Magia ilimitada (Los expedientes Grimm nº 4) Capítulo #2
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Capítulo #2

Y entonces lo oyó y lo sintió: energía demoníaca que crepitaba en el aire, el olor a azufre y sangre que se espesaba con cada respiración.

Por lo visto, aún no habían terminado con él.

Los ejecutores avanzaron desde el extremo más alejado del callejón, con los ojos rojos brillando de malevolencia, los colmillos al descubierto y las garras extendidas.

Lo superaban en número, y su poder ondulaba por el espacio estrecho como una tormenta inminente.

Ash apretó la hoja con más fuerza, el corazón martilleándole contra las costillas.

Había luchado contra demonios antes, pero esto era diferente.

Esta vez, no solo lo estaban cazando: querían demostrar algo.

La ira de Asmodeus.

El primer demonio se lanzó hacia él, un borrón de músculo y garras.

Ash lo esquivó y giró el cuerpo justo a tiempo para evitar las garras afiladas como navajas que iban dirigidas a su garganta.

Su hoja se alzó y alcanzó al demonio en el pecho, pero la bestia apenas se inmutó.

Un gruñido gutural brotó de su boca mientras la sangre negra salpicaba el hormigón.

Más lo siguieron, un muro de sombra y furia que se estrelló sobre él. El callejón estalló en caos.

Ash contraatacó con todas sus fuerzas, la hoja destellando en la tenue luz mientras abría paso entre la horda.

El choque de acero y carne reverberó en la noche, y los sonidos de la batalla se derramaron hacia las calles.

Respiraba con jadeos entrecortados, los músculos ardiéndole por el esfuerzo de repeler el asalto.

Los demonios atacaban sin descanso, las garras desgarrándole el abrigo, rasgándole la piel.

El dolor le estalló en la espalda y los brazos, pero siguió adelante, cada movimiento calculado para sobrevivir.

Pero seguían viniendo.

La pelea se desbordó del callejón hacia la calle abarrotada, donde un grupo de turistas se quedó paralizado, con los ojos desorbitados de terror mientras la escena se desarrollaba ante ellos.

Los demonios, cegados por su sed de sangre, dirigieron la atención hacia los espectadores.

A Ash se le encogió el corazón cuando vio a uno de los ejecutores, una criatura enorme con cuernos retorcidos y piel ennegrecida, lanzarse hacia la multitud.

—¡No! —rugió Ash, forzándose a ir más deprisa, abriéndose paso entre los demonios. Pero estaban por todas partes, abrumándolo desde todos los flancos, y los turistas estaban demasiado cerca, demasiado vulnerables.

No tenía otra opción.

Ash dejó escapar un gruñido profundo desde el pecho, recurriendo al poder que había pasado tanto tiempo tratando de suprimir.

La mitad demoníaca de él emergió, y una ola de energía oscura explotó desde su cuerpo.

Los ojos le brillaron en rojo, los sentidos se le agudizaron mientras el poder demoníaco le corría por las venas.

Se concentró en el ejecutor que se precipitaba hacia los espectadores y desató una ráfaga de energía.

Golpeó al demonio de lleno en el pecho y lo envió volando hacia atrás; el cuerpo se estrelló contra un edificio cercano con un estruendo ensordecedor.

Los ladrillos se desmoronaron, y el demonio quedó inmóvil mientras su forma se disolvía en cenizas.

Ash se quedó allí, jadeando, con la visión borrosa en los bordes. La multitud contuvo el aliento; algunos echaron a correr, otros se quedaron paralizados, sin saber qué acababan de presenciar. Pero no había tiempo para procesarlo. La batalla no había terminado.

Los demonios restantes se reagruparon, y sus gruñidos se volvieron más salvajes al darse cuenta de lo que Ash había hecho.

Podía sentir cómo su lado demoníaco tiraba de él, arañándolo, exigiendo más, instándolo a soltarse, a abrazar la oscuridad y aplastar todo a su paso.

Sería tan fácil, demasiado fácil, dejar que ese poder lo consumiera.

Luchar como Asmodeus lo había entrenado.

Pero no podía. No así.

Otro demonio cargó; su cuerpo masivo golpeó a Ash y lo envió al suelo. El dolor le atravesó las costillas, pero apretó los dientes, alzó la hoja y le cortó la garganta al demonio. La criatura gorgoteó, los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó en un montón junto a él.

Ash se tambaleó hasta ponerse de pie, el cuerpo temblándole por el esfuerzo de contener toda la fuerza de su poder.

Podía sentir cómo lo drenaba, cómo el uso de sus habilidades le sacaba más de lo que había esperado.

