Mala costumbre Capítulo 2 — Brand-safe
8%

Capítulo 2 — Brand-safe

MALA COSTUMbrE

BECKETT

La forma de onda del silencio de Harlow mide cuarenta segundos y siete fotogramas, y vista de cerca no es una línea plana.

Eso no existe. Existe el ruido de sala, los ventiladores a menos cincuenta decibelios, el roce de su manga contra la mesa a los once segundos, y una inspiración suya, corta, a los veintinueve, que el compresor del directo aplastó y que aquí, en crudo, se oye entera.

La escucho tres veces. A la tercera me obligo a parar, porque hay una diferencia entre editar a tu mejor amiga y espiarle la respiración a las dos de la mañana, y llevo un rato sin saber de qué lado del fader estoy.

Theo me lo dejó por escrito antes de irse, porque Theo deja las cosas por escrito: «Corta un clip del salvavidas. Solo tu parte. Rinde seguro».

Antes de ponerme con eso hago una cosa que no me ha pedido nadie: abro la exportación del chat y busco el mensaje.

Ahí está, con su insignia y su hora exacta: 21:47:33.

Lo cruzo con el panel de audiencia, que es de esas cosas que uno hace sin decidir hacerlas, y me sale lo que ya me olía: pico de concurrentes de la noche.

Doce mil cuatrocientos. Jared Voss ha esperado a la carta de la enamorada, a la sección que más gente junta, para dejar a su novia con el aforo lleno.

Once palabras redactadas con tiempo —ni una coma mal, y Jared escribe con los pulgares como quien rema— y publicadas en el segundo de máxima sala.

Eso no es despecho. Eso es programación de contenidos.

—Hijo de puta —le digo a la pantalla, en voz alta, porque aquí abajo no hay micros abiertos y esta es la única habitación del mundo donde hablo sin mezclar.

Lo que no me pregunto, porque son las dos de la mañana y hay preguntas que a estas horas pesan el doble, es qué vio Jared durante once meses para elegir exactamente esas once palabras.

«No compito con tu mejor amigo.» Un tío que compite por deporte, retirándose de una carrera.

Contra mí. Que no he movido un dedo en tres años, que soy el amigo, el de la palabra del título, el certificado por contrato.

Archivo la pregunta donde archivo las cosas que suenan y no quiero medir.

El salvavidas soy yo. Me busco en la línea de tiempo y ahí está el otro Beckett, el de directo, entrando en el aire sin prisa: «Para quien acabe de llegar, un poco de contexto».

Lo veo hacer la pausa —uno, dos— antes del remate, y la clavo con él en voz baja, porque esa pausa la ensayamos sin ensayarla, la pausa es mía, me la sé desde fuera.

El Beckett de la pantalla es dos grados más simpático que yo y bastante más tonto, y funciona: el chat pasa del pánico a la risa en tres segundos de reloj.

Buen trabajo, le digo al de la pantalla.

Le acabas de comprar tres segundos de sombra y se los has cobrado en promo.

Exporto el clip. Título provisional: «Beckett salva el directo». Cuarenta mil reproducciones antes del lunes, calculo, y el cálculo me sale solo, con la misma parte de la cabeza con la que compruebo niveles que ya están bien. Esa parte no descansa. Esa parte es la que paga las facturas.

A las 02:58 dejo el minuto 49 entero en el VOD.

No lo corto. Si lo corto, mañana hay cuarenta hilos sobre por qué lo hemos cortado, y la única cosa peor que el silencio de Harlow en bucle es el silencio de Harlow convertido en misterio.

Lo dejo, bajo dos decibelios su inspiración del segundo veintinueve —eso sí, eso no es de nadie— y estoy escribiendo el nombre del archivo cuando se me enciende el móvil contra la mesa.

Harlow. 03:02.

¿estás despierto?

Miro el mensaje. Miro la burbuja de «escribiendo…

», que aparece, respira dos veces y se va.

Vuelve. Se va. Conozco esa burbuja mejor que a la mitad de mi familia: es Harlow redactando y borrando, que es lo que hace cuando lo que quiere decir no cabe en el personaje.

Yo tengo las manos encima del teclado de editar y las palabras exactas en la cabeza, y son: ven, no estés sola, te espero con la tele puesta y no hablamos si no quieres.

Once palabras, más o menos. Una por mes, como el otro.

No las escribo.

No las escribo porque son las tres de la mañana de la noche en que la han dejado, y porque sé distinguir una señal de su eco, y porque si viene, y se sienta en mi sofá con las piernas cruzadas como se sienta, y me mira como mira cuando se le acaba el ingenio, yo no voy a ser el amigo que toca ser.

