Mala costumbre Capítulo 9 — Cuarenta segundos
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Capítulo 9 — Cuarenta segundos

MALA COSTUMbrE

HARLOW

Hay una cosa que he descubierto en las últimas tres semanas y que no le he dicho a nadie, ni a Beckett, ni desde luego a mí misma en voz alta hasta ahora: que lo que más me gusta no es acostarme con él.

Es acostarme con él con alguien cerca.

Lo pienso el jueves por la noche, en el Búnker, a las diez y media, con Theo montando a diez metros y Beckett a mi lado en la sala de edición fingiendo los dos que estamos repasando la escaleta del Challenge.

Y me da un asco de mí misma perfectamente proporcionado, porque sé lo que significa.

Significa que a lo mejor no es él. A lo mejor es el riesgo.

A lo mejor lo que se me ha vuelto imprescindible no es Beckett Hale sino la descarga concreta de hacer algo prohibido a diez metros de la persona que puede hundirlo.

Pero eso lo pienso después. Primero pasa lo otro.

Y antes de que pase, quiero ser justa conmigo, o todo lo justa que se puede ser una a las diez y media de un jueves con el pulso ya subiendo: no siempre fui así.

Con Jared no era así. Con Jared, los once meses, todo era seguro y ordenado y correcto, cenas los sábados y series los domingos y sexo con la puerta cerrada y la certeza de que nadie iba a entrar, y yo pensaba que aquello era la calma, que aquello era lo que se suponía que tenía que sentir una persona adulta con su vida en orden.

Y me aburría como una ostra y me decía que el aburrimiento era madurez.

Lo que no sabía entonces, lo que he aprendido en estas tres semanas con una claridad que preferiría no tener, es que a mí la seguridad no me calma.

Me apaga. Que necesito el filo. Que llevo toda la vida —desde lo de mi madre, desde los quince, desde que aprendí que un apellido se puede hundir en una tarde— buscando la manera de sentir que algo está en juego, porque solo cuando algo está en juego me siento del todo despierta.

Y ahora he encontrado la versión más pura de eso: una persona, un contrato, un secreto, todo colgando de un hilo, y yo tirando del hilo con los dientes para ver hasta dónde aguanta.

Eso no es una relación. Eso es un síntoma. Pero eso también lo pienso después.

El Búnker de noche es distinto al Búnker de día.

De día es un sitio de trabajo, con becarios entrando y saliendo y la máquina de café escupiendo y Theo dando voces.

De noche, cuando solo quedamos nosotros y hay que cerrar algo con plazo, se vuelve un sitio íntimo a la fuerza: las luces de emergencia en vez de los fluorescentes, el zumbido de los equipos, el sofá naranja recibiendo el resplandor azul de los monitores.

Es el sitio donde llevamos tres años pasando más horas que en nuestras propias casas.

Y desde hace tres semanas es, también, un sitio con dos zonas de peligro: la regie, donde está Theo, y la sala de edición, donde estamos nosotros, separadas por un pasillo de diez metros y una puerta que no cierra con pestillo.

Theo asoma la cabeza a las diez y media.

—Me queda el corte del ciento dieciséis y cierro —dice—. Media hora. ¿Vosotros?

—Repasamos el Challenge y nos vamos —digo, con una naturalidad que me sale sola, porque llevo tres semanas perfeccionándola—. Vete cuando quieras, ya cerramos nosotros.

—Ni de broma os dejo cerrar. La última vez os dejasteis las luces del estudio encendidas y me llegó la factura a mí. —Theo desaparece por el pasillo—. Media hora. Estoy en la regie con los cascos, así que si me necesitáis, gritad fuerte.

Con los cascos. Esas dos palabras se me quedan. Theo va a estar media hora a diez metros, con los cascos puestos, montando audio, concentrado en una pantalla, aislado del mundo por dos almohadillas y una forma de onda. A diez metros. Con una puerta sin pestillo entre él y nosotros.

Miro a Beckett. Beckett me está mirando a mí. Y sé, por cómo me mira, que él ha oído exactamente las mismas dos palabras que yo y ha hecho exactamente el mismo cálculo, y que los dos sabemos que no vamos a repasar ninguna escaleta.

—Harlow —dice, bajito—. No.

—No he dicho nada.

—Lo estás diciendo con toda la cara.

—Tú también.

Y ahí está la cosa. Que los dos sabemos que es una idea pésima.

Que Theo está a diez metros. Que la puerta no cierra.

Que si esto sale mal, sale mal del todo, catastróficamente, irreversiblemente mal.

Y que precisamente eso —el diez metros, la puerta, la catástrofe posible— es lo que hace que se me acelere el pulso de una manera que no se me aceleró nunca con Jared en la seguridad de un piso vacío con la puerta cerrada con llave.

