Mal emparejada con un duque arrogante Capítulo 9
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Capítulo 9

Isobel entró en el comedor tarde, a la mañana siguiente. Aunque habían abandonado la fiesta temprano, no había logrado conciliar el sueño hasta la madrugada. Ahora deseaba no haber aceptado nunca ir a la fiesta.

Estaba claro que no tenía sentido intentar conocer al duque, pues su mente estaba puesta en otra persona. Había cumplido su parte del trato: al menos lo había intentado con el duque, y había fracasado. Su padre no podía culparla por eso.

—¡Buenos días! —exclamó alegremente al entrar en el comedor.

Se sentó frente a su madre, con su padre a la izquierda, en la cabecera de la mesa. Ya les habían servido, pero pronto Isobel tuvo un plato delante. Untó mantequilla en su tostada y extendió una generosa capa de mermelada de fresa por encima.

—¿Cómo has dormido, papá?

Su padre enarcó una ceja.

—Pareces muy alegre esta mañana. Dime, ¿sucedió algo anoche que yo no sepa?

—¿Como qué, papá? —preguntó Isobel mientras mordía su tostada.

—Oh, no lo sé. ¿El duque te dijo algo, quizás?

—No, en realidad no. Bailamos nuestra pieza y luego no volví a hablar con él en toda la velada, tal como te dije anoche.

—Entonces, ¿por qué estás tan contenta? —preguntó su madre.

—Estoy contenta porque no volveré a la fiesta campestre. La vida puede seguir como siempre —dijo Isobel, observando cómo el horror se reflejaba en los rostros de sus padres.

—¡Desde luego que no! —exclamó su madre—. ¡Tiene que volver! ¡Díselo, Marcel!

—Isobel, ya hemos aceptado la invitación; no puedes echarte atrás ahora —suplicó su padre.

—No tiene sentido, papá. Es evidente que no está interesado en mí. Entonces, ¿por qué debería seguir asistiendo a su tonta fiesta campestre? Lo intentamos, papá. Y fracasamos.

Dijo todo esto con una sonrisa radiante, intentando ocultar su decepción. Por razones que no alcanzaba a comprender, sentía una punzada de resentimiento por la facilidad con que el duque la había apartado.

—Creo que terminaré esto en el jardín —dijo Isobel, y cogió su plato.

Su madre estaba a punto de protestar, pero su padre le puso una mano en el brazo.

—Si eso es lo que deseas, Isobel. Pero ven a verme al estudio más tarde —pidió su padre.

Isobel enarcó una ceja, curiosa por saber cómo intentaría hacerla cambiar de opinión.

—¿Para qué, si se puede saber?

—Para nuestra partida semanal de ajedrez, por supuesto.

Su padre la despidió con un gesto y la mandó al jardín.

Salió y se sentó cerca de la fuente, agradecida de que su padre lo hubiera permitido. De lo contrario, su madre le habría dado un sermón durante todo el desayuno.

Cuando terminó su tostada, fue al estudio. Su padre ya había llegado y jugaba una partida de ajedrez contra sí mismo. Isobel sonrió desde la puerta y señaló el tablero con la cabeza.

—Tu reina está en peligro, papá.

Su padre levantó la vista con una sonrisa. Empezó a colocar las piezas en sus posiciones iniciales para que pudieran comenzar la partida.

—Siéntate. Y no seas muy dura conmigo —bromeó su padre.

—Sabes que nunca me ablando con ningún oponente. Me enseñaste a no mostrar piedad, papá.

—Así es.

Se rio.

Isobel le ayudó a recolocar las piezas y la partida comenzó.

—Me sorprendió que quisieras jugar. Pensé que querrías ir directamente a Burshire Court en cuanto terminara el desayuno.

Su padre se encogió de hombros sin apartar los ojos del tablero.

—No, no hay necesidad de salir corriendo. La verdadera diversión no empezará hasta esta tarde. Seguro que todos estarán disfrutando de un desayuno tardío y arreglándose con calma.

Movió su primera pieza y le indicó con un gesto que era su turno.

Isobel movió uno de los alfiles.

—Probablemente tengas razón.

La partida continuó en silencio durante varias jugadas hasta que su padre volvió a hablar.

—Anoche hablé con el duque sobre una posible unión entre vosotros dos.

Isobel se quedó paralizada con la pieza en el aire.

—¿Lo hiciste?

—Tienes que colocarla donde la tocas —la amonestó su padre.

Isobel vio el brillo en sus ojos: él sabía perfectamente que no había tenido intención de poner su alfil en peligro.

—Y sí, lo hice. Le sugerí que empezarais a cortejaros, pero dijo que prefería conocerte mejor antes de llegar a ningún acuerdo formal.

—Estoy completamente de acuerdo —dijo Isobel, sorprendida de que el duque hubiera considerado siquiera la posibilidad de un cortejo—. ¿Estás seguro, papá? Pensé que yo no le gustaba.

—Al contrario. Simplemente cree que sería mejor esperar un tiempo, y lo entiendo.

Suspiró, se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz con el pulgar y el índice.

—No me estoy haciendo más joven, Isobel. Y tú tampoco, por cierto. Deberías considerar seriamente esta oportunidad.

—Lo sé, papá. Pero no quiero precipitarme. Por lo que deduje en la fiesta de anoche, está enamorado de otra. ¿Por qué debería perseguir a un hombre que no está interesado?

El rostro de su padre se ensombreció. Isobel era muy consciente de que la única fascinación del duque por ella, si es que existía, provenía de su considerable dote.

