Mal emparejada con un duque arrogante Capítulo 21
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Capítulo 21

Isobel suspiró mientras cruzaba el prado con las demás damas, camino de los campos de bayas. Mientras algunos caballeros salían de caza, a las damas las habían relegado a entretenimientos más refinados. Isobel habría preferido con mucho unirse a la partida de caza.

Su madre caminaba con una cesta colgada del brazo, sujetándose el sombrero como si soplara un vendaval, aunque apenas corría brisa. Isobel las seguía escuchando la conversación que su madre mantenía con una de las otras damas, la señora Bavarie.

Esta última, por cierto, parecía haberse dado buena cuenta del postre que tanto se parecía a su nombre.

Isobel se rio por lo bajo mientras las veía caminar unos pasos por delante, imaginando a la señora Bavarie ataviada con un vestido de algodón marfil y un sombrero de paja del que asomaban fresas de mentira alrededor del ala, igual que una crema bávara.

Su madre se volvió, sin duda porque la había oído reírse, y frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué demonios te hace tanta gracia, Isobel? —preguntó.

—Nada, mamá. No te preocupes —dijo Isobel, llevándose la mano a la boca para disimular la sonrisa.

—¿Por qué te quedas tan rezagada?

Su madre no parecía nada contenta de que le hubiera endosado toda la charla a ella.

Sin embargo, Isobel se estaba preparando mentalmente para la recolección de bayas, durante la cual probablemente tendría que soportar un sinfín de anécdotas solo medianamente divertidas.

Hizo un gesto desdeñoso con la mano y siguió caminando detrás de ellas.

Cuando llegaron al pequeño recinto donde las fresas acababan de alcanzar su punto óptimo de madurez, Isobel se detuvo un momento a contemplar la escena.

Era encantadora, no podía negarlo. El sol de primera hora de la tarde calentaba con suavidad y realzaba el inconfundible aroma de las bayas.

Aquello le recordaba todo lo que significaba el verano.

—Vamos, querida. ¡O nos quedaremos sin las mejores bayas! —dijo su madre, empujándola hacia delante.

A Isobel se le cayó el alma a los pies.

—Mamá, todas acabarán en las cocinas de Burshire igualmente. Da lo mismo quién coja las más suculentas —señaló Isobel, algo molesta.

Su madre hizo caso omiso y tiró de ella para alcanzar a la señora Bavarie.

Encontraron un rincón del pequeño y bonito campo de fresas, e Isobel se arrodilló para empezar a recoger una deslumbrante baya carmesí tras otra. Mientras tanto, su madre se quedó apartada, a la sombra de un arce cercano, charlando con su nueva amiga.

Isobel negó con la cabeza al volverse a mirarlas. Tanto entusiasmo por recoger bayas, para esto.

Isobel se sentó sobre los talones un momento y miró a su alrededor.

Por lo visto, no era la única joven a la que habían encargado recoger las bayas mientras las mujeres mayores charlaban a sus anchas.

Suspiró. En realidad no le importaba. Si no tenía que esforzarse en decir cosas interesantes, mejor que mejor.

El sol le calentaba la espalda a medida que ascendía en el cielo.

Fue avanzando despacio por las hileras, tomándose su tiempo para asegurarse de que solo las bayas más maduras acabaran en su cesta.

Cuando hubo transcurrido media hora, la había llenado.

Se incorporó, estiró la espalda dolorida y fue a buscar a su madre para hacer el cambio.

—Toma, mamá. Ya he llenado mi cesta. ¿Quieres que llene la tuya también? —preguntó con el tono más dulce que fue capaz de fingir.

Su madre sonrió y le tendió la cesta.

—Oh, gracias, Isobel. Eres un encanto.

Le lanzó una mirada culpable, como esperando que Isobel insistiera en que la acompañara a las hileras. Era evidente que la señora Bavarie empezaba a resultar pesada con su cháchara incesante. Sin embargo, Isobel se hizo la tonta.

—¿Qué te pasa, mamá? —preguntó tras ver a su madre arquear las cejas varias veces—. ¿Te está dando demasiado el sol?

Su madre hizo un gesto para quitarle importancia, con una risita nerviosa.

