Capítulo 27
Isobel suspiró con una sonrisa mientras colocaba la última hoja de papel boca abajo sobre la pila.
Posó la mano con ternura sobre las páginas, satisfecha de haber terminado por fin su obra de teatro.
Era extraño, en realidad, pues el duque le había dado la inspiración para el desenlace.
Era diferente de las otras obras que había escrito.
Normalmente, escribía que la heroína salvaba la situación y lograba conservar su libertad. Sin embargo, esta vez, algo completamente diferente le había venido a la mente. Quizás se estaba ablandando.
Se levantó y apagó la vela, que de todos modos apenas le quedaba un par de dedos. Se acercó a la ventana, apartó las pesadas cortinas y contempló el paisaje que comenzaba a iluminarse.
El sol apenas comenzaba a asomar sobre las colinas del este. Había permanecido despierta durante horas después de llegar a casa de la fiesta en la mansión. Incapaz de conciliar el sueño, se había levantado y había pasado las primeras horas de la mañana escribiendo en su escritorio.
El desenlace era a la vez hermoso y doloroso: el héroe había salvado a su amada de los temidos piratas, y ella había renunciado a sus sueños de conocer el mundo.
—¿Estás segura de que quieres renunciar al mundo, Caterina? —preguntó el héroe mientras la estrechaba entre sus brazos.
—Tú eres mi mundo...
Isobel sonrió al leerlo. Era tan tópico, pero expresaba exactamente lo que sentía.
El duque se estaba convirtiendo rápidamente en su mundo.
Cuando no estaba con él, soñaba con el próximo encuentro.
Cuando estaban juntos, no podía evitar que el corazón se le acelerara, hasta el punto de creer que le saldría del pecho o se le pararía en seco.
El ceño se le frunció. La vida no era como en sus historias. No era un cuento de hadas, y la gente rara vez lograba un final feliz. Sus padres eran la excepción a la regla, eso lo sabía. ¿Tendrían ella y el duque su oportunidad?
Solo había un obstáculo en su camino: Lady Colenwood.
Isobel se rodeó la cintura con los brazos, abrazándose. El mero pensamiento de Lady Colenwood le provocaba escalofríos. Indignada, se preguntaba cómo era posible que aquella mujer se creyera dueña de los afectos del duque.
Al fin y al cabo, era un hombre, ¿no? La mayoría de los hombres que había conocido no tolerarían que los persiguieran como Lady Colenwood lo hacía tan descaradamente.
Resopló frustrada y volvió a sentarse ante su escritorio. Había un pasado inmenso entre el duque y Lady Colenwood. Incluso si el duque le pidiera la mano, ¿podría aceptar sabiendo que su corazón pertenecía a otra?
El cansancio se apoderó de ella unos momentos después. Se metió en la cama y cayó en un sueño profundo casi al instante.
Cuando volvió a despertar, su madre estaba de pie junto a ella y le daba golpecitos en la mejilla.
—Querida, pensé que ibas a echar la casa abajo. No creo que sea apropiado que una joven de tu posición ronque de esa manera —dijo su madre en tono de broma.
Isobel abrió los ojos, aún empañados por el sueño. La luz del sol entraba a raudales a través de las cortinas, ya descorridas. Sophia trajinaba junto al armario y disponía el vestido de día, el corsé y las medias.
—Buenos días, mamá —dijo Isobel mientras se incorporaba. Sin embargo, no salió de la cama de inmediato. Todavía estaba demasiado cansada para abandonar el calor de las mantas.
Su madre se acercó a una pequeña mesa redonda en el centro de la habitación, sobre la que había un jarrón con rosas frescas —las favoritas de su madre— y una bandeja de té. Le sirvió una taza, dejó caer un terrón de azúcar y lo removió mientras volvía hacia la cama. Sophia se irguió, protestando.
—Debería dejar que lo haga yo, señora —dijo, y extendió las manos para hacerse cargo de la tarea. Sin embargo, su madre la despidió con un gesto.
—Tonterías. A veces echo de menos hacer estas pequeñas cosas por mi hija.
Sonrió, le tendió la taza de té y se sentó en el borde de la cama. Sophia retrocedió y volvió junto al armario.
A Isobel le reconfortó ver a su madre, todavía vestida con el camisón y la bata de seda, un gorro blanco cubriéndole el cabello. Era como en los viejos tiempos, cuando la vida era más sencilla.
