho, si tienes un rato esta tarde, os presentamos.
—Esta tarde va bien —digo.
Y mientras lo digo pienso, con una parte lateral de la cabeza, en dónde está Harlow ahora mismo.
Está en el seminario de periodismo de investigación, en la tercera planta de Comunicación, tomando apuntes sobre verificación de fuentes y ética de la información, que es lo que más le importa del mundo, lo que estudia con un hambre que no le he visto ponerle a nada más.
A esta hora, un lunes, mientras yo acepto en su nombre y sin su permiso convertirla en el personaje de la mejor amiga celosa para dos millones de personas, ella está aprendiendo a hacer periodismo honesto.
Hay algo en esa coincidencia que debería pararme.
Que Harlow esté justo ahora en una clase sobre decir la verdad mientras yo, a dos edificios de distancia, acabo de firmar una mentira que la incluye sin avisarla.
No me para. Me lo apunto para sentirme mal luego, que es lo que hago con las cosas que debería sentir en el momento y no me dejo.
Theo no dice nada. Pero noto, a mi lado, que se ha quedado muy quieto. Otra vez esa quietud suya. La de alguien que está haciendo una cuenta y no le gusta el resultado.
Sloane Barrett llega al Búnker esa tarde con quince minutos de antelación, un café en la mano y una carpeta bajo el brazo, y en los primeros treinta segundos me desmonta todas las ideas que me había hecho de ella.
Esperaba a una influencer. Alguien de postureo, de sonrisa fácil, de las que hablan en superlativos.
Y lo que entra por la puerta es una profesional seca, eficiente, que me da la mano con firmeza, mira el sofá naranja con una ceja levantada —«¿esto es vintage o es que no tenéis presupuesto? »— y se sienta antes de que la invite.
—Vale —dice, abriendo la carpeta—. Antes de que nos pongamos simpáticos, dejadme que os cuente cómo trabajo, que ahorra tiempo.
Esto es un trabajo. Para mí y para vosotros.
No me gustas, no me caes mal, no tengo ninguna opinión sobre ti todavía y probablemente no la tenga nunca, y eso es bueno, porque significa que puedo hacer esto sin que se me metan sentimientos por medio.
—Saca un documento del calendario de contenidos, ya anotado con su letra—.
He mirado vuestro programa. He mirado los tres años de dinámica que tenéis tú y la tal Harlow.
Sé exactamente qué botones tengo que tocar para que la audiencia reaccione, y os aviso: los voy a tocar todos.
En el punto dos del guion tú pones cara de tonto enamorado, yo pongo cara de estar por encima de todo esto, y la mitad de internet se pasa una semana odiándome para defender a tu amiga. Todos salimos ganando. ¿Preguntas?
Me cae bien de inmediato. Y eso, en mi situación, es un desastre.
Porque sería mucho más fácil si Sloane fuera insoportable.
Si fuera una trepa vacía, una mala persona, algo que yo pudiera despreciar mientras finjo salir con ella.
Podría hacer el paripé con la conciencia tranquila, sabiendo que ella es tan cínica como el juego.
Pero no. Sloane es lista, es directa, es de las que dicen las cosas por su nombre, y hay algo en su manera de no fingir —de dejar clarísimo desde el minuto uno que esto es puro artificio— que la hace, paradójicamente, la persona más honesta que he conocido en meses.
Ella no pretende que nada de esto sea real.
Y yo llevo tres semanas pretendiendo que lo nuestro no lo es.
—Una pregunta —digo—. ¿No te da... no sé. ¿No te cansa? Fingir todo el rato. Ser un personaje.
Sloane me mira un segundo, y por primera vez desde que ha entrado hay algo debajo de la eficiencia, algo que aparta enseguida.
—Me pagan por ser un personaje —dice—. Lo que me cansaría sería fingir que no lo hago.
—Cierra la carpeta—. Esa es la diferencia entre tú y yo, por cierto, y lo digo sin acritud porque acabo de conocerte: yo sé que soy un personaje y cobro por ello.
Vosotros dos sois personajes y os habéis creído que sois personas. —Se levanta—. Es más sano lo mío.
En ese momento entra Theo con dos cafés, que no ha traído para nadie en particular, solo para tener las manos ocupadas mientras evalúa, y Sloane lo mira, y Theo la mira, y pasa una cosa de medio segundo que registro sin entender del todo.