Había pasado tanto tiempo luchando contra ello, suprimiendo al demonio en su interior, que usarlo ahora lo dejaba en carne viva, expuesto.

Un último demonio cargó hacia él desde atrás, y Ash se giró con la visión nublada y las extremidades pesadas.

Las garras de la criatura cortaron el aire, pero Ash era más lento ahora; el coste de la batalla y el uso de sus poderes le estaban pasando factura.

Las garras del demonio le rasgaron el brazo, y Ash siseó de dolor y se tambaleó hacia atrás mientras la sangre le goteaba de la herida.

La calle giraba a su alrededor, los sonidos de la ciudad se desvanecían en un zumbido distante. La cabeza le palpitaba y los músculos le dolían. Podía sentir la energía dentro de él escapándosele, como arena entre los dedos.

El demonio se lanzó de nuevo, pero esta vez Ash apenas logró parar el ataque. Empujó la hoja hacia delante y alcanzó a la criatura en el pecho. El demonio dejó escapar un rugido final y gutural antes de desmoronarse en polvo.

Y entonces, silencio.

Ash permanecía de pie, con el pecho agitado y la sangre goteándole de las heridas. La multitud se había dispersado en la noche, dejando atrás solo el silencio posterior a la batalla. La calle estaba sembrada de restos de los demonios que había matado, cuyos cuerpos se disolvían en las sombras.

Pero Ash no saboreaba la victoria. Su cuerpo temblaba, no por el esfuerzo, sino por el miedo que le roía la mente. Había usado sus poderes, sus habilidades demoníacas, para salvar a aquella gente. Había sido necesario, pero lo dejaba... vacío. Agotado.

«¿Y si esto es solo el principio? ¿Y si la próxima vez no puedo detenerlo?»

El poder había llegado con demasiada facilidad, lo había recorrido como una ola que no podía controlar. Y por un momento, solo un breve y aterrador momento, había querido dejarse consumir por él. Había querido desatar todo lo que llevaba dentro y ver arder el mundo.

Ash envainó la espada con las manos temblorosas mientras intentaba calmar la respiración. El miedo que llevaba semanas bullendo en su interior ahora se desbordaba.

«¿Y si me convierto en aquello mismo contra lo que intento luchar?»

El polvo se asentó en el callejón, formando perezosos remolinos en el aire húmedo de la noche mientras los últimos rastros de los ejecutores demoníacos se disolvían en la nada.

La pregunta lo perseguía mientras permanecía de pie en aquel inquietante silencio, con el cuerpo dolorido y la respiración entrecortada.

Las manos aún le temblaban por la pelea, los músculos le ardían con las réplicas de la energía demoníaca que había desatado para salvar a los transeúntes.

Por un momento, cerró los ojos e intentó alejar la oscuridad persistente que acechaba en los rincones de su mente, que lo tentaba a ceder al poder que tanto había luchado por controlar.

La calle estaba vacía; los turistas y testigos hacía tiempo que se habían marchado, pero la sensación de peligro no había desaparecido. Algo iba mal.

Las entrañas de Ash se retorcían con una sensación persistente de la que no lograba librarse.

Miró a su alrededor, examinando la escena en busca de más atacantes.

Pero solo vio los restos de la batalla: muros a medio derrumbar, ventanas destrozadas y los tenues restos de ceniza demoníaca esparcidos por el suelo.

Entonces lo comprendió.

Aquello no había sido el plato fuerte. El ataque había sido demasiado caótico, demasiado descoordinado. Violento, sí, pero carecía de la precisión característica de Asmodeus. No, aquello había sido algo completamente diferente.

Una distracción.

Los ojos de Ash se abrieron de par en par al comprenderlo, y el corazón le dio un vuelco. Los ejecutores no habían sido enviados para matarlo, sino para mantenerlo ocupado, distraído. Y mientras él luchaba por su vida, el verdadero plan de Asmodeus se había puesto en marcha en otro lugar.

—Geneva —murmuró Ash.

El pulso se le disparó mientras el pavor lo envolvía como una manta sofocante.

Ella era vulnerable, absorta en su trabajo en la morgue, descifrando las runas que habían encontrado en las víctimas.

Si Asmodeus la había puesto en el punto de mira, si había enviado a alguien tras ella mientras Ash estaba ocupado luchando contra los ejecutores...

Ni siquiera pudo terminar el pensamiento.

Sin un momento más de vacilación, Ash echó a correr.

Sus botas golpeaban el pavimento mientras atravesaba las calles y callejones de Nueva Orleans.

Los pulmones le ardían, las heridas protestaban con cada paso, pero nada de eso importaba.

Lo único que importaba era llegar a Geneva antes de que fuera demasiado tarde.

«Por favor, que esté bien».