Capítulo 8 — El reloj
MALA COSTUMbrE
BECKETT
La ejecutiva de Nectar que de verdad decide se llama Priya Chandrasekhar, y la conocemos un sábado por la mañana por videollamada, lo cual ya me dice que lo que va a proponernos es importante, porque a la gente de Nectar solo la mueven de su fin de semana las cosas con muchos ceros.
Morgan, la de siempre, la de «desde marca somos personas», hace las presentaciones y se retira a un lado de la pantalla como quien cede el atril.
Priya es más joven de lo que esperaba y sonríe de una manera que tardo medio minuto en identificar, hasta que la identifico y ya no la puedo dejar de ver: sonríe como responde el móvil cuando le hablas, con una amabilidad diseñada, calibrada, sin nada detrás que puedas agarrar.
No es falsa. Es peor que falsa. Es óptima.
—Os voy a ahorrar el preámbulo, que sé que es sábado —dice Priya, y comparte pantalla: una presentación con el logo de Nectar y una sola diapositiva, que es la manera que tiene la gente muy poderosa de decir «esto ya está decidido»—.
Queremos renovar. Pero no renovar como hasta ahora. Queremos subir de nivel.
La diapositiva dice: JUST FRIENDS × NECTAR · RENOVACIÓN 2027-2029.
—Seiscientos veinte mil dólares —dice Priya, sin que le tiemble la voz en la cifra, como quien lee la hora—.
Veinticuatro meses. Es, con diferencia, el mayor acuerdo que Nectar ha hecho nunca con un programa de este formato.
Os convierte en la cara de la marca, no en un patrocinio más.
Y viene con dos condiciones, las dos fáciles.
Al lado de Priya, en su recuadro, Theo se ha quedado muy quieto.
Conozco a Theo. Esa quietud es la de alguien haciendo una división mental a toda velocidad y no creyéndose el resultado.
En mi propia pantalla, en el recuadro de Harlow, ella tiene la cara de directo puesta, la profesional, la que no deja ver nada.
Yo tengo la mía. Los cuatro recuadros de esta llamada son cuatro personas fingiendo estar tranquilas por motivos distintos.
—La primera condición —sigue Priya— es una campaña.
La llamamos el «Just Friends Challenge».
Durante el otoño, un reto viral: parejas de amigos de verdad, retándose a demostrar que la amistad platónica existe, con vuestro programa como epicentro.
Contenido, retos, colaboraciones. Es divertido, es rentable, y es cien por cien vuestra marca. Eso lo firmamos ya.
—¿Y la segunda? —pregunta Theo, porque alguien tiene que preguntarlo y no voy a ser yo, que tengo la boca seca.
Priya sonríe su sonrisa óptima.
—La segunda es un gesto. Queremos oficializar la renovación en directo, en un escenario.
Concretamente, en los Waveform Awards de este año.
—Cambia la diapositiva: una foto de un teatro, un atril, focos—.
Para quien no lo sitúe: los Waveform son los premios del sector, lo más parecido que tiene este mundo a una gran gala.
Se celebran en Seattle el trece de febrero.
Vosotros estáis nominados a mejor dúo, cosa que ya sabíais.
Lo que os proponemos es que, esa noche, subáis al escenario y firméis la renovación ahí, delante de todo el sector y de la retransmisión.
Los dos. La foto de los dos mejores amigos de internet firmando dos años más de amistad.
—Abre las manos—. Es la mejor imagen de marca que se me ocurre.
Y es una firma. Literalmente lo único que tenéis que hacer es sonreír y firmar.
Trece de febrero.
Escribo la fecha en algún sitio de la cabeza donde no se me pueda borrar, y noto cómo, en ese mismo instante, todo lo que ha pasado en las últimas dos semanas —la cocina, el zumbido inventado, «la última vez» dicho tres veces— deja de estar suelto en el tiempo y se ordena de golpe alrededor de un punto.
Ya no hay un «esto no puede seguir» difuso.
Ahora hay una fecha. El trece de febrero, Harlow y yo tenemos que subir a un escenario, delante del sector entero, y firmar dos años de no tocarnos.
Con una sonrisa. Y todo lo que hagamos de aquí a esa noche pasa a ser la cuenta atrás hacia esa firma.
Y hay otra cosa que Priya no sabe que acaba de hacer, y que a mí me hiela más que la fecha.
Ha puesto precio a la firma. Porque una renovación por correo, con abogados, es papeleo; se puede retrasar, renegociar, dejar morir.
Una firma en un escenario, anunciada en directo, delante del sector, es un acto público del que ya no te puedes bajar sin escándalo.
Priya, con su sonrisa óptima, acaba de convertir la cláusula 14.
3 en una función de teatro. Y las funciones de teatro tienen algo que los contratos no tienen: público que ha venido a ver un final concreto.
—Y por supuesto —añade Priya, como quien recuerda un detalle menor—, el primer tramo se abona a la firma. Setenta y ocho mil, en el momento en que los dos estampáis el boli en el escenario. El resto, en pagos trimestrales a lo largo de los veinticuatro meses.
