Capítulo 3 — Solo esta noche
MALA COSTUMbrE
HARLOW
Mi piso a las once de la noche de un sábado tiene el silencio específico de las casas donde vive gente que se ha ido.
Nadia se largó ayer al lago con media residencia —«vente, Har, en serio, no te quedes ahí a hacerte la interesante con tu tragedia»— y yo dije que no con una excusa de trabajo que era mentira, porque la verdad no cabía: que no me apetecía estar rota en grupo, con testigos, dándome material para las anécdotas de otros.
Rota prefiero estarlo aquí, en pijama, viendo cómo mi ruptura cumple veinticuatro horas de vida pública en el móvil que no suelto.
Llevo el día haciendo esto: mirar los números.
Es asqueroso y no puedo parar. El clip de la ruptura va por seiscientas mil.
El clip de Beckett salvándome, por ciento noventa.
Hay una cuenta que ha montado los dos en pantalla partida con una barra de progreso, «así se cae una relación en tiempo real», y tiene más reproducciones que nada que hayamos hecho a propósito.
Yo, que me gano la vida sabiendo qué contenido funciona, he descubierto hoy el mejor formato de mi carrera: mi propia humillación, editada por desconocidos, con buena música.
Le escribí a Beckett a las tres de la mañana.
«¿estás despierto?» Ridículo. Lo borré cuatro veces antes de mandarlo y me arrepentí en cuanto salió, porque un mensaje a las tres de la mañana el día que te dejan es un titular en sí mismo, «Chica sola busca a su mejor amigo», y él lo sabe leer tan bien como yo. Me lo dejó en visto. Veinte horas.
Y no le culpo, esa es la parte rara. Le culpo un poco. Las dos cosas. Beckett en visto es un idioma que hablamos los dos con soltura y hoy me ha tocado a mí estar del lado que se queda mirando la pantalla, y resulta que desde aquí se ve fatal.
Llaman a la puerta a las 23:14.
No espero a nadie. Nadia tiene llave, mi madre está en Spokane, y son las once de la noche de un sábado en Bellwood, donde llueve con esa constancia de septiembre que no es tormenta, es carácter.
Miro por la mirilla y es Beckett, deformado por el ojo de pez del cristal, con la parka verde chorreando y una bolsa de papel en la mano.
Abro.
—Antes de que digas nada —dice—, no vengo a hablar de sentimientos.
Vengo con comida de verdad, no de la del súper.
He ido hasta el sitio tailandés bueno, el del otro lado del puente, y he pedido lo que pides tú cuando no sabes qué pedir, que es lo mismo que pido yo, motivo por el cual llevamos tres años comiendo lo mismo.
—Levanta la bolsa—. Está caliente todavía.
He conducido rápido. No se lo digas a Theo, que me tiene fichado el seguro del coche.
Y aquí está la cosa que no sé explicar. Que el Beckett de la pantalla, el que doce mil personas vieron anoche entrar en el aire sin prisa a salvarme la vida, ese no me hace nada.
Lo conozco, lo escribo, sé de qué está hecho.
Pero este, el de la parka empapada que ha cruzado un puente bajo la lluvia para traerme la cena que pediría yo sin saber que la pido, este que me deja en visto veinte horas y luego se presenta en mi puerta porque no ha sabido no venir, este no lo controlo.
Este no tiene guion. Y llevo veinticuatro horas necesitando exactamente algo que no tenga guion.
—Me dejaste en visto —digo, porque lo primero que hago con todo es ponerle rótulo.
—Sí.
—Veinte horas.
—Sí. —No se defiende. Entra, deja la bolsa en la encimera, se quita la parka y la cuelga del respaldo, y la chaqueta gotea en mi suelo formando un charco pequeño que ninguno de los dos mira—. ¿Quieres que te explique por qué, o quieres cenar y que no te lo explique?
—Quiero las dos.
—Eso no puede ser.
—Ya lo sé. Igual las quiero.
Se ríe, bajito, y saca los recipientes, y busca en mi cajón de siempre los tenedores de siempre, porque conoce mi cocina como conozco yo la escaleta de los martes.
Comemos de pie, apoyados en la encimera, hablando de todo menos de lo único, que es como hablamos siempre y hoy pesa distinto.
Me cuenta lo de Kayleigh-con-i-griega, la alumna de su madre.
Yo le cuento que el rector le ha dado «me gusta» al clip de la ruptura, lo cual es un nivel de humillación institucional que no sabía que existía.
Nos reímos. Está bien. Está peligrosamente bien.
Y entonces, entre el arroz y el fondo del recipiente, lo digo. Sin querer del todo.
—¿Tú te das cuenta de que llevamos tres años actuando de nosotros mismos?
Beckett deja el tenedor.
—Explícate.
—El programa. Nosotros. «Los mejores amigos.
» Hay un guion de lo que somos, Beckett.
Lo escribimos entre los dos hace tres años, lo firmamos por triplicado, y lo interpretamos dos veces por semana tan bien que ya no sé dónde acaba el papel.
—Miro el charco de la parka en el suelo—.
Anoche me dejó Jared. Y me pasé cuarenta segundos en directo pensando en la miniatura, y ocho horas después te escribí a ti, y llevo todo el día sin saber cuál de las dos cosas soy yo de verdad.
