Mal emparejada con un duque arrogante Capítulo 1
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Capítulo 1

Tabitha dio una vuelta frente a su espejo de cuerpo entero, admirando el vestido para la boda. Con todos los preparativos para las próximas nupcias de su hermana, era un milagro que la señora Beauchamp hubiera recordado que Tabitha le había pedido un vestido nuevo para tan señalada ocasión.

—¿Te gusta, querida? —preguntó la señora Beauchamp—. Creo que el azafrán te sienta de maravilla con tu tono de piel.

—Es precioso, mamá —exclamó Tabitha entusiasmada—. El color es perfecto, y me encantan los detalles del dobladillo, las mangas y la cintura.

El intrincado bordado en rojo, negro y blanco resaltaba sobre el vestido amarillo anaranjado, pero a Tabitha le preocupaba lo que Cecilia pudiera decir de la prenda. Su hermana no quería que nadie la eclipsara el día de su boda, aunque eso era ridículo porque nadie podría hacerlo jamás.

Por muy elegantes que fueran los demás, Cecilia era demasiado hermosa como para que Tabitha o cualquier otra persona pudiera lucir mejor que ella. Sencillamente, no era posible. Aun así, seguro que tendría algo que decir en cuanto viera el vestido de Tabitha.

—¿Qué ocurre, querida? —preguntó la señora Beauchamp—. De pronto tu expresión ha pasado de la alegría más absoluta a la preocupación.

Tabitha se mordió el labio inferior mientras dejaba el vestido sobre la cama.

—No quiero disgustar a Cecilia. ¿Y si piensa que el vestido no es apropiado para su boda?

—Eso es una tontería, querida —la reprendió su madre—. Cecilia no te va a envidiar un vestido bonito cuando ella llevará el más hermoso de todos. Además, este color no es de sus favoritos porque no le sienta bien con su tez clara.

Tabitha asintió, algo más tranquila respecto al vestido, aunque aún quedaba por ver qué diría Cecilia cuando lo viera. Su hermana había insistido en que Tabitha le enseñara lo que pensaba ponerse para la boda, para poder decidir si era apropiado para su gran día.

Las amigas de Cecilia habían recibido el mismo sermón y ya le habían mostrado sus vestidos, solo para que esta las excluyera de la boda porque creía que querían eclipsarla. Resultaba extraño que alguien que se sabía hermosa pudiera ser tan insegura en esas cuestiones, pero así era Cecilia.

—¿Cuándo llega Jonathan, mamá? —preguntó Tabitha mientras guardaba el vestido en el armario—. La boda es dentro de pocas semanas.

—Llegará unos días antes de la boda, querida —respondió la señora Beauchamp—. No hace falta que venga antes. Tiene una abuela enferma a su cargo, así que no podemos pedirle que se ausente más tiempo.

—Supongo que sí —dijo Tabitha—. Solo espero que no se retrase por las lluvias de primavera. Siempre llueve mucho en esta época del año.

—Lo dudo, querida —la tranquilizó su madre mientras se levantaba de la cama—. Tengo que seguir con los preparativos, o aquí no se hace nada. El trabajo de una madre no termina hasta que sus dos hijas estén felizmente casadas.

Tabitha sonrió.

—¡Para eso aún queda mucho, mamá! ¡Solo tengo diecisiete años!

—Sí, supongo que sí —dijo la señora Beauchamp, dándole palmaditas en las mejillas—. Menos mal que os lleváis unos años, ¡o no daría abasto! Esta boda me tiene con los nervios de punta.

Las exigencias de Cecilia habían tenido a todos en vilo desde que se anunció la boda el año anterior, justo antes de Navidad. Cecilia había sido muy exigente con las flores, el menú del banquete nupcial, la lista de ropa nueva que llevaría a su nuevo hogar, y mucho más.

Era costumbre que la novia eligiera la fecha de su boda y que el resto se organizara sin consultarla, pero nadie había sido capaz de decirle que no, y mucho menos Jonathan, deseoso de darle a Cecilia todo cuanto pudiera desear.

El señor Beauchamp había rechazado el dinero que Jonathan quería aportarle para la boda, alegando que era responsabilidad de un padre casar a su hija por todo lo alto.

Sin embargo, Tabitha deseaba que su padre se hubiera tragado el orgullo y aceptado el dinero, porque las extravagantes exigencias de Cecilia estaban dejando un buen agujero en las arcas familiares.

La señora Beauchamp salió de la habitación tras recordarle a Tabitha que debía practicar con el pianoforte al menos una hora antes de irse con sus amigas. A Tabitha no le entusiasmaba especialmente el pianoforte, pero lo tocaba lo bastante bien como para contentar a la mayoría.

Lo que más le gustaba era cantar, y a menudo lo hacía mientras se ocupaba de sus quehaceres.

Su padre la había apodado su propio ruiseñor y solía pedirle que le cantara cuando le dolía la cabeza o quería despejar la mente.

Se había convertido en un pequeño juego entre ellos: ella inventaba una canción y cronometraba cuánto tardaba él en quedarse dormido.

Su mejor marca hasta entonces había sido quince minutos, pero Tabitha esperaba rebajarla a diez algún día.

