Capítulo 4 — Protocolo de crisis
MALA COSTUMbrE
BECKETT
Me despierto en mi cama a las siete y diez de un domingo y lo primero que hago es redactar el comunicado.
No en papel. En la cabeza, que es donde redacto yo las cosas que no debería redactar.
«Ante los rumores sobre la naturaleza de la relación entre los presentadores, Just Friends Media desea aclarar.
» Corrección: no hay rumores. Nadie ha visto nada.
Empiezo otra vez. «No ha pasado nada.» Tres palabras.
La nota de prensa más corta y más falsa que he escrito nunca, y llevo tres años escribiendo notas de prensa.
El techo de mi habitación no tiene grieta.
Lo he mirado mil veces y es liso, blanco, aburrido.
El de Harlow sí, empieza en la lámpara y muere en la esquina, y me lo sé de memoria desde anoche porque me pasé un rato largo estudiándolo mientras ella decía «esto no puede volver a pasar» al techo, con esa voz de cerrar una ventana, y yo contestaba que no, que no puede, sabiendo que era mentira los dos a la vez.
Ahora estoy en mi cama, con mi techo liso, y hago inventario de daños como si fuera lunes por la mañana en la regie y Theo me hubiera pasado los números de un directo que salió mal.
Daño uno: nos hemos acostado. Hecho, irreversible, sin copia de seguridad que borrar porque la copia está en los dos y no se purga.
Daño dos: lo hemos disfrazado de accidente. «Última vez», hemos dicho, los dos, con la solvencia de dos personas que se ganan la vida haciendo creíble lo increíble. Y un accidente se gestiona. Un accidente tiene manual.
Daño tres, el que no aparece en ningún panel de métricas: que a las dos de la mañana, poniéndome la parka en su puerta, en vez de pensar en la cláusula 14.3 pensé en cuándo podría volver. Y ese daño no tiene manual, porque no es un fallo del sistema. Es que el sistema quiere justo lo que lo rompe.
Repaso la noche entera como si fuera una grabación con problemas de audio, buscando el punto exacto donde se metió el ruido.
No lo encuentro, y eso es lo que me inquieta.
No hubo un momento. No hubo una copa de más ni una decisión que se pueda señalar con el dedo y decir «ahí, ahí se torció».
Hubo una cena de pie en su cocina, como cien cenas de pie en su cocina, y una conversación como cien conversaciones, y en algún punto entre el arroz y el fondo del recipiente la misma amistad de siempre giró sobre su propio eje y se convirtió en otra cosa sin avisar.
Como cuando revisas una toma que juraste que estaba limpia y descubres que el problema no es un pico que puedas cortar: es que la señal entera venía mal desde el principio y tú no lo habías querido oír.
Ese es el pensamiento que no me deja el café: que a lo mejor lo de anoche no fue el accidente. A lo mejor lo de anoche fue lo que había debajo de los tres años, y los tres años eran el accidente.
Me levanto. Hago café. Y hago la otra cosa que hago los domingos, la que sostiene todo lo demás y por la que ninguno de estos daños se puede convertir en una decisión.
Abro la calculadora.
Los números no son un tema. Los números son el suelo sobre el que están todos los temas, incluido el de anoche, y esta mañana necesito pisarlo para acordarme de dónde estoy parado.
La renovación de Nectar, la que Morgan lleva meses dejando caer «para principios de año», son seiscientos veinte mil dólares por veinticuatro meses.
Repartidos, después de Theo, después de impuestos, después de todo lo que se lleva un pódcast antes de llegar a las personas que lo hacen, quedan tres mil y pico al mes por cabeza, que es lo que gano ahora, más o menos, más un colchón.
Pero eso no es lo que miro. Lo que miro es el primer tramo, el que pagan al firmar: setenta y ocho mil dólares de golpe.
Setenta y ocho mil.
La infusión de mi madre cuesta lo que cuesta, y el copago de lo que no cubre el seguro, entre medicación, fisio y la franquicia que se reinicia cada enero como una condena, sale a unos dos mil trescientos al mes cuando hago la media honesta, la que incluye los meses malos.
Divido. Me sale un número que me sé de memoria y que esta mañana repaso otra vez como quien reza: setenta y ocho mil dividido entre dos mil trescientos son treinta y tres meses. Dos años y nueve meses.
Ese es el precio real de la cláusula 14.