Sí, habían sido más pobres, pero habían sido felices. Isobel dio un sorbo cauteloso al líquido humeante y se recostó contra las almohadas con las rodillas pegadas al pecho.
—¿Qué hora es, mamá?
—Son poco más de las diez —respondió.
Isobel se incorporó de golpe y casi derramó el té.
—¿Las diez? ¡Dios mío, llegamos tarde! ¿No teníamos que estar en Burshire Court para un paseo por el bosque o algo así?
—Tu padre se ha ido con los caballeros a la caminata por el bosque.
De todos modos, las damas debían quedarse en la casa para el almuerzo.
Le dije a tu padre que fuera sin nosotras.
Nos saltaremos las actividades de la tarde y esperaremos a la velada de esta noche.
A menos que quieras vestirte a toda prisa, claro.
Isobel volvió a recostarse y colocó las almohadas en mejor posición. Se arrellanó, cómoda tras aquel largo y profundo sueño.
—No, estoy encantada de quedarme aquí contigo, mamá. ¿Trabajamos en el jardín esta tarde? Sé que no te he ayudado mucho a desherbar los rosales durante la fiesta en la mansión.
—Sí, me parece una idea encantadora.
Su madre sonrió y le dio unas palmaditas en la rodilla por encima de la colcha.
—Me temo que no tendré a mi compañera de jardín por mucho más tiempo.
Isobel lanzó una mirada a Sophia, temiendo que la conversación estuviera a punto de derivar hacia el amor y el matrimonio.
—Sophia, puedes dejarnos solas. Gracias —dijo.
Sophia no tardó en marcharse, e Isobel centró de nuevo la atención en su madre.
—¿A qué te refieres con que no estaré por aquí mucho más tiempo? Pienso quedarme una buena temporada —bromeó.
—No pretendía que sonara como si te estuvieras muriendo. No, me refería a tu matrimonio. ¿Crees que podemos esperar un compromiso pronto con el duque?
Isobel se removió incómoda en la cama.
—No sabía que te habías quedado esta mañana para interrogarme, mamá.
Isobel se rio. Dejó la taza de té en la mesita de noche y suspiró. Se llevó la colcha al pecho, abrazándola, y apoyó la cabeza en la almohada improvisada.
—No lo sé, mamá. Confieso que mis sentimientos por el duque crecen, aunque me resultan confusos. Creo que me estoy enamorando de él, pero él está enamorado de otra. Y ella me ha dejado muy claro que no me meta en su camino.
Su madre enarcó las cejas.
—¿Quién? ¿Lady Colenwood? ¡No puede ser! ¡Acaba de perder a su marido!
—Es lo que oímos aquella primera noche, mamá. Creo que planea intentar atraparlo, a pesar de haberlo rechazado y haberse casado con otro. Al menos, eso fue lo que entendí.
Isobel negó con la cabeza y soltó la colcha.
—No sé qué hacer, mamá. Lo amo, pero ¿está bien que lo acepte si su corazón pertenece a otra? ¿Acaso no merezco que me amen también?
Su madre alargó la mano y le tomó la suya.
—Por supuesto que sí, querida. Te mereces todo eso y más.
—Entonces dime qué debo hacer, mamá. A veces me parece que me mira de la misma manera que yo lo miro a él. Pero otras veces lo veo observando a lady Colenwood y me pregunto si los sentimientos que tuvo por ella siguen ahí.
—No puedes saber con certeza cuáles son sus intenciones o sentimientos si no se lo preguntas.
Isobel se echó hacia atrás, sorprendida.
—No pretenderás que se lo pregunte directamente, mamá. Eso sería impropio de una dama.
—¡Pamplinas! —murmuró su madre. Suspiró, mirándola con cierto fastidio—. Supongo que tienes razón. La alta sociedad hace las cosas de manera muy diferente. Bueno, entonces tendrás que guiar la conversación.
Por lo que pude ver durante nuestra pequeña charla el otro día, ya estaba medio enamorado de ti.
¿Quizás le cuesta reconocerlo?
Isobel dejó escapar un suspiro mientras estiraba las piernas bajo las mantas.
—No quiero jugar con él. O me ama o no me ama. O quiere que sea su esposa o no lo quiere. Así de simple.
Su madre se levantó y fue hacia la bandeja para servirse té. Siguió hablando mientras añadía azúcar y un poco de nata.
—No puedes rendirte tan fácilmente, Isobel. No te estoy aconsejando que seas falsa contigo misma. Sin embargo, a veces los hombres necesitan un poco de... mano izquierda —dijo, mirando al techo en busca de las palabras adecuadas.
