Capítulo 3
Isobel giró lentamente frente al espejo de cuerpo entero, contemplándose. Su mejor vestido de seda era azul hielo, con miles de gemas de cristal cosidas formando un diseño geométrico.
Era pesado, sin duda, pero también hacía que sus ojos azules resaltaran. A Isobel, a quien incomodaba ser el centro de atención, le habría gustado llevar un sencillo vestido de muselina blanca, pero su madre no se lo habría permitido.
Sophia asintió con aprobación, los ojos anegados de lágrimas contenidas.
—Señorita Matthews, está usted preciosa.
Isobel se volvió, sinceramente halagada por aquella muestra de lealtad de Sophia.
Sin embargo, le costaba creer que fuera a llamar la atención de nadie.
Su tez era demasiado pálida, su cabello de un castaño demasiado apagado.
Lo único que atraería miradas esa noche sería su dote de treinta mil libras.
—Tendré que andarme con ojo con los sinvergüenzas y cazafortunas esta noche. Seguro que Mamá deja caer como quien no quiere la cosa que voy a heredar una gran dote, y así convence a algún patán desprevenido de que se case conmigo.
Isobel se mordió el labio inferior, insegura.
Aunque aparentaba fortaleza, la habían rechazado varias veces de joven y nunca había encajado del todo con las chicas de su edad.
Cuando hizo su debut en sociedad, su padre aún estaba labrándose un nombre.
Las chicas habían sido crueles. No sabía si merecía un lugar en sus círculos, y ahora que era adulta, tampoco sabía si lo quería.
Aun así, iría a la fiesta y haría de tripas corazón por su padre. Él contaba con ella, y no podía decepcionarlo.
—¿Estás lista, Isobel? ¡No podemos llegar tarde!
Su madre abrió la puerta y asomó la cabeza para meterle prisa. Isobel puso los ojos en blanco.
—Ya ha empezado —murmuró. Su madre pasaría toda la velada dándole órdenes. Tendría que armarse de paciencia para no contestarle mal.
Recogió el pesado dobladillo del vestido, lamentando que Sophia le hubiera ajustado tanto el corsé.
Apenas podía respirar, y eso que aún no había empezado a bailar.
Solo de pensar en dar vueltas por la pista de baile se estremecía.
Isobel habría preferido observar desde un rincón apartado, contemplar los colores y dejarse llevar por la música.
Antes de salir de su habitación, metió un pequeño cuaderno y un lápiz en su ridículo y cerró los cordones.
Si veía algo que despertara su inspiración, necesitaría poder anotarlo para añadirlo después a su obra.
Sophia le dedicó una sonrisa cómplice al ver lo que había escondido.
Isobel se llevó un dedo a los labios, pidiéndole silencio.
Sophia asintió y la despidió con una sonrisa.
—Que Dios la acompañe, señorita Matthews.
Su madre ya había bajado al vestíbulo, donde también esperaba su padre. Isobel recorrió el pasillo iluminado por velas mientras respiraba hondo para calmar los nervios. La luz se reflejaba en los espejos, y captó los destellos de su vestido centelleando a la luz de las velas.
Parecía una estrella que hubiera cobrado forma humana. Con una sonrisa, se detuvo frente a un espejo dorado y se miró por última vez antes de dirigirse a la gran escalinata.
—Ánimo, Isobel —se susurró—. Seguramente no llamarás la atención de nadie, y así podrás volver a escribir tu obra.
Sus palabras la consolaron un poco, pero ¿y si se equivocaba?
Asintió a su reflejo y se encaminó hacia la gran escalinata.
Apoyó la mano enguantada en la barandilla dorada y sus zapatillas repiquetearon sobre los escalones de mármol blanco; el eco resonó por el vestíbulo mientras descendía por la suave curva de la escalera.
Primero apareció su madre, y luego su padre. Ambos la miraron embelesados.
Su padre se adelantó para recibirla en el rellano y le tendió la mano.