3. No está escrito en dólares en el contrato; el contrato habla de «devolución del último trimestre» y «daños y perjuicios» con esa cortesía que tienen los abogados para no decir «te arruinamos».
Pero yo sé traducir. La 14.3, en mi idioma, dice: si tú y Harlow os tocáis, tu madre se queda dos años y nueve meses sin el suelo bajo los pies, y tú vuelves a ser el que se lo quitó.
Anoche me toqué con Harlow.
Cierro la calculadora. No porque haya terminado, sino porque hay una parte de mí que sabe que estos números son un arma, y que si los tengo demasiado tiempo en la pantalla acabo apuntándome a la cabeza con ellos.
La aritmética no juzga. La aritmética solo te dice cuánto cuesta cada cosa que quieres, y esta mañana la cosa que quiero cuesta treinta y tres meses de mi madre, y con eso no se discute.
Y lo más sucio de todo, lo que no le voy a decir a Harlow en el banco dentro de dos horas ni se lo voy a decir a nadie nunca, es que el número también funciona en la otra dirección.
Que tener treinta y tres meses colgando sobre la cabeza es exactamente la clase de motivo que le viene bien a un cobarde.
Porque mientras exista la 14.3, mientras el suelo de mi madre dependa de que yo no toque a mi mejor amiga, tengo una razón blindada, incontestable, buenísima, para no hacer nunca lo que me da miedo hacer.
No es solo que el contrato me impida quererla.
Es que el contrato me da permiso para no intentarlo.
Y esas dos cosas se parecen tanto que llevo desde primero sin saber distinguirlas.
Con eso se cierra la calculadora y se contesta al mensaje que Harlow me ha mandado hace nueve minutos y que llevo nueve minutos sin abrir.
buenos días. ¿podemos hablar antes de mañana? no por teléfono.
Ni un titular. Ni una broma. Harlow escribiendo en corto y en literal es Harlow con el ingenio apagado, y aprendí hace tiempo que eso, en ella, no es calma. Es lo contrario.
Contesto: «Voy para allá. Llevo café bueno, no el tuyo».
Quedamos en un sitio neutral, que es lo primero que hacemos mal, porque quedar en un sitio neutral ya es admitir que nuestros sitios de siempre han dejado de serlo.
Un banco del paseo del lago Chamber, a media mañana, con la niebla todavía sin levantar y un par de equipos de remo entrenando a lo lejos, ocho remos entrando en el agua a la vez, sincronizados, que es de las pocas cosas de este campus que me siguen pareciendo bonitas sin trampa.
Le doy su café. Se lo bebe con las dos manos alrededor del vaso, mirando el agua.
—He estado pensando —dice.
—Yo también.
—Tú primero.
—No. Tú. —Porque lo que yo he pensado son treinta y tres meses, y esa no es una frase que se le diga a alguien en un banco a las diez de la mañana.
Harlow deja el café en el listón de madera, entre los dos, como se deja algo en una mesa de negociación.
—Vale. Lo he montado toda la noche en la cabeza y me sale siempre igual —dice, y habla rápido pero sin gracia, que es su registro de cuando va en serio—.
Lo de anoche fue... —Se para. Elige, y noto que descarta la palabra fácil—.
No fue un error. No te voy a insultar a los dos diciendo que fue un error, porque los errores no se piensan mil veces antes y luego se cruza uno la cocina igual.
No fue un error. Pero no puede haber pasado.
—No puede haber pasado —repito, y la frase suena rara en el aire, con su gramática imposible.
—Sí. Escúchame. No es «no puede volver a pasar», que eso ya lo dijimos anoche y los dos sabemos lo que valen las cosas que decimos a las tantas.
Es «no ha pasado». En pasado. En el registro oficial no consta.
—Me mira por fin—. Beckett, si esto es una cosa que pasó una noche, tiene arreglo.
Es una anécdota que no cuenta nadie. Volvemos a ser lo de siempre y el lunes nos reímos en directo y nadie se entera y el contrato sigue y tu madre sigue y mi beca sigue y no perdemos nada.
Pero para que sea eso, para que sea una noche y ya, los dos tenemos que tratarla como lo que necesitamos que sea. No como lo que fue.
Es un plan bueno. Es, de hecho, exactamente el plan que yo habría propuesto si hubiera llegado a hablar primero, con la diferencia de que ella lo ha dicho mejor, más limpio, sin la palabra «error» que a mí se me habría escapado por cobardía.