—Cinco minutos —digo, y ya me estoy odiando y ya me estoy levantando—. Media hora tiene, ha dicho. Cinco minutos.

—Es una locura.

—Sí.

—Nos va a pillar.

—No con los cascos puestos.

—Harlow. —Pero ya se ha levantado él también. Ya está cerrando la puerta que no cierra, apoyando una silla contra ella porque pestillo no tiene—. Esto es exactamente la clase de cosa por la que perdemos todo.

—Ya lo sé —digo, y le agarro de la camiseta, y lo acerco—. Por eso.

Y ahí, en esas dos palabras, está toda la verdad que llevo tres semanas sin querer mirar.

«Por eso.» No «a pesar de eso». Por eso.

Porque puede salir mal. Porque Theo está a diez metros.

Porque nos jugamos el suelo entero. Beckett me mira medio segundo con algo que no es deseo, con algo que es casi miedo de los dos, de lo que somos capaces, y luego el medio segundo pasa y me besa, y dejo de pensar.

No lo voy a contar con detalle. Diré que es rápido y silencioso y que el silencio es la parte más difícil y la más excitante, porque tenemos que estar callados, absolutamente callados, con Theo a diez metros, y estar callado cuando no quieres estarlo es su propia clase de tortura.

Diré que la puerta con la silla apoyada cruje una vez y los dos nos quedamos petrificados tres segundos que duran una era, escuchando, y no pasa nada, y seguimos, y el susto no nos frena: nos acelera.

Diré que hay un momento en que me tapo la boca con mi propia mano y Beckett me mira hacerlo, y en su cara hay ternura y hay pánico a la vez, muy juntos, sin decidirse por ninguno, y esa cara no se la he visto nunca.

Que el resplandor azul del monitor nos da encima.

Que el sofá naranja, testigo de tres años de nuestra amistad profesional, aguanta ahora esto.

Y diré que a mitad, exactamente a mitad, se oyen los pasos de Theo en el pasillo.

Los reconozco antes que Beckett porque llevo tres años oyéndolos: Theo camina rápido, con los talones, un patrón que me sé.

Vienen hacia la sala de edición. Y en el segundo y medio que tardo en procesarlo pasan por mi cabeza, a la vez, todas las maneras en que mi vida se acaba en los próximos diez segundos: Theo abriendo la puerta, la silla cayéndose, la cara de Theo, el fin del programa, el fin de la beca, el fin de las infusiones de Dana, el fin de todo, y todo por esto, por una idea pésima que tuve yo a las diez y media de un jueves por querer sentir algo que no fuera guion.

—Theo —consigo decir, en voz alta, hacia la puerta, con una voz que sale de no sé dónde—. ¡No entres, que estoy con una cosa del vídeo a medio renderizar y si abres la puerta se me corta!

Los pasos se paran al otro lado.

—¿Qué vídeo?

—El teaser del Challenge. Lo estoy exportando y va justísimo de memoria, si entras y se mueve algo se cae el render y son cuarenta minutos otra vez.

Dame... —Miro a Beckett, que se está poniendo la camiseta a una velocidad que no sabía que un ser humano podía alcanzar—. Dame cuarenta segundos y salgo yo.

—Vale, vale. Aviso porque me voy ya. Lo del ciento dieciséis está cerrado. —Una pausa. Los cuarenta segundos más largos de mi vida, recomponiéndonos los dos en silencio absoluto, yo alisándome la ropa y el pelo con las manos temblando, Beckett buscando un zapato—. ¿Harlow?

—¿Qué?

—¿Todo bien? Te noto rara.

—Es el render, Theo, que me pone de los nervios. Ya está. Ya salgo.

Retiro la silla de la puerta con el mayor sigilo del que soy capaz.

Me miro medio segundo en el reflejo negro del monitor apagado: el pelo hecho un desastre, la cara roja, los labios.

Me recompongo lo que puedo. Respiro. Y abro la puerta con la sonrisa profesional puesta, la de directo, la que no falla.

Theo está en el pasillo con la mochila al hombro y las llaves en la mano.

Me mira. Mira por encima de mi hombro hacia dentro de la sala, donde Beckett está sentado delante del monitor con una calma fabricada, dándole al ratón sobre una pantalla en la que no hay ningún render, ningún teaser, nada más que la escaleta del Challenge abierta donde la dejamos hace media hora.

Theo mira el monitor. Mira a Beckett. Mira el sofá naranja, que está a la izquierda, ligeramente descolocado, con un cojín en el suelo.

Y no dice nada.

Es un no-decir-nada muy concreto. No es el no-decir-nada de alguien que no ha visto.