—Querida, estás deslumbrante.
Isobel le tomó la mano y se la apretó.
—Gracias, papá. Tú también estás muy elegante.
Lo miró de arriba abajo y admiró su traje de terciopelo negro, con los botones dorados reluciendo a la luz de las velas de la araña de cristal.
—Querida niña, me halagas —dijo su padre con los ojos arrasados en lágrimas—. Estás igual que tu madre la primera noche que la vi. No pude apartar la mirada de ella, y estoy seguro de que esta noche les pasará lo mismo a todos los hombres de la cena, jóvenes y viejos.
Isobel soltó una risa nerviosa.
—¡Ay, espero que no! —Se llevó una mano al pecho para calmar el corazón desbocado. El comentario de su padre solo estaba empeorando las cosas—. Qué ganas tengo de que termine esta velada.
—Ay, querida, ¿por qué dices eso? —preguntó su madre, aunque ya se había vuelto hacia la puerta principal—. Vamos, que llegamos tarde.
Isobel y su padre intercambiaron una mirada cómplice. Su madre detestaba la impuntualidad, ya fuera para un baile o para la hora del té familiar.
Todos subieron al carruaje; su padre, el último. El lacayo cerró bien la puerta y enseguida se pusieron en marcha, recorriendo el sendero de entrada en forma de media luna hasta salir por las puertas de hierro negro.
Echó un último vistazo a su hogar y dejó atrás la seguridad familiar de sus muros. No es que no hubiera asistido nunca a una fiesta, pero esta parecía diferente, como si estuviera llegando a una encrucijada en su vida.
Cuando por fin apartó la vista de su hogar, que iba desapareciendo tras los árboles, se dio cuenta de que su madre la había estado observando. Isobel miró a sus padres, sentados frente a ella.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó, incómoda bajo aquella mirada implacable.
La mirada de su madre se suavizó. Negó con la cabeza, rebuscó un momento en su ridículo y sacó un pequeño trozo de papel.
—He hecho una lista de todos los caballeros casaderos que asistirán esta noche. Podrías procurar hablar con todos ellos a lo largo de la fiesta campestre...
—¡Ay, mamá! —exclamó Isobel. Era como si su madre no hubiera oído ni una palabra de su conversación de la semana anterior.
Su madre miró a su esposo con aire inocente.
—¿Qué he dicho?
Su pregunta quedó sin respuesta.
Isobel se inclinó ligeramente hacia delante con la esperanza de que su madre captara la gravedad de lo que estaba a punto de decir.
—No pienso pavonearme delante de nadie, mamá. Iré a la fiesta e intentaré pasarlo bien, pero no voy a participar en ningún juego. Detesto la idea de hacerme la coqueta solo para complacer a un hombre. Seré yo misma, y si algún hombre puede con eso, estupendo. Si no, tampoco pasa nada.
—¿Que no pasa nada? —preguntó su madre, pero su padre le puso rápidamente una mano sobre la suya para hacerla callar.
—Deja ya de maquinar, Carol. Isobel encontrará pareja a su debido tiempo y a su manera.
Le guiñó un ojo, sin duda para recordarle su conversación y la promesa de al menos intentar ser amable.
Isobel exhaló y asintió. —Me portaré bien, te doy mi palabra. Pero no voy a cambiar mi forma de ser, mamá. Iría en contra de todo lo que defiendo.
Su madre puso los ojos en blanco. —Tú y tus grandes principios. No te estoy pidiendo que cambies tu forma de ser. Solo quiero que seas tú misma... bueno, la versión más alegre de ti misma, si no es mucho pedir.
Isobel estaba a punto de soltar una respuesta mordaz, pero su padre levantó las manos para zanjar la discusión. —Silencio. Hemos llegado —dijo, con asombro en la voz. ¡Y no era para menos!
Burshire Manor resplandecía con la luz de las velas, como envuelta en estrellas.