—Estoy perfectamente, querida. Aunque quizá deberías descansar tú. Tienes las mejillas muy coloradas. La señora Bavarie me estaba hablando de una crema deliciosa que sirvió su cocinera hace unas noches. ¿Te gustaría que te lo contara?

Isobel no pudo contener la risa y estalló en carcajadas. A la señora Bavarie no pareció molestarle; es más, se sumó a las risas.

—Oh, me encantan las jóvenes que saben ser alegres. Por lo general, todas estas debutantes son tan serias... Tan adustas.

El tono agudo y chillón de la señora Bavarie hacía aún más graciosa la imagen que Isobel se había imaginado durante el paseo hasta el campo de bayas.

—Tenías toda la razón cuando me dijiste que tu hija posee una inteligencia superior. Parece una joven verdaderamente extraordinaria. No me extraña que el duque se haya fijado en ella...

Isobel la interrumpió, algo que se había visto obligada a hacer solo un puñado de veces en su vida, y se volvió hacia su madre.

—No estoy nada cansada, mamá. Me llevaré tu cesta y la de la señora Bavarie, si no le importa. Me gusta este tipo de ejercicio.

Se alejó con paso ligero. ¿De verdad había conseguido llamar la atención del duque?

Su madre le lanzó una mirada de alarma, e Isobel tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para disimular una sonrisa maliciosa.

La señora Bavarie se deshizo en agradecimientos mientras le entregaba su cesta.

Luego enlazó su brazo con el de la madre de Isobel y la condujo hacia una mesita donde habían dispuesto helados y sándwiches fríos.

Isobel regresó a la hilera donde lo había dejado y se arrodilló de nuevo con las dos cestas a su lado.

Dejó vagar la mente mientras avanzaba por las hileras. Al poco rato, era una de las pocas jóvenes que seguían trabajando; las demás habían optado por un breve descanso a la sombra. Isobel lo prefería así.

Sus pensamientos volvieron a su obra de teatro, y la frustración que sentía afloró de nuevo. No había sido capaz de encontrar un final adecuado para su drama. Ahora que la heroína y el héroe se habían reencontrado, no sabía cómo concluir la historia.

Recordó entonces el baile que había compartido con el duque la primera noche en que los presentaron. Una oleada de calor la invadió al pensarlo, y no precisamente por llevar tanto rato al sol.

Agachó la cabeza, confiando en que el ala ancha del sombrero de paja le ocultara el rostro. Aunque bien podría haber achacado el rubor de sus mejillas al sol, no quería que nadie hiciera comentarios. El duque estaba empezando a gustarle, a pesar de todas sus artimañas para alejarlo.

El recuerdo del paseo en barca le intensificó el rubor de las mejillas al pensar en aquellos brazos poderosos que remaban como si las olas no fueran más que mantequilla blanda. Negó con la cabeza, intentando apartar aquellos pensamientos. Pero no había manera de librarse de ellos.

Era distinto de lo que había pensado en un principio.

Quizá él y ella no fueran tan diferentes como había supuesto.

Era un joven al que habían arrojado a una vida que nunca había pedido, mientras que a ella la empujaban hacia el matrimonio y la familia, quizá obligándola a renunciar a su sueño de llegar a ser una escritora de verdad.

Se echó hacia atrás, resoplando frustrada. ¿Por qué aquellos pensamientos no dejaban de acosarla? Necesitaba despejarse, pero cada vez que intentaba pensar en otra cosa, el duque volvía a colarse en su cabeza.

Se levantó, avanzó un poco por la hilera y siguió llenando las cestas que tenía al lado. Recordó cómo el duque le había puesto las manos en la cintura al ayudarla a bajar de la barca.

Respiraba entrecortadamente mientras un cosquilleo le recorría la espalda. Nunca había entendido por qué la gente parecía perder la cabeza cuando se enamoraba, pero ahora empezaba a comprenderlo.

«¡Tonterías!». Se reprendió en silencio. «¡No te estás enamorando de él!». La idea era absurda.

—Has avanzado bastante.

La voz de la joven la sobresaltó. Dio un respingo y casi volcó la cesta de fresas que tenía al lado. Isobel alzó la vista y se protegió los ojos del sol deslumbrante.

Allí, frente a ella, de pie al otro lado de la hilera, estaba lady Colenwood. La miraba fijamente, pero Isobel no podía estar segura de si era por la luz del sol o por alguna razón más siniestra. Isobel hizo ademán de levantarse, pero lady Colenwood la detuvo con un gesto y se arrodilló.

