Capítulo 6
—¡Su Excelencia! —llamó el señor Matthews—. Por favor, ¿podría acompañarnos un momento? Mi esposa y yo teníamos curiosidad por las pinturas que hay sobre la repisa de la chimenea del salón.
Duncan se sintió secretamente aliviado de tener una excusa para unirse a la familia Matthews durante unos momentos.
Su baile con Isobel había sido agradable, aunque tenía la impresión de que solo él lo había disfrutado.
¿O acaso ella era simplemente tímida, como le había advertido el vizconde Mulberry?
—Por supuesto. Me han dicho que los dos óleos son retratos del primer duque y la primera duquesa. Claro que los pintaron varios años después de sus muertes, pero el artista intentó plasmar el estilo de la época.
—¿La época, en referencia al período medieval? —intervino Isobel.
—Creo que el artista podría haber hecho mucho más para darles vida si no hubiera intentado emular un movimiento pasado de moda. El estilo medieval carece de las cualidades del Renacimiento para el retrato: claroscuro, perspectiva y...
Isobel habría continuado de no ser por la suave mano de su madre sobre su brazo. Se la veía avergonzada y cerró la boca.
—Bueno, esa es mi opinión, en cualquier caso.
—Ha investigado usted, señorita Matthews. Estoy impresionado —dijo Duncan asintiendo con una sonrisa. Era reconfortante pensar que a ella le había importado lo suficiente como para informarse sobre la historia de la vieja casa antes de venir.
—No soy simplemente un adorno bonito, Su Excelencia —dijo ella con un toque de sarcasmo.
Él tuvo que contener una sonrisa, pero su madre parecía desear que se la tragara la tierra.
Isobel Matthews era sin duda una mujer que no temía decir lo que pensaba.
No estaba del todo seguro de cómo encajaría en el papel de duquesa.
Duncan apartó esos pensamientos. Sería mejor conocerla primero y juzgar después. Era una mujer hermosa, sin duda. Su corazón había latido como las alas de una esfinge colibrí mientras bailaban.
Le sorprendió que ella no lo hubiera oído. Y lamentaba admitir que había tenido prejuicios sobre cómo bailaría, al provenir de una familia que había ascendido tan recientemente a la cima. Había esperado que le pisara los pies, pero ella había sido grácil como una paloma.
—Desde luego que no, señorita Matthews —dijo tras lo que pareció una larga pausa. En realidad, solo unos segundos habían llenado aquel silencio.
El señor Matthews se volvió hacia ellos cuando la música volvió a sonar.
—Ah, es la segunda pieza de su tanda. ¿No deberían dirigirse a la pista de baile, Su Excelencia?
—Oh, sí. Por supuesto.
Duncan le ofreció la mano y la condujo al centro del salón.
—Espero que disculpe mi atrevimiento, señorita Matthews. Nuestra conversación me tenía muy intrigado.
Ella se limitó a asentir. Esta vez tocaron un vals, y él saboreó la sensación de deslizar la mano por su talle. Ella tembló ligeramente mientras él le sostenía la mano en alto con el brazo rígido, y comenzaron a mecerse suavemente antes de girar en círculos por el salón al compás de la música.
—¿Qué más opina de mi casa, señorita Matthews? —preguntó. Sentía curiosidad por lo que pudiera decir, pero sobre todo quería que siguiera hablando. Le resultaba fascinante escucharla.
La señorita Matthews le sostuvo la mirada, abrió la boca para responder y luego miró con preocupación hacia su madre.
—Quizás debería guardarme mis opiniones a partir de ahora, Su Excelencia. Parece que me están metiendo en problemas.
—No tema. Jamás las repetiré delante de su madre.
Sonrió, tratando de tranquilizarla. Ella pestañeó, pero no como subterfugio coqueto. Estaba intentando formarse una opinión de verdad. Al menos, eso dedujo él del ligero fruncimiento de su ceño. Incluso con el ceño fruncido, era hermosa.
—Creo que necesita una nueva decoración. Sin embargo, la estructura en sí es sólida.
La señorita Matthews recorrió el gran salón con la mirada, inspeccionándolo.
—¿Quizás añadir ventanales del suelo al techo? Este salón da al este y al oeste. Es una lástima que no se pueda disfrutar de toda la luz del amanecer y del atardecer.
Duncan asintió.
—Observación acertada.
Y lo era, en efecto. Sin embargo, ese tipo de gasto requeriría una fortuna que él no tenía. A menos que se casara con una heredera como ella.
Mientras continuaban dando vueltas por la pista de baile, se preguntó si ella sería la clase de mujer con la que podría pasar el resto de su vida, alguien que no solo aportara su fortuna y salvara el ducado, sino que también llegara a quererlo.
De repente, el rostro de la señorita Matthews fue reemplazado por el de Lydia en su imaginación.
Cerró los ojos con fuerza durante un breve instante, intentando ahuyentar aquel recuerdo.
Sin embargo, cuando los abrió, la señorita Matthews lo miraba de forma tan extraña que supo que la había asustado.