Cada ventana brillaba con una luz dorada y radiante que hacía que la casa destacara como un faro contra el cielo oscuro.
La fachada estaba salpicada de gente que paseaba entre los setos cuidadosamente podados y los inmaculados senderos de grava.
Isobel no pudo evitar asomarse por la ventanilla del carruaje, con la mano apoyada en el alféizar. El camino de grava describía un largo semicírculo, y mientras avanzaban, divisó tres fuentes, cada una coronada por estatuas de mármol de distintos dioses y diosas griegos.
Los estanques bajo las fuentes estaban poblados de grandes peces dorados y nenúfares rosados. Le habría encantado bajar del carruaje y pasar toda la velada sentada en la quietud del jardín, oyendo el murmullo del agua en los estanques. Parecía el lugar perfecto para escribir.
Su madre le tocó el brazo y la reprendió para que metiera la cabeza.
Obedeció justo a tiempo, cuando el carruaje se detuvo frente a la mansión.
Una escalinata de piedra caliza adornaba la entrada, con columnas del mismo material que se alzaban desde el rellano.
La puerta principal estaba abierta y dejaba escapar la luz y la música hacia ellos.
El padre de Isobel bajó primero y ayudó a su madre y luego a ella a apearse. Ofreció el brazo a su esposa, e Isobel los siguió. Mientras se dirigían a la puerta principal, ella vio a varios caballeros que la observaban y cuchicheaban entre sí.
Apartó la mirada de inmediato, decidida a ignorarlos.
Sin embargo, no eran los únicos que la escrutaban.
También captó varias miradas celosas de las damas.
No tenían por qué preocuparse de que fuera una amenaza, aunque no podía decírselo.
Con suerte, se darían cuenta de que no estaba allí para robarles a sus pretendientes.
Tuvieron que esperar en la puerta mientras los invitados entregaban sus capas y sombreros al mayordomo y a varios lacayos. Isobel tragó saliva e intentó calmar las mariposas en el estómago.
Se alisó el vestido, un gesto nervioso que su madre había intentado corregirle sin éxito. Su padre se volvió a mirarla por encima del hombro cuando les llegó el turno de entrar.
—¿Estás lista? —preguntó. Sin duda notaba su nerviosismo.
Ella le dedicó una sonrisa amplia y valiente. —Por supuesto.
Él asintió y se dio la vuelta. El vestíbulo rebosaba de risas y música; el bullicio de las conversaciones resonaba en el cavernoso recibidor. Isobel entregó su capa a un lacayo y no pudo evitar quedarse embobada mientras otro les indicaba el camino al salón.
—Desde luego, Su Excelencia no ha escatimado en gastos. Y para una reunión de unas cuarenta parejas, resulta sorprendente. Por el aspecto de la casa esta noche, cualquiera diría que está celebrando un baile.
—Muérdete la lengua, Isobel —le susurró su madre con aspereza por encima del hombro. Isobel cerró la boca, consciente de que no debía decir todo lo que le pasaba por la cabeza. Era un defecto que había lamentado en más de una ocasión.
Cuando entraron en el salón, varias parejas conversaban junto a la chimenea y un grupo de caballeros se había congregado cerca de las ventanas.
Su padre soltó el brazo de su madre y se volvió para susurrar al oído de Isobel.
Señaló con la cabeza hacia el grupo de hombres, indicando a uno alto que ocupaba el centro.
Ella siguió su mirada y reparó de inmediato en su complexión atlética y su apuesto rostro.
La mandíbula cuadrada delataba a un hombre de buena cuna, y una abundante cabellera castaño oscuro también jugaba a su favor.
Desde aquella distancia no podía distinguir el color de sus ojos, pero sí percibía inteligencia y determinación en sus rasgos.
Era más joven de lo que había imaginado.
Su padre esbozó una sonrisa pícara. —Ese, querida mía, es Duncan Burton, Su Excelencia el duque de Burshire.