Setenta y ocho mil. En el momento exacto en que Harlow y yo firmemos, delante de todos, que no somos lo que somos.
La cifra que me sé de memoria, la que son treinta y tres meses del suelo de mi madre, cuelga ahora de un boli y un escenario y una sonrisa que voy a tener que poner delante de cuarenta cámaras.
Nectar no lo sabe. Nectar cree que ha comprado una foto bonita.
Lo que ha comprado, sin saberlo, es la escena más difícil de mi vida, y me la paga por adelantado.
Miro el recuadro de Harlow.
Y lo veo.
Priya está diciendo algo sobre logística, sobre que su equipo se coordinará con Theo, y Harlow tiene la cara de directo perfectamente puesta, sonriendo, diciendo «suena increíble, gracias, Priya», y mientras lo dice se lleva la mano a la muñeca y se toca la goma del pelo.
La gira una vez. Solo una. En pantalla, en su recuadro, con la cara sonriendo y la voz sonando entusiasmada, la mano hace lo que la boca no puede hacer, y yo soy el único de los cuatro recuadros que sabe leer ese gesto, y dice: esto es una condena.
Podría no verlo. Es una décima de segundo, una mano en una muñeca, algo que cualquier otro tomaría por un gesto nervioso sin más.
Podría decidir que no lo he visto y quedarme con el «suena increíble» de su voz, que es lo que quiero oír, lo que necesito oír, porque su voz dice sí y su voz me deja seguir fingiendo que esto tiene una salida cómoda.
Elijo no verlo. Aparto los ojos de su muñeca y los llevo a Priya y digo:
—Es un plan estupendo. Gracias por confiar en el programa.
Y ese es el primer «no verlo» de muchos. Porque a partir de hoy, con la fecha puesta, va a haber un montón de cosas que me convenga no ver, empezando por la mano de Harlow diciendo la verdad mientras su boca dice lo que a los dos nos conviene.
Nos quedamos solos en la llamada cinco minutos, después de que Priya se despida y Theo cuelgue con un «tengo que hacer números, esto es una locura, hablamos», que es lo más entusiasmado que le he oído en tres años. Harlow y yo, dos recuadros, cada uno en su casa un sábado por la mañana.
Ella deja de tener la cara de directo. Es lo primero que hace cuando se apagan los demás: se le cae el personaje de la cara, de golpe, como cuando se apaga el piloto, y aparece la otra, la de verdad, la que no encuadra para nadie.
—Trece de febrero —dice.
—Ya.
—Beckett, tenemos que subir a un escenario a firmar que no estamos juntos. Delante del sector. En febrero. —Habla en corto, sin gracia, que es su registro de cuando algo va en serio de verdad—. Y estamos juntos.
—No estamos juntos —digo, automático, la frase del banco del lago, «no ha pasado nada», el protocolo—. Nos hemos acostado. Es distinto.
—¿Es distinto? —Me mira a través de la cámara, y las videollamadas tienen esa cosa rara de que nunca miras a los ojos, siempre un poco por debajo, a la lente, pero aun así noto que me está mirando a mí—.
Beckett. Va a hacer tres semanas. Cada vez que decimos «la última vez» es mentira.
Ayer inventé un motivo para pasar por tu casa a recoger un portátil que me podías haber dado en la facultad.
No estamos acostándonos. Estamos en algo.
Y ese algo lo tenemos que firmar en contra dentro de cuatro meses o perdemos todo.
Y aquí, por primera vez desde la cocina, tenemos la conversación de verdad.
La que llevamos dos semanas esquivando con zumbidos y últimas veces.
Y la tenemos por videollamada, a distancia, cada uno en su casa, que a lo mejor es la única manera que somos capaces de tenerla: con una pantalla de por medio que nos protege.
—Vale —digo, y me obligo a decirlo entero—. Entonces lo dejamos. Ahora. Hoy. Antes de que sea peor. Volvemos a ser solo amigos de verdad, firmamos en febrero sin mentir, cobramos los seiscientos veinte mil, y tu beca sigue y mi madre sigue. Es lo lógico. Es lo que deberíamos hacer.
—Sí —dice ella—. Es exactamente lo que deberíamos hacer.
Silencio. Los dos mirando nuestras respectivas lentes.
—¿Lo hacemos? —pregunto.
Y Harlow tarda en contestar, y en su tardanza está toda la respuesta, pero aun así la dice, en voz baja, mirando a un lado, no a la cámara:
—No lo sé. Y que no lo sepa, teniendo delante seiscientos veinte mil dólares y tu madre y mi beca, ya te dice lo jodidos que estamos.
Es la cosa más honesta que nos hemos dicho en tres semanas.
No «te quiero», no «esto es especial», nada de eso.
Solo: teniendo todos los motivos del mundo para parar, no sé si voy a poder.
Y por primera vez el dinero está encima de la mesa entre los dos, dicho en voz alta, con su cifra, y no lo hace más fácil.
Lo hace peor. Porque ahora ya no podemos fingir que no sabemos lo que arriesgamos. Lo sabemos exactamente. En dólares.
—Yo tampoco lo sé —admito.