No es atracción. Es reconocimiento. Dos personas que se ganan la vida con lo mismo —fabricar reacciones en desconocidos— reconociéndose como se reconocen dos que hacen el mismo oficio, con ese respeto y ese desprecio a partes iguales que se tienen los profesionales de un gremio que en el fondo no respetan.
—Tú eres el productor —dice Sloane, sin que nadie los presente.
—Y tú la novia sorpresa —dice Theo.
—La amiga especial. Novia sorpresa suena a telenovela.
—Es exactamente una telenovela. Con presupuesto de app de citas.
Sloane lo mira un segundo más de lo necesario, y hay algo parecido a una sonrisa que no llega a serlo.
—Me vas a caer fatal —dice.
—Es mutuo —dice Theo, y le tiende uno de los cafés—. Toma. Está malo. Es de la máquina.
Sloane lo coge. Y por un instante, viéndolos medirse en mi propio estudio, se me olvida por completo el marrón en el que estoy metido, hasta que Sloane se gira otra vez hacia mí y me lo recuerda.
—Nos vemos el jueves para la primera pieza —dice—.
Ponte la sudadera gris esa, que en cámara funciona.
Y una cosa, Beckett. —Se para en la puerta—.
Lo de tu amiga. La tal Harlow. No es asunto mío y no quiero que lo sea.
Pero si hay algo ahí, y no te estoy preguntando si lo hay, más te vale que lo sepa antes que internet.
Porque yo he hecho esto muchas veces, y el problema nunca es la campaña.
El problema siempre es lo que alguien no contó a tiempo.
Y se va, dejándome con la incómoda sensación de que una desconocida que acabo de conocer me ha diagnosticado en cuatro frases mejor de lo que yo he sabido hacerme en tres años, y de que, sin proponérselo, me acaba de dar el consejo que voy a desoír.
Theo me pilla en el aparcamiento de atrás, cuando estoy metiendo el equipo en el coche. Se apoya en la puerta del copiloto, con las llaves de su coche colgando del dedo, y no dice nada durante un momento, que en Theo es una manera de preguntar.
—Ha ido bien lo de Sloane —digo, para llenar el silencio—. Es más profesional de lo que pensaba. Esto va a funcionar.
—Ya —dice Theo—. Beckett.
—Qué.
—¿Se lo has dicho ya a Harlow?
Y ahí está. La pregunta que llevo evitando desde las nueve y media de la mañana, hecha en un aparcamiento por la única persona además de nosotros que sabe, o intuye, o ha decidido no preguntarse del todo, lo que hay entre Harlow y yo.
Theo me la hace mirándome a los ojos, sin rodeos, con esa manera suya de ir al número que importa.
Y no me pregunta si voy a decírselo. Me pregunta si ya lo he hecho, que es peor, porque da por supuesto que debería estar hecho.
Dejo pasar tres segundos.
Los cuento sin querer, como cuento todo, y son tres segundos en los que podría mentir, decir «sí, claro, se lo he contado, le parece bien», y Theo casi seguro que sabría que es mentira, porque Theo sabe leerme igual que yo sé leer una forma de onda.
Así que no miento. Hago algo peor, que es no contestar.
—Ya —dice Theo, y en ese «ya» está todo lo que piensa y no va a decir—. Cierra bien el coche.
Se sube al suyo y se va. Y yo me quedo en el aparcamiento de atrás, el mismo por el que Harlow y yo salimos por turnos para que no nos vean juntos, con el equipo a medio meter y una cosa clarísima en la cabeza: que he tomado una decisión que la afecta a ella sin contar con ella, por dinero y por cobardía, y que ahora tengo dos opciones.
Contárselo yo, esta noche, antes de que se entere por otro lado.
O no contárselo y que se entere en la reunión de contenidos del jueves, delante de todos, como una empleada más.
Sé cuál de las dos es la correcta.
Y sé, con una certeza que me da asco, cuál de las dos voy a elegir, porque ya la he elegido esta mañana en la videollamada sin darme cuenta: he elegido la fácil. Otra vez. Y cada vez que elijo la fácil se me hace un poco menos difícil volver a elegirla.
Termino de meter el equipo. Cierro el coche. Y no la llamo.