Magia ilimitada (Los expedientes Grimm nº 4) GENEVA
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GENEVA

Capítulo

Cinco

Ash. Incluso después de haberse separado de él, el calor de su encuentro anterior aún le ardía bajo la piel.

Cada vez que creía haber recuperado el control de sí misma, los recuerdos de sus palabras provocadoras y la intensidad de su mirada volvían a asaltarla, dejándola inquieta y mucho más vulnerable de lo que le gustaba.

El día había comenzado como cualquier otro: su rutina habitual de exámenes post mortem, rellenar informes y asegurarse de que las últimas víctimas de homicidio de la ciudad obtuvieran las respuestas que merecían.

Pero ahora, con Ash arrastrándola a la investigación de la red de tráfico de demonios, todo se había complicado aún más.

Y como si equilibrar su trabajo como ayudante de forense con sus deberes feéricos no fuera suficiente, ahora tenía que hacer malabarismos para trabajar junto a Ash sin permitirse acercarse demasiado.

Geneva miró la pila de expedientes sobre su escritorio y sintió una opresión en el pecho.

Estaba haciendo malabares con demasiadas cosas.

Entre las largas horas en la morgue y las misiones cada vez más peligrosas por la noche, era cuestión de tiempo que alguien descubriera que era algo más que otra funcionaria sobrecargada de trabajo.

La puerta de su despacho se abrió con un chirrido y su colega, el Dr. Harris, asomó la cabeza.

—Oye, Geneva, ¿estás bien? Llevas diez minutos mirando ese informe.

Geneva parpadeó, volviendo en sí, y esbozó una sonrisa.

—Sí, perdona. Tengo muchas cosas en la cabeza.

Harris enarcó una ceja, pero no insistió.

—Bueno, cuando tengas un momento, nos va a llegar otro. Lo encontraron en un almacén cerca del río, algo desagradable. Parece una posible sobredosis, pero hay algo raro. Pensé que querrías echarle un vistazo.

—Por supuesto —respondió Geneva, con la mente ya a mil por hora.

Las sobredosis eran habituales en la ciudad, pero últimamente había habido demasiadas con circunstancias extrañas.

La magia feérica permitía revelar cosas que la ciencia forense no podía detectar.

Tendría que ser muy cuidadosa al examinar el cuerpo, mantener sus sentidos feéricos en alerta máxima sin despertar sospechas entre sus colegas humanos.

Cuando Harris se fue, Geneva soltó un largo suspiro y se recostó en la silla.

Su vida era un constante caminar sobre la cuerda floja: evitar que sus colegas humanos sospecharan nada sobrenatural mientras lidiaba con los peligros de sus obligaciones sobrenaturales.

Siempre estaba al límite, y la presión se volvía cada vez más difícil de ignorar.

Y ahora estaba Ash. El semidemonio era como una tormenta imposible de evitar: feroz, impredecible, y la atraía con una intensidad para la que no estaba preparada.

Habían acordado trabajar juntos, pero cada encuentro la dejaba más desestabilizada.

La tensión entre ellos era innegable, y por mucho que intentara distanciarse, había una atracción magnética que no lograba explicar.

Sacudió la cabeza para apartar aquellos pensamientos y se levantó del escritorio.

Tenía otro trabajo que hacer. El cuerpo que Harris había mencionado ya esperaba en una mesa de la sala de examen.

Un hombre joven, de unos veinticinco años, con el rostro pálido y los labios amoratados.

Se puso los guantes y se inclinó sobre el cuerpo, concentrándose en lo que tenía que hacer.

Pero en cuanto tocó el cuerpo, una onda de magia vibró bajo las yemas de sus dedos.

Sus instintos feéricos se activaron de inmediato y su magia se encendió, solo un instante, lo justo para percibir lo que otros no podían.

Había algo extraño, algo oscuro y antinatural acechando bajo la superficie.

Aquello no era una simple sobredosis. Podía sentir los restos de energía demoníaca, tenues pero presentes.

Maldita sea. La red de tráfico había llegado más lejos de lo que pensaba. Y ahora se estaba filtrando en su vida cotidiana, incluso allí, en la morgue.

El corazón le latía con fuerza mientras disimulaba su reacción, asegurándose de que sus movimientos parecieran metódicos para cualquiera que estuviera mirando a través del cristal de observación.

No podía permitir que Harris o el resto del personal sospecharan que estaba usando algo más que procedimientos forenses estándar.

Tras un examen exhaustivo, se apartó del cuerpo con la mente a mil.

Necesitaba más información, y rápido. El problema era que sus contactos feéricos habituales se mostraban reacios a hablar últimamente.

Desde que empezaron a circular los rumores sobre la red de tráfico, la comunidad feérica había guardado silencio, temerosa de atraer atención indeseada.

Pero Geneva no iba a dejar que eso la detuviera.

Tenía que encontrar la manera de sonsacarles lo que necesitaba.