—Ya. —Se pasa la mano por la cara—. Menudo par.
—¿Puedo decirte una cosa y no te enfadas?
—No prometo nada.
—Parte de mí quiere que Nectar sea el malo de esto.
—Lo digo despacio, porque es la primera vez que lo pienso en voz alta—.
Que la culpa sea de la cláusula, del contrato, del dinero.
Que si no fuera por la 14.3 estaríamos juntos y ya está.
Y es mentira, Har. La 14.3 me viene de perlas.
Mientras exista, tengo una razón perfecta para no arriesgar nada.
No es el contrato el que nos impide estar juntos.
Es que el contrato me da una excusa buenísima para no intentarlo, y me da miedo que sin la excusa yo siguiera siendo un cobarde igual.
Harlow se queda callada un momento. En la pantalla la veo procesarlo, y por una vez no lo reformula en un titular, no lo devuelve con ironía. Lo recibe.
—Eso es lo más honesto que me has dicho nunca —dice al fin—.
Y te voy a devolver otra igual de fea, para que estemos en paz.
—Respira—. Yo tengo miedo de lo contrario.
Yo no tengo una excusa que me proteja. Yo tengo una cosa que si sale a la luz lo rompe todo, y no es el contrato, y no te la puedo contar todavía, y el hecho de que exista y de que yo la calle mientras hacemos esto me convierte en alguien que no quiero ser.
Los dos estamos mintiendo, Beckett. Tú te mientes a ti con el contrato.
Yo te miento a ti con otra cosa. Y aun así aquí estoy, un sábado, deseando que llegue el martes para inventarme otro zumbido.
Se me para algo en el pecho. «Una cosa que si sale a la luz lo rompe todo.
» Casi le pregunto. Casi. Pero hay un tono en su voz, un cierre, que me dice que hoy no, que si empujo se cierra del todo, y que a lo mejor yo tampoco estoy listo para lo que sea que hay debajo de esa frase.
Así que hago lo que llevo haciendo toda la mañana: no lo veo.
Guardo la frase donde guardo las cosas que suenan raro y no quiero medir todavía, al lado de la mano en la muñeca.
—¿Y entonces qué hacemos? —pregunto, otra vez, porque es la única pregunta que sé hacer hoy.
—Lo que se nos da bien —dice ella, y hay una amargura en cómo lo dice que no le había oído nunca—.
Aguantar hasta la firma. Seguir siendo lo que somos en cámara y...
lo otro fuera. Y en febrero ya veremos. Es la peor decisión posible y es la única que soy capaz de tomar ahora mismo, así que es la que tomo.
—Hasta la firma —digo.
—Hasta la firma.
Y colgamos, cada uno en su casa, habiendo acordado formalmente lo que llevábamos dos semanas haciendo sin acordar: seguir. Con una diferencia. Ahora hay una fecha en la que esto se acaba, de una manera o de otra. Ahora el reloj corre.
Me quedo mirando la pantalla apagada del portátil, mi propia cara reflejada donde hace un segundo estaba la de ella, y hago la cuenta que hago siempre, la que no puedo no hacer.
Del tres de octubre al trece de febrero hay cuatro meses y diez días.
Ciento treinta y tres días. Ciento treinta y tres días de tener las dos cosas —a Harlow y el suelo de mi madre— antes de tener que elegir una.
Ciento treinta y tres días es mucho tiempo para una mala costumbre.
Y muy poco para lo otro, sea lo que sea lo otro, que todavía no me atrevo a llamar por su nombre ni a solas.
JUST FRIENDS — Episodio #115 (directo)
Transcripción parcial. Minuto 03:12.
HARLOW: —Bueno, tenemos un anuncio. Un anuncio gordo. ¿Se lo dices tú o se lo digo yo?
BECKETT: —Dilo tú, que a ti te salen mejor las cosas gordas.
HARLOW: —Vale. [pausa] Familia: nos quedamos.
Dos años más. Acabamos de firmar con Nectar la renovación más bestia de la historia del programa, y no solo eso: lo vamos a hacer oficial en directo, en los Waveform Awards de febrero, en un escenario, delante de todo el mundo.
Los dos. Firmando dos años más de aguantarnos.
BECKETT: —Que conste que el que aguanta soy yo.
HARLOW: —Eso ya lo veremos en la gala. [risas]
[El chat se dispara. Concurrentes: pico de la noche. Emoticonos de corazón, confeti, «HARCKETT PARA SIEMPRE», «DOS AÑOS MÁS DE MIS PADRES».]
BECKETT: —Leo el chat y veo mucho «Harckett para siempre». Chicos. Por última vez. Somos. Amigos.
HARLOW: —Los mejores.
BECKETT: —Los mejores. Y en febrero lo firmamos con boli delante de una sala llena, así que id haciéndoos a la idea.
[Comentario destacado, fijado por moderación:]
MODMARCY: Dos años más. No sabéis lo que acabáis de prometernos. Aquí estaremos todos, en primera fila, viéndoos firmar. Nosotros no nos vamos a ninguna parte. Vosotros tampoco, ya. Está firmado.