Voy a estar en ello con todo. Y mañana ella tendrá un problema más y yo un secreto menos, y de los dos desastres, prefiero el mío, que por lo menos está ecualizado.

Dejo el móvil boca abajo. Recojo la sala: apago la regie, enrollo el cable del micro de corbata en un ocho, luego el del auricular en otro, y los cuelgo donde van, porque un cable bien doblado es la única promesa que se cumple sola.

Subo las escaleras del sótano a las 03:31 y el campus huele a lluvia vieja.

Mi piso está a ocho minutos, encima de una copistería, y tiene la acústica más honesta de Bellwood: paredes finas, suelo que cruje en dos sitios que me sé, la nevera en si bemol.

Vivo solo desde segundo. La gente cree que es por el equipo —tengo media habitación ocupada por una mesa de mezclas que valía más que mi coche— pero es por esto: por poder entrar, cerrar la puerta y que durante unas horas no me oiga nadie.

Ese es el chiste que no le hace gracia a nadie porque no lo cuento: el tío más celoso de su intimidad del estado de Washington se gana la vida retransmitiéndola dos veces por semana.

Lo tengo resuelto con un truco de mezcla: el que sale en el directo es otro, una versión con dos decibelios más de simpatía y tres de tontería, y a ese que lo miren lo que quieran.

El problema del truco, y lo sé desde hace más tiempo del que reconozco, es que Harlow se ríe con los dos.

Y ya no estoy seguro de a cuál de los dos le ríe.

El mensaje se queda en leído. Ya somos dos los que sabemos hacer eso.

El equipo de cuentas de Nectar llama a las once de la mañana de un sábado, lo cual dice de Nectar todo lo que hace falta saber.

Theo me ha citado en el Búnker «cinco minutos» para que haya un adulto técnico en la sala, y ahora estamos los dos delante del portátil, viendo a una mujer con fondo desenfocado y camisa sin una arruga que se llama Morgan y que sonríe como sonríe la gente a la que le pagan por transmitir calma.

—Antes de nada —dice Morgan—: ¿cómo está Harlow? Desde marca queremos que sepáis que somos personas.

Lo dice así. Desde marca somos personas. Theo contesta que Harlow está gestionándolo, que es una profesional, y yo no digo nada porque mi función aquí es de trípode.

—Os cuento cómo lo estamos viendo —sigue Morgan, y comparte pantalla sin preguntar: un panel de sentimiento con una curva verde que sube—.

La conversación es masiva y el sentimiento hacia el programa es netamente positivo.

Mucha empatía con Harlow, mucho «el amigo estuvo perfecto».

Y esto os lo digo con todo el cariño del mundo: la ruptura refuerza la premisa.

Harlow soltera con su mejor amigo al lado es exactamente la historia que la audiencia quiere creerse.

Es brand-safe . Es, sinceramente, contenido muy bueno.

Theo se recuesta un centímetro. Conozco ese centímetro: es alivio. Lleva desde anoche esperando la llamada en la que la marca se pone nerviosa, y le ha tocado la contraria, la llamada en la que la marca aplaude. Lo entiendo y no se lo perdono del todo, las dos cosas, en este orden.

—¿Alguna indicación? —pregunta Theo.

—Ninguna bajada de tono, nada de esconderse. Si os parece, apoyaos en el ángulo amistad. El martes, naturalidad: estáis bien, seguís siendo vosotros. La audiencia necesita comprobar que el programa es más fuerte que un novio. —Morgan sonríe otro poco—. Que lo es, ¿verdad?

—Lo es —dice Theo.

Yo pienso en la inspiración del segundo veintinueve, la que he bajado dos decibelios esta madrugada para que no fuera de nadie, y digo que sí con la cabeza, una vez, porque para eso he venido.

Cuando cuelga, Theo se queda mirando el panel verde un rato largo.

—Podía haber sido la otra llamada —dice.

—Ya.

—No me mires así, Hale. Yo no he inventado el mundo. Solo le llevo las cuentas.

Mi madre llama a las cinco, que es su hora de descanso entre montones: los sábados corrige redacciones con un sistema de tres pilas —bien, mal, «Dios mío»— y llama a su hijo cuando termina la segunda.

—Dime una cosa —abre, sin hola, como siempre—. La chica esa de tercero que escribe «haber» por «a ver». ¿La suspendo o la adopto? Tiene un ensayo sobre su abuela que me ha hecho llorar con faltas.

—Adóptala y suspéndela. Que aprenda las dos cosas.

