Epílogo #3
Ella se rió cuando su aliento le hizo cosquillas en la oreja, pero también por la idea de hacer de casamentera para su amiga. No es que a Elizabeth le importara. De hecho, estaría encantada de casarse y sentar cabeza.
—Tendremos que estar ojo avizor —dijo Isobel con fingida urgencia. Se apartó de Duncan y tomó un sorbo de vino, observando con satisfacción cómo la conversación bullía a su alrededor.
Ojalá pudieran estar siempre todos juntos como ahora, con todo tan feliz y hermoso. Miró a Duncan, sabiendo que su vida traería desafíos y momentos de tristeza. Sin embargo, estaba segura de que superarían todo lo que la vida les deparase. Su amor solo se fortalecería en los tiempos difíciles.
Terminado el desayuno, ella y Duncan se levantaron y se dirigieron al gran salón donde tendría lugar el baile.
Los músicos estaban más que listos, y Duncan hizo una seña al director.
De repente, comenzó a sonar la canción con la que debían haber bailado la última noche de la fiesta campestre.
Isobel miró a Duncan, sorprendida y confundida por un momento.
Él la atrajo hacia sí, riendo ante la expresión de asombro grabada en su rostro.
—Te debía un vals, mi amor. Y ahora por fin puedo cumplir mi promesa.
Le tomó la mano y extendió el brazo hasta dejarlo rígido, mientras con la otra mano le acariciaba la parte baja de la espalda con los dedos abiertos.
Al instante, una oleada de calor se extendió por su vientre y recorrió todo su cuerpo.
Se le sonrojaron las mejillas mientras él la estrechaba, meciéndose suavemente.
Apoyó la mejilla contra la de ella y comenzaron a bailar el vals por la sala, con la música flotando a su alrededor como una nube. —¿Sabes cuántas veces he soñado con este momento, Isobel? —le susurró al oído.
Se alegró de que la estrechara con tanta fuerza, porque se le aflojaron las rodillas. Sonrió, deseando recordar cada detalle de aquel momento. —Oh, yo también, Duncan. Yo también —respondió.
Se echó hacia atrás y la miró a los ojos. —Estaba tan decepcionado la noche en que Lydia nos robó nuestro vals... Sabía que teníamos que hacer algo para recuperar ese recuerdo. ¿Y sabes qué? Es incluso mejor de lo que imaginé.
Ella sonrió mientras las lágrimas le brotaban de los ojos. Esta vez no pudo evitar que le cayeran por las mejillas. —Lo es, en efecto —su voz tembló con cada palabra. Bajó la cabeza un momento, tratando de recuperar el control—. Oh, Duncan, te quiero muchísimo.
Él se inclinó de nuevo y ella cerró los ojos, deleitándose en cada sensación. —Yo también te quiero, Isobel.
El baile se prolongó hasta bien entrada la noche, cuando finalmente la madre de Duncan anunció que era hora de enviar a la pareja a la cama.
Duncan e Isobel se despidieron entre lágrimas.
Isobel besó a su madre y a su padre en la mejilla antes de que partieran y regresó junto a Duncan con el estómago encogido por los nervios.
Él le tomó la mano y subieron las escaleras.
Cuando llegaron a su habitación, Duncan la llevó hasta una pequeña mesa redonda en el centro. Encima había un mantel de lino blanco recogido en forma de cuadrado.
—Perdóname, no se me da bien envolver regalos, pero tengo uno para ti —dijo. Le hizo un gesto para que lo abriera y ella se acercó a la mesa. Él se colocó detrás, rodeándole la cintura con los brazos. Apoyó la barbilla en su hombro y observó cómo desenvolvía el regalo.
Se le cortó la respiración al ver el juego de ajedrez y el tablero de madera más hermosos que jamás había visto.
Las casillas oscuras eran de caoba y las claras de un hermoso roble.
Pasó los dedos por el borde del tablero y cogió una de las piezas talladas a mano. —Duncan, esto es exquisito —suspiró.
Él se inclinó y tomó una de las piezas claras. —Lo mandé tallar al mejor artesano de Londres. Le llevó semanas, pero le hice prometer que lo entregaría antes de hoy. Y cumplió su palabra.
—Estoy deseando jugar —dijo. Él la hizo girar y la estrechó contra sí. Ella extendió las manos sobre su pecho, con la respiración entrecortada. Él se inclinó y la besó, quitándole el poco aliento que le quedaba. La cabeza empezó a darle vueltas mientras se abandonaba a su abrazo.
—El ajedrez tendrá que esperar, me temo —susurró con voz ronca al terminar el beso. Sonriendo, ella le rodeó el cuello con los brazos.
—No podría haberlo expresado mejor.
FIN