Magia ilimitada (Los expedientes Grimm nº 4) GENEVA #2
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GENEVA #2

A Geneva se le encogió el estómago, pero mantuvo la expresión neutra.

Había anticipado esta conversación tarde o temprano, pero ahora que estaba ocurriendo, las implicaciones eran mucho peores de lo que había temido.

El mundo humano empezaba a percatarse de lo que ella había estado manejando en secreto.

Las actividades sobrenaturales —demonios, hadas y la red de tráfico— comenzaban a filtrarse en la realidad mundana de Nueva Orleans, y eso era peligroso.

—Estoy al tanto de los casos de personas desaparecidas —dijo con cautela, clavando los dedos en el borde del escritorio—. Pero no he encontrado ningún vínculo directo entre los cuerpos que hemos recibido y esos casos. Podría tratarse de una simple coincidencia.

Lewis entornó los ojos. —Usted y yo conocemos esta ciudad mejor que la mayoría.

Coincidencias así no ocurren porque sí. —Hizo una pausa y la estudió de cerca, como si intentara calibrar si ocultaba algo—.

Si está pasando algo, algo que conecte estas muertes con las personas desaparecidas, necesito que me lo diga. Hay vidas en juego.

El pulso se le aceleró, pero mantuvo la compostura. No podía permitir que Lewis supiera la verdad. Lo último que necesitaba era que las autoridades se involucraran en algo que escapaba por completo a su comprensión. Si empezaba a indagar en la red de tráfico, solo conseguiría ponerse en peligro.

—Estaré atenta —dijo con voz firme—. Pero le aseguro que no hay nada concluyente. Con mucho gusto compartiré cualquier información adicional si surge algo.

Lewis no parecía convencido, pero se puso de pie y le dirigió una mirada larga y calculadora. —Hágalo —dijo finalmente—. Y Dra. Duvall... tenga cuidado. Hay algo en todo esto que no me cuadra.

Cuando se marchó y cerró la puerta tras de sí, Geneva soltó el aire lentamente.

Su mente iba a mil por hora. Lewis se estaba acercando demasiado.

Si seguía haciendo preguntas, no tardaría en tropezar con algo peligroso.

Tenía que actuar rápido para desmantelar la red de tráfico antes de que quedara expuesto por completo el inframundo sobrenatural.

Esa noche, Geneva se reunió con Ash en un almacén abandonado cerca del río.

El lugar estaba en penumbra; las sombras se extendían por el suelo de hormigón y el olor a humedad y podredumbre impregnaba el aire.

Era el lugar perfecto para verse sin llamar la atención, pero aun así ponía nerviosa a Geneva.

Podía sentir la energía oscura de la ciudad palpitando a su alrededor.

Ash estaba cerca de la entrada, su silueta oscura recortándose contra la pálida luz de luna que se colaba por las ventanas agrietadas.

Se volvió cuando ella se acercó y clavó sus ojos en los de ella con una intensidad que le provocó un escalofrío.

Habían acordado reunirse allí para planear los siguientes pasos, pero Geneva no conseguía quitarse de encima la sensación de que algo estaba a punto de torcerse.

—Pareces tensa —dijo Ash con voz baja y suave mientras se acercaba.

—Antes me ha visitado un detective —respondió Geneva con voz cortante—. Está haciendo preguntas sobre personas desaparecidas y cuerpos sin identificar. Las autoridades humanas empiezan a darse cuenta, Ash. Tenemos que actuar más rápido.

El rostro de Ash se ensombreció. —Si se acercan demasiado, solo empeorarán las cosas. Los humanos no tienen ni idea de a qué se enfrentan.

—Eso es lo que me preocupa —dijo Geneva, cruzándose de brazos—. Quizá pueda conseguir que Riker o Broussard intercedan. Tenemos que desmantelar esta red de tráfico antes de que queden atrapados en el fuego cruzado.

Justo cuando terminó de hablar, un movimiento repentino le llamó la atención. Los sentidos feéricos de Geneva se activaron, pero antes de que pudiera reaccionar, un grupo de figuras emergió de las sombras con los ojos brillantes de malicia.

Ash se tensó a su lado y, en un instante, empuñaba su espada, que emitía un tenue resplandor mágico. —Parece que no estamos solos —murmuró.

—¿Quiénes crees que son? —susurró ella.

—No hay manera de saberlo seguro, pero yo diría que son traficantes.

Se movieron con rapidez, los rostros crispados de crueldad.

Geneva no dudó. Con un giro de muñeca, su propia magia fae cobró vida y una luz verde brillante le envolvió las manos.

El primero de aquellos traficantes se abalanzó sobre ella con las garras extendidas, pero Geneva esquivó el ataque y lanzó un pulso de magia que lo golpeó en el pecho y lo hizo salir despedido hacia atrás.

Ash ya estaba en movimiento, con la espada centelleante cortando el aire mientras derribaba a uno de los demonios que se le acercaba.

Sus movimientos estaban sincronizados; la pelea se convirtió en un torbellino mientras luchaban codo a codo por primera vez.

La fuerza de Ash era brutal y salvaje, cada golpe calculado con precisión mortal, tanto que apenas pareció notar cuando la hoja de uno de los demonios le rajó el brazo y le abrió una fea herida.

La magia de Geneva danzaba a su alrededor, serpenteaba por el aire mientras desviaba golpes y respondía con sus propios ataques.

La emoción de la batalla le corría por las venas, y por un breve instante, Geneva sintió algo inesperado: conexión.

Luchar junto a Ash resultaba natural, sus movimientos en perfecta armonía, como dos piezas de un rompecabezas que encajan a la perfección.

La descarga de adrenalina, el calor de la pelea y la cercanía de él hicieron que el corazón le latiera desbocado, de un modo tan emocionante como aterrador.

Otro traficante se abalanzó sobre ella, y Geneva giró con la magia resplandeciente mientras lo derribaba de un golpe de energía que lo estampó contra el suelo. Sentía a Ash a su lado, su presencia como un ancla firme incluso en medio del caos que estallaba a su alrededor.

—¿Estás bien? —le preguntó él a voces, con la voz ronca por el esfuerzo, mientras derribaba a otro atacante.

—Estoy bien —respondió Geneva con la respiración entrecortada. Pero no era solo la pelea. La conexión entre ellos era más fuerte de lo que había imaginado, y le asustaba la facilidad con que compenetraban, cuánto había deseado aquello sin siquiera saberlo.

El último de los traficantes cayó y se desplomó en el suelo hecho un guiñapo. Ash y Geneva quedaron de espaldas el uno contra la otra, con el pecho agitado, mientras el silencio del almacén vacío se posaba a su alrededor como una niebla espesa.

Durante un largo momento, ninguno de los dos habló. La tensión entre ellos era palpable; el aire crepitaba cargado con los restos de la batalla y de algo más profundo.

—Eso ha sido... —empezó Geneva, pero las palabras se le atragantaron. ¿Qué acababa de pasar? Había luchado junto a otros antes, pero aquello... aquello era diferente.

Ash se volvió para mirarla, los ojos oscurecidos por una mezcla de intensidad y algo más, algo que reflejaba la confusión y el deseo que bullían en el interior de Geneva.

—Esto no ha terminado —dijo en voz baja, sin apartar la mirada—. Pero hacemos buen equipo.

Geneva tragó saliva con dificultad y se obligó a apartar la mirada. No podía permitirse caer en aquello. No con todo lo que estaba en juego. Pero la verdad era que, allí de pie junto a Ash, con la emoción de la pelea aún latiéndole en las venas, sabía que ya se había metido más de lo que pretendía.

Y eso la aterraba.