Es control de daños del bueno. Y la miro decirlo, con las dos manos otra vez en el vaso, y pienso que lo más triste de todo esto no es que vayamos a mentir. Es que vamos a mentir bien.
—De acuerdo —digo.
—¿De acuerdo de verdad? —Necesita oírlo. Necesita el sí explícito, como Nectar necesita las cosas por escrito—. Necesito que estés de acuerdo de verdad, Beckett, no de acuerdo de «lo que tú digas». Porque esto solo funciona si funciona en los dos.
—Estoy de acuerdo de verdad. No ha pasado nada.
Y entonces lo hace.
Se recoge el pelo. Se lo aparta de la cara con las dos manos, lo junta atrás, y coge la goma que lleva en la muñeca —una goma nueva, negra, no la que se quedó anoche en su encimera; me fijo en eso sin querer, en que ha tenido que coger otra— y se hace la coleta mientras dice «vale, entonces estamos de acuerdo», y se remata la frase con el gesto como quien firma con una rúbrica.
Y yo lo veo.
Lo veo porque llevo desde primero viéndolo.
Harlow tiene un tic, uno solo, y no lo sabe, o hace como que no lo sabe, que en ella es lo mismo.
Cuando va a decir algo que no se cree del todo, o cuando calla lo que de verdad piensa, se toca la goma del pelo.
Se la gira en la muñeca, o se recoge el pelo con ella, o se la quita y se la pone.
Lo hizo el día que me dijo que su nota media estaba «controlada» el semestre que casi la echan.
Lo hizo cuando me juró que Jared le caía bien.
Lo hace ahora, recogiéndose el pelo para sellar que entre nosotros no ha pasado nada, y el gesto dice lo contrario que la boca, y ella no lo sabe, y yo sí, y no pienso decírselo nunca, porque el día que se lo diga pierdo la única ventana que tengo a lo que Harlow Quinn piensa de verdad.
—Estamos de acuerdo —digo.
Ella se da por satisfecha, con la coleta hecha y la mentira firmada, y vuelve a mirar el agua con esa cara de quien ha cerrado un expediente.
Los remos siguen entrando, ocho a la vez, limpios.
Y yo me bebo mi café pensando que acabamos de pactar la ficción más importante de nuestras vidas con un apretón de manos invisible, y que ella cree que la ha cerrado, y que yo la he dejado creerlo, y que ese es el primer secreto que le guardo desde anoche pero no va a ser el último.
Treinta y tres meses, pienso. Y me callo eso también.
El lunes por la tarde grabamos las cápsulas pregrabadas de la semana en el Búnker, las cositas de relleno que Theo intercala entre secciones, y es ahí donde compruebo de qué estamos hechos.
Porque funciona. Funciona demasiado bien.
—Otra vez la de la app de meditación —dice Theo desde la regie—. Habéis empezado a la vez y se pisa. Beckett entra, Harlow remata. Tres, dos...
Y entramos. Y yo hago mi voz de directo, la del Beckett dos grados más majo, y ella hace la suya, la del uno-dos de siempre, y bromeamos sobre una app que nos paga por bromear, y nos reímos en los sitios donde toca reírse, y hay un momento en que ella me da el pie y yo remato y Theo dice «esa, perfecta, la dejamos» y ni él, que nos mira ocho horas al día por un cristal, nota absolutamente nada.
Nada. Grabamos cuarenta minutos de nosotros siendo exactamente lo que éramos el jueves pasado, antes de la cocina, antes de la parka en el suelo, antes del techo con grieta, y sale a la primera casi todo.
Y en el descanso, mientras Theo revisa niveles y Harlow bebe agua mirando el móvil a tres metros de mí, con toda la sala de por medio y una naturalidad de amigos que no falla ni un fotograma, pienso una cosa que me hiela más que cualquier número.
Que si somos tan buenos fingiendo que no ha pasado nada, delante de la persona que mejor nos conoce, sin un fallo, a la primera... entonces llevamos tres años sin saber cuánto de todo lo demás también era actuado.
Harlow levanta la vista del móvil. Me pilla mirándola. Y me sonríe, rápido, la sonrisa de siempre, la profesional, la de «somos amigos y esto es una pausa de grabación», y yo se la devuelvo idéntica, y funciona, y es perfecta, y por primera vez en tres años me da miedo lo bien que se nos da.
—¿Seguimos? —dice Theo.
—Seguimos —decimos los dos a la vez.
Y clavamos también eso.