Capítulo 3 — Solo esta noche #2
—Beckett. Cállate.
Lo beso.
Y no es como lo había imaginado —porque claro que lo había imaginado, a las tres de la mañana, en la regie, en mil sitios que no pienso confesar—, no es urgente ni desesperado.
Es lento. Es un beso que se toma su tiempo, que pregunta y espera respuesta, con las manos de Beckett subiéndome despacio por la espalda y una de las mías en su nuca y la otra agarrada a la tela de su camiseta, y él me besa como escucha, con toda la atención puesta, registrando cada cosa, y yo pienso, lo último que pienso con palabras en un buen rato, que nunca nadie me había prestado tanta atención con la boca.
La parka verde sigue goteando en el suelo. La goma del pelo se queda en la encimera. Y el metro y medio ya no existe.
El techo de mi habitación tiene una grieta que empieza en la lámpara y muere en la esquina, y me la sé de memoria de las noches de insomnio, y ahora la estoy mirando otra vez pero por un motivo completamente distinto.
Beckett tiene la respiración todavía alta, a mi lado, y yo la escucho bajar poco a poco, y pienso que llevo toda la vida oyéndolo respirar en auriculares, monitorizado, ecualizado, y que así, en crudo, sin comprimir, suena distinto. Suena a persona.
Ninguno de los dos dice nada durante un rato largo.
Es un silencio que conozco de otro sitio: es el silencio de después de un directo, cuando el piloto se apaga y la sala respira y todavía no sabes si ha salido bien.
Solo que aquí no hay piloto. Aquí no ha grabado nadie.
Y esa es la cosa más rara de todas: que lo más importante que hemos hecho juntos en tres años es lo único que no ha visto nadie.
—Oye —digo, al techo.
—Dime.
—Esto no puede volver a pasar.
Lo digo bajito, sin dramatismo, como quien cierra una ventana.
Y me sale del mismo sitio del que salen los titulares, del reflejo, de la parte que encuadra: si le pongo marco, lo controlo.
«Amigos cruzan la línea una vez.» Una vez es una anécdota.
Una vez se sobrevive. Una vez tiene arreglo el lunes.
Beckett tarda en contestar. Uno, dos, tres. Cuento sus silencios sin querer, se me ha pegado.
—No —dice al fin—. No puede.
Y lo dice con una tristeza tan tranquila, tan sin discutir, que sé —lo sé ahí mismo, mirando la grieta del techo— que no se lo cree ninguno de los dos.
Que acabamos de firmar un contrato verbal a las tantas de la noche con la misma solvencia con la que Jared me redactó las once palabras: perfecto por fuera, mentira por dentro.
Lo peor es que los dos somos profesionales de esto.
Nos ganamos la vida haciendo que la gente se crea lo que decimos. Y ni así.
Me giro hacia él. Está mirando el techo también, mi grieta, como si la estuviera memorizando para un examen.
Y por un segundo pienso en decírselo de verdad —lo que pienso, lo que quiero, lo que llevo sin saber que quería no sé cuánto tiempo—, y en vez de eso alargo la mano y le toco la ceja izquierda con el pulgar, sin motivo, solo por tocarla, y él cierra los ojos.
—Última vez —digo.
—Última vez —repite.
Es la primera vez que lo decimos. No será la última que lo digamos.
Se va sobre las dos. No porque queramos, sino porque los dos, a la vez, sin decirlo, empezamos a pensar en el lunes, y el lunes tiene un edificio de medios lleno de gente que nos conoce, y una regie con Theo, y una cámara con mi nombre y otra con el suyo, y doce mil personas el viernes esperando comprobar que el programa es más fuerte que un novio.
—Habrá que tener cuidado —digo, mientras se pone la parka, que ya se ha secado del todo encima de mi silla, como si nunca hubiera goteado en mi suelo, como si me lo hubiera inventado.
—¿Con qué?
—Con salir. Del edificio. Los martes. Si vamos a... —No termino la frase. No hace falta—. La gente mira. El fandom mira. No podemos salir juntos a según qué horas de según qué sitios.
Y en cuanto lo digo me oigo, y me doy cuenta de lo que acabo de hacer: he pasado de «esto no puede volver a pasar» a la logística de que vuelva a pasar en el espacio de dos horas y una frase. Beckett también se da cuenta. Lo veo en cómo se queda quieto un segundo, con media parka puesta.
—Turnos —dice, con cuidado, como quien nombra algo por primera vez—. Salgo yo primero. Tú diez minutos después. Por el aparcamiento de atrás.
—Por el aparcamiento de atrás.
Nos miramos. Acabamos de convertir «última vez» en un protocolo, y ninguno de los dos ha tenido el detalle de fingir que no lo veíamos.
—Buenas noches, Harlow —dice, en la puerta.
—Buenas noches.
Cierro. Me apoyo en la puerta por dentro, en el mismo sitio donde me apoyé anoche cuando volví del directo, y escucho sus pasos bajar la escalera, y el motor del coche, y cómo se aleja bajo la lluvia que sigue haciendo su ambientación imperturbable.
Y me quedo ahí, con el pelo suelto, sin la goma, que se me ha quedado en la encimera de la cocina al lado de dos recipientes vacíos de comida tailandesa.
No voy a por ella. Mañana ya es otro día y otro problema. Pero esta noche la goma se queda donde él la dejó, y yo no pienso ponerle rótulo a eso, ni ahora, ni nunca.
Es lo único de todo el día que me niego a convertir en contenido.