Capítulo 29
Por desgracia, al entrar en el gran salón, ella y el duque tuvieron que separarse. Estuvo a punto de enfadarse por haberse quedado sin su revancha de ajedrez. Sin embargo, como el vals no se bailaría hasta casi el final de la velada, le quedaba una eternidad de espera.
Mientras tanto, lord Stephen se acercó para preguntarle si podía concederle la cuadrilla. Ella sonrió, sinceramente encantada de bailar con él. Era un hombre amable y con mucho encanto.
—Parece que, aunque soy su pareja de baile para esta pieza, hay alguien más con quien preferiría bailar —dijo lord Stephen.
Isobel se sonrojó y apartó la mirada del duque mientras caminaban uno alrededor del otro. Notó el calor en sus mejillas y le tembló la voz al responder.
—Perdóneme, lord Stephen.
—Oh, no. No se disculpe. Me complace ver que ustedes dos parecen llevarse bien.
Se inclinó hacia ella cuando se encontraron en el centro de la fila.
—Creo que son perfectos el uno para el otro —susurró.
Se apartaron y se separaron una vez más; ella rodeó a una de las damas de la fila mientras él hacía lo propio con el caballero a su derecha. Lord Stephen le lanzó una sonrisa traviesa, y ella negó con la cabeza.
Por fortuna, no dijo nada más que la hiciera sonrojarse en lo que quedaba de baile, pero el daño ya estaba hecho.
Varios caballeros más la sacaron a bailar a lo largo de la velada, y aunque se mostró educada e intentó conversar con ellos, no podía dejar de pensar en su vals con el duque.
Por fin, cuando la velada tocaba a su fin, la madre del duque se puso en pie y anunció el vals.
El corazón de Isobel se aceleró cuando el caballero a su lado hizo una reverencia y se apartó para dejar paso al duque.
Era evidente para todos los presentes que ella era el centro de atención.
Isobel avanzó hacia él con el corazón latiéndole cada vez más fuerte.
Estaban a punto de encontrarse cuando alguien se interpuso en su camino y chocó con ella.
Demasiado tarde, Isobel se dio cuenta de que era lady Colenwood.
Esta se giró con una copa llena de vino tinto en la mano.
Isobel jadeó e intentó apartarse, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
En ese instante, todo el contenido de la copa se derramó sobre la parte delantera de su vestido, empapando la costosa seda rosa.
Con un jadeo, Isobel levantó la cabeza de golpe y su mirada se encontró al instante con la de lady Colenwood. Esta le dedicó una sonrisa satisfecha antes de que su rostro adoptara una expresión de absoluta mortificación.
—Oh, Dios mío. Le pido disculpas, señorita Matthews. No la vi detrás de mí.
Varias damas, incluida su madre, acudieron presurosas a su lado para ofrecerle ayuda. Uno de los lacayos corrió al salón a buscar servilletas de lino de las mesas del bufé.
Su madre estaba más preocupada por ella que por el vestido. Isobel negó con la cabeza, avergonzada.
—Estoy bien, mamá. Solo necesito una servilleta, por favor.
El duque estuvo a su lado en un instante.
—¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien, señorita Matthews?
Isobel miró a lady Colenwood. Esta se había apartado de la multitud que se había congregado a su alrededor. Aún lucía aquella expresión satisfecha, e Isobel supo que había derramado el vino sobre ella a propósito.
—Estoy bien. Es solo un vestido, Su Excelencia.
El lacayo llegó con un montón de servilletas, pero Isobel sabía que no serviría de nada. El vino oscuro ya estaba calando la seda y el corsé. Por mucho que frotara, no conseguiría quitar la mancha.
—Ven, querida. Salgamos a ver si tiene arreglo.
Su madre le rodeó los hombros con un brazo y la condujo fuera de la sala como si fuera un pollito necesitado de protección.
Isobel lanzó una mirada inquieta al duque, que permanecía allí con gesto preocupado.
Le dirigió una mirada de disculpa, y él pronto desapareció de su vista cuando ella y su madre salieron al vestíbulo.
Sophia estuvo a su lado en cuestión de segundos.
—¡Oh, milady! —exclamó—. Su vestido nuevo —dijo al ver la amplia mancha que cubría toda la parte delantera.
—Lo siento, Sophia. No creo que puedas quitar la mancha.
—Si lo llevamos a casa en los próximos minutos, quizá pueda ponerlo en remojo. Tal vez sea nuestra única oportunidad de salvar el vestido.