—Por eso te llamo. Sabiduría. —Se oye el rotulador destaparse—. Mis alumnos me han enseñado un vídeo tuyo, por cierto. El del rescate. Sales muy guapo y muy oportuno. ¿Cómo está ella?

Ella. Mi madre lleva tres años sin decir «Harlow»: dice «ella» con un artículo definido que no se gasta.

—Tocada. Se le pasará.

—¿Y tú?

—Yo no era el novio, mamá.

—Ya sé lo que no eras —dice, y deja un silencio de un segundo y medio, que en mi madre es un párrafo—. Bueno. La del ensayo de la abuela se llama Kayleigh, con i griega en medio, y me niego a que ese nombre me gane la partida. ¿Vienes el domingo que viene? Hay caldo y cotilleo de claustro.

—Voy. ¿Cómo vas tú? ¿La pauta nueva?

—La pauta nueva es idéntica a la vieja pero con el doble de papeleo, que es la manera que tiene el seguro de decirte que te quiere. El miércoles tengo la de control. No empieces.

—No he empezado.

—Te he oído abrir la calculadora con la mente. Un beso, hijo. Corrige tu vida, que yo tengo veinte redacciones.

Cuelga. Me quedo con el móvil en la mano, en la cocina de mi piso, mirando la lista de la compra imantada a la nevera sin leerla, y hago lo de todos los meses en el orden de todos los meses.

Entro en el portal del hospital con su usuario, que me sé porque lo creé yo, y pago la parte del paciente de la última tanda: mil quinientos.

Después le hago una transferencia a su cuenta, ochocientos, concepto «alquiler septiembre», que es la ficción contable que sostiene esta casa: en teoría le devuelvo, a plazos cómodos, el año que viví con ella al empezar la universidad.

Mi madre acepta el alquiler de un piso en el que ya no vivo con la misma cara con la que yo acepto que la pauta nueva es «idéntica a la vieja».

Ninguno de los dos audita al otro. Los dos sabemos por qué.

Dos mil trescientos al mes, sumando lo que no ve.

Lo que gana este pódcast, dividido entre lo que cuesta que a mi madre no le tiemble el lado izquierdo, da un número que me sé de memoria y que no pienso escribir en ningún sitio, porque los números escritos se convierten en decisiones.

Y esta no es una decisión. Esto es el suelo.

A las once de la noche del sábado, el mensaje de Harlow lleva veinte horas en leído.

Lo abro por cuarta vez. «¿estás despierto?

», minúscula, sin cerrar con nada, tres de la mañana.

Debajo, el hueco donde van las respuestas.

Escribo «¿cómo estás?» y lo borro, porque es la pregunta que le han hecho hoy cuatro mil desconocidos con miniatura.

Escribo «¿quieres que te lleve algo de cenar?

» y lo borro, porque once palabras otra vez, y porque hay ofertas que por mensaje son comida y en persona son otra cosa, y yo sé perfectamente cuál de las dos estoy en condiciones de fingir.

Al final no escribo nada, y me quedo mirando la pantalla hasta que se apaga sola, con mi cara reflejada encima de su pregunta, que es la composición de imagen más honesta que ha hecho nadie hoy sobre nosotros.

Le dejo en visto, que es lo que haría un buen amigo. Llevo tres años siendo un buen amigo profesional. Lo que no le digo a nadie, lo que no me digo ni a mí a según qué horas, es que la profesión, últimamente, me queda pequeña.

CONTRATO DE PATROCINIO — NECTAR TECHNOLOGIES, INC. / JUST FRIENDS MEDIA, LLC

Extracto. Documento confidencial. Traducción de cortesía; prevalece la versión inglesa.

14. Conducta y coherencia de marca.

14.1. Los Presentadores ajustarán su conducta pública a los valores de la Marca durante la vigencia del presente Contrato. [...]

14.3. Los Presentadores se abstendrán de mantener entre sí cualquier relación de naturaleza sentimental o física, así como de incurrir en conductas que comprometan la premisa del Programa («relación estrictamente amistosa»), su verosimilitud o su valor comercial.

El incumplimiento de la presente cláusula facultará a la Marca para resolver el Contrato con efecto inmediato, exigir la devolución de las cantidades correspondientes al último trimestre abonado y reclamar los daños y perjuicios que procedan.

14.4. A efectos de la cláusula 14.3, la apreciación del incumplimiento corresponderá a la Marca conforme a criterios razonables de mercado. [...]

Firmado en San Francisco. Página 9 de 14. Iniciales al margen: T.O. — H.Q. — B.H.