No quería que la amaran por su dinero. Si alguna vez llegaba el momento en que quisiera encontrar un buen partido, quería que el hombre con quien se casara la amara por ella misma, no por su fortuna.

—Quizás solo estaba nervioso anoche. No puedes saber qué peso ha cargado estas últimas semanas. ¿Te lo imaginas? Un día es comerciante y cree que tiene toda la vida por delante. Al siguiente descubre que es duque, y todo cambia. Quizás necesite a alguien como tú para ayudarle, Isobel.

Isobel veía que su padre estaba preocupado por ella. Había intentado tantas veces encontrarle un buen partido, y ella lo había rechazado siempre. Entendía su desesperación. Tenía veintiún años y llevaba camino de quedarse para vestir santos.

No tenía el menor interés en conocer a Duncan Burton, pero jamás se lo diría a su padre.

Parecía haberse empeñado en esa unión, y ella lo quería.

Haría cualquier cosa por complacerlo. Además, no creía que el duque fuera a cumplir su oferta de cortejo.

Suspiró y clavó en su padre una mirada de fingida seriedad, con una sonrisa asomando a sus labios.

—Muy bien, papá. Seguiré el juego. Pero no prometo que esto acabe en boda. Si me dejas ir a mi ritmo y hacerlo a mi manera, aceptaré. ¿Trato hecho?

—Por supuesto —dijo su padre, con el rostro iluminado. Cogió su reina y la colocó delante del rey de ella—. ¡Jaque mate!

Isobel se quedó boquiabierta y frunció el ceño.

—¡Papá! ¡Has hecho trampa!

—Esa es una acusación muy seria, Isobel. Dime, ¿cómo he hecho trampa? —preguntó él con regocijo. Normalmente, las partidas eran mucho más reñidas. Y la mayoría de las veces, Isobel le ganaba a su padre.

—¡Me has distraído con tanta charla sobre cortejos y bodas! —dijo Isobel, todavía desconcertada. Su padre comenzó a colocar de nuevo las piezas, claramente orgulloso de sí mismo.

—Bueno, a veces hay que recurrir a estas tácticas, sobre todo con lo mucho que me ganas. Me has superado en ingenio y en conocimiento del juego. Quizá no debería haberte enseñado a jugar —su padre le guiñó un ojo.

Isobel le dedicó una sonrisa socarrona.

—Pero entonces, ¿con quién jugarías, papá?

—Oh, tienes razón. Me alegro de que disfrutes tanto del juego. Una vez intenté enseñarle a tu madre, y al cabo de una hora lanzó las piezas por la habitación —su padre soltó una carcajada al recordarlo—. Dijo que si volvía a pedirle que jugara, me pondría de patitas en la calle.

Isobel se recostó, sonriendo mientras su padre hablaba de su madre. Los había visto discutir a lo largo de los años y sabía que no siempre estaban de acuerdo. Su madre solía sacar de quicio a su padre con sus reproches.

Pero a pesar de todos los momentos difíciles y las molestias, Isobel sabía que se amaban. En el fondo, tenía miedo de buscar el amor. ¿Y si nunca encontraba a alguien como su padre?

¿Alguien amable, tierno y comprensivo? ¿Y si no podía ser la esposa y madre que su marido necesitara: una mujer fuerte y compasiva, como su madre?

Bajó la cabeza, con lágrimas asomándole a los ojos. Tenía miedo de admitir sus temores, sabiendo que a su padre le parecerían tonterías. Pero ni siquiera tuvo que decir una palabra. Él la conocía mejor que nadie. Alargó la mano por encima de la mesita y tomó la de ella.

—Mírame, cariño —la animó con dulzura. Ella alzó la vista hacia él, con los ojos anegados en lágrimas. Hizo todo lo posible por contenerlas. Tenía que ser fuerte.

—Sé que esto siempre te ha causado mucha angustia. Eres una joven tan libre e independiente. Creo que lo peor sería que te arrebataran la libertad de crear.

Pero puedo asegurarte que el hombre que se enamore de ti amará esa vena creativa. Es parte de ti; es lo que te hace ser quien eres. Y arrebatártela sería arrancarte un pedazo del alma. Ningún hombre en su sano juicio querría hacer eso.

—Eres mucho más generoso que cualquier hombre que haya conocido, papá. Sé que le concedes a mamá sus libertades, como las clases de canto y demás. Pero no todos los hombres son tan bondadosos como tú.

Una sola lágrima se deslizó por la comisura de su ojo mientras hablaba, pero antes de que pudiera enjugársela, su padre se inclinó y se la secó.

—Cariño mío, no creo que el duque sea un ogro, como sin duda lo ves ahora. Hablé con él anoche y me pareció un buen hombre en todos los sentidos. Quiere salvar la finca y asegurarse de que se honre la memoria del difunto duque.

El rostro de Isobel se ensombreció.

—Y necesita una gran fortuna para lograrlo.

Así que sus peores temores se confirmaban. Su padre negó con la cabeza, frustrado.

—Así funciona el mundo, Isobel. No tiene nada de malo. No te propongo esto solo por dinero. De verdad creo que sería un marido maravilloso para ti.

Isobel asintió, agotada tras aquella conversación. Cedería, pero solo por su padre.

—Muy bien, papá. No estoy convencida de que hagamos buena pareja, pero lo intentaré.

Su padre sonrió aliviado.

—Gracias, cariño. No creo que vayas a llevarte una decepción.

Isobel no estaba tan segura.