Una vez terminada la autopsia y archivado el informe, se dirigió a una zona apartada de la ciudad donde los feéricos solían reunirse en secreto.

Las puertas de hierro forjado del parque oculto se abrieron cuando susurró un hechizo entre dientes; su magia desactivó la barrera que mantenía alejados a los humanos.

El parque estaba cubierto de maleza y envuelto en sombras, un lugar donde el aire pesaba, cargado de magia e historia.

En el centro del parque la esperaba una vieja conocida, Talia, un hada que comerciaba con secretos e información. Talia estaba posada en un banco, con las alas plateadas captando la luz de la luna mientras observaba acercarse a Geneva.

—Has estado ocupada —comentó Talia con una voz que parecía el susurro del viento entre las hojas—. He oído que andas enredada con cierto semidemonio últimamente.

Geneva entrecerró los ojos.

—No he venido a cotillear, Talia. Necesito respuestas. Hay una red de tráfico de demonios operando en la ciudad, y está relacionada con los cuerpos que llegan a la morgue.

Talia ladeó la cabeza, con los ojos violetas brillando de curiosidad.

—¿Y crees que los feéricos están implicados?

—Creo que los feéricos saben más de lo que aparentan —respondió Geneva con voz firme—. Está pasando algo oscuro, y necesito saber quién está detrás.

Talia soltó una risita, aunque sin verdadera calidez.

—Oh, cariño. Todos sabemos algo, pero ¿conseguir que los feéricos hablen de demonios? Eso ya es harina de otro costal. Deberías saberlo.

Geneva apretó los puños, intentando contener la frustración.

—Talia, por favor. No te pido mucho, solo una pista. Hay algo mucho más grande en juego, y no tengo tiempo para estos jueguecitos.

Talia la observó durante un largo momento antes de que su expresión se suavizara, solo un poco.

—Te diré una cosa: corren rumores de que ha llegado alguien nuevo a la ciudad. Alguien poderoso, con conexiones profundas en el mundo demoníaco. Sea quien sea, es peligroso. Hasta los feéricos le tienen miedo.

—¿Quién es? —insistió Geneva.

—No lo sé. Pero he oído que operan desde los muelles, traficando con almas como si no fueran más que moneda de cambio.

A Geneva se le encogió el estómago. Los muelles. Por supuesto. Era el lugar perfecto para que algo tan siniestro pasara desapercibido. —Gracias —dijo con voz tensa.

—Ten cuidado, Geneva —advirtió Talia en voz baja—. Cuanto más indagues, más peligroso se vuelve esto. Y si te estás aliando con un semidemonio... Bueno... digamos que estás jugando con fuego.

Geneva asintió con un gesto seco y se volvió para irse. No necesitaba las advertencias de Talia. Ya sabía lo peligroso que era el camino que tenía por delante. Pero mientras regresaba a la ciudad, sus pensamientos volvieron de nuevo a Ash.

Trabajar con él ya estaba complicando su vida más de lo que jamás había esperado.

Pero ahora, con la red de tráfico adentrándose cada vez más en su mundo, no tenía otra opción.

Necesitaba su ayuda. Y más que eso, necesitaba mantenerlo a él —y mantenerse ella misma— con vida el tiempo suficiente para detener todo aquello.

Geneva había regresado a la morgue y revisaba los últimos informes de autopsia.

Sus ojos recorrían las páginas, pero su mente estaba lejos de los detalles clínicos que tenía delante.

La imagen de Ash, apoyado contra la pared de la morgue, provocándola con esa sonrisa cómplice, no dejaba de asaltarla.

Habían pasado horas desde que se marchó, pero su presencia aún persistía y le aceleraba el corazón más de lo debido.

Intentó apartar la distracción —había demasiado en juego como para dejar que sus pensamientos divagaran—, pero le resultaba imposible librarse por completo de la tensión que flotaba entre ellos.

Un golpe repentino en la puerta de su despacho la sacó de su ensimismamiento. Frunció el ceño y miró el reloj. Era tarde, y la mayoría del personal ya se había marchado.

—Adelante —dijo, confiando en que su voz no delatara la inquietud que de pronto sintió.

La puerta se abrió y dejó ver a un detective alto y de hombros anchos cuya figura llenaba el umbral. Tenía todo el aspecto de un detective experimentado: ojos grises, agudos y escrutadores, que la repasaron brevemente antes de posarse en la pila de archivos sobre el escritorio.

—Detective —dijo Geneva con voz fría y profesional—. ¿Qué le trae por aquí tan tarde?

El detective, un policía veterano llamado Lewis, entró en la habitación, cerró la puerta tras de sí y tomó asiento frente a ella.

No perdió tiempo con cortesías. —He estado investigando algunos casos de personas desaparecidas —dijo, inclinándose ligeramente hacia delante—.

Y he detectado un patrón inquietante. Varios cuerpos sin identificar de la morgue coinciden con las descripciones de personas que han desaparecido recientemente. ¿No sabrá usted algo al respecto?