Es el no-decir-nada de alguien que ha visto perfectamente, que ha atado los cabos en el segundo y medio que ha tenido, que sabe exactamente lo que acaba de pasar en esta sala, y que ha decidido, ahí mismo, en el pasillo, con las llaves en la mano, no decir nada.

Los ojos se le van una vez más al cojín del suelo y luego vuelven a mí, y hay en ellos algo que no es sorpresa.

Es cálculo. El mismo cálculo que hace cuando le pasan malas noticias buenas: está pensando, no en si lo que ha visto es verdad, sino en qué significa para la operación.

—Cerrad bien al salir —dice al fin—. Las luces del estudio, sobre todo. Buenas noches.

—Buenas noches, Theo —digo.

Se va. Sus pasos suben la escalera del sótano, rápidos, con los talones.

Y me quedo en el pasillo, con el corazón todavía a mil, sabiendo dos cosas con absoluta certeza.

La primera es que no nos ha pillado in fraganti.

La segunda es que lo sabe igual. Y que lo que haga con eso —contarlo, callarlo, usarlo— ya no depende de nosotros.

En el coche, de camino a casa, Beckett conduce en silencio y yo miro por la ventanilla la lluvia deshaciéndose en el cristal, y lo digo. Lo que llevo tres semanas sin decir. Lo que me da asco saber de mí misma.

—Beckett. ¿Y si no eres tú?

—¿Cómo?

—Esto. Lo nuestro. ¿Y si no me gustas tú?

—Sigo mirando la ventanilla, porque no puedo decirlo mirándolo—.

Llevo tres semanas dándole vueltas. Antes, con Jared, con la puerta cerrada, con todo tranquilo y seguro, me aburría.

Y ahora hago esto, esta locura, en una sala con Theo a diez metros y la puerta sin pestillo, y es lo más vivo que me he sentido en años.

Y no sé si es por ti. No sé si lo que necesito eres tú o es el riesgo.

Si me gustas tú o me gusta, durante veinte minutos, no ser la chica del guion.

No ser la que encuadra. No ser la que piensa en la miniatura.

Dejar de ser yo un rato. Y a lo mejor eso lo consigo contigo o a lo mejor lo conseguiría con cualquiera que me pusiera en peligro suficiente.

Se hace un silencio en el coche. Los limpiaparabrisas van y vienen. Espero que Beckett diga que no, que claro que soy yo, que no digo tonterías, que me quiere a mí y no al peligro. Es lo que se dice. Es lo que diría cualquiera.

Beckett no dice eso.

—Ya lo sé —dice.

Y es peor. Es mil veces peor que si me hubiera contradicho.

Porque «ya lo sé» significa que él también lo ha pensado.

Que él también ha sentido lo mismo. Que a él también le pasa que la sala con Theo a diez metros le da algo que su piso con la puerta cerrada no le da.

Que los dos estamos, a lo mejor, no enamorándonos, sino enganchándonos a la misma descarga, usándonos el uno al otro como se usa una sustancia, y llamándolo con la palabra bonita porque la fea da demasiado miedo.

Porque hay una palabra para esto, y la conozco, y no la voy a decir ni ahora ni en mucho tiempo.

Es una palabra que describe exactamente lo que hago: buscar la dosis, subirla cada vez, necesitar más riesgo para sentir lo mismo que la vez anterior.

La primera vez fue en mi cocina, con la puerta cerrada.

La segunda, en el piso de Beckett. Esta, en una sala con Theo a diez metros.

Cada vez hace falta un poco más de peligro para la misma descarga, igual que cada vez hace falta un poco más de cualquier cosa que engancha.

Y si esto sigue así, la próxima vez tendrá que ser en un sitio peor, más expuesto, más imposible, porque ya sé —lo he aprendido esta noche, tapándome la boca con la mano mientras Theo preguntaba por un render que no existía— que la seguridad ya no me hace nada.

Que he gastado la seguridad. Que necesito el filo cada vez más afilado.

Eso no lo puedo decir. Así que digo lo otro.

—¿Y eso no te asusta? —pregunto.

—Me asusta todo, Harlow —dice, mirando la carretera—. Desde hace tres semanas me asusta absolutamente todo. Esto es solo una cosa más de la lista.

No decimos nada el resto del camino. Me deja en mi portal. No subo a besarlo, ni él me lo pide. Nos hemos dicho demasiada verdad esta noche y la verdad, entre nosotros, es lo único que no sabemos gestionar.

Subo a casa. Nadia está viendo la tele en el sofá y me pregunta qué tal el trabajo, y le digo que bien, largo, lo de siempre, y me meto en mi cuarto, y me tumbo en la cama a mirar la grieta del techo.

Y pienso que hay una pregunta que le he hecho a Beckett esta noche y que en realidad no era para él.

Era para mí. Y sigo sin saber la respuesta.