La que piensa en la miniatura o la que te escribe a las tres.
—Igual eres las dos.
—Eso es lo que me da miedo. —Dejo el tenedor yo también.
Ya no estamos comiendo; estamos usando los recipientes de excusa para tener las manos ocupadas—.
¿Sabes qué es lo peor? Que se me da bien.
Ser las dos. Anoche fui la chica a la que dejan y la que cronometra el pico de audiencia de que la dejen, al mismo tiempo, sin despeinarme.
Y hoy he sido la que llora en el sofá y la que ha mirado ochenta veces si el clip pasaba del millón.
Soy tan buena teniendo dos capas que ya no sé cuál es el forro y cuál la tela.
—Yo tengo el mismo problema —dice Beckett.
Lo dice mirando el charco de su parka, no a mí—.
Hay un Beckett que sale en el directo. Lo fabriqué yo.
Es más majo que yo y más tonto, y le va bien, y la gente lo quiere.
Y llevo un tiempo... —Se para. Elige—. Llevo un tiempo sin tener claro a cuál de los dos le hablas tú cuando te ríes.
Se me seca un poco la boca.
—Beckett.
—No, déjame terminar, que esto no lo digo dos veces.
—Levanta la vista por fin, y no hay ni rastro del de la pantalla, ni un grado de simpatía de más, solo su cara entera, que casi no reconozco de lo poco que me la deja ver así—.
Tú te ríes con los dos. Con el de directo y con este.
Y yo me paso las emisiones pensando: si algún día pasara algo entre nosotros, ¿sería con el que finjo ser o conmigo?
Porque no es la misma persona, Har. Y no sé cuál de las dos versiones te gusta, si es que te gusta alguna, y llevo tres años sin preguntarlo porque el día que lo pregunte se acaba el programa.
—Se acaba el contrato —digo, en voz baja.
—Se acaba todo.
Y ahí está, encima de la encimera, entre el arroz frío y los tenedores: la cláusula que ninguno de los dos ha nombrado, la línea 14.
3 que firmamos por triplicado, flotando sobre nosotros como flota la lluvia sobre el campus.
No hace falta decirla. Los dos sabemos exactamente lo que cuesta esto que no estamos haciendo. Lo sabemos en dólares.
Nos quedamos callados. La nevera zumba. Fuera, la lluvia hace su ambientación.
Y Beckett me mira de una manera que no le he visto nunca delante de una cámara, porque delante de una cámara nunca se permitiría mirar así, con toda la cara, sin dos grados de simpatía puestos por encima, y yo tengo la goma del pelo en la muñeca y me la estoy tocando sin darme cuenta, girándola, que es lo que hago cuando voy a decir algo que no debo o cuando no digo lo que debería, y él baja los ojos a mi muñeca y lo ve.
—Deja de contarte titulares —dice.
Y me quita la goma del pelo.
No es un gesto grande. Me coge la muñeca con dos dedos, despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme, y me saca la goma, y el pelo se me suelta, y él la deja en la encimera al lado de los recipientes vacíos como quien retira una prueba.
Y de repente el metro y medio de encimera que hay entre nosotros deja de ser un metro y medio de encimera y pasa a ser la única distancia que importa en el mundo, y yo la miro, y él la mira, y ninguno de los dos la ha cruzado todavía pero ya la hemos cruzado los dos con los ojos, que es la parte que no se puede deshacer.
—Beckett.
—Sí.
—Si hacemos esto no hay guion para el lunes.
—Ya lo sé.
—Ni para el martes en directo. Ni para nada.
—Harlow. —Dice mi nombre como si lo dejara en su sitio—. Llevo desde anoche sabiéndolo. Desde antes de anoche. Vine con comida porque era lo único que sabía traer que no fuera esto, y me lo he comido, y sigo aquí.
Cruzo yo el metro y medio. Porque hay una cosa que sé hacer mejor que nadie, y es reconocer el momento exacto en que una historia da el giro, y esta lo acaba de dar, y por una vez en mi vida no pienso en cómo se cuenta.
Pero no lo beso todavía.
Cruzo la distancia y me quedo delante de él, más cerca de lo que nos hemos puesto nunca sin una cámara delante que lo justifique, tan cerca que le veo el sitio exacto donde no se ha afeitado bien esta mañana y el punto en que la lluvia le ha dejado el pelo pegado a la sien.
Le veo la nuez subir y bajar cuando traga.
Le oigo respirar —lo he oído respirar mil veces en auriculares, monitorizado, pero nunca así, de cerca, sin cable de por medio— y respira mal, rápido, y saber que yo le pongo la respiración así, yo, la de carne y hueso, no la de la pantalla, me da un poder y un vértigo que no había sentido en tres años de tener a doce mil personas pendientes de mi cara.
Levanto la mano y le pongo la palma en el pecho. No para empujarlo. Solo para notarlo. El corazón le va como a mí.
—Se te va a apagar el programa —dice, muy bajito, casi sin voz, y es una última puerta que me abre, una salida de emergencia por si quiero cambiar de idea, tan típico de él dejarme siempre la salida marcada.
—Ya lo has dicho.
—Lo digo otra vez por si acaso.