—Recuerdo que tu padre era igual. Se demoró durante meses, aunque yo sabía lo que sentía por mí. Al final, tuve que dejar caer una pequeña insinuación de que había otro caballero interesado en mí. Y funcionó. ¡Me pidió matrimonio tres días después, enloquecido por los celos!
—Pero siempre dijiste que tú y papá os enamorasteis desde el momento en que os conocisteis.
Isobel nunca había oído esa versión de la historia. Sin embargo, no le sorprendía que su madre hubiera recurrido a alguna artimaña. Era de carácter fuerte y tenía ideas propias, igual que Isobel.
—No le mentí para que se enamorara de mí. Siempre fui yo misma y lo amé desde el principio, como él me amó a mí. Creo que fue más la inseguridad que el miedo al matrimonio lo que lo mantuvo callado durante tanto tiempo.
Sacudió la cabeza.
—Haz lo que te dicte la conciencia, Isobel.
Te conozco lo suficiente como para saber que no te dejarás llevar en ninguna dirección que no desees.
Sin embargo, también veo que el duque siente algo muy tierno por ti.
Puede que aún no sea consciente de la profundidad de esos sentimientos.
Pero si te esforzaras por decírselo sin tapujos, quizá se decidiera antes.
¡Como hiciste anoche con tu poema! —dijo su madre, y dio un sorbo al té. Volvió a la cama y se sentó en el borde con una sonrisa de satisfacción.
Isobel se quedó boquiabierta.
—¿Te lo dijo papá?
—No necesitó hacerlo. No soy tan obtusa como crees —sonrió, bromeando con ella de nuevo—. Aunque acudes a tu padre para pedirle consejo sobre lo que escribes, siempre he disfrutado leyendo tus relatos.
Isobel la miró sorprendida.
—¿Tú también los lees? No sabía que te gustaban.
—Me gustan, Isobel. Sé que has pensado lo contrario porque te he animado a cultivar otros intereses. Pero nunca fue porque no estuviera orgullosa de ti.
Lo que pasa es que te veía encaminándote hacia el aislamiento. Oigo historias sobre autoras como la señora Radcliffe o la señorita Austen. Puede que hayan alcanzado cierta fama en vida, pero llevan una existencia solitaria.
Isobel guardó silencio un momento.
—¿Y no crees que tenga talento suficiente para lograrlo?
—Creo que eres mejor escritora que cualquiera de ellas. Aunque puede que no sea del todo objetiva.
Se inclinó y le acarició la barbilla como solía hacer cuando era niña.
—No. Siempre he creído en ti, Issy. Eres mi niña querida y quiero verte feliz y realizada.
Creo, sin embargo, que tus temores de tener que sacrificar algo que amas son infundados.
Especialmente en lo que respecta al duque.
No creo que sea el tipo de hombre que te obligaría a dejar de escribir.
De hecho, si le dieras la oportunidad de escuchar una o dos de tus obras, quedaría muy impresionado.
Isobel se sonrojó al recordar el elogio que él le había dedicado a su poema la noche anterior.
—Pensó que el poema que recité era de un autor masculino.
—Bueno, eso ya es un gran elogio en sí mismo, supongo.
Su madre se levantó del borde de la cama y le dedicó una leve sonrisa.
—No dejes que el miedo te frene nunca, Isobel. Te crié para que fueras una mujer fuerte e inteligente. El matrimonio no tiene por qué consumirte, ni obligarte a sacrificarlo todo.
Hay algo de eso, pero los matrimonios entre un hombre y una mujer que de verdad se quieren, que desean lo mejor el uno para el otro, esos son los matrimonios que prosperan.
Tu esposo, si Dios quiere, te apoyará mientras persigues tus sueños.
Puede que las cosas no sean exactamente como imaginaste, pero como dije antes, yo que tú no me daría por vencida con el duque todavía.
Isobel asintió, y su madre se volvió para marcharse.
—Gracias, mamá —susurró.
Su madre se detuvo al llegar a la puerta y le sonrió.
—Por supuesto. Ahora, vístete.
Tienes muchas malas hierbas que combatir.
Salió y cerró la puerta con suavidad. Isobel se recostó sobre las almohadas y se quedó mirando al techo. Quizás su madre tuviera razón. ¿Qué diría el duque si le revelara quién era la verdadera autora del poema?