Sophia le dirigió una mirada llena de pesar.
—Dame solo un momento, Sophia —dijo Isobel.
Cuando la doncella se hubo alejado unos pasos, Isobel tomó las servilletas de manos de su madre y comenzó a dar palmaditas en la parte delantera de su vestido para absorber todo el vino tinto que pudiera.
—Quizá podamos volver a casa para que te cambies rápidamente. Puede que lleguemos a tiempo para algunos bailes más —sugirió su madre.
Isobel negó con la cabeza.
—No. La velada terminará pronto de todos modos. No creo que importe si nos vamos a casa ahora o más tarde. El vestido está arruinado —dijo.
Aunque lo lamentaba, lamentaba aún más haberse perdido el baile con el duque. Frunció el ceño al recordar cómo lady Colenwood había contemplado la escena con diversión, incluso con alegría, tras chocar con ella. No había sido ningún accidente.
—¿Estás segura, querida? Quizá deberíamos recoger a tu padre e irnos a casa. No querrás que te vean así el resto de la velada, ¿verdad?
Isobel apretó los dientes.
—No, eso es precisamente lo que ella espera.
—¿Qué demonios quieres decir, querida? —preguntó su madre.
Isobel miró hacia donde había estado Sophia, pero se dio cuenta de que ya no estaba.
—Lady Colenwood chocó conmigo a propósito y derramó su vino sobre mi vestido. Se suponía que iba a bailar el vals con el duque, y como puedes oír, eso ya no va a suceder. Lleva toda la semana amenazándome para que me aleje de él. Pues bien, si va a rebajarse a artimañas como esta, allá ella.
Su madre frunció el ceño profundamente.
—¿Qué piensas hacer?
—Pues decírselo al duque, por supuesto. Tiene que saber que la mujer de la que está enamorado no es más que una intrigante farsante.
Isobel estaba tan furiosa que apenas podía respirar. No estaba acostumbrada al mundo de las mujeres, donde se trataban unas a otras como gatas en celo: con las garras fuera y los dientes al descubierto.
—Procede con cuidado, Isobel. Nunca has sido de las que se dejan llevar por los dramatismos como otras jóvenes de tu edad. Eso las hace quedar a todas como tontas. Y tú no eres tonta.
Isobel bajó la cabeza y miró hacia el gran salón con anhelo. Una parte de ella deseaba que el duque acudiera a verla para poder hablar en privado. Sin embargo, sabía que eso no era posible.
Si tan solo se hubieran quedado en el salón a jugar otra partida de ajedrez, nada de esto habría sucedido. La decepción la embargó y le dieron ganas de llorar.
El rostro de su madre se dulcificó. Extendió la mano y le acarició la mejilla con ternura.
—¿Le confesaste tus sentimientos esta noche, Isobel?
—No, mamá. No hubo ocasión. ¿Cómo voy a decirle lo que siento si él no da el primer paso? Como ya dije, sería inapropiado declararme yo primero.
Volvió a mirar hacia el salón a través de la puerta. El vals había comenzado y varias parejas giraban por la sala. No veía al duque ni a lady Colenwood por ninguna parte.
Había temido que lady Colenwood aprovechara su ausencia para abalanzarse sobre el duque y robarle el baile. Él no parecía entusiasmado con la idea. ¿Por qué si no habría montado ella semejante escena?
—Quizás deberíamos buscar a tu padre y volver a casa —volvió a sugerir su madre, e Isobel vaciló esta vez.
No quería marcharse, pero tampoco quería pasar el resto de la velada con el vestido y el corsé empapados.
La incomodidad ya empezaba a notarse. En ese momento, Sophia apareció por la entrada de servicio con un pequeño cuenco de agua humeante y jabonosa.
—Perdóneme, señorita, pero me tomé la libertad de bajar a por agua y trapos. Si entráramos en una de estas salas laterales, quizá podría intentar quitar las manchas. —Sophia sostuvo el cuenco en alto, con cuidado de no derramar nada sobre el suelo de mármol.
Isobel asintió.
—Sí, es una idea magnífica. Gracias por tu iniciativa, Sophia. —Les indicó con un gesto que pasaran a uno de los pequeños salones. Su madre abrió la puerta y señaló a Sophia que llevara el cuenco a una zona de estar cerca de la chimenea, donde habría mejor luz.
Isobel se detuvo en la puerta y lanzó una última mirada furtiva al salón de baile. En vano. El duque parecía haberse esfumado.