—Por favor, no te molestes —dijo lady Colenwood con una risa breve—. Eres toda una abejita laboriosa. Estoy segura de que ni los propios criados del duque trabajan tan rápido como tú hoy.

Isobel se cubrió las mejillas, esperando que el rubor hubiera desaparecido. —No me importa el trabajo —dijo—. Además, recoger unas cuantas fresas no es nada agotador —añadió mientras ponía algunas fresas más en la cesta.

—Ah, sí, es cierto. Olvidé que tu padre acaba de hacer fortuna, ¿no es así? Seguro que estás acostumbrada a las tareas domésticas y cosas por el estilo. —Los labios de lady Colenwood se curvaron en una sonrisa maliciosa.

Isobel se sintió ofendida al instante. ¿Qué pretendía insinuar sobre su padre? Sin embargo, no tuvo oportunidad de replicar, pues lady Colenwood se inclinó sobre la hilera y arrancó una de las fresas más grandes y rojas de las cestas de Isobel. Aprovechó para bajar la voz y acercarse un poco más.

—Conozco los rumores que circulan sobre ti y el duque. Créeme. No estás hecha para ser la próxima duquesa de Burshire.

Se inclinó aún más hasta que sus narices casi se rozaban. Isobel solo quería apartarse, asqueada. —Déjamelo a mí si sabes lo que te conviene. Solo puede amar a una de nosotras, y esa seré yo.

Lady Colenwood sonrió con dulzura y volvió a su lado de la hilera. —Gracias —dijo mientras se ponía de pie y mordía la fresa que había robado de la cesta de Isobel.

Isobel se quedó allí sentada un momento, sin saber qué hacer.

Lo único que pudo hacer, ya fuera por la conmoción o la rabia, fue observarla alejarse con paso tranquilo mientras se reía por lo bajo.

Isobel dejó escapar un gruñido y siguió recogiendo fresas, aunque toda la alegría había desaparecido de la tarea.

Tuvo que contenerse para no aplastar las fresas entre las manos de pura rabia.

¿Qué derecho tenía lady Colenwood a hablarle así?

¿Y qué había querido decir sobre su padre?

Isobel estaba orgullosa de que su familia proviniera de gente trabajadora.

A diferencia de la mayoría de la gente «refinada» que conformaba la alta sociedad, su padre apreciaba de dónde provenía su riqueza.

La había ganado con el sudor de su frente y la aguda inteligencia que Dios le había dado.

Eso no era nada despreciable. Y aunque ella misma intentaba alejar al duque, la ira le creció al pensar que lady Colenwood se creía capaz de amenazarla. ¿Acaso no era decisión del duque a quién amar? ¿Creía lady Colenwood que podía conquistarlo con mentiras y artimañas?

La invadió la culpa. ¿Acaso no estaba ella intentando hacer lo mismo al mostrarse más excéntrica en sus gustos o más sencilla en su apariencia?

Se mordió el labio inferior, perdida en sus pensamientos, hasta que su madre la interrumpió.

Alzó la vista y se dio cuenta demasiado tarde de que le había hecho una pregunta.

—Lo siento, mamá. No te he oído.

Su madre suspiró discretamente. —Te he preguntado si estás lista para volver a la casa. Todos se están marchando, y nosotras también deberíamos irnos. Hay muchos preparativos que hacer antes de la cena de esta noche.

Isobel asintió distraída.

—Por supuesto, sí. Vamos —dijo. Se puso de pie y le entregó una de las cestas a su madre.

Miró alrededor en busca de la señora Bavarie para darle la otra, pero esta ya había salido del cercado de fresas y había atrapado a alguna otra dama desprevenida para el camino de regreso a la casa.

Suspiró y se colocó una cesta en el brazo derecho y otra en el izquierdo.

—¿Estás bien, querida? Parece que algo te ha molestado —preguntó su madre mientras salían del cercado y doblaban la esquina para subir la colina.

Isobel negó con la cabeza y esbozó una sonrisa poco convincente. —No, mamá. Estoy perfectamente. —Jamás le contaría la amenaza de lady Colenwood, ni que esta la había llevado a preguntarse si debía abandonar sus esfuerzos por alejar al duque.