Capítulo 1 #2
Quizá lo que la gente temía era lo desconocido, pero Tabitha estaba segura de que iría al cielo y no le tenía ningún miedo al más allá. Eso no significaba que quisiera abandonar su vida actual antes de tiempo, pero desde luego no tendría miedo cuando llegara el momento de partir.
A mitad de la práctica, Tabitha estiró los dedos, se levantó de la silla y caminó por la habitación para estirar las piernas.
Estar sentada en el mismo sitio durante mucho rato le resultaba agotador, sobre todo porque no era de las que se quedaban quietas.
Eso le había causado problemas en el aula, así que había aprendido a contener su necesidad de moverse, aunque ya no le costaba tanto desde que su madre se había hecho cargo del resto de su educación el año anterior.
Al volver a su asiento, Tabitha se detuvo al oír voces fuera de la habitación y enseguida reconoció las de su madre y su hermana. Hablaban de invitar a alguien a cenar a la noche siguiente, y a juzgar por el tono ansioso de Cecilia, tenía muchas ganas de que la familia conociera a esa persona.
Se acercó de puntillas a la puerta abierta y asomó la cabeza para escuchar el resto de la conversación. Su madre y su hermana ya se alejaban, pero Tabitha logró captar el final de la conversación.
—El señor Bridgton es un hombre encantador, mamá —decía Cecilia entusiasmada—. Nunca pensé que vendría por aquí, pero su milicia ha pasado por Hampshire y se quedará una semana antes de seguir hacia Somerset.
Las voces se fueron apagando y Tabitha se quedó intrigada por el invitado.
Aquel hombre había impresionado a su hermana, eso estaba claro, y solo por eso Tabitha deseaba conocerlo.
No era frecuente que Cecilia mostrara interés por alguien, y pensándolo bien, Tabitha no recordaba que su hermana se hubiera mostrado tan entusiasmada con Jonathan.
De hecho, no habían sabido de él hasta que les hizo una visita meses después de que Cecilia dejara Londres tras la temporada. Fue toda una sorpresa cuando pidió cortejar a Cecilia, pero la familia enseguida quedó encantada con su ingenio y el respeto que les mostraba.
Tabitha se apartó de la puerta, volvió al pianoforte y terminó de practicar con el pensamiento puesto en el invitado.
***
La noche siguiente llegó antes de lo que Tabitha esperaba, y la emoción de Cecilia no había hecho más que aumentar. ¡Su hermana estaba más ansiosa por conocer al oficial que por los preparativos de la boda!
A pesar de haber dado una larga lista de lo que quería para su boda, Cecilia rara vez estaba en casa para hablar de su gran día y no parecía entusiasmada cuando su madre sacaba el tema.
De hecho, Cecilia prácticamente había dejado de hablar de su boda y de su prometido, lo que molestaba a Tabitha.
Se iba a casar con un hombre maravilloso que no solo pertenecía a la clase alta, sino que además era rico y poseía una gran propiedad en Buxton, Derbyshire.
A Tabitha le había encantado escuchar a Jonathan hablar de su hogar y su infancia durante las visitas, y había absorbido cada detalle como una esponja.
Había imaginado el sauce junto al arroyo, a su hermana exigiendo que la llevaran en brazos a todas partes, y la terrible noticia de la muerte de sus padres.
Tabitha había sentido el dolor de Jonathan como si fuera el suyo propio, e incluso había derramado algunas lágrimas que ocultaba entre las sombras que proyectaban las velas por las noches.
Cecilia no había parecido tan afectada por las historias de Jonathan, lo que hacía que Tabitha se preguntara si su hermana amaba a Jonathan tanto como él la amaba a ella.
—¿Qué haces ahí sentada sin hacer nada? —espetó Cecilia al entrar en el salón—. Alistair llegará en cualquier momento.
Desconcertada, Tabitha frunció el ceño.
—Pero siempre me siento aquí antes de cenar.
—Quizá deberías irte a tu habitación y dejar que los adultos hablen. No pienso consentir que tus preguntas infantiles molesten a Alistair como molestan a Jonathan.
—Pero Jonathan nunca se ha quejado de mis preguntas —dijo Tabitha, consternada por las palabras de su hermana.
Cecilia arqueó una ceja.
—¿Jonathan? ¿Desde cuándo lo llamas Jonathan?
Tabitha se sonrojó y bajó la mirada.
—Pronto será mi cuñado. Me pareció que lo correcto era llamarlo por su nombre de pila y no ser tan formal.
—Pues pensaste mal —dijo Cecilia, con un deje de ira en la voz—. Te dirigirás a él como señor Cromwell, y es mi última palabra.
—¿Incluso cuando estés casada?
El rostro de Cecilia se tiñó de manchas de ira.
—¡Especialmente entonces! No te conviertas en una molestia cuando llegue Alistair, y no quiero volver a oírte hablar de Jonathan.
Tabitha se quedó boquiabierta.
—Pero ¿por qué? ¿No puedo hablar de mi propio cuñado?
—Todavía no es tu cuñado —dijo Cecilia.
—Pero lo será —insistió Tabitha.