—¿Se encuentra bien, Su Excelencia?
Sus ojos se llenaron de compasión, y por un momento, él deseó que Lydia no hubiera irrumpido en aquel momento que compartían. No era justo pensar en una mujer mientras sostenía a otra en sus brazos.
—Ah, sí. Gracias. Creo que el salón se está poniendo un poco caluroso. Quizás debería pedirle al mayordomo que abra una de las ventanas.
—A mí no me parece que haga tanto calor —respondió la señorita Matthews, y a Duncan se le cayó el alma a los pies. Supuso que con la señorita Matthews no le servirían las excusas.
—Sí, bueno, supongo que los hombres y las mujeres percibimos la temperatura de forma distinta —murmuró. Miró hacia su izquierda y giraron de nuevo. Estaba empezando a sentirse mareado al pensar en cómo Lydia lo había traicionado.
Había sido en una noche muy parecida a aquella.
La fiesta a la que habían asistido era el punto culminante de la temporada, y había sido allí donde le había pedido matrimonio.
Ella no había hecho otra cosa que reírse de él, y luego había intentado retractarse y convencerlo de que nunca habrían funcionado como pareja.
Más tarde aquella noche, la había visto prácticamente lanzarse a los brazos del hombre que se convertiría en su futuro esposo.
Mientras observaba desde lejos, había sentido que algo se rompía en su interior.
Había confiado en ella, y ella le había arrojado su amor a la cara.
Las mujeres usaban sus juegos para enganchar a los hombres, como peces en un anzuelo.
Poco sabían ellas que la muerte les aguardaba en la orilla.
El baile terminó, y ella le lanzó una mirada inquisitiva mientras la conducía de regreso junto a sus padres.
Podía notar que sentía curiosidad por saber por qué había estado tan distante durante la tanda de baile, pero aquel no era ni el momento ni el lugar para explicárselo.
Sonrió y le soltó la mano cuando llegaron junto a sus padres.
—Gracias por este baile tan encantador, señorita Matthews.
Hizo una reverencia, y ella respondió con otra, pero él notó que la había herido. ¿Qué debía de pensar ella de él? Se reprendió en silencio.
—Debería ir a saludar a los demás invitados.
—Por supuesto —dijo su padre.
La señorita Matthews le sostuvo la mirada con una fría máscara de indiferencia. —Buenas noches, Su Excelencia.
Se alejó hacia una mesa repleta de una ponchera y más postres. Duncan suspiró, consciente de que lo había echado todo a perder. ¿Por qué los recuerdos de Lydia tenían que asaltarle en los momentos más inoportunos?
Se alejó con la sensación de haber abierto un abismo entre ellos y de que le esperaba un arduo trabajo si quería repararlo. Pero ¿cómo?
Su madre irrumpió en sus pensamientos y lo devolvió al presente. Se acercó con aire conspirativo, observando a los invitados mientras hablaba por la comisura de la boca. —¿Cómo crees que están reaccionando? ¿Se están divirtiendo?
—¿Los Matthews? —preguntó Duncan—. Oh, creo que son tan despreocupados que les daría igual...
—No, no los Matthews —espetó su madre—. Por supuesto, me encanta que se estén divirtiendo. Sin embargo, me refería a los invitados en general. ¿Se están divirtiendo? ¿La música está demasiado alta? ¿El champán está lo bastante frío?
Duncan se rio por lo bajo.
—Creo que todo está perfecto, Mamá. Y aunque no lo estuviera, no se atreverían a expresar sus opiniones, dado que soy duque. Sonreirán y aparentarán estar contentos, aunque tengan quejas en privado.
Esa era una de las ventajas de ser duque. La mayoría de la gente no era lo bastante valiente como para criticarlo, al menos no a la cara.
—¿Cómo fue el baile con la señorita Matthews? Parece disgustada. ¿Qué le has hecho? —La voz severa de su madre casi le arrancó una confesión. Sin embargo, se enfurecería si supiera que aún pensaba en Lydia después de ocho años.
—No le hice nada, Mamá. Bailamos nuestra pieza y la acompañé de vuelta junto a sus padres. ¿Qué hay más correcto que eso?
—¿No te quedaste a conversar con ellos? ¿Qué haces aquí conmigo? —preguntó, volviéndose por fin hacia él. Su rostro reflejaba un profundo asombro—. Vuelve con ellos y conócelos mejor.
—Tengo el deber de saludar a mis demás invitados, Mamá. Y debo bailar con todas las señoritas presentes esta noche. Con permiso —dijo Duncan. Era lo único cortés que podía hacer para que no pareciera que tenía favoritismos.
—No me extraña que parezca disgustada —murmuró su madre, pero no insistió más en que se quedara. Él se alejó tras inclinarse para besarle la mejilla y se encaminó hacia sus obligaciones.
De ser sincero consigo mismo, habría preferido pasar el resto de la velada con la señorita Matthews. Sin embargo, no estaba seguro de que ella quisiera siquiera dirigirle la palabra en ese momento.