Tras echarse un vistazo rápido en el espejo para comprobar que no tenía pelos sueltos, bajó las escaleras dando saltitos hasta el salón para su hora de práctica con el pianoforte.

Quería terminar cuanto antes para reunirse con sus amigas en el lugar de siempre y sentarse bajo el gran árbol de St Nicholas a compartir historias y charlar sobre la boda.

El acontecimiento era en ese momento lo más destacado de Steventon y quizás de todo el condado de Hampshire, y probablemente daría que hablar en su tranquilo pueblecito durante años.

El reverendo Lloyd oficiaría la boda de Cecilia y Jonathan, como era de esperar, ya que los había bautizado de bebés, pero el reverendo de la parroquia de Jonathan bendeciría la unión cuando llegaran a Derbyshire.

La abuela de Jonathan había insistido en la bendición como forma de participar en la boda, ya que estaba demasiado enferma para recorrer las casi doscientas millas hasta Hampshire.

Tabitha había tenido la esperanza de conocer a la abuela de su futuro cuñado y a la hermana pequeña de este, una chica solo dos años menor que ella, y se había llevado una decepción al enterarse de que ninguna de las dos acompañaría a Jonathan.

Había confiado en hacerse amiga de la joven, pero quizás se presentaría otra oportunidad cuando la familia visitara a Cecilia tras la luna de miel.

—¡Tabby! —la llamó Cecilia desde la puerta del saloncito.

Sobresaltada, Tabitha se detuvo a la puerta del salón y se asomó hacia atrás.

—¿Sí?

No sabía que Cecilia había vuelto de visitar a una de sus amigas y le sorprendió verla de regreso tan pronto.

Cecilia solía pasar el día entero fuera, pues consideraba un fastidio quedarse en casa.

Tabitha no lograba entender la aversión de su hermana a pasar tiempo con la familia, aunque hacía tiempo que había dejado de cuestionar sus motivos y su comportamiento.

Cecilia era distinta a la mayoría y no solía dar explicaciones a nadie salvo al señor Beauchamp.

Ambas muchachas sentían un sano temor hacia su padre que las mantenía alejadas de las travesuras, aunque Tabitha no podía decir con sinceridad que ella no se metiera de vez en cuando en algún que otro lío.

A la mayoría no le hacía gracia su tendencia a cuestionar a la gente cuando estaba claramente equivocada, pero para Tabitha lo malo era malo y lo bueno era bueno.

No debería haber zonas grises en la verdad, y le daba igual quién estuviera equivocado.

Si alguien se consideraba lo bastante mayor para mentir, desde luego era lo bastante mayor para vivir con las consecuencias, a saber, que ella sacara a la luz su engaño.

—Necesito que me hagas un recado —dijo Cecilia, apoyando el hombro en el marco de la puerta.

—Ahora tengo clase de pianoforte —respondió Tabitha—. ¿No puedes pedírselo a una de las criadas?

—¿Me lo estás negando? —preguntó Cecilia, asombrada.

—Mamá me dijo que practicara antes de reunirme con mis amigas —explicó Tabitha.

Cecilia puso los ojos en blanco.

—Supongo que puedes hacerlo después de tu lección. Necesito que lleves una nota a casa de Rachel. Te queda de camino a la rectoría, ¿no? Ahí es donde soléis reuniros tú y tus amigas.

A Tabitha no le gustaba especialmente Rachel. Hacía unos meses, Rachel había hecho un comentario vil insinuando que Tabitha estaba más enamorada de Jonathan que la propia Cecilia. Su hermana se había reído del comentario, pero Tabitha había hervido de rabia durante días.

—Mary puede llevar la nota si la necesitas ahora —dijo Tabitha.

—No, de ninguna manera —se negó Cecilia—. Esa criada le echará un vistazo a la nota, y eso es lo último que quiero.

Las palabras de Cecilia despertaron su curiosidad: ¿qué habría en la nota para que su hermana prefiriera pedírselo a ella en lugar de a uno de los sirvientes? Cecilia siempre parecía estar tramando algo últimamente, pero Tabitha suponía que tendría que ver con la boda.

—Muy bien —le dijo a su hermana—. La recogeré de camino.

—Bien —respondió la mayor y desapareció de nuevo en el salón.

Tabitha frunció ligeramente los labios. Cecilia no se había molestado en dar las gracias, pero eso no era del todo inusual en ella.

Se encogió de hombros, entró en el salón y se alisó el vestido antes de tomar asiento ante el instrumento.

El señor Beauchamp incluso le había dejado una partitura para practicar, lo cual no le hacía ninguna gracia, pero al mirarla más de cerca descubrió que era una melodía alegre de un conocido baile campestre.

No habría baile en el banquete de bodas, lo cual a Tabitha le parecía absurdo.

El baile daba tanto placer que debería incluirse en todas las ocasiones, salvo en los funerales.

Aunque, bien pensado, quizá a los dolientes les vendría de maravilla animarse con un poco de baile para celebrar la vida del difunto en lugar de llorar su muerte.

La muerte era una parte inevitable de la vida y, sin embargo, la gente se pasaba la vida entera tratando de evitarla.