Cecilia entornó los ojos rápidamente. —¿Quién eres tú para discutir conmigo? ¿Has olvidado cuál es tu lugar, Tabby?
—Lo siento —dijo Tabitha de inmediato, tartamudeando ligeramente.
Nunca había discutido tanto con su hermana y le preocupaba que Cecilia la regañara o se lo contara a sus padres. Resultaba exasperante que alguien le dijera que no podía ser informal con su cuñado cuando Jonathan ya la llamaba cariñosamente su hermana pequeña.
Peor aún era la extraña irritación de Cecilia con respecto a su próximo matrimonio. De no conocerla bien, Tabitha habría pensado que su hermana no quería casarse con Jonathan. Por supuesto, eso era un completo disparate.
—Parece que has aprendido a replicar, hermanita —dijo Cecilia, ladeando la cabeza—. Me pregunto de dónde has sacado de repente el valor para hacerlo. ¿Has dejado de respetarme?
Tabitha abrió los ojos de par en par. —¡En absoluto! No pretendía ser tan respondona, Ceci.
La mujer soltó un bufido de disgusto. —No me llames así. Es infantil, y por lo visto ya no eres una niña. ¿Cuántos años tienes ahora, Tabby?
—Diecisiete.
—¿Diecisiete? —repitió Cecilia, examinando a Tabitha de la cabeza a los pies—. No me había dado cuenta de que habías madurado tanto. Con razón te atreviste a desafiarme.
A Tabitha no le sorprendió que su hermana no recordara su edad. Cecilia había sido indiferente con ella durante gran parte de su vida, pero Tabitha no se lo había tomado a pecho. Al fin y al cabo, se llevaban cuatro años y no tenían nada en común que las uniera salvo compartir los mismos padres.
Tabitha simplemente admiraba a su hermosa y encantadora hermana desde lejos y disfrutaba mucho hablando de ella con los demás.
No todo el mundo tenía una hermana como Cecilia, y muchos envidiaban a Tabitha por ser hermana de aquella mujer.
Era motivo de orgullo tener una hermana tan conocida y apreciada por todos, salvo por unos pocos que simplemente le tenían envidia.
Cecilia no dijo nada más mientras salía de la habitación, dejando tras de sí la estela de su perfume de rosas.
A Tabitha no le gustaba demasiado aquel aroma y prefería el jazmín, pero quizás debería cambiar de fragancia una vez que Cecilia abandonara la casa familiar.
Al fin y al cabo, ella pasaría a ser la hija mayor de la casa, y Tabitha asociaba el perfume de rosas con la madurez y el encanto.
Nunca sería como Cecilia, pero no le vendría mal imitarla en algunos aspectos.
Sin querer enfadar más a su hermana, Tabitha salió de la habitación y subió las escaleras hasta la biblioteca para leer un poco antes de la cena. Había dejado una flor prensada entre las páginas de un libro que había empezado a leer el día anterior para marcar dónde se había quedado.
Jonathan le había regalado la flor después de uno de sus paseos con Cecilia, y en lugar de dejar que se marchitara, Tabitha la había secado y prensado sobre un pequeño papel para conservar su forma.
Ahora la usaba constantemente, y cada vez que la miraba, la flor le recordaba la amabilidad de Jonathan.
No es que necesitara que se lo recordaran, pero el pequeño regalo era un vínculo con el hombre al que tanto admiraba y respetaba. Tabitha no veía ningún defecto en Jonathan y esperaba que su hermana comprendiera lo afortunada que era al casarse con un hombre como él.
Finalmente llamaron a Tabitha al salón cuando llegó el señor Bridgton, lo cual la sorprendió.
Esperaba que su hermana estuviera molesta con ella al entrar en la habitación, pero Cecilia se limitó a sonreír dulcemente y presentarle al oficial.
El hombre se puso de pie, luciendo su figura esbelta enfundada en el uniforme de milicia.
Era apuesto, con cabello negro azabache, ojos grises y una barbilla fuerte, pero no tenía nada que hacer frente a los rizos dorados y los brillantes ojos azules de Jonathan.
—Alistair, esta es mi hermana pequeña, Tabitha —dijo Cecilia.
El hombre hizo una reverencia, que Tabitha correspondió con otra. —Es un placer conocerla, señorita Tabitha.
—Gracias, señor —respondió Tabitha, sin devolverle el cumplido.
Aunque no solía juzgar a nadie a la primera, Tabitha se sentía inquieta en presencia del oficial.
Era apuesto, educado y elocuente, pero algo en él no le daba buena espina.
Todos pasaron al comedor, donde le hicieron varias preguntas a Alistair sobre su familia, su vida en la milicia y sus planes para el futuro.
Fue esta última pregunta la que hizo que Tabitha prestara especial atención.
—Bueno, desde luego espero casarme —dijo Alistair entre risas—. Espero que sea más pronto que tarde. Tengo entendido que usted va a casarse pronto, señorita Beauchamp.
Cecilia soltó una risita mientras se le sonrojaban las mejillas. —Sí. Es solo cuestión de semanas.
—No creo haberle dado la enhorabuena, así que se la doy ahora —dijo Alistair—. El hombre con quien se case será muy afortunado, sin duda.